Monthly Archives: abril 2006

Adéu, Oriol

De la serie: «Correo ordinario»

Via la lista de correo de administración pública de Softcatalà llego al enlace de Vilaweb (en catalán) en que se da la noticia del cese de Oriol Ferran anunciado por el mismo interesado y que será hecho público, junto con el nombre de su sustituto, por el Consell executiu (el gobierno de la Generalitat) el próximo martes.

Oriol Ferran, como saben mis sufridos y pacientes cinco o seis lectores habituales, ha sido hasta ahora -vaya, hasta el próximo martes- el titular de la Secretaria de Telecomunicacions i Societat de la Informació del Departament d’Universitats i Societat de la Informació, cargo que ha ocupado durante los últimos dos años y un cuatrimestre.

Periodista, de cuarenta y dos años (actuales), la llegada de Oriol a la STSI procedente del mundo político local desde Arenys de Mar, importante población de la barcelonesa comarca del Maresme, fue un tanto conflictiva, ya que provocó un enfrentamiento entre el PSC, que rechazaba a Oriol para el cargo, y ERC empeñado en designarlo para la Secretaria (pese a que Ferran siempre ha sido considerado como de la órbita de Iniciativa). Hombre comprometido muy a fondo con el software libre, debió parecerle un tanto extremista a esa izquierda fucsia constituida por la sociatada a cuya beautiful le gusta tanto cenar con gente importante como la Rosa de España o el hombre del talonario, Steve Ballmer, el pintoresco CEO de Micro$oft. Integrado en el ámbito Softcatalà (un grupo asociativo que predica -y da un trigo muy eficaz- la presencia del idioma catalán en el software, libre o no), la candidatura de Ferran se vio apoyada por un pliego de firmas llenito de importantes nombres de la red catalana, tanto de sector asociativo como empresarial.

Con la perspectiva que da el tiempo, acabaremos sabiendo si la confirmación final de Oriol en el cargo fue un fenómeno más del entonces inédito pormiscojonismo de ERC o de una transacción de esta agrupación política comprometiéndose a ponerle freno a la política previsible del nuevo gestor público de la sociedad catalana de la información. A fecha de hoy y mirando a los hechos pasados -y, sobre todo, a los no pasados, yo apostaría por una combinación de ambas circunstancias, pero puedo equivocarme,claro.

El ascenso de Ferran al Olimpo del ejecutivo catalán provocó en el gremio del software libre y de la internáutica oleadas de optimista esperanza. Con varios frentes abiertos y muy negros todos nosotros con la corrupción y la necedad convergente en la materia, quemadísimos con la hostilidad no sólo no disimulada sino claramente declarada por parte de la derecha nacionalista, el que Oriol Ferran estuviera ahí no es solamente que fuera una esperanza intrínseca (¡uno de los nuestros!) sino que, además, se tomó como un signo de la actitud global del Tripartit que había pactado cosillas interesantes en nuestro ámbito dentro del acuerdo fundacional que supuso el Pacto del Tinell.

La alegría duró poco. Seis meses después, publiqué un artículo en la página de la Asociación de Internautas, un artículo sarcástico y muy duro que fue muy difundido por la red, quizá porque me sonó la flauta por casualidad y acerté a tocar las teclas exactas de lo que estaba pensando todo el mundo en ese momento. Pero que no dejaba de ser una percepción correcta: se llevaba seis meses de nuevo gobierno y en materia TIC no se había hecho nada, no se avanzaba y, además, había indicios alarmantes: no se movía una brizna en el ominoso tinglado CAT365, medio Departament d’Educació de hacía la gran foto con la Rosa de España, y a las administraciones públicas no llegaba el menor efluvio de software libre… al menos, que procediera de la Generalitat.

En los primeros días del otoño siguiente, la STSI convocó la I Jornada del Software Lliure que reunió -como espectadora- a mucha gente del ambiente y en la que hubo varios ponentes. El acto no estuvo exento de interés y de alguna que otra anécdota, pero su parte más importante fue sin duda la exposición de las largas listas de proyectos e intenciones expuestas por Oriol y por el conseller (ahora ya ex-conseller) Carles Solà, exposición que fue, seguramente, la verdadera finalidad del asunto.

Sin embargo, esa larga lista de aspiraciones y proyectos -que puede verse en este último enlace- adolecía de un importante inconveniente: la falta de concreción. Decía el qué (y era un qué muy satisfactorio y muy plausible, en general) pero no decía cómo, ni cuándo, ni de qué manera.

Uno de los casos más claros de esa vaguedad y de la subsiguiente mediocridad (o redondo fracaso) en los resultados ha sido la famosa implantación del software libre en las administraciones públicas.

Se empezó mal, queriendo dar un revolcón en los terminales y empezando directamente por un escritorio Linux; algunos -no sé si muchos o pocos- dijimos que no hacía falta pretender tanto en una primera fase, que bastaría con adoptar, bajo el dichoso Window$, software libre en el navegador y en el gestor de correo (Mozilla, lo que hoy es Firefox y Thunderbird) y el paquete ofimático OpenOffice.org, programas todos ellos que hubieran podido llevar a todo el conjunto de la administración de la Generalitat a una migración suave, dulce y poco costosa, tras la cual hubiera podido pasarse a una fase siguiente que afectara a los escritorios Linux en los que los empleados públicos trabajaríamos con los mismos instrumentos ofimáticos y telemáticos y, por tanto, con idéntico manejo. Hubiera sido una migración ya algo más dura pero, gracias a la experiencia adquirida en los programas básicos, no hubiera detenido el día a día.

En vez de esto, se tomó la migración de la Universitat de Lleida a software libre en todos sus sistemas como una experiencia piloto para toda la administración, unida a otra experiencia piloto en la minúscula estructura administrativa de la propia STSI. En la II Jornada de Software Lliure, que se celebró este pasado invierno, la UdL nos explicó el éxito de su migración, del que me alegro muchísimo -y no digo esto como una simple fórmula- pero en el que, a los datos vistos allí, no pude comprender -tampoco soy profesional de la informática, claro, aunque sí de la administración- cómo podía transferirse aquello a la enorme, extendida (a veces, hasta desparramada) y en algunos casos también atomizada maquinaria burocrática de la Generalitat de Catalunya. Y la pequeña estructura administrativa de la STSI no puede decir absolutamente nada a la hora de ser extrapolada a macrodepartamentos como Política Territorial i Obres Públiques (que tiene direcciones generales que, por sí solas, gestionan más presupuesto y tienen más personal que algunos Departamentos) o a organizaciones dendríticas como el Departament de Presidència.

Y hasta hoy.

En el saldo positivo, un Plan director de infraestructuras de telecomunicación que tiene buena pinta pero en el que están por ver -parece crónico, esto- los planes de detalle, los propiamente ejecutivos. Con los planes directores se pueden hacer mangas y capirotes.

En lo demás, la STSI se ha dedicado a celebrar acontecimientos (encuentros, jornadas, certámenes, etc.) de mayor o menor interés pero muy con el aire festa cívica tan propio de la política municipal catalana.

Se va Oriol sin pena ni gloria. Es muy posible que las causas de esa gestión insulsa sean ajenas a la voluntad de Oriol (de ahí lo que decía antes de la transacción de ERC ante la sociatada), ya nos lo explicará él mismo algún día (supongo y espero), pero hoy por hoy no puede hablarse de otra manera.

Es una pena porque, en cierto modo, es una oportunidad perdida y un abono a la dialéctica barata de los políticos: cuando (¡por fin!) estuvo en el poder uno de los nuestros, el resultado fue totalmente anodino. Porque la biografía de Oriol Ferran al frente de la STSI no es la de un desempeño brillante ni tampoco puede en absoluto decirse que ha sido abominable.

Es, simplemente, la historia de una decepción.

ONGs, estatuts y fotuts

De la serie: «Los jueves, paella»

Llevo ya meses cruzándome por las anchas aceras de bulevares y avenidas con grupos de mozalbetes (generalmente tres, aunque ocasionalmente pueden ser más) que, ataviados con una especie de chaleco o jubón con el logotipo de conocidas ONG, cubren como jugadores de baloncesto el paso de los peatones a los que incitan a hacerse socios de la ONG correspondiente. Me sorprenden los modos, siendo ONG’s que parecería que han de ser ajenas a esta estética. Que recuerde con seguridad -he visto más, pero no me atrevo a dar nombres sin tenerlo claro- he visto chalecos de Médicos sin Fronteras y de ACNUR (éstos últimos, hoy mismo, en pleno Paseo de Gràcia).

Se me ocurren varias posibilidades. Una, que sea un timo dedicado a la recaudación de dinero o de direcciones postales o electrónicas aptas para ser vendidas como destinatarios de correo no deseado, que también es una actividad lucrativa (e ilegal). En este caso, cabe urgir a la autoridad municipal para que utilice la probada eficiencia de los uniformados persecutores de putas y repartidores de denuncias para reprimir esa fraudulenta actividad que se agrava por el abuso adicional de utilizar siglas de prestigio para sus fines. Y también cabe urgir a los representantes de las organizaciones afectadas para que desmientan de forma pública y notoria su relación con la actividad en cuestión y la denuncien como es debido.

La otra posibilidad es que no haya tal timo y que ciertas ONG (las dos citadas, pero ya digo que hay varias más que no cito) se dediquen a subcontratar su caza de socios a empresas comisionistas que se dedicaran a reventar por tres pesetas y un contrato de asco, puro mcjob, a esos chicos. Porque me cuesta creer -viendo lo extendido de la práctica y sus horarios- que estos chavales lo hagan en régimen de voluntariado.

Tengo muy claro que ninguna ONG -ni otra cosa igual o distinta- me captará como socio por este procedimiento basura; es más, como pille a alguna de las que soy socio haciéndolo, puede contar con mi baja inmediata y fulminante.

Eso no son maneras de desarrollar un proyecto ni de buscar medios. Y menos aún, subcontratando servicios-buitre. Intolerable para ciertas entidades.

Un día habrá que hablar muy claro de las ONG y de lo que esconden algunas de ellas.
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La temible sombra de la censura nos amenaza, según nos dicen los medios que tienen el morro de ir de izquierdosos por la vida. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? Pues resulta que la Iglesia ha hecho retirar la publicidad del libro ese (que es malísimo, por cierto), «El Código Da Vinci», de una fachada romana. ¡Voto a bríos! ¡La Inquisición cabalga de nuevo!

Pues no: la fachada de la que ha sido retirada la publicidad es la de una iglesia católica en restauración. Hombre, una cosa es la censura y otra cosa es lo que en Cataluña denominamos cornut i pagar el beure; la Iglesia se ha opuesto sistemáticamente al contenido de este libro y recuerdo que incluso llegó a recomendar a los creyentes que no lo leyeran; cosa que es una gran tontería, pero eso es lo que hubo. Así las cosas, no parece coherente que la Iglesia permita en lo que, en definitiva, es su casa (a efectos civiles, lo de la casa de Dios es irrelevante) una publicidad tan frontalmente opuesta. Sería un escarnio que se la obligara a ello, vaya.

Tampoco yo hubiera permitido, cuando se arregló la fachada de mi casa, que se hiciera desde ella propaganda de Micro$oft. Aunque dudo de que la publicidad en las fachadas que se rehabilitan redunde en un mejor precio para el vecindario y creo más bien que en lo que redunda realmente es en un mayor beneficio para el contratista, no soy frontalmente opuesto a ella; después de todo, hay publicidad muy buena y siempre es más estética que el cortinón verde con que se recubre la obra. Pero no me voy a poner el gorro frigio, y menos en mi propia casa. Y mucho menos aún pagando yo mi parte alícuota.

Pero aquí parece que se salta de la lapidación de adúlteras (no hace aún treinta años que el adulterio se despenalizó) a la pretensión de que todo el mundo tolere tan campante la puesta de su legítima a pública disposición.
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Ni contigo ni sin ti puedo seguir viviendo: contigo porque me matas y sin ti porque me muero. Esta es la coplilla más cantada en ERC cuando se habla del estatut este que han pergeñado. Yo, como soy así de radical, prefiero expresarlo diciendo que se han pillado los cojones con la tapa del piano, lo que, como dice la vieja canción de autocar de quintos, es un dolor inhumano.

Ahora están deshojando no una sino dos o tres margaritas, con respecto a su actitud ante el próximo referéndum. Porque, claro, no quieren cepillarse el estatut (compartirían, les guste o no, el fracaso) pero tampopco quieren mojarse por él. Nadar y guardar la ropa.

Pero, claro, esto no siempre es posible. Unos seguidores que presionan para que se le dé la patada en el trasero al engendro; un electorado que no va tan lejos (y del cual ya hay una importante merma a base de burradas coronadas de espinas y de escritos pidiendo comisión, y no de servicios, precisamente, entre otras muchas) y un ansia de poder que precisa del mantenmiento del tripartito ad libitum.

Propugnar un no taxativo no les es posible; de la abstención nunca se obtiene rédito político porque es de difícil atribución; el voto en blanco equivale a un «no» y computa a los efectos del «sí» mayoritario que exige la ley; el voto nulo no tendría nunca un seguimiento masivo. En todo caso, las bases reclaman acción y churrasco.

No veas qué pena me dan…

Lo que sí es penoso es que, vaya como vaya la cosa, es seguro que este estatut nacerá capado y sin el necesario y suficiente apoyo social (legalidad aparte), como el que tuvo el anterior (y aún así, del anterior se dijo -y se pudo decir- que amplias capas sociales se habían inhibido de él). Triste historia la que le espera a este, pase lo que pase.

Eso es lo que sucede cuando se sigue la teoría (como en la Ley de Propiedad Intelectual) de que lo que no gusta a nadie es, por definición, bueno. Esa es una perversión del nunca llueve a gusto de todos. Cuando algo no gusta a nadie es que no gusta a nadie y entonces es, por definición, malo.

Por este estatut, como por la LPI, alguien va a pagar un precio muy caro. Lo malo es que los que pagaremos seremos los de siempre: todos.

Menos ellos.
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Los telediarios de Tele 5 no eran ninguna virguería de calidad, nunca lo han sido. Pero, tradicionalmente, siempre eran bastante… ¿cómo decirlo?… independientes. Hasta donde cabe serlo, claro. Por ejemplo, no eran nada independientes con los fenómenos altermundistas que desde que le dieron al amo Berluscoño el disgusto de Génova, la cadena amiga les entró a saco sectario; o, por otro ejemplo, cuando, recientemente, dieron tantas muestras de sometimiento a la $GAE con la causa esa de los doce meses que fue un error pero que no y sí.

Pero desde que ha entrado el Piqueras en el asunto, eso empieza a dar asquito. La información que dieron anteayer sobre la monada sociata fue vomitiva, echando descarada e indisimuladamente abundante incienso a favor de la iniciativa y poniendo como único contrapunto una frasecilla descontextuada del arzobispo de Pamplona (evitaron cuidadosamente mencionar siquiera que desde Amnistía Internacional España se había criticado igual de duramente la monería en cuestión).

Últimamente estamos ahorrando en casa bastante electricidad gracias al televisor. Los únicos telediarios cualitativamente potables son los de TV3, pero, también tradicionalmente, barren hacia el poder que se las pelan. Los demás, son igual de sectarios y, además, malos.

A conversar toda la familia.
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Y así termina el último arroz de abril. El próximo lunes es 1 de mayo y muy probablemente -si el asco no me induce al vómito sistemático y compulsivo- hablaré de las gloriosas hazañas de esos sindicatos que llevan años empeñados en dejar a los políticos -en comparación- como unos aficionados de tercera regional.

Disfrutad de este largo fin de semana que, aunque nos pille con la Semana Santa aún cercana y tengamos las baterías con buen nivel de carga, nunca está de más el asueto. Además, esta es la única época del año en que la temperatura satisface a casi todo el mundo, frioleros y calurosos, con lo que se puede disfruutar de la naturaleza montañera o marina muy a gusto.

Por cierto: estaremos ya en pleno período fiscal. A mí me pone de muy mala leche: no porque tenga que pagar (soy un pobre asalariado puteado por una hipoteca, aunque no sea tan bestia como las de ahora, y siempre me devuelven algo) sino porque para hacer la puta declaración, la Agencia Tributaria me obliga contra todo derecho y contra toda razón a usar una mierda de Window$ porque no se dignan programar en java una aplicación PADRE eficiente bajo Linux.

Eso sí, de los impuestos no me perdonan una peseta pese a su asqueroso servicio de ciudadano de tercera.

Ahora, los libros

De la serie: «Correo ordinario»

Aprovechando la Diada de Sant Jordi, fiesta del libro en toda España y muy significativa en Catalunya (Sant Jordi es nuestro patrón), una tal asociación de escritores catalanes o de Catalunya o cosa parecida publicó un manifiesto en el que reclamaba el cumplimiento de la Directiva europea sobre propiedad intelectual que obliga a todos los Estados de la Unión, entre otras cosas, a imponer el canon por préstamos bibliotecarios.

Esta Directiva -que, obviamente pasó desapercibida para el gran público- ha sido sistemática y reiteradamente incumplida por varios gobiernos, entre ellos el español, que han visto este tema del canon por préstamo bibliotecario como un motivo de preocupación: primero porque, en lo económico, cualquier solución es mala, ya que, si se carga este canon al usuario, las protestas van a oirse hasta en el planeta Marte y si se satisface con cargo al presupuesto, además de las protestas -que también se oirán y muy airadas- el mordisco al Tesoro puede ser considerable, sin contar con que ello puede conllevar una constricción del movimiento, ahora parece que expansivo, de las bibliotecas locales y de barrio, entre otras; segundo porque, además de todos los ademases, cuenta con la frontal -yo diría feroz– oposición del colectivo bibliotecario que ve en la medida un freno brutal al acceso universal a la cultura y quizá un problema profesional por el frenazo aludido en la expansión bibliotecaria.

Quizá por eso, tanto Aznar, antes, como Zap I El Anodino, ahora, juegan a lo que en Catalunya llamamos la puta i la ramoneta y van sufriendo resignadamente las correcciones financieras -vulgo multas– que va imponiendo la Unión Europea mientras miran para otro lado.

Por lo demás, el manifiesto al que hago alusión inicialmente no es más que una proyección de la golfería y de la sinvergüencería que se extienden por el mundo de la cultura como un reguero de aceite, aunque, por otra parte, era inevitable: vistas las cifras de la $GAE con sus cánones infinitos, las sociedades intermediarias en materia librera -creo que la más caracterizada, si no la única, se llama C€DRO- atacan por ahí como una fuente enorme de ingresos de libre y arbitraria disposición. Parece que no tienen bastante con lo que nos clavan por las máquinas fotocopiadoras, por cada fotocopia, por los escáneres y por no sé cuántas cosas más (por cierto, que me resulta tristemente gracioso eso de pagar cánones por máquinas y por fotocopias y ver luego en las copisterías el letrero «No se fotocopian libros»; pero… ¿no era el canon para compensar por la copia privada?). Y lo peor es que, como pasa con la $GAE y pese a lo que diga la $GAE, toda esa recaudación no va a parar a los autores menos favorecidos por las potencias editoriales sino, al contrario, a la minoría que verdaderamente obtiene pingües ingresos por ventas. Y, por supuesto, a la camarilla correspondiente de la entidad intermediaria, compuesta generalmente por una docenita de fracasados que han encontrado ahí el chollo de su vida.

Era de temer: en cuanto empieza a correr la pela, todo el mundo toma nota del procedimiento. Veremos cuántos colectivos más van a pedir (y quizá obtener) el correspondiente canon con cualquier pretexto.

Nunca como hasta ahora era tan clara, tan patente y tan notoria la comercialización de la cultura y, en general, la mercantilización -previa apropiación indebida- de todo bien que tenga un valor por más que desde toda la vida haya sido de acceso libre para todos. Las patentes sobre elementos de la naturaleza son un ejemplo claro, pero en absoluto único (pendsemos, por más ejemplo, en el agua). Nos lo están quitando todo, están saqueando el procomún para vendérnoslo envuelto en colorines, nos están obligando, además, a comprarlo aunque no lo queramos y a pagarlo aunque no lo usemos; y si aprovechamos lo que es nuestro por libre, encima nos llaman ladrones y nos intentan meter en presidio.

Es verdad que, en parte (y quizá en mucha parte), nos merecemos esta situación. Los ciudadanos de a pie -y los españoles más que ningunos otros- tenemos las tragaderas grandes y el culo ancho; como, además, analizar es pensar y pensar cansa, basta con que el ladrón -el ladrón de verdad- nos la vaya metiendo poquito a poquito para que nosotros, pensando (es un decir) que si ya tragamos y callamos ayer por un centímetro no vamos a montar la bronca por otro. Y nos consolamos pensando (sigue siendo un decir) que, eso sí, la bronca la montaríamos si nos metieran un palmo de golpe. Y cuando nos queremos dar cuenta, nos abren el paraguas en medio de los esfínteres. Es a lo que lleva el dejarse endiñar la puntita nada más: que acaba entrando a fondo. ¡Ah! Y además, te ha de gustar o eres un pendejo electrónico.

Pero, de cualquier modo, esto no puede seguir así. Ya sé que lo hemos dicho muchos y que lo hemos dicho muchas veces pero, señores, hay que afrancesarse un poco. Yo no sé si será cuestión de andar a pedradas con los antidisturbios, de boicotear contenidos apropiativos, de echarse -pero decididamente– al copyleft o todo a la vez. Por más que los franceses digan que somos muy activos; sí, somos muy activos unos pocos, bien por libre (Cortell, Bravo…), bien asociados (AI, los ámbitos Internet de «Libertad Digital», «20 Minutos», etc…), pero, aunque tenemos el apoyo intelectual o moral de mucha más gente, nos movemos en un mar de menfoutisme masivo.

Lo peor es que no solamente nos estamos hundiendo nosotros sino que, además, estamos hipotecando (con una hipoteca de esas de ahora, monstruosas, enormes) el futuro de nuestros hijos y de nuestros nietos. Dar un golpazo -cívico, pero golpazo- es una necesidad cada día más perentoria: hay que parar esto urgentemente porque a cada día que dejemos pasar será más difícil hacerlo.

Es cuestión de vida o muerte cultural.

¡Qué monada!

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Via Ignacio Escolar llego a la noticia (que ayer leía en Barrapunto y no me podía creer) de que el grupo sociata en el Congreso va a pedir al mismo que se reconozcan derechos humanos a los simios. Sí, sí, a los micos, a los monos, a los primates, Tarzán y todo eso, sí…

Increíble ¿verdad?

Fíjate que, por primera vez, tenemos de acuerdo a un obispo (el de Pamplona, Fernando Sebastián), a la presidenta de Amnistía Internacional, Delia Padrón y a muchísima gente más entre la que me cuento yo, claro.

Los señoros, las señoras y les señores diputados, diputadas y diputades no tienen nada mejor que hacer que emplear su tiempo con los micos, mientras tenemos problemas muy graves en España, mientras hay problemas enormes en el mundo (y encima muchos de ellos nos pueden afectar) y mientras se cometen imbecilidades por doquier. Por ejemplo, Zap I El Anodino que, según parece, tanto ama ahora a los micos, sostiene cordialísimas relaciones y buen rollito con un tipejo como Fidel Castro, un dictador bastante brutal que no vacila en liquidar a la gente de hecho y, muy de vez en cuando, con su peculiarísimo derecho; pero a don Zap le preocupan más los micos que los cubanos. Producimos y vendemos armas a punta de pala; no somos los mejores -en lo de la tecnología somos unos mierdas y se nota hasta en eso- pero vendemos muchas que son capaces de matar lo suyo: y las vendemos sin mirar demasiado a qué país las vendemos, qué régimen tiene y qué va a hacer con ellas como, por no único ni peor ejemplo, a Marruecos; pero a don Zap le preocupa más la mona Chita (o como cojones la escriban los anglosajaos) que los saharauis, que llevan puteados y expulsados de su casa -por culpa nuestra, por cierto- más de treinta años.

Esto es increíble. Leía esta mañana -me figuro que en «Libertad Digital»- que Jimenez Losantos anda diciendo que está montada una peor que la del 31 y que la gente está ayuna del follón igual que lo estuvo entonces. Bueno, ya sabemos cómo hemos de valorar las comparaciones de este hombre, pero es verdad -por más que lo diga JL- que la gente está ignorando o está tragando cosas así de gordas.

Esto de las monas, después de todo, es más ridículo y gilipuertesco que peligroso. Como tampoco tengo intención de pegarle cuatro tiros a ningún mico, no tengo demasiado temor a verme procesado por asesinato (por favor, Jesusito, que me hagan a mí miembro de un jurado en un proceso por el asesinato de un orangután porque juro que la sentencia todavía se estudiará -con la facultad entera partiéndose el culo de risa- dentro de quinientos años… si es que necesitan partirse de risa con la sentencia y no les basta y sobra con el estudio de la normativa en cuestión). Es ridículo, sí, y gilipuertesco y no estrictamente peligroso, pero como señal es muy preocupante.

Que la clase política ha perdido el sentido de las proporciones es algo que ya sabíamos, no cabe esperar otra cosa de gentecilla tan insolvente. Pero lo que debería encender todas las señales de alarma es que esos merluzos se dediquen hacer barbaridades en medio de la solemne indiferencia ciudadana.

Nos tienen yo no sé si anestesiados o hastiados, pero da igual, para el caso es lo mismo. Es lo mismo y muy malo, porque muchas cosas podrían solucionarse ahora sin mayor drama que el reparto de unos cuantos puntapiés en varias posaderas que actualmente desgastan con sus culos de pingüino demasiado y costoso terciopelo del Patrimonio Nacional. Pero si esperamos mucho, si las consecuencias empiezan a ser graves de verdad (y ojo, que con estas hipotecazas, el petróleo disparado y la inflación no veas, como suban los tipos y disminuya el empleo mucha gente va a sudar frío), yo no sé qué puede acabar pasando aquí.

En este desgraciado y frecuentemente repelente país, no tenemos el saludable término medio de tirarnos tres o cuatro semanas descalabrando sales flics; aquí pasamos de tragar con todo a…

Bueno, nada, dejémoslo.

Gilipollez (N+1)

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Mira, estaba hoy un poco harto de «El Incordio». Me ha costado mucho la paella, sobre todo por falta de tiempo y de oportunidad (sarna con gusto no pica, pero mortifica) y, con todo, no he querido callar ante las imbecilidades de Telefoníca (ver entrada inmediatamente anterior) con el software libre. Y ya me relajaba: mañana ya es viernes (la audiencia baja mucho en viernes), durante el fin de semana no me leen ni mis hijas y el lunes será otra semana y otra historia. Así que estaba cenando tranquilamente con la parentela y haciendo zapping a la desesperada búsqueda de algo interesante que me proporcionara una excusa para cortarle el rollo a mi pubilla que estaba dándome, incansable, la brasa con que quiere unos pantalones «Sancagat» -y que juro por mis ancestros que no tendrá hasta que me saque un 9 en mates redactando el examen en griego- cuando, tras el inevitable repaso por concursos imbéciles, un partido del jodido balompezuña y dos idiotas que se creen graciosos haciéndose el maricón (cada uno en un idioma ibérico distinto), aterrizo en Antena 3. Me sabe mal nombrarla, pero es que necesito pruebas, porque si no, no hay ser racional que se crea lo que cuento a continuación. Y despues de lo que he visto, no me espero al lunes. Aunque el riesgo de que se me adelante alguien con algo tan grotesco, increíble y absurdo es mínimo, no lo corro, y me lanzo al «Blogger».

Resulta que esa estupidez de la ley antitabaco prohíbe que establecimientos como los kioskos de prensa lo vendan. Parece ser que el tenor literal de la tal ley prohíbe la venta directa. Ruego al lector que me perdone la imprecisión pero como no fumo (por opción personal e intransferible, no porque la sociedad tenga culpa alguna de treinta deliciosos años de tabaco incesante y creciente) y no soporto lo políticamente correcto y menos aún en materia tabaquera, no pierdo el tiempo leyendo tonterías y no me entero demasiado. Bueno, pues, como digo, prohibida la venta directa.

Los honrados kioskeros (uno de los gremios que me resulta más simpático, por cierto) pusieron el grito en el cielo. Y es que los pobres están muy puteados: primero, la prensa apropiacionista les prohibió la distribución de prensa gratuita so pena de privarles de la otra (toma libertad de prensa, que le dicen ¿eh, Polanco?); después, los pendejos electrónicos que, aunque el empresariado mediático se dejará limar el frenillo lentamente antes que reconocerlo, han hecho bajar las ventas no hasta el punto de la palabra desplome [todavía] pero sí lo bastante como para marear a los de la corbata y la gomina en vísperas de junta general de accionistas; y para acabarla de joder, el gobierno ese puritano de Zap I (y de la colega catalana, con entusiasmo mal disimulado), que les prohíbe la venta del rico aroma. Claro, los chicos han protestado enérgicamente y se han ciscado en el padre de más de uno.

Como la ley antitabaco parece ser que no molesta especialmente a la $GAE, esos sociatillas de rebajas de cuesta de enero han decidido que parcialmente puede relajarse… en su aplicación. ¿Y cómo ampliar el margen de tolerancia sin vulnerar la ley? Atentos porque os juro que no es coña y que así lo han contado los de la tele esa (a la que hago responsable de la veracidad -dudosa, es cierto- de la información, con total indemnidad de este humilde bitacorista.

Los kioskos que quieran vender tabaco (pero no vulnerar una ley imbécil ¡voto a Largo Caballero!) podrán instalarse una maquinita, como las expendedoras comunes de los bares, sólo que más pequeñas. El comprador de tabaco le dirá al kioskero la marca y cantidad de paquetes que desea y, acto seguido, abonará el importe del pedido; hecho esto, el probo comerciante tomará una especie de mando a distancia y, previa opresión de la correspondiente combinación de botones, la maquinita expendedora cagará lo solicitado que será recogido por el solicitante, sin ser tocado por el vendedor (juegos de manos, juegos de villanos).

Y esta es la forma zapatista (ay, no, bueno, del tío ese que manda, ni siquiera él sabe cómo ni por qué) de eludir la venta directa.

Para cagarse.

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