Monthly Archives: septiembre 2006

Natalicio

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Qué penita, hombre, por cinco miserables días no pude cumplir puntualmente la promesa que hice -y que ayer reiteraba en la paella- de daros una sorpresa y es esta: «El Incordio» ha tenido un hermanito. Vaya, mejor dicho, una hermanita. Se llama «l’Escullera» y es una nueva bitácora que acabo de abrir y sobre la que ya llevaba tiempo deshojando la margarita porque, por un lado, me apetecía ir adelante con ella y, por el otro, tenía un poco de miedo de dar el paso.

«l’Escullera» será exclusivamente en catalán y de ahí que dijera que no íbais a poder disfrutarla todos; aunque el catalán es una lengua latina y, para un castellanohablante, es de relativamente fácil comprensión lectora con la simple y esporádica ayuda de un diccionario o similar recurso (cosa que encabrona muchísimo a los del Institut d’Estudis Catalans y por eso intentan liarlo lo más que pueden), también comprendo que leer en un idioma ajeno, por más que fácil, es un ejercicio de necesidad y no un objeto de placer, con lo que no me hago ilusiones sobre las parte no catalana de mi media docena más uno de fieles.

Todavía está un poco desnudilla, hay que irle metiendo cosas, enlaces, llamadas y demás, pero todo se andará.

Su temática se centrará en aspectos de la ciudad de Barcelona: en su política municipal, en su sociedad y su sociología, en su gente, en sus tradiciones… todo ello desde mi punto de vista y con mi talante habitual, que todos conocéis bien. O sea que, aunque no será tan fiera como «El Incordio», no será tampoco una bitácora precisamente amable. Ya su mismo título, precisamente, nos lleva al recuerdo de un encantador paseo, lleno de tradición, de aromas, de sabor, la Escullera, Escollera o Rompeolas, que el ínclito Clos, para variar, nos destruyó a beneficio de una mejor entrada en el puerto de los jodidos cruceros y de un hotel cuyo arquitecto será el no menos ínclito Bofill, el genio del aeropuerto botijero este que tenemos. De todo esto (y de muchas más cosas, por supuesto) iré hablando con el correr del tiempo en esta nueva bitácora cuyo enlace os refresco de nuevo:

http://www.escullera.net

¿Y qué pasará con «El Incordio»?

No pasará absolutamente nada. «El Incordio» ya no es hijo único, pero seguirá siendo la niña de mis ojos. Eso sí que lo he tenido claro desde el instante siguiente al de la aparición de la idea de la segunda bitácora: «l’Escullera» no le robará ni un minuto a «El Incordio». Cuando tenga que elegir -espero que aislada y ocasionalmente- entre uno y otro, el hijo mayor saldrá ganando siempre. Incluso seguiré hablando de Barcelona en esta bitácora, coincidiendo o no con la otra en el tema y en la fecha, porque hay cosas que ocurren en mi ciudad que la trascienden o que, en todo caso, deben ser conocidas fuera de ella, al menos en la modesta medida de mis paginitas.

Espero que os guste -a aquellos que la tengáis al alcance de vuestro conocimiento- y ya iremos viendo todos juntos qué interrelaciones y qué flujos generan una y otra andando el tiempo.

Aquí lo seguiremos día a día.

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Buen rollito, por Alá

De la serie: «Los jueves, paella»

Llevamos unos días calentitos a cuenta del Islam. Primero el Papa, que va y les espeta que esa religión es intrínsecamente violenta y que eso está feo; los del turbante, seguidamente, agarran el gran globo y, en ostentosa demostración de su no violencia y de su tolerante beatitud ante las críticas, amenazan con arrasar el Vaticano, queman efigies del Papa y, en fin, llevan a cabo otras similares actividades culturales de buen rollito. Después viene Aznar y dice algo quizá inoportuno, según está el patio, pero sensato, sin que siente precedente, las cosas como son: que harto ya de que la civilización occidental pida perdón una y otra vez por cosas que a la luz del siglo XXI fueron tropelías (y que quizá en los tiempos en que se cometieron -en su progreso humanístico, en su cultura y en su mentalidad- lo fueran mucho menos), aún estamos esperando que los del turbante hagan lo propio por lo ídem desde, efectivamente, la invasión y ocupación violenta de un territorio soberano (España, of course) hasta el simpático cañonamiento de los Budas afganos a cargo de aquellos moderados y píos talibanes, pasando por la ocupación de Constantinopla, todavía mantenida hoy día y que algún país musulmán utiliza -como si fuera su territorio soberano- para justificar su pretensión europea (contra la opinión y deseo, por cierto, de la mayoría de los ciudadanos de la Unión, sistemáticamente desoídos, no faltaría más, por sus propios políticos), pasando por el asuntillo aquel de Nueva York y las torres que igual es que se cayeron solas y no a causa de un jueguecito de los hijos de Alá, y no digo que pasando por los trenes madrileños de aquel infausto marzo porque igual la culpa la tuvo la FAI. Y, finalmente, cagaditos ante tanto pacifismo islámico, tan buen rollo musulmán y tanta filantropía mahometana, los promotores de una obra teatral que iba a representarse en Alemania en cuyo argumento constaba una decapitación (obviamente simbólica) de Jesucristo, de Mahoma y de una tarcera deidad, no sé si Buda, han preferido envainársela por si las moscas, incurriendo con ello en las iras de doña Ángela Merkel, la cancillera teutona; pero, claro, por más cabreada que esté doña Ángela, los acoquinados teatreros no corren el menor peligro de que ésta los degüelle, les estrelle un avión en casa o haga que la FAI, la francmasonería, los rosacruces o vete tú a saber, les metan una mochila-bomba cuando viajan en tren; así de salvajes e intolerantes somos los occidentales. O sea que la opción es clara: entre el peligrosísimo cabreo de la Merkel y las bonachonas cabezadas de desaprobación de una legión de mullahs, serán valientes y se enfrentarán a la alemana, sí señor, con dos cojones.

Ya sé que ahora saldrá media docena de progres de mercadillo de pueblo a llamarme islamófobo, que es una de las últimas delicadezas de la chusma políticamente correcta, pero mira, oye, me lo pongo por montera. Lo que no acabo de entender, en todo caso, es esta especie de síndrome de Estocolmo que nos aqueja. Una civilización (entendiendo como civilización un determinado modo de entender la vida y, en ese modo, la organización de la sociedad y los valores individuales) ha declarado la guerra a la nuestra y nosotros no parecemos dispuestos sino a encender por nuestra propia mano la mecha que está debajo de nuestro mismísimo culo. No es que se hayan cometido tales o cuales actos de agresión: es que se nos ha declarado clara y diáfanamente la guerra. ¿Con algunas razones? Probablemente. No somos unos angelitos, desde luego, y llevamos muchos años puteando gravemente al moro, aunque compartimos este puteo activo con el de sus propias clases dirigentes (ideológicamente dirigentes, en muchos casos). Pero que debamos hacer un examen de conciencia colectivo -y, obviamente, actuar en consecuencia-, no implica dejarnos asesinar en masa en base a una especie de sentencia unilateral, brutal y genocida y mucho menos, ¡y muchísimo menos! renunciar a los principios que definen la esencia misma de nuestra propia cultura, entre los cuales se hallan la libertad de conciencia, de culto y de expresión. A los que, por cierto, ellos -los musulmanes- se acogen con entusiasmo y con tonantes voces de exigencia cuando están en nuestra casa, mientras que no sólo impiden esos derechos en la suya (y frecuentemente con el uso intensivo de la pena de muerte), sino que también intentan impedirlos en la nuestra cuando su ejercicio no les gusta.

En Europa siempre hemos sido muy raros para estas cosas. Cuando Hitler se puso chulo, en los años 30, también hubo acróbatas del buen rollo que propugnaban paciencia y templanza mientras el otro se zampaba tranquilamente Austria y Checoslovaquia; la humillación que supuso para Alemania el Tratado de Versalles, armisticio (en realidad, imposición de condiciones para una rendición) que puso fin en falso a la primera guerra mundial, explicaba el fenómeno Hitler y, en cierto modo (sólo muy en cierto modo), justificaba que los alemanes se hubieran echado en sus brazos. Pero esa explicación y esa justificación relativa, jamás debieron ser pretextos para una debilidad europea frente al nazi. Cuando, en definitiva, se colmó el vaso de la paciencia, arreglar el estropicio tuvo el coste que es público y notorio. Seis o siete años antes, hubiera sido muchísimo más barato.

Veremos en el futuro cuánto acabará costándonos el buen rollito. El nuestro, por supuesto.
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Pues, hablando de cosas calentitas, podría ser que el asunto este de la movida por una vivienda digna del día 30 funcionara y todo. Se nota ambientorro y la blogosfera está respondiendo decentemente. O sea que no son de esperar multitudes tremendas (ojalá, pero no creo) pero parece que, bueno, tampoco van a ser numeritos patéticos de unos pocos -poquísimos- centenares de esforzados.

Se intenta llegar a la cifra de 10.000 para ciudades como Barcelona o Madrid. Eso constituiría una movilización digna pero, desengañémonos, sigue siendo muy escasa ante la magnitud del problema y ante el esfuerzo convocante. Sin ir más lejos, este mismo domingo, día 1 de octubre, al día siguiente del señalado para la manifestación pro-vivienda, en Barcelona se va a celebrar un festival aéreo para el que se barajan cifras de asistencia cercanas al medio millón de personas (y, vistas las de otros años, no son cifras nada aventuradas); por lo menos la mitad de los que van a asistir al festival son personas cuya problemática los hace susceptibles de participar en la movida del día anterior. ¿Dónde estará y haciendo qué toda esa masa ingente el día que se intente dar un paso para solucionar uno de sus más importantes problemas?

Puedo imaginármelo: salvo unos pocos que estarán ocupados con cosas serias -serias de verdad: trabajo, voluntariado, etc.-, los demás estarán engrosando el aforo de cualquier espectáculo o actividad de ocio; o, simplemente, en sus casas (o sea, en el domicilio familiar, en el de los padres) viendo la tele (que ya son ganas).

Hay veces en que los problemas surgen y cuesta mucho llegar a saber por qué, cuál ha sido su génesis. Otras veces, hay problemas que se eternizan y uno se pregunta por qué narices cuesta tanto resolverlos.

Pero otras veces, ambas cosas están claras: los problemas surgen porque un montón de sinvergüenzas se suben al tren del pelotazo o, simplemente, viven en un estado de permanente especulación; y los problemas no hay quien los resuelva porque los sufre gente cobarde, apalancada, acomodaticia y, desde luego, un punto (o muy) masoquista.

En el caso de la vivienda -como en el del canon- la cosa está bien clara.
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Calma chicha en Catalunya, caramba. Nadie diría que estamos prácticamente a un mes de las elecciones al Parlament o, lo que es lo mismo, al Gobierno de la Generalitat. Hay encuentritos, sí, hay comentarios, sí, hay, aquí, allá o acullá, alguna pequeña echada de trastos a la cabeza del contrario, pero no hay sang i fetge (sangre y pus se diría en castellano). Se conocen los presupuestos generales del Estado para 2007 y hay quienes opinan que no están mal y hay quienes opinan que nos dan poco, pero sin griterío, sin follón.

Por un lado, está bien, así deben ser las cosas: comportarse como personas y no como dogos argentinos siempre en busca de la yugular del contrario en medio de los aullidos de la jauría.

Pero, por otro lado, resulta sospechoso porque, desgraciadamente, esto no es normal. En España (o en los países hispánicos, o en el Estado, o en la nación de naciones, o como quiera que le llamen ahora al sitio este en el que estamos) esto no forma parte de la climatología habitual. Entre esto y la perrera, hay un término medio que es más nuestro, más habitual, más incardinado en nuestro medio ambiente sociológico en el que cagarse en la puta madre de alguien ya casi no va siendo ni insulto, de tan común.

Algo raro está pasando, estoy convencido de ello. ¿No será que…? ¡No, no! ¿Cómo voy a pensar eso de nuestros políticos, hombre de Dios? ¡Jamás en la vida, caray! No me hagáis caso: es que, por un momento (deben ser lo años, que ya pesan) se me había ocurrido que estos tíos ya se habían puesto de acuerdo y que ya estaba el pescado vendido votemos lo que votemos.

Pero no, hombre… ¿Cómo iban nuestros políticos a hacernos una cosa así?
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Pues hala, ya nos hemos echado al coleto este primer jueves de otoño, último del mes de septiembre. La próxima paella verá la luz dentro ya del último trimestre del año y ya no digo aquello de que el tiempo vuela; primero, porque ya lo dije la semana pasada; y, segundo, porque es un lugar común, igual que aquello de que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad (aunque la $GAE no quiera verlo y los políticos no se enteren).

Tengo pendiente una cosilla con mis lectores, puesto que les hice una promesa que no he podido cumplir, algo relacionado con una sorpresa. Preveía inconvenientes técnicos que me impidieran responder a la promesa; otra cosa es que, efectivamente, me han surgido inconvenientes técnicos pero no precisamente por el lado que los esperaba. Y es que la ley de Murphy es inexorable, ya se sabe… O sea que dejamos la cosa para dentro de una o dos semanas. Con mis más sentidas disculpas. Esto me pasa por bocazas, pero es una cosa que me hace mucha ilusión y la tenía tan encima ya, que no supe callarme. Bueno, no pasa nada: nunca es tarde si la dicha es buena. De todos modos, aviso que no todos mis seis o siete podrán disfrutarla, ya lo siento… En su momento sabréis por qué.

Hasta la semana que viene, por lo que se refiere a este arroz. Pero «El Incordio» sigue día a día, erre que erre. Y con buena salud.

Puta locura

De la serie: «Correo ordinario»

Cuando la cólera hace perder el sentido de la mesura, se cometen muchas tonterías, es un poco como el pánico. Puede comprenderse. Puede comprenderse mucho menos cuando esta cólera es corporativa, es decir, cuando no afecta a una persona más o menos dependiente de su carácter, de sus sentimientos y de su genio, sino a un colectivo pensante y deliberante, como puede serlo, por ejemplo, un Ayuntamiento; puede comprenderse mucho menos, pero sigue pudiéndose comprender si se hace un esfuerzo. Lo que no se entiende, en absoluto, es que un juez pierda el oremus y ese, en su puesto aún más necesario, sentido de la proporción y reaccione ante la palabra internet como si hubiera recibido un cablazo.

Por partes. Me entero de la cuestión via Barrapunto y Noticias Dot.

Hay un individuo, que responde al nick de Torbe, que tiene una página web, una especie de portal un tanto esperpéntico que responde al ilustrativo nombre de Puta Locura y que dedica a recrearse en las cutreces más características. Nada del otro jueves, si bien lo miramos: cosas como esa las hay por un tubo en la red y tienen su clientela; ya se sabe que, para gustos, los colores. Bueno, pues el tal Torbe insertó hace dos años en su página web una entrada sobre las mujeres de Torrelavega (Cantabria), ciertamente grosera, en la que las calificaba global y colectivamente de «feas», atribuyendo esta fealdad a una descendencia especialmente directa del homo neanderthalensis que, por cierto, Torbe redirige, como es de ver, a las mujeres vascas, de las que tampoco dice, precisamente, galanuras. En fin, en mi opinión, si este chico va así por la vida presencial, poco roscos se va a comer y, si se los come, prefiero no pensar con qué tipo de partenaires se lo hace. Pero allá él con su circunstancia, con sus partenaires y con sus roscos.

Hasta aquí, como queda dicho, todo normal; de ningún buen gusto, pero normal.

El asunto se complica cuando el Ayuntamiento de Torrelavega se encabrona un año después y presenta una querella criminal por injurias contra Torbe. El anuncio de esa querella criminal, por otra parte, está lleno de curiosidades alrededor de la gran cantidad de molestias que se ha tomado la corporación municipal si atendemos a lo dicho por doña Lidia Ruiz Salmón, concejal de Igualdad, sobre que los servicios jurídicos del consistorio han hecho distintos estudios para evaluar la situación, acumulando un expediente sobre el caso bastante voluminoso […] (sic, en el medio que se enlaza). O sea que a los ciudadanos de Torrelavega les está costando la torta un pan.

Es una gran tontería. No es que el Ayuntamiento de Torrelavega no tenga derecho a presentar esa querella criminal, pero con ello da una trascendencia al asunto que jamás hubiera tenido sin ese acuse de recibo. Conozco poco Torrelavega; paso cerca cuando voy a Asturias o regreso de allí y creo recordar que la visité hace muchísimos años pero apenas guardo memoria de esa visita, lo que quiere decir que no me llamó la atención, ni para bien ni para mal, cosa que implica que, en mi opinión, las chicas de Torrelavega no son implícita, ni colectiva ni globalmente feas porque, en ese caso, hubiera recordado tan peculiar detalle. Ahora, toda la red está al caso (y baja llena) de que un botarate ha enlazado directamente a todo el mujerío de la población cántabra con un homínido prehistórico. Eso es pedir a gritos que le pase a Torrelavega lo que a Lepe, cada cual en su terreno; y -ojalá no, pero el peligro es cierto- las pobres mujeres de Torrelavega van a tener que desplegar a todo trapo, y quieras que no, un sentido del humor que si lo hubiera tenido antes su Ayuntamiento no hubiera sido necesario ni con ganas ni sin ellas.

Pero eso, con ser grave, no es lo peor. Lo peor es el señor juez.

El señor juez debe pertenecer a ese sector de la judicatura que en cuanto oye la palabra internet ya debe creer que tiene que vérselas con la guerra del Vietnam o cosa parecida, se arremanga la toga y lanza la gran carga de caballería jurídica, en una exageración formal tan similar a la del Ayuntamiento de Torrelavega, que bien podría compararse a la carga de la Brigada Ligera, y, en vez de proceder como es común en estos casos (por ejemplo, cuando el presunto delito se ha cometido sobre el papel y no en la red), es decir, citando al imputado a declarar en calidad de tal, con todos los pronunciamientos y prevenciones legales, y seguir normalmente la instrucción hasta su elevación a plenario. Sobre todo cuando es un asunto tan poco claro -en lo referente a su calificación- en el que nos estamos moviendo en el muy borroso, elástico y amplio límite (más bien un hinterland, una tierra de nadie) que hay entre la injuria y la libertad de expresión. Que nos lo cuenten a nosotros, los de la Asociación de Internautas. Pues no: su señoría manda a la poli para detener a Torbe en su domicilio, con dos cojones, hombre; una medida probablemente ajustada a estricto derecho sobre la que el juez es soberano pero que el juez sabe mejor que nadie que debe aplicarse con suma moderación y restricción y que prácticamente nunca se utiliza en delitos de persecución a instancia de parte, por más que esa parte sea una administración pública.

Con ello, la inicial tontería del Ayuntamiento de Torrelavega ha tenido un efecto multiplicador en la desmesura judicial que, obviamente, tendrá un efecto devastador en la red.

No se me interprete mal. No estoy pretendiendo decir que en la red todo vale. En absoluto: en la medida de lo técnica y jurídicamente posible (que no siempre lo es), hay que exigirle a cada cual la responsabilidad por sus actos y por sus palabras. Pero hay que tener en cuenta las limitaciones que tiene la red, en relación al mundo presencial, en el asunto este de la persecución; hay que tener en cuenta las especificidades de Internet, las peculiares características de la red que hacen que, como en el presente caso, si no se actúa con fina y sutil habilidad, cum grano salis, como le sugería el secretariado comunista al alcalde Pepón en la obra de Guareschi, no sólo puede frustrarse el propósito, sino que puede haber un efecto boomerang que lleve lo contraproducente a lo devastador.

«Puta locura» era, hasta hoy, una página de cierto éxito; sus visitas, a partir de hoy, se van a multiplicar y no por mérito de Torbe sino por la torpeza de la corporación municipal cántabra de marras.

Lo siento -lo siento de verdad, de corazón- por las verdaderas víctimas de todo este desagradable asunto, las mujeres de Torrelavega, con las que me solidarizo citando un refrán catalán: «Brams d’ase no arriben al cel»; que, libremente traducido, vendría a decir que «Los rebuznos no les llegan a los ángeles».

En todo caso, hay que tener en cuenta algo que siempre le he oído decir a mi padre: hay muchas mujeres feas que, a los cinco minutos de hablar con ellas, te olvidas de que lo son. Y apostillo yo: lo mismo que ocurre con muchas mujeres guapas.

Una rosa y un beso. A todas ellas.

Danzad, danzad, malditos

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Ayer terminaron las fiestas de la Mercè, y casi acaba mal el asunto: una multitud (calculada en 200.000 personas, más los que quedaron fuera, Mossos d’Esquadra mediante) abarrotaron el recinto del Fòrrum para ver la actuación de «El canto del loco»; parece que hubo incluso conatos de avalancha y, por supuesto, el sistema de transporte público resultó colapsado y severamente desordenado. Es natural y, por una vez, la culpa no la tiene el Ayuntamiento (y conste que en otra parecida ocasión también exculpé a John Anestesia) porque no es posible responder correctamente ante una masa de más de doscientas mil personas que se mueven simultáneamente hacia o desde un lugar. Además, en el otro lado de la ciudad se celebraba, más o menos a la misma hora, el tradicional «Piromusical», que también congrega a una ingente masa que debe ser vigilada, atendida y transportada. A todo no se llega. La culpa del Ayuntamiento, en todo caso, está en la promoción de esos espectáculos multitudinarios cuando sería mucho más deseable familiarizar la Mercè con actos descentralizados y más pequeños en los diferentes barrios. Allá películas: personalmente, no me moví de mi barrio -apenas siquiera de mi casa- en todo el fin de semana (soy, en este aspecto, muy franquista: las masas de más de veinte personas me producen urticaria o, como dice un amigo mío: la gente debería estar prohibida).

Lo que me entristece de todo este asunto es ver a toda esa masa ingente movilizándose, casi diría que con bulimia feroz, por una propuesta de ocio mientras que las cosas verdaderamente serias que -habrá que decir: teóricamente– preocupan de verdad a la ciudadanía obtienen movilizaciones casi de risa, de centenares de personas o, en el mejor de los casos, de unos pocos miles.

Se dice que los jóvenes están preocupadísimos con el tema de la vivienda y su carestía. Bien: el próximo sábado hay una convocatoria en toda España, ciudad por ciudad. Ya veremos cuánta gente acude, pero no hay ninguna razón -contra toda lógica- para ser optimista. Si, por el contrario, acudieran a la convocatoria doscientas mil personas, si el delegado del Gobierno y la señora Tura se volvieran locos para rebañar policías de aquí y de allá para cubrir bien la cuestión; si el alcalde tuviera que dejar su asueto para ir al Ayuntamiento y devanarse los sesos para ver de dónde saca personal con el que reforzar el transporte público; si la prensa de papel y televisiva tuviera que jorobar el fin de semana a media plantilla para cubrir el acontecimiento; si los miembros de los consejos de administración de bancos y cajas tuvieran las líneas echando humo, oye que el lunes tenemos que hablar de esto, no faltes, a ver si este asunto va a traer consecuencias; si idem del lienzo los de las constructoras, joder, a ver qué va a pasar el lunes en el mercado contínuo; si los gobiernos de todas las administraciones tuvieran que masturbarse las meninges, a ver ahora qué decimos, oye, Pepito, qué se te ocurre que podríamos hacer para que parezca que afrontamos este tema en serio, qué medidas anunciamos que cuelen… Si todo esto sucediera, como ya dije hace muy pocos días, se habría dado el primer paso (y quizá de gigante) hacia la solución del problema.

Y lo que aún tendría más valor… ¿Más? Sí, más: la gente podría llegar a darse cuenta del poder real que tiene, sin necesidad de la tontería esa del votito; la gente podría darse cuenta de que puede frenar en seco muchísimas de las agresiones a que constantemente la somete el poder político y económico. Se podría poner en vías de solución el problema de la vivienda, del trabajo precario, de la propiedad intelectual, de la estafa del precio de la gasolina… ¿Sólo con manifestaciones? Es que no es la manifestación: es que lo que necesitamos, lo que realmente atemorizaría al enemigo sería la exteriorización de la firme voluntad de actuar en común, al unísono y con un mismo objetivo, sirviendo solamente a nuestros propios intereses, tal como los percibe cada uno de nosotros, sin la interferencia manipuladora de los de siempre.

Por supuesto, eso es puramente ilusorio; no porque sea objetiva o materialmente imposible, sino porque el instinto gregario y un hedonismo brutal y a todas luces exagerado cuidadosamente cultivado y frecuentemente abonado y regado por los interesados, tienen inactiva nuestra capacidad individual -y obviamente, la colectiva- de razón y de reivindicación. La perfección con que la manipulación de las masas ha avanzado en los últimos dos mil años ha llevado a que sobre aquello del panem et circenses, puedan prescindir del panem. Con la jarana, basta.

Y así nos va, claro.

Alatriste

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Bueno, pues ya he ido a ver Alatriste.

Tras veinte años (más bien largos) sin ir al cine, he comprobado varias cosas… La primera, que las butacas de los cines de ahora son muy aparentes, pero a los diez minutos de estar sentado ya no sabes dónde meter el culo; antes, una vez te habías asegurado de que ningún cabrón había pegado un chicle en la butaca, no era la cosa para siestas, desde luego, pero se sobrellevaba bien la inmovilidad. La segunda, que tanta cagarela sobre las virtudes del cine en la sala y nada, todo mentira: la cosa, tal como se proyecta en el papel ese de delante, parece rodada en 400 ISO y el sonido no es tal sino un ruido de mil millones de innombrables, no sé qué necesidad hay de dejar sordo al público. La tercera, es que después de treinta años sin censura (o eso dicen los ilusos), sigue habiendo gilipollas que se ríen a carcajadas cuando un actor dice “mierda” o “me cago en tal”, por más dramática que sea la escena. La cuarta, es que entre los [llamados] perfumes insufribles por la derecha, la sobaquina agria que viene de la izquierda (o viceversa) y el olor de palomitas masticadas que viene de atrás (y que tira pa ídem), uno añora aquellas épocas en que los cines se perfumaban con aquella porquería verde -que llamaban, para más cachondeo, esterilair– pero que era gloria bendita al lado de ese hedor. La quinta, es que encima de dejarte seis euros y veintitantos céntimos en taquilla -vaya atraco- tienes que aguantar más publicidad que en un intermedio de Antena 3 y, a mayor marrón, parte de la publicidad es de la obra social de la Caixa, ya se sabe, las hermanas dominicas esas que tan buenas son que nos llevan de excursión y hay que ver cómo cuidan de los tulliditos y de las preñadas con las comisiones que nos confiscan cuando hacemos nosotros su trabajo operando por Internet.

Conclusión: por más que lo nieguen los cinéfilos de pacotilla (o sea, prácticamente todos), en casa, con un buen sofá, con el amigo Jack y un vaso con hielo en la mesita, con el retrete a seis metros, con un mando a distancia con el pause y un reproductor DVD (capaz para DivX, of course), la cosa tira muchíiiisimo mejor, vaya que sí. Y sin exageraciones: una tele normalita, el reproductor conectado a la cadena estéreo y tira de cojones y mucho más barato, a dónde vas a parar. Y, total, para lo que hay que ver…

Bueno, pero vayamos al Alatriste, que es a lo que hemos venido.

Hombre, no está mal. Para empezar, demuestra que, con un poco de pasta y un director que no sea un neurasténico obsesionado con los usos masturbatorios en el medio rural del secano castellano durante la posguerra, en este país hay quien parece que sabe hacer cine y todo. Debo confesar que no creía yo en esa posibilidad, pero hay que rendirse a la evidencia por excepcional que sea (y mucho me temo que lo es: a estas horas hay un montón de cretinos experimentales gastándose en idioteces infumables el dinero que les regala Dixie, que es el nuestro, a mayor escarnio).

Lo más negativo, un guión errático: una sucesión de cosas que van pasando sin tener nada que ver una con la otra (su orden podría alterarse sin que la presunta trama argumental ni se enterara). Lo más positivo, una realización cuidadísima en todos los aspectos: vestuario, fotografía, iluminación, exteriores, ambientación, sonido directo, que ya es raro, pero, además, de una calidad inaudita en nuestro desgraciado cine nacional y, en fin, un conjunto que hace de cada escena un verdadero cuadro, una obra de arte visual.

Los pocos españoles que saben historia constatarán cómo incluso en las más altas cimas de la gloria, este país hiede a mierda que no hay quien pare en él. Para la mayoría de españoles que no tiene ni puta idea del país en el que vive y para el común de los extranjeros, el asombro de ver cómo una nación puede dominar el mundo con dos sobrados cojones y vivir en la miseria moral y material más abyecta. De verdad que me gustaría comprobar la reacción íntima de un norteamericano medio mientras ve esta película (el español medio me importa tres pimientos: seguirá masticando asquerosamente sus palomitas y lo mismo le dará un cosido que un fregado). Seguro que no se lo cree.

Los forofos del toro coñaquero añorantes de hazañas de héroes de Baler se quedarán corridos: nada de banderas al viento ni de trompetas victoriosas, ni fieles infanterias ni alcázares sin novedades; lo único que preocupa a los forzosos héroes del XVII es que llevan cinco meses sin cobrar (incidentalmente: fue rigurosamente auténtico). La única concesión al espectador ansioso de ardor guerrero es una desmayada negativa a la rendición a la voz, flojita y monocorde, de esto es un Tercio español.

Para los forofos de Alatriste (libros) y de Pérez Reverte, bien, vale, el tono de la película es coincidente con el que cabía esperar, su calidad formal también, y cabe plantearse el divertido ejercicio -nada difícil, por otra parte- de adivinar a cuál de los cinco libros pertenece la escena que se está viendo a cada momento. No decepciona, en absoluto, pero tampoco se sale pletórico de entusiasmo. Está bien. Punto. Si miráis los foros, veréis que la impresión es esa.

Pero, bueno, la película puede enseñarse. Si compite por el Óscar no creo que lo gane (no es el tipo de película de aventuras que los norteamericanos esperan ver, aunque está realizada muy a su medida), pero hará un papel digno, que según están las cosas, ya vale.

Bueno, pues dentro de veinte años, cuando se vuelva a hacer una cosa de parecida calidad, quizá vuelva al cine. Aunque después de esta experiencia, con calidad y todo, sigo pensando que mejor en archivo digital y en casa. O sea que igual no, igual no vuelvo.

Y a la Caixa y a los exhibidores, que les den por el culo.

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