Indecencias

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Interesante -aunque no en profundidad- la entrevista que aparece hoy en «El Periódico» (ojo, que el enlace caducará en pocos días) a María Sanahuja, juez decana de Barcelona, a la que la directora del Instituto de la Mujer, Rosa María Peris, calificó elegantemente de indecente. Antes de entrar en la cuestión, quizá habría que decirle a la tía esa, a la Peris, que si quiere comportarse como una pescadera -con perdón del gremio- abra una bitácora y diga allí lo que quiera y como quiera, que es lo que hago yo y lo que hacemos muchos; pero cuando esté en sus funciones, tenga la bondad de guardar las formas, sobre todo cuando se refiera a otra persona que ostenta, a su vez, un cargo institucional, como hago yo -y todos mis compañeros en la función pública- de nueve de la mañana a seis de la tarde. Mierda de políticos, qué asco…

Doña María Sanahuja lleva tiempo contestando, y bastante incisivamente, la legislación que se ha desarrollado, deprisa, corriendo e impremeditadamente, en materia de violencia doméstica. Coincide, por cierto, en mis opiniones sobre que se recurre con demasiada alegría al código penal para no solucionar problemas que en un determinado momento pueden parecer -incluso ser- lacerantes pero que tienen causas complejas. No hace casi nada, en la paella de este jueves pasado, hablaba yo también de eso (por enésima vez) en relación a la normativa penal de la conducción bajo los efectos del alcohol.

Hace tiempo que yo, como hombre, o sea, como ciudadano del sexo masculino en teórica plenitud de mis derechos y mis deberes, me siento directamente agredido. Desde los años ochenta sé que, teniendo hijos, un divorcio me llevaría a su pérdida prácticamente inapelable por más que combatiera por su custodia, y mis únicas posibilidades de vivir siquiera la mitad de esos momentos irrepetibles -buenos y malos- de la relación paternofilial estarían únicamente en la buena fe y recto juicio de la que -en la hipótesis- sería mi ex y en que no fuera a parar a algún bufete de cierto tipo de perras asquerosas que se dedican a aprovechar este tipo de causas para impedir arreglos justos y para presionar a sus clientes femeninas para que machaquen al hombre hasta la indignidad misma. Por esta razón bendigo dos veces mi felicidad matrimonial: la primera por lo obvio, por esa felicidad en si misma, claro; y la segunda por no tener que pasar ese trago, o conjunto de tragos, que ha hundido moralmente (y también en otros aspectos, por cierto) a la inmensa mayoría de hombres divorciados con hijos menores.

Como eso era poco, ha venido lo de los malos tratos -y agresiones brutales, también es verdad- a mujeres. Y en ese ámbito, los hombres, por el simple hecho de serlo, somos criminalizados en masa, constituimos el peligro público, una especie de amenaza terrorista o de gremio psicópata. Tanto es así, que una simple denuncia (y no hace falta que sea la de la esposa o la del hijo: basta con que un vecino llame a los mossos diciendo que hay follón en el piso de al lado) para que haya un hombre detenido, esposado, puesto a disposición judicial y al que -independientemente de ulteriores actuaciones sumariales- se le divierte inmediatamente con una inapelable orden de alejamiento. Aunque no tenga uno el menor antecedente. Las feminorras han hecho correr la especie de que los aparentemente bondadosos son los peores y punto pelota.

¿Exageración? No lo sería solo mía, en todo caso. He aquí lo que declara doña María Sanahuja: «Vuelvo a decir, sin insultar a nadie, que la ley integral de violencia de género se revela ineficaz. Están muriendo más mujeres mientras los hombres son criminalizados de forma masiva. Muchos padecen castigos desproporcionados y, a veces, injustos»

Pero… ¿cuál es el verdadero delito de indecencia de doña María Sanahuja? ¿Criticar una legislación desde una óptica técnica o sociológica? No. Eso se lo pasarían. El delito gordo de doña María es negar implícitamente la clave mayor del asunto, es llevar el razonamiento a planteamientos ajenos a la lucha de clases, que es donde la cerdada feminorra mantiene férrea y axiomáticamente ubicado el problema: lo que hay -lo que debe haber- por decreto inapelable del sector perro del feminismo (aclaro lo de perro porque otros ámbitos feministas son dignísimos, justos y necesarios) es que la relación entre hombres y mujeres se sitúa en un contexto de lucha de clases. Marxismo fundamentalista, trasnochado y polvoriento, puro y duro, entrando prácticamente en el séptimo año del siglo XXI.

El remate de la juez Sanahuja: «El Código Penal no soluciona problemas sociales. Para poner un ejemplo claro: es desproporcionado condenar a nueve meses de prisión a un hombre por dar un bofetón a una mujer».

Y no es el peor de los despropósitos.

Tanto los comentarios como las referencias están actualmente cerrados.
A %d blogueros les gusta esto: