¡Croac, croac!

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Se está muriendo, como es más que notorio, doña Rocío Jurado, o cualquiera que sea su filiación civil auténtica. En fin, como antes se hacía con las parturientas, le deseo una hora corta, que es lo mejor que cabe desear ante un cáncer de páncreas en fase final. Bueno, quizá a la hora de escribir estas líneas haya muerto ya pero, en todo caso, es cuestión, a mucho estirar, de días.

Como en toda agonía de famoso que se va prolongando en el tiempo, se va repitiendo aquella escena que algunos vimos por primera vez cuando Franco cagaba melenas, es decir, decenas -quizá centenares- de reporteros a la puerta del lugar de autos y «partes» médicos o familiares cada media hora (o menos, si el programa está especializado en la cosa).

Y como en casi todos estos casos se oye gente clamar contra los reporteros, periodistas o lo que coño sean los tíos estos: lo más bonito que les llaman es buitres.

Hombre, no voy a ser precisamente yo -ni a hacerlo precisamente aquí- quien defienda formatos y profesionales (¿de qué profesión exactamente, por favor?) como las salsas, los tomates, los tus lados o las anarosas, pero no deja de chocarme, a medio camino entre la náusea y la carcajada, todo ese puritanismo farisaico que pide respeto, intimidad, silencio ante el dolor y trata de buitres a los tíos esos de no sé qué profesión que están a las puertas del domicilio de la doliente (y espero sinceramente que lo de doliente sea un decir).

Porque, señores, damas, caballeros y militares (¡y militaras! ¡y militaros!) sin graduación: aquí no hay más buitre, no hay más carroñero, no hay más basura que el respetable, que los señores telespectadores. Si al respetable lo que le interesara fuera el desarrollo de la tesis sobre si don Quijote fue el último medieval o el primer renacentista, todo ese gremio que está a la puerta de un chalet de la Moraleja esperando para ponernos delante de nuestras ansiosas narices la foto del cadáver, estaría asaltando la Facultad de Letras de la Complutense.

Llamar buitres a la gente esa, cuando el producto de su triste oficio va a suscitar audiencias muy millonarias en esa cadena y en la otra y en la de más allá (además de la del váter), no es más que una evidente y propia amalgama entre ignorancia y mala fe.

Los buitres de verdad, somos nosotros. Esos gilipollas que están a la puerta del chalet, no son más que los encargados de cebar al cerdo para echárnoslo a nosotros, a los verdaderos buitres, cuando ya huela y esté, pues, en sazón.

La verdad jode, pero curte.

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