Amnistía

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Pertenezco a un grupo -no encuadrado- de voluntarios de Amnistía Internacional que funciona bajo -creo recordar- una denominación parecida a «red de acción urgente» o algo así. Los miembros de estos grupos nos dedicamos, previa solicitud por correo electrónico de AI, a enviar cartas o mensajes de correo electrónico solicitando a la autoridad competente la suspensión de una ejecución que nos ha sido notificada como inminente o presumiblemente inminente.

No es agradable hacerlo. No por el objetivo -que es magnífico- sino porque tiene uno que dirigirse en términos correctos y educados (según solicita explícita y lógicamente AI) a una colección de cabrones, a los que no cabría sino escupirles, pidiéndoles por favorcito que no se carguen al desgraciado que tienen en una celda -generalmente cochambrosa- contando los días o las horas que faltan para que lo envenenen por vía endovenosa, para que lo ahorquen, para que lo fusilen o para que la apedreen (lo de las piedras es un honor reservado exclusivamente a las mujeres). Y así, al cabo del año, uno escribe -y no pocas veces paga papel, tinta de impresora, sobre y sello- a algún demente con turbante, a algún gobernador norteamericano -de dudosa alfabetización, en algún caso- o a cualquier otro tipo de hijo de puta de los que se creen investidos por vete a saber qué dios o qué revolución para liquidar a la gente, siempre, eso sí, en nombre del pueblo soberano, del mandato divino o de las buenas costumbres. Y no es agradable hacerlo, además, porque la cosa casi siempre acaba mal y el clamor de la gente de los grupos estos es insuficiente para evitar que el desgraciado de turno vaya al hoyo. Pero hay que hacerlo, porque la posibilidad de conseguir algo tan importante como salvar una vida y salvar, casi sobre todo, la dignidad de la sociedad en cuyo nombre se mata, bien vale unos minutos de tiempo y unos pocos céntimos en papel y sellos.

Sorprendentemente, no me ha llegado nunca una petición de clemencia al gobierno japonés y mira que estos tíos, además de exterminar sistemáticamente la población mamífera (y últimamente también atunera) de los mares del ancho mundo contra todo convenio y contra todo derecho internacional y contra toda noción de lo civilizado, de cuando en cuando celebran una fiestecita asesina y se cepillan a unos cuantos de sus ciudadanos, en un ritual macabro en el que el propio condenado no sabe la fecha de su ejecución, y una mañanita como cualquier otra (de los últimos diez o quince años, porque estos tampoco tienen prisa) ¡sorpresa! en vez del desayuno le aparece la comitiva en plan «Kagamoto, muchacho: es la hora». Nunca he tenido ocasión de escribirles la cartita o el emilio a esos hijos de Songoku, pero siempre he supuesto que ello no ha sido posible porque en AI se han enterado de la correspondiente ejecución a reo enterrado.

Pero ya me mosquea, y hasta el cabreo, lo de ahora. Lo de ahora es que todo el mundo occidental sabe desde hace casi 20 horas que a Saddam Hussein le quedan dos telediarios y que muy probablemente no llegará a ver el del domingo por la noche (si es que alcanza al del mediodía). Y yo no he recibido hasta este momento (las 17:00 huso de Europa central, 16:00 GMT) el aviso de Amnistía Internacional, chicos, hay que moverse, que este lo van a colgar y, aunque será difícil conseguir nada, hay que intentarlo. Pues no. En Amnistía Internacional deben estar haciendo las compras de Reyes y no hay acción urgente para Saddam Hussein.

¿Por qué? No lo sé. Que Saddam Hussein sea un asesino y un criminal de siete suelas no debiera ser la cuestión: la lucha contra la pena de muerte no tiene nada que ver con el crimen del que el reo es culpable (cuando lo es, que esa es otra) y yo, concretamente, he escrito muchísimas cartas y muchísimos mensajes a ruego de AI pidiendo clemencia para malas bestias de toda laya cuya muerte final -también lo digo claro- no me ha producido, en sí misma, mayor angustia. Ya digo que es un problema de dignidad, de dignidad social, no de justicia. Tampoco parecería que se trate de una resistencia por parte de AI de causarle problemas al gobierno norteamericano: en decenas -o centenares- de ocasiones esta circunstancia no les ha detenido (y sospecho que, más de una vez, ha supuesto incluso un incentivo).

En otras circunstancias enviaría a Amnistía Internacional y a sus grupos de acción urgente a tomar por el culo, pero me resisto a no darles un voto (uno solo) de confianza. También monté en cólera cuando Intermón-Oxfam se alineó con el penoso Fòrrum de Clos y en un primer momento me juré pasar para siempre de esa gente y también volví sobre mis pasos: su labor es demasiado buena e importante como para reprocharles en plan radical que cedieran al chantaje municipal.

Seguiré enviando cartas y mensajes… de momento. No corto con Amnistía por lo mismo que acabé no haciéndolo con Intermón.

Pero, en lo que a mí respecta, está bajo sospecha.

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