Danzad, danzad, malditos

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Ayer terminaron las fiestas de la Mercè, y casi acaba mal el asunto: una multitud (calculada en 200.000 personas, más los que quedaron fuera, Mossos d’Esquadra mediante) abarrotaron el recinto del Fòrrum para ver la actuación de «El canto del loco»; parece que hubo incluso conatos de avalancha y, por supuesto, el sistema de transporte público resultó colapsado y severamente desordenado. Es natural y, por una vez, la culpa no la tiene el Ayuntamiento (y conste que en otra parecida ocasión también exculpé a John Anestesia) porque no es posible responder correctamente ante una masa de más de doscientas mil personas que se mueven simultáneamente hacia o desde un lugar. Además, en el otro lado de la ciudad se celebraba, más o menos a la misma hora, el tradicional «Piromusical», que también congrega a una ingente masa que debe ser vigilada, atendida y transportada. A todo no se llega. La culpa del Ayuntamiento, en todo caso, está en la promoción de esos espectáculos multitudinarios cuando sería mucho más deseable familiarizar la Mercè con actos descentralizados y más pequeños en los diferentes barrios. Allá películas: personalmente, no me moví de mi barrio -apenas siquiera de mi casa- en todo el fin de semana (soy, en este aspecto, muy franquista: las masas de más de veinte personas me producen urticaria o, como dice un amigo mío: la gente debería estar prohibida).

Lo que me entristece de todo este asunto es ver a toda esa masa ingente movilizándose, casi diría que con bulimia feroz, por una propuesta de ocio mientras que las cosas verdaderamente serias que -habrá que decir: teóricamente– preocupan de verdad a la ciudadanía obtienen movilizaciones casi de risa, de centenares de personas o, en el mejor de los casos, de unos pocos miles.

Se dice que los jóvenes están preocupadísimos con el tema de la vivienda y su carestía. Bien: el próximo sábado hay una convocatoria en toda España, ciudad por ciudad. Ya veremos cuánta gente acude, pero no hay ninguna razón -contra toda lógica- para ser optimista. Si, por el contrario, acudieran a la convocatoria doscientas mil personas, si el delegado del Gobierno y la señora Tura se volvieran locos para rebañar policías de aquí y de allá para cubrir bien la cuestión; si el alcalde tuviera que dejar su asueto para ir al Ayuntamiento y devanarse los sesos para ver de dónde saca personal con el que reforzar el transporte público; si la prensa de papel y televisiva tuviera que jorobar el fin de semana a media plantilla para cubrir el acontecimiento; si los miembros de los consejos de administración de bancos y cajas tuvieran las líneas echando humo, oye que el lunes tenemos que hablar de esto, no faltes, a ver si este asunto va a traer consecuencias; si idem del lienzo los de las constructoras, joder, a ver qué va a pasar el lunes en el mercado contínuo; si los gobiernos de todas las administraciones tuvieran que masturbarse las meninges, a ver ahora qué decimos, oye, Pepito, qué se te ocurre que podríamos hacer para que parezca que afrontamos este tema en serio, qué medidas anunciamos que cuelen… Si todo esto sucediera, como ya dije hace muy pocos días, se habría dado el primer paso (y quizá de gigante) hacia la solución del problema.

Y lo que aún tendría más valor… ¿Más? Sí, más: la gente podría llegar a darse cuenta del poder real que tiene, sin necesidad de la tontería esa del votito; la gente podría darse cuenta de que puede frenar en seco muchísimas de las agresiones a que constantemente la somete el poder político y económico. Se podría poner en vías de solución el problema de la vivienda, del trabajo precario, de la propiedad intelectual, de la estafa del precio de la gasolina… ¿Sólo con manifestaciones? Es que no es la manifestación: es que lo que necesitamos, lo que realmente atemorizaría al enemigo sería la exteriorización de la firme voluntad de actuar en común, al unísono y con un mismo objetivo, sirviendo solamente a nuestros propios intereses, tal como los percibe cada uno de nosotros, sin la interferencia manipuladora de los de siempre.

Por supuesto, eso es puramente ilusorio; no porque sea objetiva o materialmente imposible, sino porque el instinto gregario y un hedonismo brutal y a todas luces exagerado cuidadosamente cultivado y frecuentemente abonado y regado por los interesados, tienen inactiva nuestra capacidad individual -y obviamente, la colectiva- de razón y de reivindicación. La perfección con que la manipulación de las masas ha avanzado en los últimos dos mil años ha llevado a que sobre aquello del panem et circenses, puedan prescindir del panem. Con la jarana, basta.

Y así nos va, claro.

Tanto los comentarios como las referencias están actualmente cerrados.
A %d blogueros les gusta esto: