Monthly Archives: febrero 2006

Imitaciones

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Disponía de diez o quince minutos muertos antes de la cena, así que mirando el archivo de notas de cosas pendientes, he buscado alguna tarea que pudiera cumplir en ese tiempo. Había una: mirar elplural.com, un medio digital, claramente incardinado en el ámbito sociata y que pretende ser -de forma casi confesa- la versión psoística de «Libertad Digital». Bueno. Esto me pasa a mí por hacer tonterías e ir a sitios tontos.

La cosa está a cargo de Enric Sopena, una vieja gloria (que, como todas las viejas glorias, tiene más de vieja que de gloria) y nos ofrece el penoso espectáculo de un medio de comunicación que dice que es serio y que no es más que la correa de transmisión de un partido. ¿A quién se creen que engañan? Hombre, sin duda, a su electorado. O al que les quede después de las próximas elecciones.

Desde luego, tiene indudables similitudes con «Libertad Digital»: es sectario, baboso, embustero y manipulador. Le falta, sin embargo, la veteranía del medio losantístico, le falta una sección decente en materia de Internet (cosa realmente difícil para los sociatas, que no parecen muy enterados del asunto este) y le falta, sobre todo, parroquia. La perrera, con todos sus defectos, ha conseguido adaptarse al medio envidiablemente; la blogosfera liberal [que le dicen] es amplia y no está exenta de gente que sabe escribir e incluso de gente con alguna idea que otra entre oreja y oreja (ya siento decirlo, ya, pero, como es sabido, la verdad curte, por más que joda); en el ámbito sociata, ni hay blogosfera, ni escribidores de calidad (había tres o cuatro, pero se los llevó Polanco para dar lustre a sus treinta o cuarenta analfabetos), ni mucho menos ideas entre oreja y oreja (aquellos a quienes quedaba alguna, se dieron de baja al ver el anteproyecto de reforma de la Ley de Propiedad Intelectual).

Nada. elplural.¡ay! me produce la misma impresión que estos Rolex de oro de 18 kilates a 160 euros que tres veces por día pretenden venderme no sé cuántos spammers.

Enric, ex-muchacho, jubílate ya, anda…

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El diezmo [de todo lo] digital

De la serie: «Correo ordinario»

Muy ilustrativo el artículo de Eduardo Pedreño en «Libertad Digital», en el que sostiene la teoría -más que plausible- de la existencia de un plan maestro de la $GAE contra la digitalización o, más propiamente, contra la libertad que supone la digitalización o, aún más claramente, para sacar tajada de la digitalización. Y muy bien recogido el temor, generalizado en la red, de la universalización de los cánones; lo avisamos desde muchos ámbitos: Pedreño lo hizo desde su página hace cuatro años, la Asociación de Internautas e Hispalinux desde hace, aproximadamente el mismo tiempo, y otras entidades y personas individuales llevan también un tiempo más o menos aproximado en lo mismo; justamente desde que trascendió la intención de la $GAE de percibir un canon por los soportes digitales basándose en la interpretación falaz de una ley no casualmente mal hecha que permite la aplicación de cánones sobre soportes idóneos para almacenar contenidos sujetos a derechos de autor, aún cuando esta idoneidad sea casual, marginal o secundaria.

Ya en aquel entonces avisamos todos y por todos los medios a nuestro alcance (la red, pero también medios de comunicación convencionales, en la medida que pudimos acceder a ellos) de que si se toleraba impunemente este canon, al final acabaríamos pagando hasta por silbar en la ducha. Pero la profunda ignorancia digital que afecta a la sociedad (y que detectan hasta profesionales de ámbitos que no se caracterizan, precisamente, por su sabiduría al respecto, como el poder judicial) hizo que la sociedad dirigiera a sus gobernantes esa exigencia de intolerancia al respecto. Como cabía esperar (y como suele ser habitual), la sociedad, la ciudadanía, fue vilmente traicionada por sus políticos y éstos miraron hacia otro lado cuando la $GAE exigió impunemente su comisión en la compra de soportes digitales vírgenes.

La ciudadanía castigó la abominación, pero castigó solamente al débil (que no inocente: solamente, débil), es decir, empezó a comprar material por Internet y en países europeos que no obligan al pago del canon, con lo que las ventas en el sector español (que había firmado con la $GAE los acuerdos para la imposición y gestión del canon en julio del 2003) se derrumbaron en cerca de un 50 por 100. Pero no afectaron apenas a la $GAE, la verdadera artífice del expolio, por más que seguramente debieron rectificar los cálculos de sus espectativas de ingreso en ese ámbito; y no la afectaron porque, como muy bien viene a decir Pedreño, el canon para los soportes digitales no era más que el primer paso, la pica en el Flandes del mundo digital cuyo volumen de negocio hace del canon de los CD el chocolate del loro. Pero ese valor de pica en Flandes fue lo que llevó a la entidad de don Teddy a defenderlo con uñas y dientes: a la luz de ese plan maestro, la guerra del canon no se podía perder y por eso asumieron el derrumbamiento brutal de imagen que el invento del canon sobre los consumibles digitales les supuso. En otras circunstancias, ninguna entidad de ningún tipo hubiera podido resistir ese pasar de ser completamente desconocida por la sociedad a encabezar las listas de Google cuando se efectúan búsquedas de improperios, sarcasmos y otras figuras lexicográficas. Dame pan y dime tonto, suele decirse: la $GAE y su pequeña beautiful dirigente tenía -y, por supuesto, tiene- muchísimo que ganar imponiendo su comisión forzosa en toda clase de digitalización de contenidos y dirigió toda su fuerza (la que Pedreño califica de lobby de lo glamuroso porque, efectivamente, otra no tiene) a presionar a los gobiernos no propiamente afectos y a pasar factura de favores a los gobiernos beneficiarios de la acción propagandística de los más caracterizados activistas del apropiacionismo), eficazmente secundada por otras entidades de gestión de derechos económicos de autor y por la propia industria de contenidos de ocio (la discográfica, sobre todo) que, pese a algunas divergencias puntuales, tiene intereses sustancialmente iguales.

El movimiento anti$GAE (entendido en su más amplia globalidad, no en entidad concreta alguna) o no fue comprendido o no supo comunicar adecuadamente la gravedad del asunto. Si hubiéramos sabido hacerlo o hubieran sabido entendernos, la acción cívica hubiera podido dirigirse directamente hacia el talón de Aquiles del apropiacionismo: los contenidos mismos. En vez de -o además de- comprar el material grabable en el extranjero o en la red, teníamos que haber dejado de adquirir contenidos españoles: ni discos ni vídeos: nada. Incluso deberíamos haber prescindido de contenidos suministrados sin soporte: extender el boicot a los cines y a los conciertos. Repito: de contenidos exclusivamente españoles. Yo propuse, incluso, que ni siquiera se bajaran de las redes P2P, que se practicara un boicot total, incluso a lo gratuito. Y lo sigo proponiendo. La medida, fácil de llevar a cabo (supone poco esfuerzo y poco sufrimiento) no hubiera necesitado prolongarse mucho en el tiempo: el derrumbamiento de las ventas, el pánico de la industria y, sobre todo, el terror de que el boicot se extendiera por todo el mundo y la reacción no menos histérica de los políticos, temerosos de verse envueltos en un mal rollo que fácilmente hubiera podido filtrarse a su propio entorno, hubiera llevado a que la $GAE y su entorno se la envainaran completamente (de grado o por fuerza) y se retiraran a sus cuarteles de invierno, con el rabo entre patas, durante muchos años. Los suficientes para que la realidad hubiera dado completamente la vuelta (entonces sí que tendrías tú razón, Enrique) y ya no les quedara otra salida que la simple y llana desaparición. Pero el ciudadano, inmerso en un hedonismo que parece no tener fondo, en una bien cultivada indiferencia incluso hacia la rapiña más abyecta de sus propios derechos esenciales, se queda tan ancho: poco le importa tener o no unos derechos mientras pueda, de hecho, ejercerlos. Y cuando no pueda, parece pensar, Dios proveerá.

Yo creo que todavía estamos a tiempo. Las pretensiones del apropiacionismo, aunque llevan un buen camino legislativo, no se han convertido en ley todavía. Y aun cuando lo hicieran, las leyes siempre pueden cambiarse, aunque ese ya es un trámite mucho más complicado. Una acción firme, decidida e incisiva por parte del común de los ciudadanos, crearía una nueva realidad en muy pocos días y posiblemente inauguraríamos el encendido de un reguero de pólvora: las posibilidades son tan atractivas que casi parecen un sueño y, sin embargo, es tan sencillo de realizar como la más pequeña apetencia. Es lo que da rabia: uno es consciente de que nadie va a responder a la petición de grandes y tremendos sacrificios, pero parece increíble que la gente no se avenga a soportar durante muy poco tiempo contrariedades de magnitud ridícula a cambio de un resultado bueno, grato y enorme.

Muy mal futuro le espera a una ciudadanía incapaz de algo tan sencillo.

Apostilla: No os perdáis esta entrada del blog de Eduardo Pedreño. Es genial.

Coces

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Media España hierve -y en no pocas ocasiones contra la otra media- a causa de un Estatut, de unas conversaciones con unos terroristas (no entro en si son o no justas o necesarias) o de una OPA contra el amigo del pupitre de turno.

Sin embargo, todos los telediarios de esta noche han abierto con la trascendental noticia de que el mandamás de un gremio de propinadores de puntapiés ha dimitido y parecería que hubiese abdicado el mismísmo Rey (breva, por cierto, que no caerá, claro).

Harto de chorradas y de analfabetismo, cojo el vaso con el culín de tintorro peleón que queda tras la cena y me voy al estudio a ver si me entero por Internet de cómo va, de verdad, el país. Me voy al lector de feeds de Firefox y veo algo en Barrapunto… algo de la FIFA. ¿No será..? No, hombre, será algo que coincidirá en las siglas. ¿Cómo va mi querido Barrapunto a ponerse a la altura de una Fundación Príncipe de Asturias cualquiera? Sin embargo voy allá y, aunque la noticia tiene una cierta relación con el conocimiento, no puedo creerlo: es la FIFA-FIFA, la de los pateadores de bolas. ¡¡En Barrapunto!!

Todo, en conjunto, me recuerda al chiste de mili del sargento chusquero aquel que, en una clase teórica suelta sin despeinarse que el agua hierve a 90º. Un recluta -un tanto imprudente- le corrige y le indica que el agua hierve a 100º. El sargento, adopta un papel de demócrata y buen rollito y en vez de meterle un puro al osado sabihondo, reconoce humildemente su yerro: «Tienes razón, muchacho: el agua no hierve a 90º. El que hierve a 90º es el ángulo recto».

Estamos bajo la férula de gente como el sargento. Termino el vino, subo esta entrada y me voy a dormir.

Y a la mierda con todo.

Don Arturo y sus gazapos

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Genial, como prácticamente siempre, la columna de esta semana de Arturo Pérez-Reverte (la genérica Patente de Corso) titulada «La venganza del Coyote», que describe una de las lacras que escribidores y editores sufrimos a todos los niveles, aunque seamos bitacoristas del tres al cuarto.

Recomiendo muy calurosamente prestar atención al último párrafo, por muchísimas razones. Una, por la casi perfecta descripción del puntilloso puntualizador; otra por el interesante dato de Dizzie Gillespie y su piano (y, por cierto, otro punto más a favor de Pérez-Reverte: le gusta el jazz; claro: ¿cómo podía ser de otra manera?); y una más por la simpática mala leche de tenderle una trampa al lector cazagazapos.

Hombre, esto de la trampa para cazadores me ha gustado. Cualquier día me pongo yo a jugar con mis cinco o seis lectores: a ver quién pilla el gazapo mensual (el gazapo agazapado) o a ver quién pica en el contra-gazapo.

Dejadme que lo piense un poco…

Patentes inmateriales

De la serie: «Correo ordinario»

Leía ayer en las noticias de última hora de «El Periódico» (quizá aparezca en la edición de hoy), que un agricultor de la comarca del Baix Empordà le había pegado fuego a su cosecha en protesta por la contaminación transgénica. Bueno, la verdad es que no tengo tiempo, ni ganas (ni, seguramente, procede) de coger el teléfono y preguntarle directamente a nuestro buen pajès, pero me huelo que el asunto de la protesta, por más que diga el medio citado, siendo también cierto es más que probable que sea secundario.

Este hombre tenía un cultivo de maíz ecológico y la agricultura ecológica tiene unos riesgos mucho mayores que la [ahora] convencional. Riesgos materiales, puesto que no usa fertilizantes químicos, ni plaguicidas, ni pesticidas; riesgos financieros porque la comercialización es más difícil: la agricultura ecológica exige un esfuerzo mucho mayor y, por tanto, sus costes son mayores; además, la presencia del producto no es, en general, tan acabada como en la agricultura habitual. Más feo y más caro, aunque más saludable y más exquisito, pero sus canales de venta, aunque han mejorado mucho en los últimos años, quedan constreñidos a un público cada vez más numeroso pero aún -y durante un próximo futuro- minoritario, formado por gente convencida y con un cierto poder adquisitivo, o sea que hablamos de un sector socioeconómico medio o, más bien, medio-alto. La cesta de la compra modesta ni se plantea este producto y los pocos que se lo plantean no pueden acceder a él, al menos habitualmente.

A estos riesgos se añaden otros. Uno de ellos, el que se materializa en este caso: este agricultor ha sido víctima de la agresividad de los cultivos transgénicos, que se expanden con mucha facilidad, son muy invasivos y las fincas tienen que estar muy alejadas unas de otras para evitar esa transgénica infección. Producida la tal infección, todo el trabajo del agricultor ecológico se derrumba como el del viticultor cuando ve su cosecha materialmente aplastada por una granizada. Y esa es una de las razones de la quema: infectado su campo por la porquería trasgénica, a este hombre le resulta imposible vender su producción como ecológica y, por tanto, pierde la concurrencia en el mercado en el que estaba introducido -seguramente después de muchísimo esfuerzo- y sigue sin tener la posibilidad del mercado, digamos, normal, puesto que en él no se valoran las cualidades de su producto y sí se desprecian sus inconvenientes estéticos, sin contar con que al precio que tendría que ofrecer su mercancía para que tuviera alguna posibilidad sería, para él, ruinoso.

Pero hay otro riesgo más que, por supuesto, se disimula: y es que si a este hombre le pillan una plantita de material transgénico en su finca, le pueden demandar por vulneración de una patente; porque casi es innecesario decir que toda esa porquería transgénica está trabada con fuertes patentes. Encima de burro, a palos.

Esto es lo que pasa con la imbecilidad esta de la propiedad intelectual. Como decía Pedro Tur hace cosa de un año, una cosa son los derechos de autor y otra muy distinta pagar por nada, que es, verdaderamente, lo que caracteriza a este sistema nefasto de cánones sobre soportes físicos, tanto en la propiedad intelectual propiamente dicha como en las patentes biológicas, de software o de tantos otros tipos de propiedad inmaterial.

Precisamente leo aquí y aquí algunos comentarios sobre lo que está sucediendo en Norteamérica con las popularísimas Blackberry (aquí son cosa de tres o cuatro: los precios de nuestras telecomunicaciones y las limitaciones al wifi hacen de esos aparatos lujos asiáticos). El problema, está claro, no lo tenemos solamente nosotros, los españoles, y ahí reside la única y escasa esperanza que desmienta lo que yo escribía ayer. Los norteamericanos están experimentando en propia y lacerada carne lo contraproducente que resulta exagerar la protección de la propiedad intelectual y permitir que llegue a extremos absurdos, siendo como es ya en buena parte absurda aún sin llegar a sus extremos posibles. No me sorprendería que el frenazo que conseguimos meterles a las patentes de software en Europa (aunque, ojo, que el tema no está en absoluto cerrado definitivamente) obligara, por vía de competitividad, a una profunda reflexión sobre la materia en los Estados Unidos. Por una vez, cuando Washington ha estornudado, en Europa nos hemos tomado paracetamol y el proceso quizá vaya a ser inverso y al otro lado del charco tengan que hacer lo propio.

En fin, mejor no hacerse ilusiones porque las noticias, en este campo, siempre acaban siendo malas y todas nuestras guerras acaban en derrotas por más que, de cuando en cuando, nos suba la moral ganar pequeñas escaramuzas. El peligro de las patentes de software sigue cerniéndose sobre Europa, hay gente, a la que no vemos, que está trabajando muy duro en la preparación del nuevo ataque que no sabemos cuándo llegará ni de qué forma, pero lo que tengo claro es que en cualquier momento puede volvernos a caer encima: por ejemplo, en una votación sobre los aranceles por exceso de caroteno en la importación de zanahorias de Bielorrusia. No hay que bajar la guardia.

Nuestro mayor enemigo en la guerra de la propiedad intelectual, es la ignorancia de la mayoría y en la pasividad de muchos que forman parte de la minoría no ignorante. No conseguimos que cale la idea de que todo esto no es un problema de derechos del consumidor sino de derechos esenciales del ciudadano y del futuro del desarrollo económico y social del país, no logramos dejar claro que el trabajo de las asociaciones de consumidores, aunque pueda tener coincidencias tangenciales (en materia de cánones sobre soportes digitales, por ejemplo), no tiene nada que ver, ni en sus causas, ni en sus orígenes, ni en sus objetivos, con las campañas que se llevan a cabo desde la Asociación de Internautas, desde Hispalinux, desde Proinnova y, afortunadamente, desde otras varias entidades y grupos.

Es necesario perseverar. Por más crudo que lo tengamos, no debemos dejar de tener en cuenta que la guerra que seguro que no se gana es la que no se libra. Y que nadie se engañe pensando que hablo metafóricamente: esto es una guerra como dos y dos son cuatro. Aunque unos pretenden que sea eso, se equivocan: aquí no estamos ante un debate político entre caballeros (¿caballeros y política? ¡qué raro!) donde impera el fair play y el buen rollo. Esto es una guerra y hay gente que ha pagado muy cara su derrota en ella, ruina personal, familiar o empresarial, cárcel y no sé cuántas calamidades más; por no hablar de lo que estamos perdiendo todos, como sociedad. El enemigo no se anda con remilgos y nosotros debemos hacer lo propio.

No sé si no habrá pasado ya el tiempo para una paz negociada.

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