Monthly Archives: junio 2006

Adiós, MENASA

De la serie: «Pequeños bocaditos»

El martes terminó el encierro de los últimos cinco trabajadores de MENASA en las instalaciones de la fundición. Un encierro de 345 días, a falta únicamente de menos de tres semanas para cumplirse el año.

Ayer, miércoles, se celebró en el parque Dolores Fernández Duro, de La Felguera la última de las concentraciones semanales que ese día, a las siete de la tarde, se venía celebrando como una de las iniciativas de la Plataforma en Apoyo a MENASA y del Colectivo de Mujeres de la Empresa. Todo ha terminado ya.

No ha acabado bien la cosa. Como dije hace muy pocos días, MENASA se va definitivamente al garete y sus trabajadores entran ahora en esa dinámica perversa de las recolocaciones que va a promover Industria y el Ayuntamiento de Langreo.

Simplemente termino con la transcripción -recogida de «La Nueva España»- de algunas palabras de Carlos Borge, portavoz de los encerrados, que son, en sí mismas, toda una sentencia:

«[…] sabéis que nos sentimos engañados, digan lo que digan. Nos dieron la información que querían, para que fuésemos previsibles […] Los verdaderos culpables son las federaciones sindicales, la Consejería de Industria y la Alcaldesa»

Recoja cada cual su parte alícuota de mierda y embadúrnese con ella.

Cornás

De la serie: «Los jueves, paella»

Me vengo dando cuenta, desde hace un tiempo de un ¿curioso? detalle. Hasta no hace mucho, los portavoces de la Guardia Civil, los televisivos, cuando menos, tenían una graduación muy baja, si no inexistente. Solían ser guardias rasos, quizá cabos; raramente suboficiales y muy excepcionalmente oficiales también del segmento bajo: alféreces (una graduación que parece que existe también y todavía en escalas profesionales), tenientes y algún rarísimo capitán. Tampoco se correspondía la graduación con la importancia del hecho que se comunicaba: un cabo podía estar hablando del desmantelamiento de una importante red de narcotráfico y la aprehensión de quince toneladas de cocaína y una semana después aparecer un teniente explicando la detención, más o menos accidentada, de un camellete de baja estofa cuando intentaba atracar una gasolinera.

Pero, como digo, desde hace un tiempo, casualmente desde que ETA no tira, están empezando a aparecer comandantes, coroneles y hasta incluso generales (hace una semana salió uno, pero no logré ver de cuántas estrellas) manteniéndose, eso sí, la misma regla de la desproporción en la importancia del hecho informado. No recuerdo ahora mismo de qué informaba el general, pero sí que me pareció, en aquel momento, un suceso menor, de segunda o tercera fila, que apenas ocuparía unos poquísimos centímetros cuadrados en la prensa diaria.

Me precio de ser un tío de comprensión amplia. Puedo comprender fácilmente que la seguridad no debe tomarse a chacota en momentos -desgraciadamente muy duraderos en el tiempo- en que un montón de cabrones anda asesinando a mansalva si generales mejor que coroneles y si diez mejor que cinco. También puedo comprender que, en la misma medida en que el riesgo racionalmente desciende hasta su práctica desaparición -al menos, por el momento-, amanezca en algunos espíritus hambrientos el ansia de gloria mediática. Es aquello del cuartito de hora que decía no recuerdo ahora mismo si McLuhan.

Pero también soy un tío que valora la gallardía. Quizá porque bajo la misma cruz de Santiago inserta en un águila (nuestra popular gallina) me tuvieron quince meses dándome la brasa forzosa con este tema. Y resulta que me parece muy poco gallardo… nada gallardo… incluso gallináceo… ese asunto de mantenerse a cubierto y seguro cuando caen chuzos de punta haciendo que den la cara y el insomnio los peoncillos y, a la que amaina, esconder a la tropa en la sala de guardia y salir a la luz del sol a pasar bajo el arco del triunfo luciendo fagines, espadas y bastones.

Aquel orgullo que muchísimos ciudadanos sentimos por nuestros ejércitos en la primera mitad de la década de los noventa, durante las misiones en la antigua Yugoslavia -que también, por cierto, tuvieron sus sombras, pero esa no es la cuestión ahora-, se está tornando asquito al ver el comportamiento muy poco militar, muy poco guerrero y muy poco decoroso -bastante cobardazo, digamos las cosas por su nombre-, de algunos altos mandos militares en los últimos años, desde enterradores precipitados de subordinados al adulador y pringoso beneficio político del señor ministro hasta críticos con el Gobierno e incluso con el Sistema cuyos defectos, al parecer, sólo llegan a detectar una semana antes de la jubilación. Y ahora generales televisivos justamente cuando ya parece que está lejos el peligro de que una bomba lapa se les lleve las pelotas.

¡Ánimo, valientes!
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Oía ayer que esta generación de jóvenes va a ser la primera de la historia cuya calidad de vida va a empeorar en relación a la de sus padres. Es cierto, en condiciones normales de presión y temperatura, aunque, más circunstancialmente, me pregunto qué pasa con las generaciones de hijos que viven una guerra en relación con las de sus padres que no tuvieron que chupar trinchera. Con todo, hasta las dos últimas han sido pocas las generaciones que no han tenido que batir el cobre en campos de batalla.

Por una parte, lo siento, me sabe mal. Miro a mis hijas y presiento que su futuro no va a ser negro -esperemos- pero sí muy duro, durísimo, salvando la lógica cuestión de los pluses de suerte o de infortunio personal excepcionales a los que todos estamos expuestos en todo momento. Siempre queda la esperanza de que dentro de diez años -cuando mis hijas empiecen a entrar en el mundo laboral, en su propia vida- las cosas hayan cambiado o comiencen a cambiar.

Pero también tengo muy claro que las cosas no cambian solas. Digo mejor: las cosas no mejoran solas, como tampoco empeoraron solas. Las cosas cambian por unas dinámicas, por unos juegos de vectores: unos tiran hacia un lado y otros hacia otro y la resultante (¡ah, la física de 4º de bachillerato de entonces!) determina el rumbo de los acontecimientos. Cuando crece un vector y no los otros, o cuando alguno o varios de ellos disminuyen, la resultante cambia. Creo que esto empieza a saberse hoy a partir de 3º o 4º de Ingeniería (no me atrevo, según está el patio, a dar por cierta la posibilidad de que lo sepan antes).

Y ya hace veinte años que empecé a olerme este cambio de resultante.

Recuerdo que por aquella época colaboraba como voluntario en formación de educadores de tiempo libre juvenil; la normativa exigía los 18 años, como mínimo, para acceder a los cursos de monitores, o sea que sus participantes eran, en su práctica totalidad estudiantes universitarios. Y recuerdo lo difícil que era organizar actividades fuera cual fuera la fecha porque aquellos tíos… ¡siempre estaban de exámenes!

Me preguntaba cuándo aprendían la materia sobre la que se examinaban porque parecía talmente que su vida universitaria transcurría de un examen a otro. Y les preguntaba cómo toleraban eso: en mis tiempos, en aquel entonces no tan lejanos, por la cuarta parte de lo que les hacían a ellos, sacábamos los muebles a la Diagonal y les pegábamos fuego. En mis últimos cursos de carrera, las fechas de los exámenes finales las fijábamos asambleariamente y, además, duplicadas, es decir, cada asignatura tenía dos fechas y el estudiante elegía la que más le convenía, de modo que cada cual se confeccionaba su propio calendario de exámenes. Y no había más que hablar.

Los jóvenes han perdido combatividad, se han convertido -con mis más respetuosos saludos a las excepciones, que las hay, aunque no muchas- en mansos acomodaticios, consumidores compulsivos de lo que les echen, gente desideologizada que, en el mejor de los casos, no tiene otro objetivo vital que la promoción profesional, ansia, por otra parte, muy loable, pero no como única aspiración en la vida. Hay mucho más mundo y muchos más desafíos más allá de los objetivos, de los resultados y de las cosas que se puede comprar uno con la nómina. Y ha sido esto lo que ha provocado la debilidad del vector que ha llevado, en una lenta pero implacable evolución, a la situación actual.

De hecho, llevamos treinta años en un retroceso incesante en nuestros derechos como trabajadores. Incesante. Las libertades formales adquiridas en el mundo del trabajo a partir de la muerte de Franco sólo han sido, en lo práctico, eso: formales. Podemos votar a unos representantes sindicales que no conocemos (de hecho votamos muy poco y muy pocos: el menfoutisme sindical está extendidísimo y con su razón) y los sindicatos son maquinarias en todo parecidas a las de los partidos y con la misma finalidad de los partidos: la retroalimentación. Por eso nuestros derechos retroceden incesantemente: los sindicatos forman parte de la maquinaria del Sistema y son cómplices y beneficiarios del mismo.

Yo gustaba de decir que la fuerza que hemos perdido como trabajadores la hemos ganado, decuplicada, como consumidores. Ahí podríamos hacer mucho daño, más del que nunca habíamos soñado con hacer, y de ahí que tengamos un potencial de fuerza inmenso: potencial, porque no lo ejercemos y así nos va. Por eso ya no lo digo. ¿Para qué?

Los jóvenes podrían aprovechar que han sido convertidos en máquinas de consumir para amenazar -y atenazar mediante la amenaza constante- con la peor de las huelgas que se le puede inferir hoy en día al capitalismo: la de consumo, el boicot. Pero parece que privarse de lo superfluo, de lo más prescindible, someterse a la más pequeña incomodidad, pensarlo siquiera, es algo tan doloroso que es inasumible para las nuevas generaciones.

Las cosas no pasan por casualidad, la evolución social no es como la erupción de un volcán, imprevisible e incontrolable. Cuando la evolución social va mal, hay que hablar de culpas y cuando se habla de culpas hay que ser autocrítico: no la tienen los otros. El poder financiero ha hecho su trabajo y lo ha hecho bien, ha cumplido perfectamente su papel. Son las nuevas generaciones las que no han hecho los deberes, son las nuevas generaciones las únicas culpables de lo que les pasa. Han perdido la cultura del sacrificio finalista y van a tener que sacrificarse gratis, a beneficio de otros y a la trágala. Y de por vida.

Que lo sepan mis hijas y sus coetáneos y, en su momento, que se apliquen el cuento.
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Y, como dije hace una semana, carpetazo al semestre. Pasado mañana empezará sus vacaciones mucha gente; otros, la mayoría, las haremos al mes siguiente; y los menos, pero no pocos, descansarán en septiembre. Es el verano, época poco propicia para complicarse la vida, época que pide tumbarse al sol y, como decimos los catalanes, panxa contenta.

Pero seguirán pasando cosas, ya lo veréis y seguro que, aprovechando nuestras ansias por descansar y desconectar, alguna nos van a endiñar. La ley de Murphy es inexorable cuando andan los políticos detrás de los acontecimientos.

Próximo jueves, 6 de julio, víspera del día grande, ya se sabe, a Pamplona hemos de ir y habrá, seguro, reparto de cornadas. Veremos qué culos salen perforados de ésta. Pero seguro, seguro, que no serán sólo los de los mozos en el encierro.

Los cuernos trascienden de los callejones navarros y la política española está abarrotada de cabestros: somos tan desgraciados, que ni siquiera merecemos que nos la peguen toros bravos.

No hay vuelta al ruedo para nosotros.

¡A por ellooooos, oéeeeh!

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Toujours la France, como acabo diciendo siempre. ¿Qué sería de Europa sin los gabachos?

Por de pronto, salvo inevitables astracanadas para ver quién acaba ganando la cosa, nos hemos librado del show calzoncillero hasta septiembre. Menos da una piedra. Y a los barrigones infectos del morlaco coñaquero, a ver si les da por quitarse la depresión pegándole al veterano hasta que les reviente el hígado.

Y, por cierto, el erario público -que se nutre también de mis modestas pero dolorosas aportaciones- se ha ahorrado una buena pasta en primas a los merluzos vestidos de colorado. Alguna escuela que otra se podrá construir con lo ahorrado, porque los solípedos esos no salen precisamente baratos. Eso siempre ayuda a soportar las retenciones en nómina.

Vive la France!!!

De Asturias viene el llanto…

De la serie: «Pequeños bocaditos»

San Juan es una de las fiestas más sentidas y más extendidas en toda España. No lo es menos en Asturias donde algún rescoldo del remotísimo pasado celta hace aún más sensible la atracción ante una noche que hasta no hace mucho fue tenida -y tenida en serio- como mágica, la noche del solsticio, la noche del trébol.

Pero ha sido un San Juan triste en Asturias. Muy triste.

Primero, por el accidente que se ha llevado la vida de dos miembros del grupo Felpeyu. No eran muy conocidos fuera de Asturias (no pertenecían a la élite de la $GAE: vivían de su trabajo) pero formaban parte importante de esa generación que ha levantado el folk astur y lo ha llevado muchísimo más allá de la gaita y del tambor que daban ese sonido agudo, colorista y alegre a las fiestas y a los acontecimientos.

Precisamente en mi último viaje a Asturias, el verano pasado, hice la única excepción (más o menos habitual, de año en año) a mi boicot sistemático a la música española y adquirí tres discos de folk astur: uno de ellos fue precisamente Yá!, de Felpeyu. Lo contaba en una entrada de «El Incordio» a mi regreso. Veo en el desplegable la foto de los siete. No logro identificarles, no conozco bien sus caras, pero sé que hay dos, Carlos e Igor, que ya no están y otros tres están muy mal. Algo pasó en la autopista cuando venían, precisamente -maldita sea- a Barcelona. Tenían vínculos con mi ciudad; supongo que vendrían por una actuación o varias, pero así como su productora discográfica es un pequeño sello gijonés (que me da la impresión que es de ellos mismos), la distribuidora es una firma -también pequeña, parece- de Barcelona.

Ese disco pasa hoy a adquirir un valor especial para mí. Ojalá non hubiera. Y ojalá también Carlos e Igor estén ahora en una umbría de castaños y carbayus, contemplando el transcurrir de cuélebres y trasgos, y acariciados por les xanes junto a un estanque de aguas cristalinas.

Qué menos, joder, qué menos…
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La otra catástrofe de este San Juan astur infausto es MENASA. De maneras extrañas -como todo el curso de los acontecimientos en torno a este problema- el viernes se enteraban los trabajadores (a falta de tres semanas para cumplirse el año de encierro) que TRIMAN, la empresa que hace apenas tres meses parecía segura salvadora de MENASA, daba por cancelada toda la operación de adquisición de la empresa de Lada al no haberse cumplido sus exigencias de hacerse con el cien por cien del capital, dada la negativa de trece pequeños accionistas -dieciocho por ciento del capital- a vender sus participaciones.

No se entiende muy bien. Era lógico suponer que esos trece -o parte de ellos- intentarían especular con la necesidad imperiosa de sus acciones, pero no parece que la cosa hubiera de llegar a tanto como para provocar la catástrofe total. Hundida la empresa, ¿cuánto valdrán ahora sus jodidas acciones?

Por otra parte, desde el Principado se anuncia que la empresa navarra, pese a no haberse quedado con MENASA, se establecerá igualmente en Langreo. ¿Mande lo qué?

¿Qué guarrada se esconde detrás de esto?

Los trabajadores de MENASA se sienten traicionados. No deseo a nadie la noche de verbena que seguramente habrán pasado, muertas ya -racionalmente- todas las posibilidades de salvar su empleo. Un año de lucha entre brillos de esperanza y pozos de depresión, parece que llega a su fin porque desde el Principado se han apresurado a afirmar que por puro realismo renuncian a buscar un nuevo inversor que salve a la empresa.

En condiciones normales de presión y temperatura, pensaría que el anuncio del viernes es una finta, la última, para que los accionistas minoritarios dobleguen el espinazo y se avengan, en el último momento, a vender en condiciones razonablemente buenas para todos unas acciones que no van a valer un churro si la operación no se cierra.

¿O sí que van a valer un churro? Recordemos cómo empezó el problema MENASA hace ahora un año: los propietarios, dejaron morir la empresa con la santísima intención de especular con los terrenos, lindantes ya a zona urbana cotizada e irremediablemente recalificados como tal zona urbana a plazo incierto pero seguro. Quizá para algunos sea un poco menos incierto que para otros y de ahí que, en el fondo, no interesara a nadie (salvo a sus trabajadores) salvar MENASA. Veremos cuánto tarda en llegar la recalificación. ¿A que poco?

Los trabajadores se sienten traicionados. Traicionados por el Principado, traicionados por el Ayuntamiento de Langreo (eventualmente beneficiario políticamente de la guapada residencial que sustituiría a una fea fundición), traicionados por CCOO y por UGT (esta ya es su especialidad habitual) y traicionados, en fin, por su propio comité de empresa, lo que ya es el recarajo.

El asunto de MENASA huele a mierda que no se puede parar a su lado.

Y esa mierda nos pringa a todos. Si después de un año de lucha, cincuenta valientes y sus familias salen escaldados, la derrota será de todos nosotros. Porque los centenares de menasas que hay por toda España quedan, a su vez, sin esperanza alguna.

Los malos habrán ganado.

La sangre y la letra

De la serie: «Correo ordinario»

Aunque un poco tarde (ya anda por toda la red), me entero del serial que ha liado la dirección del IES Saramago, de Arganda, en Madrid, ejerciendo represalias académicas y administrativas, e incluso denunciando judicialmente en faltas, a un alumno del centro por las críticas que éste virtió en su bitácora hacia determinados aspectos de la vida académica del centro, de la gestión directiva del mismo y también a algunas cuestiones de su administración económica.

El muchacho, al que voy a referirme por su supuesto apodo en red, Mafius, fue acusado de injurias en juicio de faltas cuya vista se ha celebrado esta misma semana.

He echado un vistazo a la bitácora en cuestión (mis lectores pueden hacer lo mismo, puesto que la he enlazado más arriba, y recomiendo que lo hagan antes de que se produzca la eventualidad de que la sentencia judicial la cierre) y, a reserva de una ulterior lectura atenta, no veo materia para sanción alguna, como no sea una sintaxis y una ortografía penosas que dicen tan poco y tan mal del crítico como, quizá sobre todo, de los criticados, aunque, eso sí, tiene las ideas bien claras y no carece de estructura mental para exponerlas muy correctamente, en términos formales. Este chaval hará carrera si dedica un par de horas diarias a leer buena literatura.

Yo no veo materia para sanción alguna -y menos penal, aún en faltas- en la bitácora en sí; otra cosa son los términos que se vierten en algunos comentarios, no pocos, por cierto. Y este es el clavo ardiendo al que se ha agarrado la dirección del centro para sacudirle la badana a Mafius. Pero, claro… ¿qué culpa tiene Mafius de lo que otros dicen en los comentarios de su bitácora? La dirección del centro sostiene -con alucinante torpeza- que algunos de esos comentarios los ha escrito el propio Mafius. Es cierto que algunos bitacoristas padecen una especie de esquizofrenia que les lleva a debatir con ellos mismos y se autocomentan disfrazados de tercero; tampoco es lo común, afortunadamente, pero sucede. Lo que también sucede es que esto casi nunca puede probarse, a menos que el esquizofrénico sea, además, muy burro.

En todo este asunto me preocupan varias cosas. Una, es la actitud de los docentes del Saramago. Otra es lo que hará el juez. Empecemos por esta última.

Lo primero que verá el juez es que, efectivamente, en el contenido estricto de la bitácora no hay materia punible, esto para mí está claro como el agua: este chico ha ejercido limpiamente su derecho a la libertad de expresión y ha utilizado para ello un medio especialmente doloroso para los criticados. Luego iremos a ello. El problema va a estar en los comentarios. Lo que parece deducirse de la psicología judicial que se desprende de las dos sentencias que ha sufrido la Asociación de Internautas en el pleito que le han interpuesto la $GAE y el Teddy, es que aquello de que quien la hace la paga está tan firmemente implantado en las circunvoluciones togadas que, ante la imposibilidad de identificar claramente al quien, el aforismo se convierte en «alguien (no importa quién sea) debe pagar por lo que alguien (sigue sin importar quien sea) ha hecho». Y el juez tenderá a responsabilizar de los comentarios al autor de la bitácora. No criminalmente, claro: la responsabilidad penal no puede ser jamás subsidiaria de la de otro; pero sí civilmente. Un parrafito torcido en esa sentencia y ya tenemos un problema planteado.

Realmente, qué hacer con los posteadores desbocados, es un problema. Es verdad que no debería permitirse el insulto brutal y gratuito amparándose en el anonimato, pero… ¿cómo se impide? Si se responsabiliza al blogger éste cerrará los comentarios de su bitácora y muchas bitácoras quedarían, de esta forma, sin parte importante de su valor; incluso, en no pocos casos, sin todo su valor. Por ejemplo, la bitácora de David Bravo se ha ido convirtiendo en el lugar de reunión, expresión y manifestación de una comunidad; hace ya tiempo que David aporta personalmente poco: se limita a recoger alguna noticia o acontecimiento, a lo sumo la comenta en muy pocas líneas y, a continuación, es esa comunidad la que desarrolla. Y en esa comunidad hay gente muy buena y también, como no, faltones y trolls a barullo. La forma intermedia -por parte del blogger– que sería la de revisar previamente los comentarios, es algo que puedo hacer yo, que tengo muy pocos (de hecho, lo hice durante mi estancia en el CMS de Bitácoras.com, pero aquí los dejo abiertos, ya que no experimento graves problemas de trolls) pero muchos autores de bitácoras necesitarían horas para hacerlo y, además, el retraso en las autorizaciones deterioraría la espontaneidad de la bitácora y acabaría prácticamente con todas esas comunidades que ha llevado mucho tiempo levantar.

Ya que a los jueces les gusta tanto la analogía con los modelos conocidos (si no, es que se pierden, los tíos), les sugiero que comparen los comentarios en las bitácoras con las pintadas en las paredes. Pintadas anónimas que dicen lo que les parece -verdaderas barbaridades, en muchos casos- y que quedan impunes porque a nadie se le ocurre responsabilizar de las mismas a la comunidad de propietarios del edificio.

Otro aspecto de la cuestión es el cuadro docente del IES Saramago, que está dando una imagen penosa, lamentable y vomitiva -y, afortunadamente, en absoluto generalizable- de la comunidad educativa española. Imagen penosa por su mal encaje de la crítica, por ácida que ésta sea; imagen lamentable por su desadaptación a la nueva realidad que imponen las tecnologías (se pierde el control de la comunicación: ya no se puede censurar -como se hacía antes- el periódico escolar del centro; ahora, un alumno abre una bitácora y expone tu culo al aire… universal; y hay que aguantarse); y vomitiva por la represión negra y salvaje que ejercen sobre el autor de la crítica utilizando para ello subterfugios e indignidades diversas. Si yo fuera el responsable educativo de la Comunidad de Madrid, quienes iban a sufrir un buen expediente o, como mínimo, unas severas diligencias informativas, iba a ser todo este gremio [dicen que] docente que está mostrando vergonzosa y desvergonzadamente a todo el país cómo no debe ser un educador. Nos ha jodido el profe de filosofía…

En vez de vestirse de gris y tomar la porra, lo que hay que hacer, analfabéticos preceptores de imberbes, es lanzarse al ruedo del debate (¡so filósofo..!) y sostenerse con razones. Explicar por qué sí o por qué no de las acusaciones de Mafius, responderle punto por punto, palabra por palabra. Vuestros alumnos aceptarán o no vuestras razones, mantendrán su protesta o la abandonarán pero, en todo caso, os respetarán (quizá porque, además, verán que os respetáis a vosotros mismos). De otra manera, no hacéis otra cosa que cubriros de mierda ante vuestros alumnos y ante la mayoría -¡gracias a Dios!- de vuestros colegas, de decenas de miles de vuestros colegas que, cada día, afrontan con paciencia, sabiduría y honestidad problemas como este… ¡y otros muchísimo más graves!

Y dejad en paz a los jueces, que bastante tienen con la $GAE.

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