Monthly Archives: marzo 2006

¡Seño, mire a este..!

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Si lo políticamente correcto ya es un concepto intrínsecamente gilipollas, cabe la posibilidad -no sin gran esfuerzo y arduo entrenamiento en el campo de la estupidez- de elevar a magnitudes astronómicas esa cualidad tan propia del asunto. En esa útil labor, el campeonato del mundo hay que adjudicárselo sin el menor género de dudas a Izquierda Unida, puntera en la acrobacia lingüística del compañeros y compañeras, frutos y frutas, camarados y camaradas, dispensador general del buen rollito coordinado por el más triste actor político de este país que tanto se lo merece, el acreditado don Gaspar.

Orgasmos de felicidad deben recorrer las diferentes directivas tras la solemne metedura de pata (o salida de la misma del tiesto, según se mire) de la muy pueblerina sección de ese desgraciado partidillo (o lo que sea) en la población de Santa Marta, provincia de Salamanca, que en una acción de claro vasallaje y de alucinante sometimiento -de verdad que es que hay que verlo para creerlo- a la $GAE, denuncia ante ésta el hecho de que en los ordenadores del Ayuntamiento de esa población se hayan instalado programes P2P, como indicó -ciega de indignación- la directora de la Escuela Municipal de Música del lugar en un escrito en petición de amparo que presentó en el Ayuntamiento.

Ciega, desde luego, por varias razones: en primer lugar, porque los programas P2P no son ilegales; en segundo lugar, porque bajarse música desde ellos no es, a fecha de hoy, ilegal si es para uso privado (aunque sí es inapropiado y sancionable si la descarga se efectúa con los medios, en horarios y por trabajadores de una Administración pública); en tercer lugar, porque los programas P2P son muy útiles para el tráfico de documentación pública y comercial y para otros muchísimos y prácticos usos que no tienen nada que ver con los derechos económicos de autor.

De hecho, los programas P2P no están prohibidos en casi ningún país. No lo están, desde luego, en España ni -proyectos de ley en mano- van a estarlo en un futuro a corto y medio plazo, por lo menos.

Pero la cagada de la dama en cuestión no es suficiente y la horda local de IU se cubre de mierda agachando la testuz ante la autoridad… musical, por supuesto.

Menos mal que el futuro político de estos pringados es más negro que el casco del Titanic porque si no, lo íbamos a tener crudo, crudo, crudo…

O cruda.

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ACTUALIZACIÓN 18:00 HORAS

Quien se pica, ajos come. Si se pincha el enlace a la sucursal de IU en Salamanca, la nota ha desaparecido. Parece que a alguien le ha dado vergüenza, es bueno saber que aún les queda quien la tiene (¿en qué nevera lo tenían en reserva?).

Pero no va a ser bastante, porque nos quedamos sin saber si se trata de alguien que se ha acordado del asunto de la vergüenza o del habitual politicastro que ha decidido echar tierra encima del asunto no se les vaya a ir de las manos.

Si es lo primero, exigimos rectificación y disculpas públicas. Por si es lo segundo, el texto íntegro que han colgado durante la mañana de hoy está aquí

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ACTUALIZACIÓN DOMINGO, 2 DE ABRIL 22:30 HORAS

Regreso del fin de semana y veo que IU ha rectificado. Algo es algo: otros no hacen ni eso.

Bueno, pues nada, a seguir así, con la militancia defendiendo una cosa y los cargos públicos del partido votando otra, según la propia nota de rectificación (esta gente es increíble). Hay que reconocer que con eso de que las bases digan y quieran unas cosas y don Gaspar diga y vote otras dice mucho de la democracia interna: cada cual puede opinar lo que quiera sin temor a ser represaliado ni expulsado ni nada de nada; el jefe, de todas maneras, hará lo que le dé la gana en el Congreso de los Diputados. Por cierto, la señora esa, la Bardem… ¿forma parte de las bases o forma parte del mando?

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Corrupción, función y contradicción

De la serie: «Los jueves, paella»

¿Quién la tiene más larga? No, no piense mal el lector: piense aún peor, porque no estoy emulando la pregunta favorita de las vedettes ajamonadas de revista ambulante referida a la cosa susceptible de Viagra sino a la desvergüenza creciente de los políticos. Esto parece ya una carrera de relevos: de las filesas sociatas a los tresporcientos convergentes y ahora a las cuotas de protección republicanas y eso sin salir de Catalunya. Luego está el panorama al nivel de toda España. Y a eso hay que sumar alcaldadas (en las administraciones locales, se va hasta aquí de mierda) y el escándalo de esta semana -de ayer mismo- con el Ayuntamiento de Marbella no es sino la vistosísima punta de un iceberg enorme. Pero no hay novedad, señora baronesa, un escándalo tapa a otro y así de unos para otros vamos tirando alegremente mientras el gilipollas del ciudadano de mierda, además de tragar todos los marrones que le metemos en los parlamentos diversos, paga el gusto, las ganas y la cama. Cornut i pagar el beure, decimos aquí, y creo que se entiende.

Encima, para mayor mofa, befa y escarnio, salen los listillos a decir que esto no puede ser y que hay que modificar el sistema de financiación de los partidos. Pero ¿qué mierda de modificación de nada? Los partidos lo que tienen que hacer es lo que hacemos todos los ciudadanos y todas las empresas que aún pueden llamarse así: vivir con lo que hay. Que en el caso de los partidos no es poco: ya no sólo son las subvenciones directas sino, sobre todo, las indirectas (fundaciones, secciones juveniles y un etcétera muuuuy largo de correas de transmisión) y conste que sólo hablo de lo que sale en los boletines oficiales. Luego están las prácticas paramafiosas y no sólo me refiero a las cartitas de ERC sino también a misteriosos y cuantiosísimos créditos bancarios con muchísimos años de morosidad sin que nadie en tan santas instituciones filantrópicas tenga la menor intención de activar al cobrador del frac (lo tienen ocupado ejecutando las hipotecas de quienes no pueden con estas mensualidades brutales y leoninas) y vete a saber cuánta porquería más habrá debajo de la alfombra..

La única modificación que tiene que haber en la financiación de los partidos es estrechar aún más un caudal excesivamente generoso. Menos liberados y menos vividores. Entre las entidades de gestión de derechos económicos de autor, los partidos y los sindicatos hay tal cantidad de gente que vive del cuento que no me extraña que luego no quede para las pensiones de los que han trabajado toda su vida, porque los cuatro que quedamos en lo de pegarle al asunto de las ocho horas ya no damos para más.

Lo de ERC, además, más que decepción es casi sorpresa. Sorpresa a dos bandas. Su opción política nunca me gustó pero sí me parecían gente inteligente, capaz e íntegra. La inteligencia y la capacidad se me cayeron desde el principio cuando el Carod empezó a hacer tontolculeces (yo ya tenía una pista previa vivida personalmente, algún día la explicaré, pero no la valoré debidamente); en lo de la integridad, tampoco hicimos caso de algún indicio en helicóptero -bah, una tontería, después de todo- y ahora nos llueve lo de las cartitas. Y espera.

Luego los políticos se quejan de la opinión que tenemos de ellos los ciudadanos y tienen el morro de decir, los tíos, que somos desproporcionados e injustos. Como el otro.
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El ministro Sevilla se descolgó ayer en el Congreso con [declaraciones sobre] el proyecto de ley que, según viene a decir, nos va a meter en cintura a los funcionarios (por cierto, e incidentalmente, CCOO y CSI-CSIF han enviado una nota de prensa diciendo que de qué va y qué se enrolla, que este asunto aún está en la mesa de negociación y no se ha cerrado todavía).

Bien, dando por bueno lo que dijo el ministro, ya me gustaría, ya, que lo llevase adelante tal como lo contó. Porque una de las cosas que en mi actividad sindical siempre he intentado obtener -y en vano- es la relación de cargas de trabajo que corresponde a cada puesto de ídem. Siempre se me ha contestado [se nos ha contestado: otros sindicalistas, de mi organización y de las otras, también estaban en ello] que esto era imposible. Imposible no lo es, aunque sí un trabajo de chinos.

Pues si el ministro Sevilla quiere meternos en cintura -y sigo diciendo que le apoyo entusiásticamente en tan loable intención así enunciada- lo primero que tendrá que hacer es esta lista de cargas, puesto de trabajo por puesto de trabajo. De otra manera, ¿cómo va a fijar criterios objetivos para premiar o castigar a los funcionarios? Para decirme que produzco poco y, por tanto, suprimirme complementos o mandarme con la música a otro puesto de trabajo, tendrá que constar en algún sitio lo que tendré que producir como mínimo ¿no? Y me interesa que exista esa constancia porque si mi trabajo mejora ese rendimiento, podré apoyarme en ello para exigir, incluso judicialmente, mejoras retributivas o de otra índole.

Todo lo que no cumpla ese requisito deja de ser objetivo y entonces ya estamos en lo de siempre, mucho de lo cual tiene bastante que ver con lo que decía en la entrada anterior. En las administraciones públicas -en todas- funciona el viejo precepto «Al amigo, el culo; al enemigo, por el culo; y al indiferente, la legislación vigente». Y la legislación vigente, tal como está o tal como la quiere dejar el ministro -que va a acabar siendo lo mismo-, ya sabemos lo que perpetúa: una función pública desprestigiada ante la ciudadanía (con su razón, ojo, que no todo son viejos chistes: hay verdaderamente algunos perros por ahí sueltos) y desmotivada ante la falta de incentivos y de diseño de una carrera profesional para sus trabajadores.

Contra lo que mucha gente piensa, la vida no se nos acaba con un puesto de trabajo asegurado, para muchos, al menos; todos tenemos aspiraciones, todos queremos ocupar puestos con funciones mejores, más interesantes, más creativas… y, por supuesto, dentro de lo que se puede esperar razonablemente, mejor pagados; y esto, hoy, en las administraciones públicas españolas, es prácticamente imposible, entre una organización y una legislación que están obsoletas no ahora sino hace un cuarto de siglo (y quizá aún me quede corto), unas corruptelas pequeñas extendidísimas y una gran corrupción mucho más restringida, pero no menos lacerante.

Y, por lo que veo, esto no lo va a arreglar la ley del ministro Sevilla. Otra vez será.

Dentro de dos o trescientos años.
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«Yo soy yo y mi circunstancia», dijo Ortega y Gasset, el eminente metafísico. A mí, salvando las enormes distancias con tan eximio pensador, me cuadra más el «Yo soy yo y mis contradicciones». Más próximo, quizá, a Valle Inclán y su paradoja. Bueno, dejemos la filosofía y la literatura tranquilas antes de que el lector se me escape a Petardas.com y vayamos al grano.

Me desgañito en esta bitácora clamando por el boicot a la música española (nada de discos, nada de conciertos, ni siquiera P2P), al cine español (nada de salas, nada de DVD, nada de P2P) y a la Biblia en pasta, en la seguridad de que si lo hiciéramos todos meteríamos en cintura mejor y más rápido que el ministro Sevilla a unos cuantos que viven mejor que los funcionarios de los chistes: la silla asegurada, como los funcionarios de los chistes; sin dar golpe, como los funcionarios de los chistes; y metiéndose fortunas en el bolsillo, no como los funcionarios de los chistes (y menos aún que los de la realidad). Y he vestido este clamor de tintes muy dramáticos (como que los tiene).

Y, mira por dónde, yo mismo voy a quebrar esa regla que tanto propugno. Sí, sí, tranquilizo a mi conciencia diciéndole que se trata de una excepción, que una y nada más, como Santo Tomás, que responde a intereses y objetivos más elevados y toda la cagarela con que uno se justifica cuando se atiza un bourbon de tres decilitros contraviniendo frontalmente a la cuenta de transaminasas del último análisis. Pero aunque lo pinte de verde, como el pedo del chiste, quiebro la regla sacrosanta. Bueno, me explico más o acabará siendo verdad lo de las petardas.

He tomado la determinación de ir a ver «Capitán Alatriste» tan pronto como la estrenen. No por devoción a don Arturo (todas mis admiraciones son insuficientes para tan herético quebranto), no porque me gusten las pelis de capa y espada, chis chas, teneos, bribón, voto a bríos (que me gustan, pero sigue siendo razón insuficiente), ni siquiera porque parece una notable excepción al cine basura habitual en estos pagos (además, ni siquiera habla de la guerra civil de mierda, que es otro importante valor añadido). Aunque esto está pendiente de confirmación, sólo está claro que se ha invertido muchísima pasta en la producción, lo cual es un dato razonablemente positivo pero que tampoco garantiza nada (después de todo, «Pretty woman» también costó un Perú). Pero es que el alatristismo es algo más que la afición por un género literario o que la adhesión a la tipología literaria de un señor. Yo veo el alatristismo no como una militancia (no exageremos) pero sí como la reivindicación de una forma -crítica también, desde luego- de afrontar la esencia misma de esta pobre y jodida España, con sus defectos, con su asqueroso olor a ajo, a pies y a barrecha, pero también con el genio que la lanzó al mundo.

No es un problema de nacionalismo -odio el nacionalismo- sino de simple fidelidad histórica que nos la desvista del falso oropel el viejo aquel y que nos llenan de mierda ahora a beneficio de otras glorias nacionales que apenas dan para conmemorar los aniversarios de las patadas en el culo recibidas.

Hay una España -que no es esta, desde luego- con la que puedo identificarme como referencia y como raíz personal (no es que quiera volver a tiempos pasados) y Alatriste es un vehículo que me lleva rápido hacia ella.

Sólo serán dos horas, lo prometo, ni un minuto más. Pero dejadme, por una sola vez, este ratito.
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Hasta aquí hemos llegado hoy. Próximo jueves, seis de abril, el mes genuino de la primavera, del polen y de la puta alergia que trae por la calle de la amargura a media España, incluyendo a mi mujer, que está que la llevan los demonios. Cerca ya de una semana que a cada año que pasa es menos santa (tiene menos sustancia que un medicamento homeopático) y más lúdica. Bueno, pasado el primer y más árido trimestre del año, será bueno desconectar tres o cuatro días.

Hasta más ver.

Ya cayó el primero

De la serie: «Correo ordinario»

Leo en la bitácora de Carlosues que Carlos Sánchez Almeida deja la red. Seguirá luchando por la cultura libre y por los derechos cívicos en red, pero solamente desde su profesión de abogado. Ya hacía días que la URL de su bitácora rebotaba hacia el Manifiesto por la liberación de la cultura y eso me olía raro. Pensaba que o estaba redefiniendo su bitácora o que había algo de lo que ahora nos anuncia Carlosues. Según éste, la razón sería el hartazgo de ver los foros llenos y las calles y las actitudes vacías.

Es una pena, pero esto se veía venir. No concretamente en el caso de Sánchez Almeida pero, así, en general, ya tardaba en caer el primero de los grandes y no me extrañaría que tras él fuesen otros. Uno puede pasarse la vida combatiendo por una causa, y, como diría Kipling, perder y volver a empezar de nuevo y no decir palabra sobre su mala suerte. Pero subirse a un entarimado, dar un mitin, ser aplaudido a rabiar por una multitud ingente y vociferante… que luego, incontinente, cala el chapeo, requiere la espada, se va… y nada de nada… Eso quema. Y no sólo ha quemado a Sánchez Almeida sino que está quemando a muchísima más gente. Habrá más abandonos.

La Ley de la Sopa Boba va a causar estragos en el personal arengante. No por su aprobación en los términos en que va a ser aprobada, no por la victoria rotunda de la $GAE y demás hierbas… todo eso se daba por hecho. Lo que escuece verdaderamente es que lo hayan hecho impunemente, gratuitamente, que no haya tenido ningún coste para ellos, que se rían a carcajadas en nuestras barbas sin tener la más pequeña herida que les obligue, siquiera, a ponerse una tirita. Eso es lo que quema y lo que hace entrar ganas de mandarlo todo a la mierda.

A mí, personalmente, se me corrompen las tripas cuando veo que todo el mundo lo quiere todo y lo quiere gratis, pero que nadie es capaz de realizar el menor esfuerzo, el menor sacrificio para conseguirlo. Si es que cabe hablar de sacrificio alguno: a ver si se puede llamar sacrificio a no adquirir -ni siquiera gratis- música española, a pedir la cuenta y dejar un bar cuando suene música española, a no entrar en un puto cine, a no ir a un concierto, si se me apura, ni de música sinfónica. ¿Sacrificio esto? ¡Si es hasta un placer! Y conseguiríamos resultados espectaculares y contundentes en pocas semanas. Podríamos llegar a quitarle el sueño al mismísimo Gobierno y corroerlo de terror ante la posibilidad de que un movimiento cívico tal puediera llegar a moverse de cara a otras normas (deja que se descarguen lo que quieran, nombra al Teddy embajador en Guinea Ecuatorial o en el Vaticano y para esto o la vamos a joder de verdad). No hay más que ver a los franceses -y eso que funcionan con métodos clásicos- y la cagalera que aqueja a Villepin, parecida a la que, en su día, aquejó a Sarkozy.

Además, pasa otra cosa: aquí, la gente que está bregando -o simplemente chillando por los foros- porque realmente quiere una cultura libre, quiere una ciudadanía en red, quiere no ser esquilmado por la cara de cuatro pencos, somo cuatro y el cabo. Unos pocos cientos. El resto de personal aullante son niñatos hijos de papá que les encanta bajarse música gratis (importándoles tres cojones el significado y el valor moral de este acto, que lo tiene para ambas partes en conflicto) y que si en un momento determinado llegan a no poder hacerlo, pues bueno, pues vale, tal día hará un año. Es que les deja completamente indiferentes. Esa es la razón por la que pedir boicots es predicar en desierto: ellos no se privan de nada ni por nada.

Así, en conjunto, y esta es la conclusión necesaria de la horchatez sanguínea imperante, todo lo que nos pasa nos está bien empleado. No en vano, el otro día decía un ministro francés a estudiantes y sindicatos que aquí estaba la cosa mucho peor: «Fijaos en estos pringaos de ahí abajo, que les han echado encima ocho mil clases diferentes de contrato-basura y ahí los tenéis, a los gilipollas de ellos, tan contentos y con treinta años pidiéndole a papá dinero para salir el sábado por la noche».

Sí, a veces, cuando veo el ganado por el que estamos bregando (cada cual en la medida de lo que puede: la mía, desde luego, modesta), cuando reviso mis artículos rabiosos y pienso que todo ese hatajo de mierdecillas se va a divertir de lo lindo viendo cómo llamo al pan pan y al bastardo hijo de puta para luego seguir bajándose música barata de la red (no libros, no documentos, no cine con valor histórico, sino los chafarriñones con que los llenan de mierda las discográficas y las productoras de cine un día sí y al siguiente mucho más), también me dan ganas de hacer lo que Sánchez Almeida, ir a lo mío, echarle una mano al pobre Roberto Santos, vicepresidente de Hispalinux, que siempre me está pidiendo ayuda y nunca se la doy o se la doy con cuentagotas (por cierto, vuelve otra vez la batalla de las patentes de software) y pasar de toda la pijancia gorrona, porque no son ciudadanos libres ejerciendo sus derechos, son sacos de mierda descargando compulsivamente productos de consumo sin más. Total… ¿a mí qué más me da? Seguiré comprando los CD fuera, haré lo propio, si puedo, con la maquinaria y si no, mira, ajo y agua; seguiré sin comprar un disco, seguiré sin pisar un cine y seguiré sin poner pie en un bar musical, a menos que se lo haga exclusivamente de música copyleft y lo anuncie en letreros bien grandes.

Dan ganas, dan ganas, aunque, de momento, se van reprimiendo. Pero no será así indefinidamente. Voy por el mundo y veo muchas cosas sobre las que me gustaría escribir, pero trabajo mi jornadita completa y a todo no llego. O lo uno o lo otro. De momento es esto. Mientras dure. Pero ni yo, ni, sobre todo, muchísimos otros -yo soy poco importante- estaremos así toda la vida.

Ya cayó el primero. No será el último.

Lenguas vivas

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Una amiga extranjera me cuenta que tiene un visitante en casa, un compatriota que ha venido a hacer unos negocios. Pidió, me sigue contando, que le llevaran a dar una vuelta por Barcelona, pero tanto esa amiga como su marido están muy ocupados, de modo que le sugirieron el Bus turístic un invento muy implantado en casi todas las capitales españolas pero me parece que fue pionero en Barcelona (había otro alcalde), que lleva a los turistas por las zonas más interesantes de la ciudad. Es muy utilizado por los de los cruceros, que están aquí pocas horas y el bus este es una forma rápida y fácil de hacerse una idea, aunque fugaz, de Closcelona.

El tal amigo siguió el consejo y volvió muy impresionado: todo está rotulado en catalán, dijo. Pero… ¿no es el castellano la lengua oficial del Estado? Del Estado sí, le respondieron, pero… y, a continuación le explicaron cómo funcionaba la cosa aquí.

El tío se encogió de hombros y dictaminó: «Pues eso del catalán debe ser una lengua muerta porque en todo el trayecto del bus no he oído a nadie hablarla».

Vale, genio.

Mossos de Tura

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Para que vea la consellera Tura (si es que siquiera conoce la existencia de este modesto lugar digital) que no le tengo manía o que, de tenérsela, la sitúo muy lejos de los pájaros que constituyen el argumentario habitual de esta dolorida bitácora, hombre, en esta ocasión voy a hablar bien de ella y de sus muchachos. Porque hay que ser implacable en la queja y sanguinario ante la traición (aunque tanto de ésta última nos haya dejado prácticamente sin RH) pero también es preciso que conste en acta cuando las cosas se hacen bien.

Hoy, precisamente, un articulista de «El Periódico», Joan Barril, uno de los que me gusta incluso cuando dice cosas que no me gustan, destacaba que se nota (que es palpable, notorio) un aumento de la presencia policial, una presencia que se caracteriza, además, por una cierta relajación formal que tranquiliza al ciudadano alarmado, tenga o no razones para la alarma. Precisamente cuando Clos ha deteriorado hasta su nivel más bajo no sólo la imagen sino también la eficiencia en el auxilio ciudadano de la Guàrdia Urbana, los ciudadanos -o muchos ciudadanos- nos sentimos acogidos por un cuerpo policial fresco y joven que -carpe diem, aprovechémoslo mientras dure- parece estar ilusionado con su labor, cosa que hace disculpables sus pequeños o grandes fallos, al menos por el momento. Es, reescrita a mi aire, la visión de Barril y yo la suscribo.

Hay un detalle para mí esencial: aunque persisten algunas lacras callejeras, ha desaparecido la más inofensiva para los adultos pero más sangrante en todos los demás órdenes: la mendicidad con bebés. Nunca he pasado por alto esa asquerosidad y desde que tengo teléfono móvil -ya ha llovido desde el primer día- jamás he dejado de llamar a la policía cuando he visto esa triste escena. He sido siempre incansable, pese a que la Guàrdia Urbana siempre ha aplicado el que parece artículo 1º de su reglamento (cuando no se trata de multar coches mal aparcados que no molestan): «Lo siento, señor, pero no podemos hacer nada». Cuando se trata de un bebé usado como esclavo para la mendicidad, de un incivismo vecinal, de un cabrón aparcado en doble fila que no deja salir a nuestro vehículo perfectamente estacionado, o de una legión de ciclistas que se han propuesto, sinvergüencería en ristre, depilarte mejor que cualquier crema de los anuncios, «lo siento, señor, pero no podemos hacer nada» o, más frecuentemente, la callada por respuesta y jódete, ciudadano de mierda. Si, en cambio, se trata de un vehículo que invade un palmo de paso de peatones con el voladizo del parachoques, no hará falta que te gastes un duro en móvil: allá estará, block en mano grúa a toda máquina, la brigada entera.

Aún en fiestas de Navidad, pero ya cambiado el año, cerca de mi casa presencié la imagen de la mierdosa con el bebuco. Acto seguido llamé a los Mossos d’Esquadra. Cometí el error de dejar que la marrana en cuestión me viera empuñar el móvil (ovidé lamentablemente el viejo precepto de la mili: «siempre, siempre, siempre, en desenfilada»). La guarra en cuestión entregó el niño al cabrón que estaba al acecho a estos efectos y cuando llegaron los Mossos el cuerpecito del delito ya había volado. No obstante, los muchachos me llamaron para conocer más detalles sobre el asunto -me ofrecí a testificar si hiciera falta, nombre y número de DNI por delante- pero se preocuparon especialmente de que perseverara en mi actitud porque sólo con la ayuda ciudadana podrían erradicar el problema. Reconozco que en ese momento fui escéptico y la cosa me sonó a manual redactado por el inevitable imbécil de la gomina. Pocos días después, en otro lugar no muy lejano, repetición de la escena, pero esta vez esperé cinco minutos a que llegara el autobús y, una vez dentro de él, llamé a los Mossos. Ya no ha vuelto a haber puerca en ese lugar.

Ni en ningún otro, desde hace bastantes semanas. O sea que parece que el artículo 1º del reglamento dice otras cosas, en el caso de estos chicos.

Un tanto a favor de una infancia ya bastante puteada entre unas cosas y otras y a ver si sigue la cosa así.

¡Oh! A todo esto… ¿y la Policía Nacional? (cuando tenía esas obligaciones, quiero decir). Pues nada, la veía todas las semanas… en la tele, en «El comisario».

Y es que las comparaciones son odiosas.

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