Monthly Archives: noviembre 2006

Administraciones y TIC

De la serie: «Correo ordinario»

Dos o tres entradas atrás prometí la traducción al castellano de un artículo mío que ha publicado el último número del boletín de los cuerpos administrativos y técnicos del Área Autonómica de Catalunya de CSI-CSIF. Una vez relajados con la intervención de Forges en el empeño del MAP de hacernos más simpáticos a la población, bueno será que se conozcan algunas realidades que acontecen en algunas administraciones públicas y, según me temo, en muchas administraciones públicas. Porque, evidentemente, el artículo hace referencia a la Generalitat de Catalunya -que es mi ámbito profesional y sindical- pero es perfecta y literalmente aplicable a muchísimas más: autonómicas, municipales y a amplios sectores de la Administración estatal y corporativa. Ténganse, pues, los amigos de buscar pajas en ojo ajeno, no vaya a ser que en el suyo haya vigas… y encima con aluminosis.

No digo más. El artículo habla -y no poco- por sí solo.
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La informática administrativa en la Generalitat

A finales del 2003, y como consecuencia de los resultados de las elecciones al Parlament de Catalunya, el PSC, ERC y IC-EV-EU acordaron gobernar en coalición (el más que conocido tripartit) y establecieron las bases de este gobierno en el llamado Pacte del Tinell. Este pacto definía -entre muchas otras cosas, obviamente- la política que habría de seguir el Gobierno en relación con las nuevas tecnologías y, especialmente, los criterios de relación entre las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y las administraciones públicas catalanes, en especial, claro está, la de la Generalitat.

No quiero entrar ahora en el contenido concreto del Pacte del Tinell en esta materia ni en su grado de cumplimiento, pero sí que quiero poner de relieve que aquella ocasión fue la primera, si la memoria no me falla, en que las TIC -y, en ellas, la informática y la telemática- formaban parte de un documento político en su específica faceta de herramientas de las administraciones públicas y en el que, de alguna manera, se indicaba qué camino había que seguir en el uso de las TIC como tales instrumentos de trabajo diario y cotidiano (además de las implicaciones para el ciudadano en materias como la seguridad, la protección de datos, la comunicación con las administraciones, etcétera).

Por primera vez veíamos cómo una declaración política (no era un programa, sólo establecía unas bases generales) abría las puertas a que en la Administración de la Generalitat existiera (y, por tanto, se impartiera a su personal) doctrina ofimática.

Pero, aún así, nada de nada.

Hace muchos años, prácticamente veinte, que la informática entró en las unidades administrativas de la Generalitat y posiblemente desde hace diez o doce puede decirse -sin perder de vista la alta probabilidad de que haya un cierto número de excepciones- que ya es habitual y real en la práctica el principio «un trabajador, un ordenador». Bien, pues desde hace estos veinte años, la entrada de la informática en la administración se ha enfocado como la entrada de una maquinaria más eficiente… para hacer las mismas cosas de la misma manera. Así, la formación de los empleados ha consistido, simplemente, en una sucesión de manuales verbales de uso de las máquinas o de los programas, que no otra cosa son los cursillos habituales de informática más o menos administrativa. Además, desde que toda esta -llamémosle- formación está externalizada, los docentes (la capacitación de los cuales, por cierto, no ha habido nunca manera de conocer con alguna concreción desde la acción sindical; o yo, al menos, no lo he conseguido nunca) no saben apenas nada de la particularidad de las tareas administrativas e imparten la materia de una forma poco focalizada hacia el trabajo habitual de los funcionarios a los que está formando.

En consecuencia, hoy, acabando el 2006, siglo XXI, en la administración pública se sigue trabajando exactamente igual que hace veinte años: el ordenador se utiliza como si fuera una máquina de escribir que, eso sí, hace más cosas, las hace mejor y las hace más bonitas. Después de todo, menos mal…

Además, hace también unos pocos años que los empleados públicos -por lo menos, los de base y siempre, como es de rigor, salvando las más que probables y más o menos numerosas excepciones- no necesitamos estar en guerra constante para que se nos suministren instrumentos adecuados y competitivos: la adquisición de maquinaria por vía de leasing, renting o similares métodos, que suponen la renovación relativamente frecuente del parque informático, el precio cada vez más bajo del material y, por otra parte, la ralentización del proceso de obsolescencia de las máquinas, que se ha alargado mucho en el curso de los últimos diez años, son factores que hacen que nuestras herramientas sean, en general, competitivas.

Y esta situación hace que el panorama sea todavía más sangrante, ya que la inexistencia de una doctrina ofimática y la subsiguiente ausencia de formación en doctrina de uso de la informática hace que se desperdicien, por falta o defecto de uso, recursos que facilitarían y acelerarían los procesos administrativos. Inmensas posibilidades de autoedición, inmensas posibilidades telemáticas que van más allá del simple correo electrónico, la interacción a través de las intranets (frecuentemente concebidas simplemente como escaparates internos o cajones donde dejar cosas a disposición de quien las quiera o donde tomarlas) y una serie de recursos, en fin, que, entre otros muchos beneficios, supondrían importantes ahorros en la cantidad ingente de papel que se utiliza y, por tanto, en la necesidad de estructuras materiales y de esfuerzo humano en materia de archivística y gestión documental (que se supone que el uso de la informática habría de haber disminuido radicalmente), en centenares o quizá miles de horas de reuniones internas que, además de su coste intrínseco en horas de trabajo, suponen alteraciones y movidas en las agendas y calendarios, interrupciones en los ritmos de trabajo y otros inconvenientes, muchos de los cuales se podrían evitar con un uso eficiente de la ofimática y, además, de una ofimática sostenida por una maquinaria de la cual ya se dispone habitualmente, no se hace preciso realizar estudios de costes ni planificar nuevas inversiones. Ya disponemos -siempre en general- de los instrumentos adecuados o, cuando menos, suficientes. En fin, las posibilidades son infinitas…

Cuando los directivos de alto nivel de la empresa privada ya hace tiempo que circulan con más electrónica encima que un cazabombardero (PC portátil, PDA, teléfono móvil de altas prestaciones) como instrumental absolutamente imprescindible e irrenunciable, en la Generalitat aún hay demasiada gente que cree -como aquellos ejecutivos de hace años- que todo este asunto de ordenadores es cosa de administrativos y de secretarias y que si hay que prestarle un poco más de atención que la que se presta a un bolígrafo es, únicamente, porque el ordenador es un aparato costoso; pero no por otra cosa. Precisamente la poca doctrina ofimática que -si así puede llamarse- existe en el ámbito de la Generalitat es la que improvisamos como podemos, en el estricto marco cercano de nuestras unidades y cada cual por su cuenta, los funcionarios de base. A medida que se va ascendiendo en la pirámide jerárquica, las TIC se van desvaneciendo (siempre que no haya prensa cerca, por supuesto: entonces se adopta rápidamente un berroqueño y absurdo argot tecnómano que queda tan guay como ininteligible); la presencia de un uso razonablemente normalizado de las TIC es inversamente proporcional a la altura de la silla en la pirámide de mando. Hoy, por simple ejemplo, es todavía impensable elevar un informe a un alto cargo en algún formato que no sea el papel. En general. Por supuesto.

Las administraciones públicas -tarde, como siempre, y ya veremos si además mal, pero esta es otra cuestión- se empiezan a preparar para comunicarse con el ciudadano. Estupendo: ya tocaba. Esperemos que, además, toque correctamente y que las cosas se hagan como es debido. Pero el ciudadano ha de saber que, aunque disponemos de los instrumentos materiales adecuados, los empleados públicos no estamos preparados -por falta de formación, por falta de información y por falta de planificación- ni individualmente, en la mayoría de los casos ni, desde luego, globalmente, para sostener una comunicación digital normal con ese ciudadano. Y es de temer que, cuando los de arriba se pongan por fin manos a la obra, quieran solucionarlo a golpe de cursillo de veinte horas contratado de cualquier manera, de hoy para mañana, al primero que llega.

Después vendrán las quejas -porque vendrán, que nadie lo dude-, los ¡ay! y los ¡quién lo iba a decir!.

Pues aquí queda dicho. Porque si no se dice, aún se lo montarán para que, a ojos de los ciudadanos, seamos los funcionarios los culpables del desastre.

Como siempre.
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¿Cómo os ha quedado el cuerpo?

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País de Romerales

De la serie: «Pequeños bocaditos»

El Ministerio de Administraciones Públicas está llevando a cabo una campaña sobre el plan de formacion de los funcionarios españoles. Bueno, se pueden decir muchas cosas sobre este tema -pronto diré alguna aquí mismo- pero, en fin, nunca está de más una campañita que nos reivindique un poco a nosotros, los profesionales de la Administración, los que damos la cara y los que cargamos con lacras en las que muchas veces no tenemos nada que ver, por desgracia para todos.

La campaña está basada en viñetas de Forges lo cual es muy oportuno. Oportuno, porque es uno de los mejores humoristas de este país y oportuno, porque tradicionalmente ha sido un fustigador de funcionarios, unas veces con razón, otras con alguna menos. Suyo es, sin ir más lejos, el título que toma prestado esta entrada.

La viñeta de hoy me ha hecho gracia porque implica específicamente a la tecnología informática y porque tiene un doble anclaje con esta bitácora: su temática principal y la profesión de su autor. Por eso me ha parecido oportuno reproducirla.

El español es mío

De la serie: «Correo ordinario»

La patochada de la semana -de la semana pasada, se entiende- nos ha venido servida por los indios mapuches. Siento decirlo, sobre todo porque los de IU y similares igual me califican de mapuchófobo, que si es por éstos, puedes calificar de hijoputa para arriba a un caucásico y no se inmutan, pero como llames tonto a un chino te ponen a parir por xenófobo, racista y no se cuántas cosas más; como, además, sospechen discriminación de género, pueden llegar a pedir que se convoque al tribunal de Nühremberg para que te ahorquen.

Bueno, resulta -como muchos ya sabréis- que los indios mapuches en cuestión, amigos y residentes en Chile los cuatro o cinco que más o menos son, han demandado a Micro$oft, o amenazan con hacerlo, por traducir a su idioma el Window$, cosa que consideran una vulneración… ¡de su propiedad intelectual! Es lo que, con toda razón, Antonio José Chinchetru califica de hacer el indio; que vaya con cuidado, que también a él lo van a echar a la hoguera por indiófobo los fans de ese triste don Gaspar.

Chinchetru se lanza, en el artículo enlazado, a poner de relieve la estupidez de los aborígenes chilenos (vamos a no llamarles indios, buen rollito, tú…) y el despropósito que implica esta reclamación. No es que no tenga razón, que la tiene sobrada, pero a mí me llaman más la atención dos aspectos de la cuestión.

El primero es que la mapuchada esta no es -anécdota estúpida aparte- sino un indicador de a dónde se está llegando con este asunto de la propiedad intelectual. En sí mismo y en esa criminal apetencia que invade el orbe consistente en atribuir forzosamente precio (y apropiárselo, claro) a todo lo que tiene valor. Yo estoy seguro de que, en este momento, hay cerebritos tratando de encontrar la fórmula para apropiarse del aire y, obviamente, cobrarnos a todos por él. ¿Por qué no, después de todo? Ya hay compañías que se han apropiado del agua, otras que, patentes mediante, se han apropiado de recursos naturales enteros -principios activos de diversas plantas, por ejemplo- y, por supuesto, esta brutalidad de la propiedad intelectual que, como mentira repetida millones de veces, ha pasado a ser una verdad tan natural.

En este contexto, uno se pregunta por qué los mapuches dichosos no iban a a querer aprovecharse económicamente de la propiedad intelectual que ostentan -según ellos- sobre su idioma. Puestos a inventar burradas (en esta materia, parecería que ya no viene de una más) podríamos los hispanohablantes apropiarnos de la lengua española y así -¡leches, qué invento!- obligar a los autores a que nos pagaran a todos un canon por el uso de nuestra propiedad intelectual. ¿Qué coño es eso de cantar o de escribir en español gratis? ¡So pirata! A pagar un canon se ha dicho… Hasta podríamos crear una entidad de gestión de derechos lingüísticos: la SGHE (Sociedad General de Hablantes del Español) y que les fuera pasando al Teddy Bautista, al correspondiente piernas de C€DRO y al resto de la banda la correspondiente factura por el uso de la lengua española por parte de sus patrocinados.

El segundo aspecto es verdaderamente interesante, fantasías cerveceras aparte. Supongamos que los mapuches demandan a Micro$oft… ¿No sería muy ilustrativo leer las alegaciones de su defensa letrada? Cabe imaginarse a Micro$oft alegando ante un juez que un idioma forma parte del procomún, que constituye conocimiento no apropiable. Me iba a caer de la silla de risa viendo los esfuerzos que harían los leguleyos de Ballmer tratando de impugnar la menor sin tocar esa mayor que, supuestamente, les permite patentar el software y predicar su patentabilidad en todo el orbe. Señoría, yo puedo patentar algoritmos matemáticos bajo forma de software, pero los apaches, los comanches, los mapuches o como coño se llamen no pueden apropiarse de su idioma así por las buenas. ¿Por qué? Bueno, pues… porque no… porque… ¡porque yo facturo una millonada al año y Su Señoría se calla, joder ya, tanto rojo, tanto comunista y tanta leche..!

Quizá los mapuches no sean tontos y hayan visto en toda esa comedia una buena forma de sacar pasta, la pasta que gustosamente pagaría Micro$oft para ahorrarse un pleito con un fondo tan incómodo en el que el monopolio ocuparía una posición tan comprometida (vaya por Dios: después de tanta cagarela, va a resultar que son ellos los piratas…). Para eso tenemos la Fundación Bill & Belinda Gates, Premio Príncipe de Asturias, poca broma, cuyo voluminoso talonario -quizá más incluso que el de Ballmer- puede ser utilísimo para el caso: un plan de desarrollo para los indios (con perdón) mapuches a base de millones de dólares que comprenda -además de tropecientas licencias gratuitas de Window$ Vi$ta- un plan de caminos, viviendas, escuelas, regadíos, instalaciones de ganadería intensiva, quizá un aeropuertecito y una saneada cuenta corriente para el jefe y sus consejeros o como quiera que se denomine y estructure la pirámide dirigente de la tribu en cuestión y nos olvidamos de pleitos y de tonterías ¿eh, muchachos?. Y, con un poco de suerte, B&B Gates podrían aspirar al premio Nobel de cara al año que viene o al otro.

Aunque la Academia sueca salga indudablemente más cara que la Fundación Príncipe de Asturias, la casa es potente y no repara en gastos, faltaría más.

C’est la vie
© Ámbito francófono SL, 2006

Panorama deprimente

De la serie: «Correo ordinario»

Asistí ayer por la tarde a un acto promovido por el CIDEM (una empresa pública adscrita a la Secretaria d’Indústria de la Generalitat), para tratar del tema de las bitácoras de empresa. Un acto del que, en condiciones normales, hubiera prescindido por previsible. Entiéndaseme bien: no es que considere que ya lo sé todo (muy al contrario, cada día me duelo más de mis carencias porque cada día me descubro algunas que desconocía), pero lo que sí sé muy bien es que en el mundo de la empresa catalana no se ha rebasado mucho la época en que don Antonio López se ganaba la vida con una agencia de viajes que trasladaba emigrantes de África a América, así que hablarle de blogs a ese gremio es como hablarle de mecánica cuántica a la Pantoja.

Pero hablaba Enrique Dans y sentí una gran curiosidad. A Enrique Dans lo he visto hablar un par de veces pero en ámbitos internáuticos, por así decirlo, y me apeteció escucharlo en su salsa más propia que es el ámbito empresarial, porque tenía interés en comprobar si usaba o no el mismo registro lingüístico, el mismo enfoque y la misma perspectiva que en los otros casos. Y sí, por cierto: básicamente -con muy pequeñas variaciones y con el desarrollo de la temática lógicamente adaptado al perfil del auditorio- el registro y el lenguaje son idénticos. Por lo demás, Enrique estuvo, como siempre, interesante y ameno, aunque en interés -desde luego, no tanto en amenidad- tuvo un competidor de altura en Fabián Gradolph, un ejecutivo de IBM, blogger él mismo, que nos mostró la blogosfera del gigante azul y la política de empresa al respecto. Toda una muestra, con sus posibles -y desde luego, pequeñas- matizaciones, de lo que es ver claro el mundo real… en el que está inmerso también, y cada vez con mayor visibilidad, el mundo virtual. Hubo otras dos intervenciones… bueno eso, de señores que intervinieron.

Cuando fui a saludar a Enrique, al final del acto, le pregunté si no tenía la impresión de que estaba predicando en desierto y me respondió que, desde su visión de Instituto de Empresa, en Madrid, percibía que en los últimos tiempos parecía que estaba dándose un cambio de mentalidad pero que, claro, comprendía que en Catalunya, con un índice tan alto de PYMEs la realidad fuera otra. Snif. Por eso decía ayer o anteayer que estoy preparando a mis hijas para que, de cara a su futuro profesional, sea cual sea la profesión que elijan, no tengan a Barcelona como única opción; habré de empezar cuanto antes la segunda fase y hacerles ver que, probablemente, Barcelona no vaya a ser ya ni siquiera la mejor opción. Chicas, esto se hunde: hay que largarse…

Y si el mundo de la empresa privada da pena, el de la administración pública es de la más negra depresión. En estos días, el boletín del ámbito administrativo y técnico del sector autonómico catalán de mi sindicato, CSI-CSIF, publica un artículo mío en el que hablo de ello. No descarto traducirlo al castellano y publicarlo en «El Incordio» porque da una idea de cómo se dilapida el dinero del ciudadano por falta de formación, de información y de planificación desde las cumbres. Resumiendo el artículo en pocas palabras, vengo a decir que si hace unos años nuestro problema en el ámbito digital o informático eran los medios materiales, tal problema ya no existe prácticamente en los ámbitos burocráticos de la Generalitat y, sin embargo, pese a disponer de unos medios con los que podríamos hacer verdaderas virguerías, sin mayores ni ulteriores inversiones, disponiendo como disponemos de una maquinaria suficientemente moderna y competitiva, seguimos trabajando como hace veinte años y utilizando recursos modernísimos con la mentalidad de entonces. No hay planificación, no hay doctrina, no hay nada. Las administraciones públicas están preparándose para el diálogo digital con el ciudadano y el funcionariado está ayuno en la metodología propia de la tecnología en este ámbito porque toda su formación ha consistido en cursillos de 20 horas (y casi nunca de calidad) de guor, exel, axes y pogüerpoin.

Y es que, además, en estos temas de las TIC hay que pelear contra unos elementos bastante duros, porque no solamente estamos ante un fenómeno de ignorancia fundamental, sino ante un problema generacional. A mis cincuenta y un años, me doy cuenta de que mi interés por estos temas (no oso, ni por asomo, hablar de mis conocimientos porque aún tengo sentido del ridículo) es excepcional e inaudito en la gente de mi quinta que no trabaje en empresas propiamente tecnológicas (y aún en ellas… a alguno se pilla con mucho vocabulario tecno y sin nada debajo de él). Soy una especie de náufrago que va por ahí como viviendo en un mundo ajeno (un perfecto alien, je, je), como un tío raro que siempre está diciendo cosas raras, un cachondo que siempre tiene un buen pretexto y una frase aguda para ciscarse en Micro$oft; y no digo esto como un drama personal, qué va, al contrario: es que me da la impresión de que mis coetáneos tienen como una especie de cáncer, de enfermedad terminal y no lo saben o, como es más frecuente en este tipo de enfermedades, no quieren saberlo. Prefieren aferrarse al mundo de siempre y no quieren ver que ese mundo ya se fue. Pues el problema es que esta generación, la mía, es la que ahora mismo está cortando el bacalao en la empresa, en la administración pública y en la política. Lo cual quiere decir que hasta que el liderazgo social perciba de dónde viene el viento, habrán de pasar aún diez años. Quizá quince. Salvo, claro está (y que no ocurra, por Dios), que la catástrofe se materialice de forma que no permita que se la ignore y venga a atizarnos a todos en las narices; lo que, por demás, tampoco es tan improbable. No es, desde luego, imposible.

Por eso -a no ser por valores añadidos, como una intervención de Enrique Dans- no suelo asistir a actos como el de ayer. Me acompañaba una compañera, una joven economista de treinta años que está ahora dándose cuenta de lo que digo en el párrafo anterior, y en algún momento expresó su desazón por lo mal que estaba el patio. Bueno, en realidad no sé de qué se queja: hay algunas posibilidades de que antes de que se jubile llegue a ver una administración pública verdaderamente del siglo XXI.

En mi caso, desde luego, no hay ninguna.

Una ayudita

De la serie: «Pequeños bocaditos»

No es la primera vez -ni la segunda, ni la tercera- que «El Jueves» se implica en la guerra contra el canon, siendo así, además, que lo hace desde la única postura coherente. Coherente en razón y coherente en su línea tradicional editorial, no desde sus estrictos intereses como empresa editora que, en definitiva, es lo que es. Eso honra a la revista mucho más aún.

Pero quizá -y ojalá, además- su coherencia, contraria a sus teóricos intereses inmediatos, no lo sea tanto en el mantenimiento de su posición como líder indiscutible del humor español, a medio y, desde luego, a largo plazo. El conocimiento libre es un negocio claro para aquellos que saben comprender de dónde sopla el viento y «El Jueves» lo ha comprendido. Y es un negocio, además de claro, legítimo y, sobre todo, respetuoso con el propio cliente.

Seguidamente voy a insertar una página del número de esta semana. Es una inserción sin ánimo de lucro y contextuada, dentro de esta bitácora, y, por tanto, acogida al derecho de cita. Pero qué duda cabe que sus abogados podrían causarme -si los editores quisieran- alguna molestia, algún pequeño dolor de cabeza. No ocurrirá, sin duda alguna. En «El Jueves» saben que la reproducción de esta página les produce a ellos muchísimo más beneficio -dentro de un orden, pobre de mí- que perjuicio (dentro de otro orden, suerte para ellos). Nadie dejará de comprar la revista de esta semana porque haya leído en «El Incordio» esta página; fácilmente puede que haya dos o tres que la compren atraídos por la misma. Y vete a saber: igual consiguen algún otro lector fiel, como lo soy yo desde hace veintimuchísimos años.

Ellos lo saben. La $GAE no. Por eso, dentro de muy pocos años, «El Jueves» seguirá ahí. Y la $GAE también, porque, bien entendida, cumple una función útil. Los que no estarán serán don Teddy, el Ramoncillo y alguno que otro a quien precisamente «El Jueves» nombra en esa página de Pablo Velarde.

Y los primeros que lo celebrarán serán los setenta y nueve mil novecientos y pico autores que hoy viven jodidos y puteados, insertados a la trágala, como almendras en un turrón de Alicante, en una entidad que, si les hace caso, es para usarlos de orinal.

(Pinchar en la imagen para verla a tamaño más o menos original)

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