Monthly Archives: julio 2006

Mossos (I)

De la serie: «Administración en marcha»

A veces lee uno cosas y cuestan de creer pero, en fin, lo he leído en «La Nueva España» de hoy domingo (en la sección Cuencas – Caudal) y tal como allí lo explica lo reproduzco yo.

Resulta que el ayuntamiento de Aller (Asturias) regala una pegatina con el escudo municipal a los ciudadanos que paguen en ese concejo el impuesto de vehículos de tracción mecánica (vulgo, impuesto de circulación). Y resulta que un ciudadano cuya identidad responde a las siglas José Luis L.C., natural de allí y residente en Barcelona pegó el escudo en cuestión en la parte trasera de su coche. La foto no es muy buena pero permite apreciar que el escudo es de unas dimensiones bastante normales y, por lo demás, es un escudo heráldico municipal como cualquier otro; quiero decir que no se trata de una señora en pelotas ni cosa parecida.

Pues bien, circulando por una carretera de Sant Feliu de Llobregat, nuestro buen José Luis fue requerido para que se detuviera por un control de los Mossos d’Esquadra (policía autonómica catalana, en la expresión literal de «La Nueva España») uno los cuales, tras comprobar que tenía la documentación en regla, sacó el bloc y el boli y empezó a redactar una estupenda multita de 50 euros. ¿Por qué?, le preguntó José Luis y nos preguntamos todos. Pues, según el de la barretina, porque podía propiciar la distracción de otros conductores.

Vaya por Dios: en una comunidad autónoma donde circulan impunemente en forma de pegatina tanto toros coñaqueros como burros autóctonos, resulta que el pobre escudo del concejo de Aller puede distraer al que circula detrás.

Luego resulta que a quienes nos hacen el control de alcoholemia es a los conductores.

Pero… ¿en manos de quién estamos?

Trasteando Linkat

De la serie: «Pequeños bocaditos»

El otro día hablaba, de pasada, de la tercera beta de la distribución Linkat, desarrollada por el Departament d’Educació de la Generalitat catalana para su uso en los centros públicos como software ordinario. Estupendo, ya era hora, aunque temo por su futuro según cómo acabe lo del 1 de noviembre.

Este fin de semana la he instalado y me he dedicado a probarla.

Primera impresión: no es espectacular. Pero no lo digo como una crítica negativa sino al contrario: me gustan las formas sencillas, siempre que el fondo sea sólido. Y el fondo de la Linkat es sólido: está basado en SuSE Linux, una distro de origen empresarial cuya marca es sinónimo desde hace muchos años de amabilidad para el usuario. Seguramente esto levantará ciertas críticas en el ámbito libre y más de uno se preguntará -con su razón- por qué Linkat no ha partido de una distro comunitaria -la quintaesencia del software libre- como Debian, al igual que hizo primero LinEx y después, obviamente, su secuela Guadalinex. Imagino que la respuesta es política: hablar de SuSE es hablar, actualmente, de Novell y hablar de Novell es hacer callar en seco a los que intentan frenar los desarrollos libres en Cataluña diciendo que no tienen soporte empresarial. Si Linkat sobrevive a uno de los probables resultados del 1 de noviembre será en cierta medida gracias a eso.

Segunda impresión: el acierto -para mí, personalmente, valiosísimo- de incorporar como cliente de correo por omisión a Thunderbird. Dentro del mundo Linux, Thunderbird no es de preferencia mayoritaria. Nunca he entendido por qué: he trabajado con Evolution y KMail y, siendo excelentes, no mejoran sustancialmente a Thunderbird; en cambio se ven arrasados por éste en una cosa: la gestión de spam. Ninguno, absolutamente ninguno, lo hace como Thunderbird y me ha sido gratísimo reencontrarme con él después de haberlo abandonado cuando decidí funcionar Linux only contra viento y marea (e, incidentalmente, no ha habido viento ni marea algunos a los que oponerse). Este fin de semana he gestionado con Thunderbird todo mi correo y ha sido estupendo ver la bandeja de entrada vacía de marranadas -completamente vacía- e ir a la papelera solamente a comprobar que no hay errores de autoaprendizaje y no los había. Ayer sábado tuve que corregirle dos sin importancia y hoy, hasta el momento, ninguno. De verdad que es un placer que recomiendo muy calurosamente. Con Window$, por cierto, funciona igual de bien, según mi propia experiencia ya algo anticuada, afortunadamente.

Tercera impresión: contiene todos los códex multimedia, incluso los privativos. Durante muchos meses funcioné con SuSE 10.1 -quizá por eso me siento tan cómodo con Linkat- y me pareció una distribución amable, cómoda y práctica, pero me encabronó mucho el asunto de que no intalara los códex privativos por razones de patentes. Mariconadas. Encima, instalarlos por cuenta propia era una llaga de cuidado. Por eso me deshice de SuSE. Linkat viene ahora a complementar ese único problema y se ha hecho casi acreedora a quedarse en mi escritorio como distribución habitual de trabajo.

Digo casi porque le he detectado un problema grave (aunque quizá sea cosa de mi máquina, tengo que mirarlo con más cuidado) y es que con escritorio KDE no me reconoce algunos periféricos importantes: el lápiz de memoria, la cámara de fotos y la Palm; sí, en cambio, la grabadora externa de DVD, menos mal; parece como si hubiera algún problema con los puertos USB y es raro porque con la SuSE 10.1 no los tuve. Tampoco instala en escritorio KDE el lector Adobe Reader que -siento decirlo porque es privativo, aunque gratuito y de libre distribución- sigue siendo lo mejor que hay para leer archivos PDF, si bien Adobe Reader sí que se instala fácilmente vía YaST en KDE. En cambio, con escritorio Gnome, funciona todo como un reloj. Me cabrea, porque yo soy más de KDE, pero en los últimos meses, entre Ubuntu y LinEx, ya me estoy acostumbrando al escritorio de la huella plantar. A ver si llega ya la Catix 3.0 al rescate…

Por lo demás, hice la instalación en catalán y me parece muy correcta (alguna cosilla, más técnica que lingüística, he pillado: por ejemplo, al desplegar el icono meteorológico del METAR del aeropuerto que permite instalar en la barra de Gnome, la velocidad del viento aparece en una estrambótica unidad definida como nph ¿nusos -nudos- por hora? Mal, muy mal: el nudo ya es, solito, una medida de velocidad (1 nudo = 1 milla náutica por hora); los nudos por hora serían, pues, una medida de aceleración y un viento como el de hoy, que acelerara, según el recuadro, a razón de entre 15 y 20 nudos por hora nos iba a dejar sin casas -y sin ciudad- antes de que anocheciera. O se escribe mph o se indica kts que es la notación internacional estándar del nudo. Nada, un pequeño bug mental que será, supongo, rápida y fácilmente corregido en cuanto lo reporte.

Permite también instalación en castellano y en inglés. Igual me decido a probar en el otro disco la de castellano, aunque no sé si valdrá la pena y no será mejor suponerla directamente correcta… instalar la Linkat me supone aproximadamente 50-60 minutos en mi ordenador y configurar los distintos programas ni te cuento; y el tiempo es oro. La de inglés, desde luego, descartada.

Y eso es todo. Acabaré de probarla hoy con unos cuantos trabajos reales (¡glub!) que tengo pendientes y mañana me dedicaré a pasarles el report de lo que he detectado que es, en esencia, lo que vengo contando.

Es un buen trabajo y merece la colaboración de todos.

Propiedades y robos

De la serie: «Correo ordinario»

¿Cómo calificar las declaraciones de Gilberto Gil en una entrevista que concede a «El Mundo» y que compendia parcialmente Todoscontraelcanon.es? ¿Interesantes? Bueno, sí, pero no es eso exactamente lo que quiero expresar. ¿Clarificadoras? ¿Pedagógicas? Algo de eso.

En realidad, no dice nada nuevo, nada que no hayan dicho -entre muchos otros- Lawrence Lessig o, sobre todo, Richard Stallman, cada cual a su modo. Simplemente dice y reitera, que la propiedad intelectual no puede ser considerada del mismo modo que la propiedad material convencional. Que una canción -o un poema- no es, en absoluto, lo mismo que un solar.

Hay una obviedad material evidente: la propiedad intelectual no puede robarse porque, al contrario de lo que sucede con la propiedad material, la copia intelectual no desposee al autor de su obra, lo que sí sucede, como es de cajón, si se roba un coche o una cartera: su dueño se queda sin ello. Esta obviedad es útil dialécticamente para resituar en un primer momento al común de la ciudadanía que nunca ha reflexionado sobre estos temas y que -ley del mínimo esfuerzo- ubica fácilmente lo de propiedad en el sentido equivocado cayendo en la trampa saducea del apropiacionismo. Pero no es la característica diferencial más importante.

De hecho -lo he dicho muchas veces y no soy el único- la propiedad intelectual no existe. Por eso escribo el término sistemáticamente con una salvedad tipográfica (cursivas, entrecomillado, o similar): porque lo uso en sentido absolutamente sarcástico. Por supuesto que los saltimbanquis del apropiacionismo aprovecharían esa afirmación para ponerme como chupa de dómine friki, anarquista, ácrata, terrorista, asocial, okupa y no sé cuantas cosas más.

Pues no. No tengo el menor inconveniente en decir, sin despeinarme ni nada, que creo en la propiedad privada y que estoy de acuerdo con aquellos que la definen como un derecho natural. Un derecho, por supuesto, sometido a limitaciones y condiciones porque también creo que el bien común es asimismo una obligación natural a la que todos debemos supeditarnos y a la que todo debe supeditarse; pero ese es otro discurso en el que no voy a entrar ahora. Quedemos, simplemente, en que admito como lógico y perfectamente aceptable que un señor pueda ser el dueño de su casa, de su coche o de su negocio mientras todo ello lo haya adquirido no sólo legalmente sino también legítimamente, a justo título moral.

Digo que la propiedad intelectual no existe porque fue un invento: no es algo que haya estado ahí toda la vida: la propiedad intelectual nace con la imprenta y, de ella, con la profesionalización independiente del autor. El profesional de la creación, si es que antes del Renacimiento pudo hablarse en estos términos, no fue independiente hasta entonces; la creación necesitó de un soporte material: un monasterio, un mecenas, una corte real o feudal… El filósofo, el pensador, el trovador, el pintor, necesitaban ser subvencionados por un hombre rico -rey, noble, mercader…- que, en dinero o en especie, cubriera sus necesidades materiales o bien hallarse acogidos al auxilio también material de la religión. Y, realmente, no necesitaban más: ése era el modelo de negocio (si se le quiere llamar así) de la época. Y no era ni mejor ni peor que otros modelos anteriores o posteriores: simplemente es el que había. El concepto de la propiedad intelectual era desconocido completamente: existían los derechos de autor (ciertos y vivos aún) consistentes básicamente en el del reconocimiento de la autoría y en el de divulgación de la obra; el mecenas tampoco adquiría derecho alguno como no fuera, a lo sumo, la propiedad del elemento material de la obra: el cuadro entendido como una tela pintada, el edificio, el libro (papel escrito encuadernado, únicamente) y muy poco más.

Pero lo que sí existía, tanto por parte del autor como del mecenas era el afán divulgativo. Nadie escribe para sí mismo, sino para ser leído por otros; ningún mecenas paga para que escriban para él sino para que esa obra se divulgue a su mayor gloria (disfrutáis de esta obra porque el gran don Fulano puso la pasta). Y la divulgación es copia, pura y simple copia. Por tanto, se copiaba a mansalva y se hacía con todas las bendiciones civiles y apostólicas: los diferentes monasterios de la misma orden o de diversas órdenes intercambiaban monjes copistas para enriquecer su patrimonio intelectual (ojo: patrimonio no es lo mismo que propiedad, porque mientras que lo primero tiene una vocación colectiva y abierta, lo segundo exige lo individual y cerrado) y en todas partes eran bien recibidos quienes venían a participar de ese conocimiento almacenado en bibliotecas y archivos, religiosos y civiles, y bienvenidos eran los que, además, aportaban conocimiento para enriquecer ese patrimonio.

La imprenta cambió las cosas y cambió también el modelo de negocio. El autor pudo profesionalizarse en un sentido más actual del término, pudo dejar de ser un asalariado, un beneficiado, para ser un profesional liberal; y para proteger este modelo de negocio no tanto al autor como al impresor -que realizaba la inversión, el que sustituía al mecenas- y para protegerlo no del usuario, no del ciudadano, sino de otras imprentas, es decir, de la competencia, se inventó una suerte de patente, de exclusiva, de monopolio por tiempo limitado, al que se llamó propiedad intelectual. También se le hubiera podido llamar patente de edición -cosa que, por otra parte, es realmente- y, desde luego, en ningún caso tiene que ver -ni originariamente se pretendió- con la propiedad material común y corriente.

Hay, además, otro elemento en todo esto mucho menos material: el concepto de procomún. De acuerdo con él, todo el conocimiento, al ser hijo del conocimiento preexistente pertenece a la Humanidad: uno puede componer una canción pero no ha inventado la música, ni los instrumentos, ni la técnica compositiva, ni su plasmación escrita ni, sobre todo, la evolución previa de la música sin la cual no podría haberse llegado a la canción actual. Todo nuevo conocimiento es deudor del anterior; quizá incluso podría decirse que no existe el concepto nuevo en el mundo del conocimiento sino que lo que nos parece nuevo no es sino una evolución de lo que ya existía: ¿el primer principio de la termodinámica aplicado al conocimiento? Quizá sí. Por eso, aunque se hable de propiedad intelectual, en todo el mundo (incluso en los Estados Unidos, tempplo universal de la propiedad privada) se parte de que el conocimiento es patrimonio de todos y que su exclusiva durante un tiempo es una concesión de la sociedad -a la que realmente pertenece la obra- al autor y no a la inversa. La prueba -entre otras muchas evidencias- es que a nadie se le ocurriría pensar que la propiedad privada material pudiera tener fecha de caducidad y, de hecho, no la tiene y la propiedad intelectual, aunque larga y tendida, la tiene. La pretensión de que, pasado un tiempo, el autor cede forzosamente a la sociedad la obra de su propiedad es una monstruosa falacia.

El problema gordo, no obstante, nos ha venido ahora, cuando lo que fue hasta hace pocos años un simple modelo de negocio se ha convertido en un complejo modelo especulativo. Vivimos en unos momentos en que los derechos de autor no están prácticamente nunca en manos del autor sino de los editores y productores; es lo único que explica esta barbaridad de que los derechos económicos de autor, en vez de durar un tiempo determinado a partir del inicio de la divulgación de la obra (como fue en un principio y como sigue siendo, por ejemplo, en el caso de las patentes industriales) estén sujetos a la barbaridad de permanecer vigentes durante setenta años a partir de la muerte del autor. Como en tantos ámbitos de la economía, han refinado el método de explotación: el autor profesional ya no es libre, es un asalariado… sin contrato de trabajo. Sólo faltan las cadenas y los remos. Y el editor o productor se apropia de su trabajo -a cambio de una comisión de miseria- durante toda la vida del autor… y setenta años más.

El ladrón, por tanto y ya que hablamos de robos (y no hemos empezado nosotros), no es el dueño que disfruta de lo suyo, sino el que se apropia de lo que es de otros. Y ya hemos visto qué es de quién.

Aplíquese cada cual el cuento.

Mocedades

De la serie: «Los jueves, paella»

Via El Comentario, accedo a este recorte de «La Nueva España» (gracias, Lamastelle):

Menasa: 11 prejubilados, 21 en la calle

El Principado, los sindicatos y la plantilla de Metalúrgica del Nalón S. A. (Menasa) han llegado a un principio de acuerdo para pactar una salida a los 32 trabajadores de la fundición que perderán sus empleos con el cierre de la emblemática fundición langreana. El acuerdo, respaldado ayer en asamblea por dos tercios de la plantilla, recoge la prejubilación de once operarios y el compromiso del Gobierno regional de mediar para recolocar a los veintiún obreros restantes, según confirmaron fuentes sindicales y de la Consejería de Industria.

Los representantes sindicales trasladaron ayer la propuesta del Principado a los trabajadores en una asamblea celebrada en Sama. El criterio básico para beneficiarse de la prejubilación es contar con una antigüedad mínima de seis años en la empresa. Estos trabajadores percibirán un 75 por ciento del salario bruto como retribución. El Principado también se compromete a «ayudar» a recolocar a los excedentes de la fundición langreana.

La propuesta, trasladada ayer a los trabajadores por los representantes sindicales, fue apoyada por veintiuno de los treinta operarios presentes en la asamblea. El resto se manifestó en contra del acuerdo, según indicó Juan Baisaneque, secretario comarcal de la Federación Minerometalúrgica de CC OO, que explicó que los sindicatos se reunirán con el consejero de Industria, Graciano Torre, para exponer la postura de la plantilla. «Los trabajadores nos han pedido que se negocien recolocaciones con empleo estable y a poder ser dentro de las Cuencas, y es lo que vamos a plantear», indicó.

Por su parte, Carlos Borge, uno de los miembros de la plantilla y portavoz del grupo de operarios que permanecieron encerrados en la fundición, expresó su temor ante la incertidumbre que se cierne sobre los obreros. «Ahora la Consejería habla de ayudar a recolocarnos cuando hace unos días se daba por hecho. Además hay que darse prisa para hacerlo, porque el 4 de agosto finaliza el expediente de regulación de empleo y estaremos en la calle».

Triste, aunque previsible, epílogo. Como se veía venir: «Donde dije digo, digo Diego». Las promesas están hechas para no ser cumplidas y salvo los once que se medio salvan (ya verán qué risa eso de la prejubilación cuando lleguen a la edad de la jubilación de verdad), los demás a la puta calle, sin remisión y ante la indiferencia de los poderes públicos cuyos ecos de de anuncios rimbombantes de que se ocuparán de las recolocaciones todavía se oyen.

Como digo siempre, vae victis!.
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Hace pocas fechas sucedió en Barcelona un acontecimiento luctuoso: una furgoneta de Mossos d’Esquadra se saltó, sin más, un semáforo rojo, y se llevó por delante a un motorista, causándole la muerte. Un acontecimiento desgraciado que debe dar lugar, por supuesto, a una depuración de responsabilidades. Después hablaremos de ellas.

Pero ayer por la noche, Antena 3 TV por poco me hace vomitar la cena porque viendo y, sobre todo, oyendo el reportaje sobre el suceso, mismamente parecía que en vez de un accidente de tráfico se hubiera tratado de un atentado terrorista. La saña con que el redactor trataba a los policías autonómicos estaba mucho más cerca del tono con que se dan las noticias sobre los desplantes de Txapote que del empleado por los propios padres de la víctima (notoriamente mayores: el fallecido tenía 41 años) que sollozaban de pura pena, sin el menor atisbo de ira, suplicando que se tomaran medidas para que algo así no volviera a suceder nunca más.

Los medios de la derecha están realmente desencadenados y la desproporción se extiende entre ellos; no hay acontecimiento, por pequeño, cotidiano y habitual que sea, que no sea aprovechado para echar sobre el adversario político, ideológico y/o mediático responsabilidades completamente desproporcionadas, aunque la desproporción llegue a constituir una caricatura del propio medio que la cultiva: el calumnia que algo queda llevado al paroxismo y a la extrema idiotez. En un país normal yo tendría la esperanza de que un trastazo electoral o una caída de ventas les enseñara que no es este el camino; pero este no es un país normal y hay gente que -contra toda memoria- parece creer que con la derecha este país sería una Arcadia feliz y sin problemas; lo malo es que también pasa la viceversa, que no pocos gilipollas -Santa Lucía les conserve la oreja, porque lo que es ya la vista…- se creen que con esa izquierda de pitiminí vivimos en el mejor de los mundos.

Tiene la señora Tura un problema que, en parte, se ha buscado ella. En aquel afán trasnochado de que los Mossos sean masivamente propios, rechazando la integración generalizada de guardias civiles y de funcionarios de la Policía Nacional, ha creado un cuerpo excesivamente joven. Excesivamente joven en su media de edad y excesivamente joven en las personas de muchos centenares -miles- de sus integrantes. Ya se han dado unos cuantos -demasiados- episodios de chulería con ciudadanos y con detenidos que la simple madurez de los agentes hubiera podido evitar; posiblemente se ignore -y a lo mejor deliberadamente- que la falta de madurez se compensa con un endurecimiento de la disciplina, pero esa parece palabra poco grata en el ambiente políticamente correcto.

Y que conste que no estoy personalmente descontento -en mi simple percepción personal- del funcionamiento de los Mossos d’Esquadra. Desde que han pasado a ellos las competencias en materia de policía judicial y de orden público, se observa una tranquilizadora presencia policial en la calle que, sin embargo, no parece agobiante. Aparte, también es de agradecer una serie de pequeños detalles como, por ejemplo, que de ordinario vistan civilmente (o sea, con uniforme, pero de calle) y no como los nacionales que últimamente no había otra manera de verlos como no fuera equipados como para ir al Vietnam; otro detalle interesante y grato es que, cuando acuden a una emergencia, no ponen la sirena a toda mecha sino que sólo la utilizan para pedir paso cuando éste se les cierra, lo que es muy de agradecer en una ciudad brutalmente ruidosa como Closcelona.

Lo de la furgoneta homicida ha tenido un detalle de adicional lamentación: no iban a una verdadera urgencia; se dirigían al lugar en el que, desde hace muchos meses, se manifiestan los vecinos del barrio de Vall d’Hebron contra la presencia de una sala de picolepsia que se ha montado allí desde hace cosa de un año contra la voluntad del vecindario. No eran peligrosos guerrilleros urbanos: se trataba de ciudadanos que llevan a cabo una protesta pacífica -por más que molesta-, periódica, ya digo, desde hace muchos meses, y en la que no suele romperse nada ni agredirse a nadie. No había tanta urgencia ni tanta necesidad de saltarse semáforos en rojo.

En todo caso, y nunca antes de establecidos judicialmente los hechos, sanciónese a los agentes culpables, pero sancióneseles por su verdadera falta o delito, lo que, en su caso, será algo parecido a una imprudencia temeraria -con o sin infracción de reglamentos- con resultado de muerte, y sufran las correspondientes accesorias y sus efectos profesionales. Pero hasta aquí. No, como parece querer Antena 3 y el resto de la perrera -que hasta parece gozosa con el dramático suceso-, por asesinato en atentado terrorista.
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21.000 euros (tres millones y medio de las viejas) ha costado la bitácora del president Maragall, según ha reconocido el conseller de la Presidència, Joaquim Nadal. ¿Cómo puede costar 21.000 euros un blog? Y más un blog como ese (vedlo vosotros mismos en el enlace) que ni chicha ni limoná, no es nada del otro jueves, nada de lo que no disfrute cualquier bitacorista con medios completamente gratuitos. El único coste de una bitácora son las horas de trabajo de su autor: ¿es que cobra Maragall un plus por escribir en la bitácora? No parece que vayan por ahí los tiros. Entonces… ¿quién se embolsa más de tres kilazos de los de antes por una bitácora que un usuario común y corriente amuebla en diez o quince minutos con cualquiera de los muchos CMS gratuitos que hay por ahí?

Estas cosas del tresporciento de verdad que a mí me superan. Me da el mismo coraje que cuando el Gobierno se gasta millonadas acojonantes en estudios que acaban concluyendo las mismas cosas que ya decíamos hace dos, tres o cuatro años los internautas… gratis. Los internautas cuando se trata de nuestro ámbito: cabe decir lo propio de otros ámbitos y de otros colectivos. Por no hablar -y no se habla- de la ingente cantidad de estudios que se externalizan pese a que podrían ser realizados con perfecta y sobrada capacitación por los funcionarios competentes y por su mismo sueldo mensual.

La alegría con que se tira de dinero público es increíble, pero esta incredulidad se ve aún superada por la que produce la impunidad -jurídica y política- con la que se ejecutan estas conductas. Un conseller del tripartit se llevó a la familia de paseo en helicóptero (pagando nosotros, claro) y aún tuvo el morro de decir que lo hizo por compaginar trabajo y vida familiar, hay que joderse; ahora mismo, estamos en estos días a vueltas con que si Zapatero ha usado un avión del Ejército del Aire para sus cositas privadas. En ninguno de estos casos -y menos en el de los tresporcientos originarios- ha habido consecuencias graves para sus autores, con la única excepción del caso Treball. En Catalunya hay materia para que se monte una mucho más gorda que la de Marbella, pero aquí no pasa nada (y ojo, que lo de Marbella ha costado: lo que ha explotado ahora es algo que se arrastraba desde muchos años atrás y durante todos estos años lo sabía todo el puto mundo).

En fin, esto es lo que hay y lo que, a lo que se ve, nos importa a todos un carajo, como si, una vez pagado a Hacienda, nuestro dinero fuera menos nuestro. Quizá el mal esté en las retenciones: si nos pagaran íntegro nuestro salario y cada año la declaración nos saliera a todos positiva (¿mira todo el mundo cuál es su cuota líquida cuando la declaración le sale negativa?) y cada primavera tuviéramos que empeñar en el banco nuestras vacaciones para poder pagar al Fisco la inmensa pastizara que todos los españoles (salvo los ricos y los pobres) pagamos ahora mismo a cómodos grititos mensuales previamente descontados de la nómina, supongo que nos pondríamos como fieras ante estos fraudes.

Pero esto de las retenciones es otra trampa del sistema: primero, porque se asegura el cobro; segundo porque consigue que nos dé la impresión de que no pagamos. Sólo así se explica que hagan con nuestro dinero de sus mangas capirotes ante nuestra beatífica indiferencia.

Pasa como con todo los demás: nos lo tenemos bien merecido.
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Y con esto cierra gloriosamente esta paella el mes de julio. Este fin de semana, muchísimos españoles se darán el bote del trabajo. Yo, como otros no pocos, aún habré de esperar un par de días más. Pero, de momento, la paella sigue -como sigue todo «El Incordio»- y, por tanto, el próximo jueves 3 de agosto aquí estará el arroz. Este año, las vacaciones, que las habrá, se retrasan un poquito. Las vacaciones entendidas como salida, como pequeño viaje (este año, un par de semanitas en el País Vasco, en la comarca guipuzcoana de Goierri): como simple ausencia del trabajo diario serán el mesecito de siempre.

La paella vuelve, por tanto, la semana que viene (y, seguramente, también la otra) pero «El Incordio», con sus correos ordinarios y sus pequeños bocaditos, sigue ahí, a pie firme, impasible el ademán (¡uy, lo que he dicho!) y seguirá dando la vara unas cuantas veces por semana.

Los sufridores de la canícula urbana aún tendrán dos semanitas de sombra fresca en este modesto rinconcito.

A los que os vais ya: que descanséis, que repongáis fuerzas y a ver si dedicáis unos ratitos vacacionales al afilado de colmillos, cachis, que si los ciudadanos mordiésemos de verdad un poquito de cuando en cuando, algunas cosas iban a cambiar y para bien.

Felices vacaciones a quienes las hayan.

LinExazo

De la serie: «Pequeños bocaditos»

En cierta ocasión, Artur Mas cometió la ignorante imprudencia de insinuar que las escuelas extremeñas rebosaban de ordenadores gracias al dinero catalán y le contesté en esta misma bitácora (supongo que ni se enteró, pero me da igual) que las escuelas extremeñas rebosaban de ordenadores gracias a que su gobierno, en vez de regalarle a Bill Gates unas increíbles millonadas como hizo CiU en Catalunya, ahorró grandes cantidades de dinero público utilizando un software mucho más eficiente, escalable, elástico, rentable y disponible: software libre.

Hace ya años que existe -y crece con éxito- la distribución LinEx creada por la Junta de Extremadura y pensada inicialmente para el sistema educativo público. Llegada recientemente a su estupenda versión 2006, se anuncia ahora (oficialmente mañana, en rueda de prensa) que LinEx equipará a toda la administración autonómica extremeña en un proceso que durará un año y que, además, se adoptarán los estándares públicos PDF y ODF (certificados ISO) como únicos de esa administración. Evidentemente, el efecto expansivo en la economía general extremeña, además de ser beneficioso, va a ser devastador para los monstruos del software apropiativo, no por su cuota de mercado en Extremadura sino porque pronto se constituirá en un modelo a seguir. Así que preparémonos para oir barbaridades y FUDs a barullo.

Dentro de unos -pocos- años, Extremadura entera será un parque tecnológico importante. Lo será, porque estas cosas generan empresa, generan empleo y generan PIB, mientras otros buscan PYMES con un farol quejándose, eso sí, de que algunos tienen muchos ordenadores con un presunto dinero propio. Ahora mismo, Catalunya, cuatro años después del lanzamiento de LinEx, lanza la tercera y última beta de su propia distribución para el ámbito educativo, que pinta muy bien, por cierto -todo hay que decirlo-, pero ha sido como un parto y no se ha llegado a ello sin una lucha denodada. Eso me lleva a decir, con mucho dolor, muchísimo, que en este ámbito, Catalunya llega; llegar, lo que se dice llegar, llega… pero se va quedando atrás. A ver si podemos empujar la cosa cuando hayan vencido los onerosísimos contratos-programa con Micro$oft, pero mucho me temo que si el señor Mas asciende al altar del lado montaña de la plaza de Sant Jaume ya nos podemos ir despidiendo, porque el álbum tecnológico catalán estará lleno de fotos de la Rosa de España.

En fin… Con tristeza por lo mío, con alegría por ellos, encantado por lo que este paso significa ya ahora pero sobre todo por lo que va a significar en el futuro no sólo para Extremadura sino para España entera y, desde luego, para el software libre a cualquier nivel, sólo me cabe dar la enhorabuena a Extremadura y a los extremeños.

¡Qué envidia!

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