Monthly Archives: agosto 2006

¡Voto a bríos, leche!

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Mañana -ya hoy para la mayoría de mis seis o siete asiduos- es «el día de Alatriste». Muchos centenares de miles de españoles -no exagero ni un corneta- estábamos esperando tal día como agua de mayo, pese al agobio de la antipática, odiosa, abominable y asfixiante propaganda de la tele berluscoña. No es tanta la ilusión por ver la película -hay prisa pero también hay que joderse: gracias a Dios, habrá tiros, bombas y puñaladas para verla lo más pronto posible- como por verla ahí puesta. Lo demás, ya llegará.

Mañana puede ser -espero que sea- el día en que alguien nos enseñe que en este puto país se puede hacer buen cine, buen cine en serio, sin necesidad de que la ministra de [in]Cultura se ponga la chupa de cuero. Y buen cine con mensaje. Con mensaje no de niño gilipollas comiendo mierda en la posguerra civil sino con un mensaje que nos está haciendo falta, un mensaje que nos dice que hubo una vez en que este país fue grande. Grande de verdad y sin necesidad de Aurora Bautista, de Alfredo Mayo, del gobernador civil de la provincia y del obispo de la diócesis.

Pero no grande porque tuviéramos grandes reyes, o grandes dirigentes. Al contrario: tras la muerte del segundo Felipe, nuestro reyes y dirigentes fueron tan pisacharcos, tan lerdos, tan analfabetos, tan traidores, tan cagapalanganas y tan capullos como los actuales. Bueno, tanto como los actuales no, pero casi. Y, aunque iniciando su decadencia, este país -al que ya va volviendo a ser hora de llamar de nuevo España, con Ñ de coño- siguió siendo grande simplemente porque sus paisanos -por aquel entonces llamados ya españoles, aunque el rey lo fuera coloquialmente de Castilla- echaron p’alante a pura y viva fuerza de cojones. Sin más. Puteados, jodidos y descalzos, pero con dos cojones -y en no pocos casos algunos importantes ovarios- de acero al molibdeno-vanadio. Más cornás da el hambre.

En este país carente de líderes, ya no competentes, sino simplemente en quienes pueda uno confiar aunque sean idiotas, quizá hayamos de buscar un estandarte en cinco novelas y una película. Visto lo visto, no sería, en absoluto, la peor propuesta. De cualquier modo, algo hay que hacer para salir de esa especie de síndrome Vietnam que nos aqueja desde hace trescientos años.

Sólo cabe esperar que no se materialice el único de mis temores al respecto y es el de que los hechos acaben dando la razón a los del burro ario y esa magnífica catarsis de capa y espada sólo sirva para que los del toro coñaquero se suban aún más a la parra en su estúpido y antipático patrioterismo gallináceo a la moda manolo el del bombo.

Nos vemos uno de estos días en el cine. Así, de paso, sabré cómo es, después de más de veinte años.

Sin que siente precedente.

Social a tope (bis)

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Uno escribe sus cosas y sus vivencias. A veces escribe cosas aparentemente disparatadas y entonces relee y se pregunta… ¿son realidades o son percepciones? Porque, claro, muchas veces lo que uno percibe es real, pero sólo para él. Otras veces es real en términos absolutos, material, palpable. Como los despropósitos de la Caixa que describí en su día, no hace mucho.

Uno relee y piensa: ¿no será una simple sensación en vez de una realidad? ¿Cómo puede una entidad tenida por seria ser tan burda, tan torpe, tan estúpidamente codiciosa, por más que sea una entidad financiera? ¿Cómo se puede llamar idiota al cliente de una manera tan descarada y tan vil? ¿Está regida la Caixa por músicos afectos al poder fáctico de la $GAE en vez de por economistas brillantes y de acrisolados conocimientos?

Luego vienen los hechos -escritos y descritos por otros- y ve que no se ha equivocado, que el hecho de que la Caixa sea una de las principales entidades financieras de este país en vez de un cuchitril de pringados no es más que la pueba palpable de que los ciudadanos de este país -y muy especialmente, en este caso, los catalanes- somos tontos del culo.

Y así nos luce el pelo.

Ensalada de verano

De la serie: «Los jueves, paella»

Último jueves y último día de agosto, 31, felicidades a todos los Ramones y Ramonas, y empezamos esta paella que certifica el fin de las vacaciones, del verano laboral, y que inicia la temporada de arroz incordiante 2006-2007.

Allá voy.
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Nuevamente epidemia mediática, esta vez de malos tratos a mujeres, eso que llaman estúpidamente violencia de género (o de número o de caso). Así, por las buenas: todo es un problema de violencia con más o menos apellidos, como una pelea de taberna o como un atentado terrorista, qué más da, todo es violencia lo mismo. Lo políticamente correcto llega a convertir en estupidez extrema la cosa más seria cuando la envuelve con el asqueroso manto de ese lenguaje cursi (gramaticalmente incorrecto, además) constitutivo de un inmenso y sistemático eufemismo.

Nunca sabemos nada de las causas de fondo del asunto. Puede ser -en la inmensa mayoría de los casos se trata de familias desestructuradas previamente- una normativa de divorcio con más de un cuarto de siglo de indecorosa antigüedad que, siendo justa en aquel entonces y acorde con la realidad del momento, es hoy una barbaridad sostenida únicamente por la berrea incansable de un autodenominado -y falso- feminismo palurdo y, según sospecho, de un lobby abogadil que no le anda lejos; o podría ser -injusticia esencial aparte- que por más normativa de divorcio que haya, ésta es una institución sólo para ricos: hay que subir a rentas muy altas para que un divorcio, una simple separación, no suponga el traspaso por los dos cónyuges de la línea de la pobreza, da igual quien tenga que pagar o quién tenga que cobrar pensiones, porque con dos sueldos normales no hay quien sostenga dos casas cuando apenas se puede con una; también podría ser -además de lo anterior- que un porcentaje importante de los casos estuviera protagonizado por inmigrantes, pero insinuar tal cosa entra aún más de lleno en el orbe de lo políticamente incorrecto, pese a la evidencia del salvaje comportamiento de los hombres islámicos con la mujer en general y pese a la evidencia de la rudeza extrema de la relación hombre-mujer (en perjuicio de ésta, claro) en subculturas muy primarias como las de algunos países iberoamericanos. También resulta curioso que las ablaciones de clítoris (una plaga de la que no nos libramos, debe ser porque está toda la policía persiguiendo pederastas por Internet) no sean incluidas en las estadísticas de violencia de género. ¿Es que no constituyen, acaso, una agresión por razón de sexo, el femenino en este caso? Pero, claro, como se trata de una violencia directa y exclusivamente atribuible a población inmigrante, meditar sobre estas problemáticas en su correcto contexto debe ser algo así, como racista, facha, xenófobo o nazi y seguro que hasta engorda o tiene colesterol.

Total, que con esto pasa como con Internet: de pronto hay epidemias y nos da la impresión de que todo el país se levanta en bytes contra los menores o en armas contra las mujeres.

Y lo único que pasa es que es agosto, que los ánimos se encienden más fácilmente con el calor (esto parece que está demostrado), que en los meses de verano no se generan noticias serias (o sea, políticas) y que los gilipollas mediáticos titulares están de vacaciones, con lo que sus lugares están ocupados por gilipollas suplentes de menor cuantía locos por demostrar al mundo que, en materia de imbecilidad, a ellos no les gana nadie y pueden ser perfectamente titulares (lo que algunos, a la larga, logran).

De cualquier cosa son capaces menos de coger el problema por los cuernos y estudiarlo a fondo sin cogérsela con papel de fumar.
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Este verano he hecho muchísima carretera, al menos para lo que acostumbro. El campamento de las niñas, que ha quedado mucho más lejos de lo habitual (en el límite mismo de la imposibilidad de ir a verlas en un simple fin de semana) y una Guipúzcoa que se caracteriza por una infinidad de pequeños pero interesantes lugares que conocer en breves visitas trazadas en circuitos por carretera, me han llevado a patearme cinco mil kilómetros en apenas un mes.

O sea que he comido mier… digo, carnet por puntos, a base de bien.

Bueno, en realidad el problema no está en el carnet por puntos. Eso es un método como cualquier otro, tan crackeable como cualquier otro: basta con tener mucha pasta y pagarle 300 euros por punto al listo que se va a hacer pasar por el infractor, o con pagarle las renovaciones de carnet de conducir al abuelo o, más simplemente, efectuarse compensaciones mutuas entre cónyuges o entre padres e hijos, beneficiando al que tenga el saldo más ajustado. Sin problemas para casi nadie: pagarán el pato, como siempre, los menos favorecidos por la fortuna, los que no dispongan de cincuenta mil de las viejas por punto para comprar, los hogares donde sólo haya un carnet de conducir y aquellos en los que el abuelo ya no pase la revisión médica ni siquiera con el cachondeo de sistema vigente establecido a beneficio de unos amiguetes concesionarios de las revisiones médicas; o sea, prácticamente los inmigrantes, el colectivo que cumple en mayor medida estas condiciones. Y si los picos o los tíos estos vestidos de requeté que van por el País Vasco o los barretineros de Tura quieren evitarlo, tendrán que cumplir la ley (y no torcerla a su antojo) y parar e identificar in situ al infractor, en vez de fotografiar en masa interpretando fraudulentamente la facultad que les confiere la normativa de soslayar la detención del vehículo cuando con ello pudiera ponerse en peligro la seguridad del tráfico.

El fastidio, la mierda, más que en el carnet por puntos reside en la estupidez infinita de las limitaciones de velocidad. Primero, en sí mismas. 120 km/h de velocidad máxima en una autopista es una canallada: incluso metiéndole el 10 por 100 de margen de que se dispone sin que salte el fotomatón del radar (recientemente rebajado: antes era del 15%); Francia, otro país que bien baila, limita su velocidad a 140 km/h que, con el margen del 10 por 100, lleva la cosa a unos razonables y amplios 150 km/h. Lo de las autovías es sangrante: 100 km/h en multitud de tramos. De las carreteras ni hablo, aunque estas sí que son de veras peligrosas teniendo en cuenta las negligencias constantes en materia de conservación y de señalización por parte de las administraciones públicas [in]competentes.

Y es que el problema no está solo en que las limitaciones de velocidad sean estúpidamente cortas, ni asimismo estúpidamente distribuidas, ni en que las cifras de mortalidad en tráfico estén estadística y groseramente trampeadas, como ya demostraron sobradamente Josu Mezo y Wonka a resultas de un artículo de «El Incordio» tras el ridículo de la Semana Santa pasada. El problema es que combinando todos los factores se logra un explosivo que habrá causado no pocos muertos, cuya composición es: en primer lugar, la excesiva atención al velocímetro, en detrimento de la atención a la carretera y al tráfico, en aquellos automóviles -la mayoría aún- que no tienen dispositivo de fijación automática de la velocidad; en segundo lugar, los apelotonamientos de vehículos en vías rápidas, todos clavaditos a 130 km/h (en autopista) circulando como bandadas de pájaros o como aviones en formación (pero los conductores no son pilotos de combate) intentando apurar patéticamente ese kilómetro por hora de más de seguridad sin radar para ver de adelantar a ese pesado que se mantiene a nuestra misma altura y no se mueve de ahí (eso ha sido una constante, en mi percepción, este verano; y la tercera, la mala leche -poco amiga de una conducción eficaz- que nos entra a todos los conductores cuando, sin ton ni son, nos encontramos limitaciones de velocidad absurdas en tramos en los que el trazado y el piso no justifican ese descenso respecto de la velocidad por omisión que la normativa permite en ese tipo de vía. En resumen, multitud de conductores en un estado de cagamento constante en quien todos sabemos.

Aparte de eso, el florecimiento estúpido de un negocio estúpido que vive de los estúpidos, como esos detectores de radar legales que, en realidad, no son tales detectores, sino simples visualizadores de una información que es pública, la ubicación de los radares fijos, combinados con un GPS para que el sistema nos diga que estamos cerca de uno. Entre otros defectos que no me voy a cansar enumerando, tiene el de que el aparatito -además de intrínsecamente impreciso- puede ser cegado por los de Tráfico el simple día que el director general esté de mal humor por un divieso en el culo y haga suprimir la información o, aún mejor, que la falsee para pillar in fraganti a unos cuantos detentadores de detectores; y entonces, comprador atontado, ve a reclamarle al maestro armero. ¿Comprendes por qué esos artilugios de ingeniería subnormal son legales?

Y espera a que empiece la temporada discotequera de verdad, en pleno invierno, y entonces a ver si hay cojones, con todo el carnet por puntos que se quiera, de comparar las cifras de mortalidad juvenil en carretera los fines de semana de antes con las de después. Por lo demás, las propias cifras oficiales -suponiéndolas ciertas… que vete a saber- tampoco están siendo tan espectaculares.

Como tampoco, a fuerza de habitual, es tan espectacular el puteo sistemático al ciudadano.
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Nos acostábamos anteanoche con una noticia medio buena y medio mala como era la salida de Clos del Ayuntamiento de Barcelona para irse de titular al Ministerio de Industria. De la parte mala, según me temo, habremos de hablar largo y tendido en los próximos meses.

Vamos a la buena. Como decía yo anteayer, nos lo hemos (vaya, nos lo han) quitado de encima. Ocho o nueve larguísimos e inacabables años aguantando a este hombre nefasto para Barcelona a la perfecta altura de Porcioles (no sé si un milímetro más o un milímetro menos, pero por ahí). Y, vaya, hombre, es ahora cuando empiezan a salir plumitas entonando la canción de sus cagadas que sólo unos pocos -poquísimos y de a pie- habíamos osado escribir antes. Y aún así, sus cagadas no salen completas.

Veamos: sus dos fracasos, según la papelería de las últimas veinticuatro horas, han sido el Fòrum (Fòrrum, para los enemigos) y el agujero del Carmel y su catastrófica gestión política (¿y qué cabía esperar?) en la que hasta hubo incluso conatos de censura, como el famoso apagón informativo. Bueno, lo del Carmel, como catástrofe material y política es tan evidente que no ha necesitado nunca comentario alguno: el que ose decir que aquello pudo ser un éxito político de Clos está para que lo encierren, pero en un manicomio y con la camisa de fuerza bien ajustada. Lo del Fòrum tiene más mandanga. La palabra fracaso en ese ámbito nunca había sido pronunciada -en papeles de envergadura- hasta ayer. Lo sabíamos todos los ciudadanos, hasta el más lerdo; y nadie se tragó aquellas cuentas del Gran Capitán en las que resultaba que hasta se había ganado dinero, cuando todos sabemos que nuestros hijos, ahora menores, serán padres a su vez y aún seguirán pagando la deuda de ese monumento inane a la megalomanía de un alcalde desencadenado al que nadie se atrevió a poner tasa ni freno. Pero, hasta ayer, el tema se soslayaba.

Es grave. Es grave pero no es lo único. Ni lo peor. Lo peor es la pérdida tremenda de calidad de vida que hemos experimentado los barceloneses adicionalmente. Digo adicionalmente porque hay que sumarla al recorte en parecido sentido que hemos sufrido todos los españoles. Nuestros transportes públicos van como una mierda; las calles están sucias y descuidadas; las normas contra el incivismo (en mis tiempos se llamaba, redondamente, gamberrismo) sólo han servido para perseguir casi sanguinariamente a colectivos marginales que causaban un daño -cuando lo causaban- relativamente menor; se ha expulsado de la ciudad -encarecimiento brutal de la vivienda, falta de oportunidades…- a nuestros jóvenes, pero no a los jovencitos-jovencitos (a esos también les llegará el turno) sino a las parejas jóvenes que empiezan su vida y que con su exilio han privado a la ciudad -sin culpa alguna por parte de ellos, claro- de miles de barcelonesitos que hubieran impedido o paliado el envejecimiento brutal de nuestra población local, aunque también es verdad que esto está en vías de solución: los chacales inmobiliarios amigos de Clos se están encargando de los ancianos más indefensos de los barrios tradicionales; nuestra antes simpática y servicial Guàrdia Urbana se ha convertido en un vulgar cuerpo represivo sin otro valor añadido o, en otros sericios, en una cuadrilla de inoperantes, no tanto, imagino, por sus individuos, sino por las escasez de los mismos causada por los recortes presupuestarios a que ha obligado la megalomanía alcáldica; hablando de servicios, ha privatizado no sé cuantos y, como subsiguiente consecuencia, su calidad se ha desplomado; y, en fin, como ya se ha dicho muchas veces, ha convertido la ciudad en un parque temático a beneficio de los guiris de los cruceros y, muy sobre todo, de la peña hostelera del señor Gaspart que, en conjunto, ha amasado con Clos mayores fortunas que con las propias olimpiadas.

Esta es, en muy pocas palabras (porque hay que ver lo que me dejo), la perla que va a asir el timón de la industria española: un especialista en convertir a los trabajadores industriales en camareros.

Que no nos pase nada. No como internautas: como españoles necesitados de una industria potente y pujante.
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Bien, pues hasta aquí hemos llegado hoy, y no me parece poco para empezar. Me parece que en esta temporada que iniciamos habrá una buena cosecha de paellas interesantes: elecciones autonómicas en Catalunya a mediados de otoño, municipales y varias autonómicas en la primavera y… bueno, parecería que nada más, pero, aunque no es necesariamente probable tampoco es imposible que cerca del verano, a poco más medio año de agotar la legislatura, unos buenos resultados de las encuestas provocaran un pequeño adelanto electoral. O sea que si la clase política ya es asnal en condiciones normales -y más en los últimos tiempos- el espectáculo electoral puede proporcionarnos momentos verdaderamente colosales.

Estaremos atentos. Hasta el próximo jueves, primero que será del mes de septiembre y antepenúltimo del verano.

Dolor de tripa

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Una estupenda noticia: Clos se larga de Barcelona. Nos lo han quitado de encima por fin. Ya era hora. ¡¡¡Albricias!!!. Le sustituye uno que, muy apropiadamente, se llama Hereu (Heredero, en castellano). A ver cómo nos quedan las almorranas.

Una noticia fatal: Clos entra con mando en plaza en el Ministerio de Industria. Justo cuando empiezan las conversaciones con la $GAE y demás congéneres para el asunto del canon y justo cuando los internautas y las demas asociaciones de consumidores estamos pidiendo presencia en estas negociaciones. Aquí tenéis un adelanto de lo que puede ser el nuevo talante en Industria:


Ay, ay, ay…

Autores y marcas

De la serie: «Correo ordinario»

Total, que estando yo por el marmitako y por la sidra (afortunadamente, no siempre a seis euros y medio), parece que un tal Ubago, uno de esos que [dicen que] canta, dijo algunas de las habituales tonterías del apropiacionismo cantachifle, la más cutre y habitual de las cuales es ese lloriqueo de «¡regulen Internet!». Nada importante, una de esas chorradas que suelta ese gremio habitualmente y a las que ya no deberíamos hacer ni caso (de hecho, no se lo hace casi nadie, salvo la ministra ¡ay! de Cultura).

Pero, claro, es verano, ferragosto pleno y, como cantaba Gardel (y ese no protestaba por piratería alguna, se limitaba a cantar bien y a trabajar mucho), el músculo duerme, la ambición descansa…, así que a falta de otras cosas más interesantes en las que andar, me entran al trapo nada menos que Enrique Dans y Víctor Domingo, el presi de la Asociación de Internautas. Tampoco son declaraciones de suma importancia: dejar en calzoncillos intelectuales al pobre Ubago no es labor ardua para un cociente mental normal.

Lo divertido del caso es que ACAM, el brazo tonto de la $GAE, se ha tomado la cosa por la tremenda y, por boca, boquita, bocaza de otro tal Juan José Castillo, gerente de la cosa esa (el Teodomiro debe estar de vacaciones o metido en la nevera envuelto en papel de aluminio, para conservarse mejor y no pasarse ya más de lo que está), ha arremetido contra nuestro presi al que atribuye nada menos que la culpabilidad de que los internautas españoles no tengamos un servicio más rápido y más barato. Imagino que se referirá a la banda ancha porque en la Asociación, por 24 eurillos al año, no sé qué más vamos a pedir.

Hombre, está bien. Cuando he regresado del País Vasco, he visto la lista de la AI bastante mortecina y el Castillo este la ha animado un poco y estamos echando unas risas a su costa. Por supuesto que no voy a caer en la tentación -que, por otra parte, no me acomete en absoluto- de defender las inocencias y las pericias de Víctor porque es que lo dicho por el tal Juanjo se cae solo. Ya digo, unas risas.

Pero, vaya, sí que me ha chocado la cosa esta que dice el tío ese sobre lo de no querer pagar su trabajo a no sé qué profesionales. No, no, te equivocas, Juanito: como muy bien decía hoy un compañero socio en la lista de la AI, el problema no está en que no queramos pagar a no sé quién por no sé qué trabajo, el problema está en que se nos obliga a pagar por un trabajo que no queremos o por un servicio que no nos interesa. ¿Ves? Si el Ubago este gana millones, como el otro profesional, el de los ricitos, por esa mierda que canta, a mí me parece muy bien, encantado de la vida, el mundo está lleno de gilipollas y me parece estupendo aprovecharse de ellos; pero, claro, no con mi dinero. Si yo no consumo eso que berrea, obviamente no quiero pagarle y no tengo por qué pagarle. Y la $GAE me obliga a pagarle. Eso es lo que no quiero. Como el bar de al lado de casa no me gusta, no entro en él y obviamente, no pago. A otros sí les gusta, entran y, claro, pagan por lo que se beben. Y todos contentos, así funciona el comercio: compro si quiero y lo que quiero; dejo de comprar -y, por supuesto, no pago- lo que no quiero.

Además, seamos claros, en la materia que tratamos, buscar un buen producto en el mercado presencial es una tontería y una pédida de tiempo y posiblemente de dinero. Hay buen producto, excelentísimo, pero no en los corteingleses y otras hierbas: está en la red y está en el directo. En la red hay gente que se busca la vida -y la va encontrando, modestamente, si se quiere, pero la va encontrando- pasando de discográficas multinacionales y poco a poco va teniendo éxito porque crea lo que quiere lo que le gusta, lo que siente, y eso, con un poco de valía, acaba siendo, inevitablemente, una buena obra (llámesele música, literatura, teatro…). Y ese mismo autor -autor de verdad, no un majadero prefabricado y ahora iré a ello- se gana razonablemente bien la vida en los conciertos, en el directo, conciertos cada vez más llenos porque los chicos de ahora cada vez quieren menos música en lata y más sensaciones y esos autores de verdad, esos que transmiten verdaderas sensaciones, que ofrecen verdadero arte, se dan a conocer en esa red que tanto odian los ubagos, los de los ricitos y los desertores del ladrillo. La lata está bien para ponerse unos auriculares en las orejas y no oir el ruido de los autobuses o de la propaganda electoral, pero para nada más. La música de verdad, la buena música, en concierto. Lo de los niñatos de porexpán, a la lata y tira que te va. Los conciertos de ésos son promocionales de la lata de la temporada y con más de la mitad del aforo regalado en concursos de sopicaldos o de radiofórmulas.

Ando estos últimos días vacacionales leyendo un libro de Lluís Bassat, «El libro rojo de las marcas», y, a medida que voy avanzando en el texto, a medida que Bassat (el indudable número uno español en la materia y uno de los grandes cracks mundiales de la misma) va desentrañando cómo se fabrica una marca, me resulta chocante la perfecta extrapolación del tema al mundo de las multinacionales discográficas. Efectivamente, todos estos cantachifles de ínfima cuantía, no tienen nada ni de creadores ni mucho menos de artistas: son eso, marcas, productos que, debidamente promocionados (excelentemente promocionados), arrojan un rendimiento a la empresa -esta sí- creadora. El nene de los tirabuzones no es un creador: es un creado. Y estas marcas, además, son caducas y eso también lo saben los verdaderos creadores del asunto: su duración es efímera, apenas los seis o siete años en que los teenagers a quienes se les han endilgado dejan de serlo. Incluso gente más seria que ha llegado a caer en esa dinámica -pienso, por ejemplo, en Hevia- acaba teniendo que volver a (y vivir de) sus orígenes -salvados los dividendos de la lata que, añadidos sobre todo al canon, pueden ser de caballo- porque su creación, de calidad en su origen, ha sido objeto y víctima de una moda efímera en la que, por tres o cuatro años, ha salido de sus cauces naturales por obra y gracia de la fabricación de fuegos fatuos discográficos. El libro de Bassat describe meridianamente el proceso de esa fabricación y también el de su caducidad, contra la cual hay remedio sólo en casos muy excepcionales; don Lluís sólo habla de coches, de televisores y de chocolates, pero todo ello, de pe a pa, es perfectamente extrapolable.

Así que, Juanito, muchacho, has perdido una ocasión de oro para callarte o, si no te podías contener, para al menos defender a los que se supone deberían ser tus auténticos beneficiarios: los artistas y creadores. Claro que mal irían éstos si te necesitaran a tí para defenderse. Se defienden solos y se hacen respetar solos trabajando -trabajando mucho-, haciendo bien su trabajo y, sobre todo, no yendo por el mundo diciendo tonterías. O sea, Juanito, muchacho, que tú sabrás a quién defiendes.

Yo también lo sé. Pero me lo callo.

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