Monthly Archives: diciembre 2006

2006: punto y aparte

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Aunque no voy a decir nada trascendente ni del otro jueves, hombre, me sabía mal cerrar este año de «El Incordio» así, en seco, empalmando, simplemente, la última entrada de un año con la primera del siguiente, sin más.

Quería, únicamente, dar las gracias a mis lectores, a los seis o siete habituales y a los que han entrado esporádicamente. La atención, como estamos descubriendo ahora, tiene un valor económico pero, para mí, que nada gano crematísticamente con «El Incordio», tiene un valor aún más importante: el hecho de que hay una cierta cantidad de personas que dan crédito (en el sentido de autoridad moral) a mi opinión. Una opinión que planteo frecuentemente con expresión bronca, dura e inmisericorde, porque no creo en elegancias cuando está en juego -y perdiéndose en él- el concepto mismo de ciudadanía, la esencia misma de un colectivo al que se supone -vanamente- dueño de su destino. Siendo, por lo demás, no poco culpable de este desastre el propio colectivo que lo sufre, un colectivo instalado en el hedonismo, en la adicción al ocio como fuga de una realidad de náusea, en la cobardía más gallinácea, en el temor sistemático más ratonil. Un gentío mierdoso, para abreviar.

Seguiré aquí el 2007 si la LISI no me lo impide. Seguiré cagándome en todo y en casi todos con todas las letras que sean necesarias y sin aguar ni diluir adjetivos ni interjecciones, con la amargura de Larra y de Galdós, con la mala leche de Baroja y de Valle Inclán, con el realismo de un Wolfe o con la sátira iconoclasta de un Sharpe. Y con unos deseos tan enormes como ilusorios de alcanzar el tobillo de cualquiera de ellos.

Y, sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, seguré limpiándome el culo con todas las etiquetas que quieran colgarme y descolgarme, seguiré meándome -con riego generoso y amplio- en lo políticamente correcto, seguiré recreándome en la ignorancia de los gilipollas que aún creen en esos líderes de opereta que sufrimos y en esos gurús de lo que es debido, y con cuanta más fe y más buena fe crean, más risa me darán, porque estoy convencido de que sólo a través de una inconmensurable crueldad intelectual puede llevarse a esa colección de tontos del haba al incontaminable terreno de la racionalidad y del racionalismo y liberarnos -todos- de la plaga de sinvergüenzas que nos acogota.

Y aquel a quien no le guste, ya sabe a dónde puede irse a hacer puñetas.

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Indecencias

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Interesante -aunque no en profundidad- la entrevista que aparece hoy en «El Periódico» (ojo, que el enlace caducará en pocos días) a María Sanahuja, juez decana de Barcelona, a la que la directora del Instituto de la Mujer, Rosa María Peris, calificó elegantemente de indecente. Antes de entrar en la cuestión, quizá habría que decirle a la tía esa, a la Peris, que si quiere comportarse como una pescadera -con perdón del gremio- abra una bitácora y diga allí lo que quiera y como quiera, que es lo que hago yo y lo que hacemos muchos; pero cuando esté en sus funciones, tenga la bondad de guardar las formas, sobre todo cuando se refiera a otra persona que ostenta, a su vez, un cargo institucional, como hago yo -y todos mis compañeros en la función pública- de nueve de la mañana a seis de la tarde. Mierda de políticos, qué asco…

Doña María Sanahuja lleva tiempo contestando, y bastante incisivamente, la legislación que se ha desarrollado, deprisa, corriendo e impremeditadamente, en materia de violencia doméstica. Coincide, por cierto, en mis opiniones sobre que se recurre con demasiada alegría al código penal para no solucionar problemas que en un determinado momento pueden parecer -incluso ser- lacerantes pero que tienen causas complejas. No hace casi nada, en la paella de este jueves pasado, hablaba yo también de eso (por enésima vez) en relación a la normativa penal de la conducción bajo los efectos del alcohol.

Hace tiempo que yo, como hombre, o sea, como ciudadano del sexo masculino en teórica plenitud de mis derechos y mis deberes, me siento directamente agredido. Desde los años ochenta sé que, teniendo hijos, un divorcio me llevaría a su pérdida prácticamente inapelable por más que combatiera por su custodia, y mis únicas posibilidades de vivir siquiera la mitad de esos momentos irrepetibles -buenos y malos- de la relación paternofilial estarían únicamente en la buena fe y recto juicio de la que -en la hipótesis- sería mi ex y en que no fuera a parar a algún bufete de cierto tipo de perras asquerosas que se dedican a aprovechar este tipo de causas para impedir arreglos justos y para presionar a sus clientes femeninas para que machaquen al hombre hasta la indignidad misma. Por esta razón bendigo dos veces mi felicidad matrimonial: la primera por lo obvio, por esa felicidad en si misma, claro; y la segunda por no tener que pasar ese trago, o conjunto de tragos, que ha hundido moralmente (y también en otros aspectos, por cierto) a la inmensa mayoría de hombres divorciados con hijos menores.

Como eso era poco, ha venido lo de los malos tratos -y agresiones brutales, también es verdad- a mujeres. Y en ese ámbito, los hombres, por el simple hecho de serlo, somos criminalizados en masa, constituimos el peligro público, una especie de amenaza terrorista o de gremio psicópata. Tanto es así, que una simple denuncia (y no hace falta que sea la de la esposa o la del hijo: basta con que un vecino llame a los mossos diciendo que hay follón en el piso de al lado) para que haya un hombre detenido, esposado, puesto a disposición judicial y al que -independientemente de ulteriores actuaciones sumariales- se le divierte inmediatamente con una inapelable orden de alejamiento. Aunque no tenga uno el menor antecedente. Las feminorras han hecho correr la especie de que los aparentemente bondadosos son los peores y punto pelota.

¿Exageración? No lo sería solo mía, en todo caso. He aquí lo que declara doña María Sanahuja: «Vuelvo a decir, sin insultar a nadie, que la ley integral de violencia de género se revela ineficaz. Están muriendo más mujeres mientras los hombres son criminalizados de forma masiva. Muchos padecen castigos desproporcionados y, a veces, injustos»

Pero… ¿cuál es el verdadero delito de indecencia de doña María Sanahuja? ¿Criticar una legislación desde una óptica técnica o sociológica? No. Eso se lo pasarían. El delito gordo de doña María es negar implícitamente la clave mayor del asunto, es llevar el razonamiento a planteamientos ajenos a la lucha de clases, que es donde la cerdada feminorra mantiene férrea y axiomáticamente ubicado el problema: lo que hay -lo que debe haber- por decreto inapelable del sector perro del feminismo (aclaro lo de perro porque otros ámbitos feministas son dignísimos, justos y necesarios) es que la relación entre hombres y mujeres se sitúa en un contexto de lucha de clases. Marxismo fundamentalista, trasnochado y polvoriento, puro y duro, entrando prácticamente en el séptimo año del siglo XXI.

El remate de la juez Sanahuja: «El Código Penal no soluciona problemas sociales. Para poner un ejemplo claro: es desproporcionado condenar a nueve meses de prisión a un hombre por dar un bofetón a una mujer».

Y no es el peor de los despropósitos.

Amnistía

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Pertenezco a un grupo -no encuadrado- de voluntarios de Amnistía Internacional que funciona bajo -creo recordar- una denominación parecida a «red de acción urgente» o algo así. Los miembros de estos grupos nos dedicamos, previa solicitud por correo electrónico de AI, a enviar cartas o mensajes de correo electrónico solicitando a la autoridad competente la suspensión de una ejecución que nos ha sido notificada como inminente o presumiblemente inminente.

No es agradable hacerlo. No por el objetivo -que es magnífico- sino porque tiene uno que dirigirse en términos correctos y educados (según solicita explícita y lógicamente AI) a una colección de cabrones, a los que no cabría sino escupirles, pidiéndoles por favorcito que no se carguen al desgraciado que tienen en una celda -generalmente cochambrosa- contando los días o las horas que faltan para que lo envenenen por vía endovenosa, para que lo ahorquen, para que lo fusilen o para que la apedreen (lo de las piedras es un honor reservado exclusivamente a las mujeres). Y así, al cabo del año, uno escribe -y no pocas veces paga papel, tinta de impresora, sobre y sello- a algún demente con turbante, a algún gobernador norteamericano -de dudosa alfabetización, en algún caso- o a cualquier otro tipo de hijo de puta de los que se creen investidos por vete a saber qué dios o qué revolución para liquidar a la gente, siempre, eso sí, en nombre del pueblo soberano, del mandato divino o de las buenas costumbres. Y no es agradable hacerlo, además, porque la cosa casi siempre acaba mal y el clamor de la gente de los grupos estos es insuficiente para evitar que el desgraciado de turno vaya al hoyo. Pero hay que hacerlo, porque la posibilidad de conseguir algo tan importante como salvar una vida y salvar, casi sobre todo, la dignidad de la sociedad en cuyo nombre se mata, bien vale unos minutos de tiempo y unos pocos céntimos en papel y sellos.

Sorprendentemente, no me ha llegado nunca una petición de clemencia al gobierno japonés y mira que estos tíos, además de exterminar sistemáticamente la población mamífera (y últimamente también atunera) de los mares del ancho mundo contra todo convenio y contra todo derecho internacional y contra toda noción de lo civilizado, de cuando en cuando celebran una fiestecita asesina y se cepillan a unos cuantos de sus ciudadanos, en un ritual macabro en el que el propio condenado no sabe la fecha de su ejecución, y una mañanita como cualquier otra (de los últimos diez o quince años, porque estos tampoco tienen prisa) ¡sorpresa! en vez del desayuno le aparece la comitiva en plan «Kagamoto, muchacho: es la hora». Nunca he tenido ocasión de escribirles la cartita o el emilio a esos hijos de Songoku, pero siempre he supuesto que ello no ha sido posible porque en AI se han enterado de la correspondiente ejecución a reo enterrado.

Pero ya me mosquea, y hasta el cabreo, lo de ahora. Lo de ahora es que todo el mundo occidental sabe desde hace casi 20 horas que a Saddam Hussein le quedan dos telediarios y que muy probablemente no llegará a ver el del domingo por la noche (si es que alcanza al del mediodía). Y yo no he recibido hasta este momento (las 17:00 huso de Europa central, 16:00 GMT) el aviso de Amnistía Internacional, chicos, hay que moverse, que este lo van a colgar y, aunque será difícil conseguir nada, hay que intentarlo. Pues no. En Amnistía Internacional deben estar haciendo las compras de Reyes y no hay acción urgente para Saddam Hussein.

¿Por qué? No lo sé. Que Saddam Hussein sea un asesino y un criminal de siete suelas no debiera ser la cuestión: la lucha contra la pena de muerte no tiene nada que ver con el crimen del que el reo es culpable (cuando lo es, que esa es otra) y yo, concretamente, he escrito muchísimas cartas y muchísimos mensajes a ruego de AI pidiendo clemencia para malas bestias de toda laya cuya muerte final -también lo digo claro- no me ha producido, en sí misma, mayor angustia. Ya digo que es un problema de dignidad, de dignidad social, no de justicia. Tampoco parecería que se trate de una resistencia por parte de AI de causarle problemas al gobierno norteamericano: en decenas -o centenares- de ocasiones esta circunstancia no les ha detenido (y sospecho que, más de una vez, ha supuesto incluso un incentivo).

En otras circunstancias enviaría a Amnistía Internacional y a sus grupos de acción urgente a tomar por el culo, pero me resisto a no darles un voto (uno solo) de confianza. También monté en cólera cuando Intermón-Oxfam se alineó con el penoso Fòrrum de Clos y en un primer momento me juré pasar para siempre de esa gente y también volví sobre mis pasos: su labor es demasiado buena e importante como para reprocharles en plan radical que cedieran al chantaje municipal.

Seguiré enviando cartas y mensajes… de momento. No corto con Amnistía por lo mismo que acabé no haciéndolo con Intermón.

Pero, en lo que a mí respecta, está bajo sospecha.

Borrachos y educadores

De la serie: «Los jueves, paella»

La noticia es recurrente: un conductor atropella a un peatón o a un ciclista y, acto seguido, se da a la fuga. Cada vez es más frecuente esto de abandonar a las víctimas y en no pocas ocasiones este abandono determina su muerte. También suele ocurrir, en la mayoría de estos casos, que el conductor, pasadas unas horas, se arrepiente y se entrega. Mire usted, señor inspector, perdí la cabeza, nunca me había pasado esto…

Y lo que sucede es que el tal arrepentido iba hasta el culo de alcohol y simplemente se ha puesto fuera de la acción de la justicia las horas necesarias para que los rastros de etilismo se esfumen. Un buen abogado puede incluso hacer prevalecer una atenuante por mor de ese arrepentimiento espontáneo.

En esta bitácora he hablado muchas veces y por muchas y diversas causas de la alegría con que en este país se llenan páginas y más páginas de código penal como si ese fuera el ungüento amarillo que lo soluciona todo: ante cualquier problema, un nuevo artículo al código y a vivir, que son dos días. Con eso solucionamos el acoso escolar, la embriaguez al volante, la violencia de género y hasta el asesinato de Kennedy. Más madera penal, es la guerra contra el crimen…

Algunas veces, en conversaciones de sobremesa o cervecescas he utilizado ese argumento ante los partidarios de la mano dura. «¡A los violadores habría que matarlos!», se calientan muchos ante un acto luctuoso. Siempre les contesto lo mismo (hecha abstracción del debate sobre la pena de muerte): si no mesuras las penas, te encontrarás con que, pena de muerte por pena de muerte, no sale más caro liquidar a la víctima -además de violarla- y así se cargan al único testigo.

Con lo del alcohol al volante pasa igual: han cargado tanto la mano sobre el asunto que sale rentable afrontar una omisión del deber de socorro ante la posibilidad de que te acusen de una trapazada cargado de alcohol. De acuerdo: hay que ser muy hijo de puta para conducir bebido de mala manera; sí, de acuerdo, hay que ser mil veces hijo de puta para dejar tirado a un herido probablemente grave sólo por rehuir un merecido castigo. Pero la vida es como es y lo cierto es que la impremeditación a la hora de añadirle líneas al código penal provoca estas cosas.

No quiero decir con esto que el legislador sea culpable -ni directa ni indirectamente- de esas muertes: el culpable es siempre el conductor borracho. Pero hay que meditar no un poco sino un mucho qué relaciones de causa-efecto se manipulan y se alteran cuando uno toquetea códigos. El Derecho penal es una ciencia, una ciencia de la mesura, una ciencia que intenta -hasta donde es jurídica y humanamente posible- individualizar la pena y tratar de aplicar milimétricamente el derecho sobre la medición, asimismo milimétrica, de la conducta juzgada. No puede desarrollarse bien esta ciencia cuando se usa como instrumento político para satisfacer a quienes -en caliente y en comprensible indignación- piden, manifestación al canto, mano dura, tanta mano dura que se aproximan a la petición de linchamiento legal.

En España tenemos las cárceles demasiado llenas. Creo que estamos entre los primeros países europeos en población penal por millar de habitantes. Las cárceles llenas y la necesidad -urgente, perentoria- de construir muchas más no significa que el delito haya aumentado sino, más probablemente, que se esté afrontando mal.

Las soluciones simples a los problemas complejos casi siempre son las malas.
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Un artículo de opinión en «El Periódico» de ayer (el enlace caduca en cuestión de días) escrito por Vicenç Navarro, me ha hecho pensar en algunas cosas. Habla, como es de ver, de la situación del estado del bienestar en relación al gobierno de partidos de izquierdas o de derechas pero, aunque sea tangencialmente, realiza algún comentario que es el que verdaderamente me mueve a escribir. Habla de que un 30-35 por 100 de ciudadanos de renta superior -a los que atribuye, además, la cualidad de creadores de opinión– utiliza servicios privados de sanidad y de educación. Vaya, pues yo soy uno de esos pese a que la renta de mi familia me parece que está bastante lejos de esa superioridad a la que alude el articulista.

Mis cronicismos me los trato en la sanidad privada por razón de una especial confianza en la doctora que me atiende; habré de decir, no obstante, que esa privada está concertada con el sistema público y, por tanto, estoy derivado a aquella desde éste. ¿Soy, pues, usuario de sanidad pública o privada? Mi esposa está en las mismas por razón de su ginecólogo (ella no viene derivada: paga su cuota mensual puntualmente). A mis hijas acabamos de darlas de baja de la privada puesto que era comodísima en el tratamiento de esas pequeñas urgencias infantiles que residen más en la alarma de los padres que en patologías importantes: pero de tirarnos dos o tres horas de espera en San Pablo o en Vall d’Hebron a llegar y besar el santo en la privada, tiene su importancia cuando son las tres de la madrugada, la niña tiene fiebre y los padres los tienen por corbata (claro que una vez que pareció que la mayor sí que tenía un problema respiratorio agudo e importante, nos fuimos a Vall d’Hebron como alma que lleva el diablo: cuando las cosas vienen crudas, déjate de tonterías y a la pública de cabeza, que es la que funciona bien). Como esos problemas infantiles ya no existen prácticamente -han crecido- baja al canto y a la Seguridad Social como pepas. Cuando dentro de unos años trabajen y el tiempo sea oro, ya se pagarán una privada que arregle las gilipuerteces en diez minutos (para lo serio, como queda dicho, la pública, tarde diez minutos, diez horas o diez días). No sé qué percepción tendrá el articulista en su propio entorno personal: la mía es que este régimen sanitario es el que llevamos la práctica totalidad de las familias de clase media -alta, media-media y baja- de este país.

El asunto de la escuela es ya otro cantar y, desde luego, percepciones aparte, está claro que en los grandes núcleos urbanos (en los pueblos y zonas rurales la realidad es muy otra, afortunadamente para ellos), lo del 30-35 por 100 de uso de servicios privados, ya puede casi duplicarlo. Porque esa es ya otra cuestión. En lo de la sanidad prevalece un cierto concepto de comodidad y de celeridad: no puedo tirarme una mañana en el ambulatorio para que el médico me recete un antigripal, así que me voy a la privada y pago al precio de venta al público el jodido antigripal y resuelto el problema. En la enseñanza está el asunto del futuro de nuestros hijos, y ahí poca broma.

Yo he sido toda la vida un partidario entusiasta de la enseñanza pública. Lo he sido por principio y lo he sido porque mi percepción personal de la enseñanza pública sólo puede describirse con la palabra excelencia. Pero eso era antes, cuando ser catedrático de Instituto era un timbre de gloria social (aunque tanta gloria conllevara un sueldo de verdadera miseria, auténtica vergüenza -la enésima- para el régimen franquista) y cuando ir a un Instituto significaba gozar de la erudición y de la altísima clase intelectual de verdaderos cracks -como se dice ahora- en sus respectivas disciplinas. Había, además, otra cosa, a ver si la explico gráficamente y bien: la inmensa mayoría de aquellos grandes educadores no hubieran soportado de pie media torta de cualquiera de nosotros cuando teníamos catorce o quince años. Sin embargo, el más cafre, el más bestia, el más burro, el más ácrata e iconoclasta de nosotros, se hubiera cortado mil veces la mano antes que levantársela a un profesor. Y no por miedo al castigo subsiguiente (que, en ese caso, desde luego, hubiera alcanzado proporciones de tragedia griega) sino porque entre la educación de origen -la recibida por omisión, como si dijésemos- y la autoridad que irradiaban aquellos maestros como una emanación, como un aura (en los institutos jamás se ponía la mano encima a un alumno, al contrario de lo que -pródigamente- acontecía en la privada) impedía el menor gesto agresivo.

Esta descripción, sólo que vuelta del perfecto y exacto revés, giro de 180 grados, describe a la perfección la situación de hoy. Los profesores de la enseñanza pública están tan mal pagados como cualquier otro funcionario, pero lejos -afortunadamente- de los extremos de vergüenza de la temporada franquista. Y con esto, acabo de describir la única mejora de la situación. En lo demás, desprestigio social de su profesión, crisis -ausencia total- de autoridad, desmotivación, miedo, angustia y todo el cuadro inherente. Las agresiones de los alumnos ya ni siquiera aparecen en las noticias de los periódicos y solamente lo es cuando el agresor es un padre.

Por supuesto, la culpa no la tienen los pobres profes, sino los de siempre: unos políticos de mierda -o una mierda de políticos, que para el caso es lo mismo- que han volcado sobre los programas y los métodos educativos lo más florido y granado de su gilipollez, que han llevado a cotas absurdas e impropias conceptos como el liberalismo y la democracia transplantándolos tal cual al ámbito educativo, así, a saco, sin adaptador, y permitiendo, en definitiva, que cualquier alumno haga lo que le salga del atributo sexual correspondiente; y que, encima, se han dedicado a manipular a lo bestia los programas educativos para arrimar el ascua de la educación de nuestros jóvenes a su putrefacta y asquerosa sardina política. Además, han montado un sistema represivo -en el que el terror a lo políticamente incorrecto forma parte sustancial del mismo- que impide el nacimiento -en legítima defensa- de aquellos mecanismos correctores que tan sabiamente desarrollaron los profesores del franquismo para contrarrestar las atrocidades de los politicastros. Además, el franquismo cometió el error de concentrar su influjo educativo en tres materias (especialmente en la famosa FEN, formación del espíritu nacional; no confundir sobre todo -no lo quiera Dios- con la educación para la ciudadanía que es otra cosa ¿eh?) dejando muchos huecos en todo lo demás, huecos que fueron muy bien aprovechados. Los maestros y profesores actuales no han tenido esa facilidad y se han encontrado con que todo está… atado y bien atado.

Una pena, una verdadera pena. Me hubiera gustado que mis hijas fueran educadas por la versión siglo XXI de un Assián Peña o de una Carmen Pleyán, por solamente citar a dos. Pero los funambulistas del buen rollito se han cargado el sistema, un sistema que era pobre pero digno, y han reducido a escombros y mierda la enseñanza pública.

A las monjas tocan…
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Y se acabó, lo dejo en dos artículos, que me han salido muy largos.

Con este jueves, y en lo que al arroz se refiere, le damos carpetazo al año 2006 de la era cristiana (en términos convencionales: parece ser que en estricta medición cronológico-histórica, andaríamos más o menos por el 2012, o así…).

El próximo jueves será ya del año 2007, en su 4 de enero. Con suerte, se nos habrá pasado la enésima resaca, la de la patochada esa de las uvas, y andaremos en pos de la postrera bacanal, la más gorda de todas en cuanto a exaltación de la VISA se refiere, que será la denominada de Reyes: en ella, el perfume más o menos caro, pero frasquito a fin de cuentas, dará paso a ordenadores, consolas de videojuegos, televisores de mil metros cuadrados y, en fin, a toda suerte de artículos seiscientistas, o sea, de los de 600 euros hacia arriba, que convertirán el hogar más sencillo en una sucursal del cortinglés.

Mi más sentido pésame.

Allá donde estés…

Hasta la vista, Alberto.
VQS

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