Archivo mensual: enero 2007

Código ético

De la serie: «Correo ordinario»

Leo por ahí que Google, Micro$oft, Yahoo y Vodafone preparan, con el concurso de no sé cuántas universidades y ONG’s un código ético en pro de la libertad de expresión y de la privacidad en red. Ay, dejad que me levante y me ponga un poco de linimento en el culo, que me he caído de la silla, jolín, qué daño.

Fíjate tú que, excepto Vodafone (y lo del excepto habría que mirarlo bien, quizá es que yo no esté puntualmente al día) las demás compañías están perfectamente pringadas en maniobras contra la privacidad y la libertad de expresión. En fin, todos sabemos cómo Yahoo le hizo de confidente a la dictadura china, cómo Google se envaina -y hace envainar a terceros- contenidos que no son gratos a los hijos de Mao y hasta resulta que Micro$oft dio el soplo a la autoridad israelí -militar, por supuesto- sobre los meneos de un cierto activista antinuclear. Por lo demás, que Micro$oft se erija en paladín de la privacidad, cuando todos estamos al cabo de la calle de que desde el oculto código de sus sistemas operativos, se envía información nuestra a prefiero no saber -mejor dicho: prefiero no decir- quién, es algo como para que hasta el más templado se caiga, efectivamente, de la silla. Como me ha pasado a mí.

Además de estos tres pájaros, Amnistía Internacional señala también con el dedo acusador, por parecidas razones, a unos cuantos a quienes cabría suponer -por ellas- candidatos al Premio «Principe de Asturias» de cualquier cosa (de los Deportes, de Tecnología, de Cooperación Internacional o de Retratistas con Tinta de Calamar, vete a saber…): Sun Microsystems, Nortel Networks, y Cisco Systems, según se recuerda en el enlace citado. Queden ahí a beneficio del patronazgo de la Fundación, pero parece que, al menos de momento, no tienen nada que ver con el invento este del código ético.

Por lo demás, me pregunto si esta pandilla de soplones a beneficio de dictaduras se mojará a la hora de imporner su famoso código ético. Me pregunto, por ejemplo, si esos tres -entre otros posibles de la misma calaña- abandonarán el mercado chino si su gobierno no firma y cumple el código en cuestión.

Recuerdo -y no olvido ni durmiendo- que, hace ya unos años, «Nike» se vio en un mal trago cuando se destapó la olla de que sus productos estaban fabricados por niños asiáticos que trabajaban a edades tempranísimas en jornadas realmente inhumanas (cosa que, por cierto, a los neocon les parece muy bien, ya que la alternativa de estos niños sería morirse de hambre gracias a la justicia distributiva del sistema económico liberal). Como eso de andar explotando laboralmente a los niños es sólo un poco menos feo que violarlos y repartir las fotos, los asesores de imagen de la marca sudaron tinta china para quitarse el marrón de encima, hasta que dieron con la solución. ¿Cuál fue? La gran jugada: crearemos un código ético que habrán de suscribir todos nuestros subcontratistas. Y la cosa quedó la mar de bien resuelta: los contratistas firmaron todos los códigos éticos que les pusieron por delante y «Nike» se limitó a mirar para otro lado. Cuando se siguió descubriendo mierda, «Nike» (¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?) dijo que más no podía hacer y que no podía controlar materialmente que su maravilloso código ético fuese cumplido por sus contratistas.

Este mismo aroma es el que me trae el código ético de Micro$oft y compañía. Haremos que cualquier cómitre del régimen chino firme el papelito y que sigan encerrando o fusilando a quien les dé la gana, que nosotros ya no podemos controlar lo que hacen los chinos, somos inocentes como blancas palomas, sólo podemos obligarlos a que firmen un papelote si quieren que sigamos haciéndoles el favor de obtener una pastísima acojonante en el mercado de su [férrea] jurisdicción.

También me pregunto si este código ético se lo harán firmar al Zapatero del proyecto LISI que va a reimplantar la censura franquista en España; sería un útil ejercicio que limpiaría la [nula] conciencia de los actores, toda vez que, por otra parte, nuestro viejo Zap es muy dado a pasarse las promesas por el forro de… las narices, así que calcula tú un código ético. Sin ir más lejos, los catalanes recordamos, cada vez que vemos el aeropuerto de Barcelona -entre otras cosas-, aquello tan bonito de «apoyaré el estatuto que salga del parlamento catalán». Ese estatuto está en el mismo sitio que las armas de destrucción masiva en las cuales el otro ilustre empeñó su palabra ante millones de españoles (y en directo, nada de fuera de contexto).

Que bueno, que nada. Que la pela es la pela y más para esa gente y que los códigos éticos no son más que patrañas para tomar el pelo a los incautos y que compren un Window$ Vi$ta como quien compra té del valle de Assam en una tienda de Comercio Justo. Que no cuela.

Las éticas no son papeles firmados -como les recuerdo a mis compañeros de profesión, ahora que también se habla de código ético en la Función pública- sino comportamientos firmes y sostenidos. Uno es ético o no lo es y no hay más código -ni mejor- que lo que deriva de aquello de lo que precisamente carecen los promotores de la mandanga que nos ocupa: una recta conciencia.

Lo demás, son pijaes y tontaes que no conducen a nada positivo.

Impresionante

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Impresionantes las palabras que Arturo Pérez-Reverte dedica a su hija (¿Carlota, creo?). El mérito es de la muchacha, indudablemente, pero seguro que el padre tuvo algo que ver.

Me dan un poco de ánimo para que algún día puedo yo decir algo parecido a las mías.

Y no vamos por mal camino, que es lo mejor.

Grandeur

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Como hay personas más grandes que otras (de hecho, hay personas normales y personajillos mierdosos), hay estados más grandes que otros; y no por tener un ejército imponente, una economía importante o un peso político más sensible. La grandeza se lleva incluso cuando van mal dadas, en la mismísima miseria. Pero no hace falta llegar a los extremos sangrantes; la grandeza de un país, lo que explica por qué es lo que es, por qué ha sido lo que ha sido, y por qué seguirá siendo lo que es y lo que ha sido, puede ser un pequeño detalle.

Por ejemplo, acaba de fallecer el abate Pierre, el fundador de los «Traperos de Emaús». Su muerte ha sido anunciada por el mismísimo presidente de la República Francesa, porque el hombre que fundó una entidad para cobijar a los sin techo, al último estrato de los pringados, es también un factor de gloria, algo que hace grande a la nación. Y a tal señor, tal honor. El abate Pierre es una piedra más del sólido edificio de la grandeur.

Si aquí, en este cochino país de mierda, tuviésemos un abate Pierre… ¿iba el vigente monarca a anunciar personalmente su fallecimiento? ¿Iba a hacerlo Zap I El Anodino? ¿Iba a hacerlo siquiera un subsecretario? No ¿verdad?

Por eso Francia es grande y nosotros somos ese lamentable hatajo de desgraciados que hay ahí, al sur de los Pirineos…

Profesionales

De la serie: «Correo ordinario»

¿A qué reflexiones puede inducirnos el comentario «Ser informático no está de moda» que hemos leído este fin de semana en Barrapunto? Si en la última paella reproducía un chiste bastante cruel sobre lo mal pagados -y, por tanto, considerados- que están los profesionales de alto nivel formativo, ahora vemos el fenómeno especificado en una tipología profesional que debiera estar claramente al alza: los informáticos.

El mundo se llena de ordenadores, las telecomunicaciones dependen cada vez más de los ordenadores, prácticamente todos trabajamos con un ordenador por instrumento y no pocos -y en número creciente- tenemos en casa un ordenador para navegar por internet, para satisfacer nuestras aficiones, para llevar adelante nuestro activismo en tal o cual campo; por si fuera poco, las agendas se informatizan y ya no sabemos establecer una diferencia clara -si es que la hay- entre una PDA y un ordenador; esas agendas informatizadas se convierten, además, en teléfonos móviles y ya no se sabe quién es una prestación de quién, si la PDA del teléfono o el teléfono de la PDA. Hasta el repartidor de yogures va por el mundo con un ordenador. Nuestros relojes son ordenadores, los sistemas de nuestros automóviles son ordenadores (para no hablar ya de aviones, trenes y demás vehículos complejos), nuestras lavadoras funcionan bajo el mando de un ordenador y lo mismo puede decirse de casi todos los electrodomésticos… Si un apagón detiene nuestras vidas, no lo hará tanto por las cosas que se paren como por dejar colgados los ordenadores y si hasta hace poco parecía que sólo una guerra nuclear podría devolvernos a la edad de piedra, un hipotético virus que limpiara la memoria de todos los ordenadores del mundo podría conseguir el mismo efecto sin romper un sólo cristal. Si la oficina en la que yo trabajo sufre un corte de electricidad, aunque por las ventanas entre el sol a raudales yo ya puedo dedicar ese tiempo del corte de fluido a tomar el aperitivo: sin el ordenador no valgo -como trabajador, como profesional- para nada, no intrínsecamente sino porque todo mi trabajo está en el disco duro de mi máquina o del servidor.

Así las cosas, se supone que debería haber tortas por acceder a las especialidades informáticas en universidades y en módulos profesionales. Pues no: salvo en la titulación más básica de módulos profesionales, el número de alumnos en las ingenierías, ingenierías técnicas y módulos profesionales de nivel superior el número de alumnos desciende. ¿Inaudito? No lo sé. Sigamos viendo…

Salvo en especialidades muy, muy, muy técnicas -que siguen dominadas por hombres- en las demás especialidades universitarias la mujer va tomando protagonismo numérico creciente. Y, curiosamente, el protagonismo numérico femenino llega más rápido en aquellas especialidades que conllevan un cierto grado de sacrificio, por pequeño que sea (guardias, sobre todo) y sueldos de poco lucimiento y así están los hospitales y los juzgados: abarrotados de mujeres. Como la función pública misma…

¿Y los hombres? Ganando dinero. Digo yo, vamos. En un puesto u otro de la empresa privada.

La verdad es que apetece poco estudiar -y estudiar mucho, en según qué titulaciones- durante un porrón de años y costarle un dineral a la familia para luego acabar de mileurista, una categoría que pertenece a la familia del pringado. Porque, encima, la Universidad no da ya ni siquiera prestigio. Cualquier analfabeto forrado de pasta circula por el mundo en medio de la multitudinaria admiración -véase sino a los calzoncilleros de la pelota o a los faranduleros afectos a la $GAE- mientras que el noventa y nueve por ciento de la población no está en condiciones de dar un solo nombre de arquitecto más allá de Gaudí (y no todos llegan siquiera a Gaudí). Y por una vez que un dirigente futbolero les dice a los chavales de secundaria las verdades del barquero, los analfabetos se cabrean -como es normal- ¡¡y la gente les da la razón!! El señor este, Calderón, creo que se llama, es el primer dirigente pelotero que se ha ganado mi respeto: todos sus colegas conocen tan bien como él el tipo de material que se llevan entre manos, pero ninguno ha tenido la valentía de, a ese respecto, llamar al pan pan y al vino vino.

Y es que hablando en términos de analfabetos forrados de pasta, el mundo de la pelota y de la sopa boba es recurrente, pero también sientan plaza de triunfadores -económicamente lo son, sin duda alguna- y de inteligentísimos próceres empresariales unos cuantos botarates con corbata y gomina que son unos perfectos inútiles, afirmación que parece absurda viendo su nivel de vida (¿quién va a pagar tan bien a un idiota?) pero que Sergio Montoro, en su bitácora «La Pastilla Roja» ha descrito y caracterizado estupendamente. Efectivamente, aunque de lo que se habla frecuentemente es de la Ley de Murphy lo que verdaderamente funciona a toda máquina es el Principio de Peter y el mucho menos conocido Principio de Dilbert.

La caída de la profesionalidad -que, además, pagamos usuarios, consumidores y, en definitiva, ciudadanos- no es sino otra particularidad de este sistema neocon que nos corroe y que prostituye el principio de la eficiencia, es decir, el mejor servicio al menor costo, llevándolo al de la simple rentabilidad a corto plazo; para ello no hacen falta profesionales: basta unos que estén ahí y que hagan que la cosa aparente funcionar mientras dé beneficios. Cuando deje de darlos, la cosa, o sea la empresa, siempre podrá ser vendida o podrá adquirir otra que funcione… hasta que, regida de ese modo, deje a su vez de funcionar. En último extremo, las ratas siempre tienen su helicóptero de salvamento para abandonar el barco: se despide a 500 pringados (lo que, inexplicablemente -y de ahí lo absurdo del sistema-, produce un al menos momentáneo incremento del valor de las acciones), se realizan las stock options y aire, a buscar, otra empresa que levantar (porque será ocioso decir que el que paga el pato de la crisis es el imbécil que se quedó atrás, falto de reflejos; o, a lo mejor, en vez del imbécil que se quedó atrás es el verdadero dirigente empresarial que intentó salvar los muebles). Con este panorama, no es extraño que suframos la mierda de servicios que tenemos; si, encima, pensamos en telecos e ISP, el problema nos lleva a las más altas cimas de la miseria.

Lo único que me sorprende, en todo caso, es cómo pueden estos tíos estar echando en falta a unos profesionales que nunca creen haber necesitado.

Yo, por lo menos, nunca se los he visto.

Único testigo

Vaya, por poner un título, que no soy único ni mucho menos. Pero por si las moscas…

Sépase, a beneficio de quien pueda interesar, que esta tarde (siendo el día 18 de enero de 2007) aproximadamente a las 14:50 (tres menos diez) he sido testigo de lo que cabe esperar que no sea más que un pequeño incidente.

Un todo terreno de estos pick up, creo que Nissan pero, en todo caso, muy parecido, dando marcha atrás por una calle peatonal ha golpeado (menos mal que iba muy despacio) a una niña que circulaba tranquilamente por la acera con una amiguita. La niña parecía tener unos nueve años, más o menos, y por sus características parece de origen hispanoamericano. El conductor se ha detenido, no se ha dado a la fuga, menos mal, porque esto de pasar de todo y arrear es como una moda, últimamente. Unas señoras que han presenciado también los hechos se han llevado a las niñas no sé si a su casa o a que la pequeña accidentada fuera explorada por un servicio de urgencias médicas. Aparentemente, la niña no tenía nada; casi ni el susto, pues apenas ha podido darse cuenta de lo que ha sucedido. Mientras escribo estas líneas seguro que ya estará temblando, la pobrecita, bien consciente de lo cerca que ha estado de algo más gordo.

El hecho ha ocurrido en la acera de la calle Bonavista en la confluencia con Ferrer de Blanes. En Barcelona, obviamente. He anotado la matrícula del vehículo.

Si alguna de las partes, quienquiera que sea, y, por supuesto, la justicia, precisan de mi testimonio, me tienen a su disposición. Bastará un mensaje de correo-e a la cuenta que tengo asociada a esta bitácora.

Pero, bueno, espero que todo se haya quedado en nada y que esta noche la pequeña -quizá con la ayuda de una tilita- duerma como un angelito y mañana, en el cole, lo explique a su peña excitadísima de emoción protagonista.

Amén.

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