Monthly Archives: febrero 2007

Tacos

De la serie: «Pequeños bocaditos»

He dedicado el fin de semana a la procelosa lectura del informe de Meritxell Roca, de la Universitat Oberta de Catalunya, «El software libre en Catalunya y en España», una pieza interesante por lo que tiene de sistemático y de referenciado, aunque con pocos elementos nuevos para los que la corremos a diario en este ámbito. Estos informes suelen ser durillos de leer, aunque este no está del todo mal escrito en lo que se refiere a amenidad, más, con todo, son doscientas páginas de una cuesta arriba no muy empinada pero sí agobiantemente constante.

De forma que voy haciendo descansitos atendiendo el correo electrónico y leyendo prensa digital. Y por eso me he topado con un artículo de Incitatus en El Confidencial, titulado -agarrarse- «Hoy se corre la polla del presidente», de lectura divertida que recomiendo calurosamente.

El argumento del artículo es el taco, el uso del lenguaje cuartelero al que tan aficionado soy, como bien saben mis siete u ocho pacientísimos.

Alguno de ellos me lo ha criticado alguna vez: si no fueses tan mal hablado, tus argumentos ganarían en fuerza y tal vez se te citaría más por ahí. Y no. Ni mis argumentos ganarían en fuerza (los argumentos son lo que son y el estilo, con o sin tacos, sólo es la música); y si se me citara por ahí en caso de escribir sin tacos, no se estaría citando a Javier Cuchí sino a un simple émulo con modos de monaguillo delante del obispo. Sin tacos se escribe cuando lo pide el registro lingüístico, cuando hay que adoptar un tono académico para formular y apoyar una teoría o para hacer pedagogía (y aún así, en este último caso…). Por lo demás, me divierte escribir con tacos en un castellano nunca perfecto pero bastante mejor que el de centenares de meapilas que escriben como monjitas ursulinas.

El taco, por lo demás, refuerza muchas veces la potencia del lenguaje. Se puede decir que A impuso a B su criterio y, bueno, sí, sabemos que A se hizo el amo en la controversia; pero si decimos que A tomó sus razones y se las metió a B por el culo -y obsérvese que el taco es, en este caso, más conceptual que literal-, además de explicar lo mismo, estamos escenificando el hecho de que tal controversia lo fue a sangre y fuego, que no hubo, en absoluto, buen rollo en todo el asunto y que B saldría de la cosa de bastante mal humor, de un mal humor que excede del simple hecho de no haber podido imponer su criterio.

Tengo un amigo que es un verdadero acróbata del taco (y es, aviso, doctor en Pedagogía); un verdadero renacentista, un hombre, como él mismo gusta de definirse, del siglo XVI, pero que cuando insulta es tremendo, alcanza unos niveles de arte churrigueresco en la materia que asombran. El que le juega una mala pasada con ocasión del tráfico puede oírse algo así (palabra que lo he oído con estos pabellones auriculares que un día se calcinarán en el crematorio) como ¡me cago en los siete saltos mortales que tuvo que dar el cabrón de tu padre para follarse a la puta de tu madre y concebir una mierda infrahumana como tú!. Reconocerá el lector que, después de soltar algo así, tiene que quedarse uno descansado como después de mear. Para cierta institución que obvío mencionar, tiene un repertorio específico que mejor no describo. Y, sin embargo, es absolutamente incapaz de escribir un taco.

¿Por qué el taco, que quien más quien menos, todos usamos constantemente en el lenguaje hablado produce tanto reparo en el escrito? ¿Que especie de fariseísmo o de estúpida pacatez invade a la mayoría ante un teclado que le convierte en incapaz de escribir, sencillamente, como habla?

Y algún día, por cierto, alguien tendrá que describir qué define a un taco, por qué una determinada palabra -y no otras- constituye un llamado taco.

Es que hay que joderse…

Honor, censura y cara dura

De la serie: «Correo ordinario»

He seguido con extraordinario interés el tema de la entrevista que Jesús Quintero realizó a José María García para TVE y que ésta censuró. Ahora lo digo con toda propiedad: censuró. No quería hablar del tema, y mucho menos hacerlo en términos taxativos, hasta haber tenido ocasión de ver la entrevista, en la seguridad de que más pronto que tarde ésta se filtraría en la Red de un modo u otro: la enésima buena razón para bendecir la Red incansablemente. Efectivamente, la filtración se ha producido y ahí está la entrevista completita para que cada cual juzgue por sí mismo. Documento para juicio propio imprescindible, dada la polvareda que se ha levantado, la cual, como siempre, impide ver tanto el camino como el paisaje que lo circunda, con lo que, de otro modo, habríamos de estar a los relatos -casi siempre falsarios y manipulados- de los interesados y de sus turiferarios de los distintos grupos mediáticos.

Debo decir, por otra parte, que la gravedad del asunto me ha llevado a una excepción de acorde importancia: cuando Jesús Quintero inauguró esa nueva serie de entrevistas con el Farruquito dichoso -un homicida convicto, que anda por ahí haciéndose, encima, la víctima con un morro increíble- me propuse no ver ni uno solo de sus programas. Pero aunque no hubiera sido así, probablemente no hubiera visto de todos modos la entrevista a José María García por una razón nada personal y extensible, además, a otros: me cargan mucho los que, teniendo información excelente, comprometida y comprometedora, no la sueltan, o la sueltan con medias palabras, en ínfimas porciones de inocuidad cuidadosamente cortada, hasta que esa información ya no es operativa sino para el libro de Historia. No puedo dejar de pensar que esa persona -periodista, no lo olvidemos- que dispone de esa información y la oculta (un acto contra natura en su profesión, pero que se practica en masa) se erige en juez de lo que ha de pasar y de lo que no, de a quién hay que hundir y a quién no, de quién merece la gloria y quién la miseria, sin que los ciudadanos, esos mierdas de los que se carcajea hasta la mismísima Constitución cuando dice que somos la residencia de la soberanía nacional, tengamos nada que hacer ni nada que decir. La información se nos oculta y, cuando no, se nos entrega manipulada, cocinada y maquillada hasta que no la conoce ni su padre.

Me he tragado toda la entrevista. De pe a pa. Y lo más próximo a las injurias (y eso no quiere decir que llegue a ellas), lo más virulento que espeta a personas individuales es calificar de tramposo a Florentino Pérez y de tipo impresentable a Miguel Blesa, presidente -no sé si todavía ahora o en un cierto entonces– de Caja Madrid y todo ello con ocasión del traspaso de un tal Figo al Real Madrid y de un aval que hubo por medio con tan ilustre motivo. Por supuesto, en los cuarenta y pico minutos que dura la entrevista explica hechos diversos que pueden o no creerse y que comprometen, desde luego, la honradez política y mediática de muchas personas; pero son personas que llevan una vida pública y que han de estar a esos comentarios.

Y aquí está la cuestión. La protección civil y penal del llamado derecho al honor y a la propia imagen se ha exacerbado -con la tolerancia y colaboración, nada inocente, por cierto, de algunos jueces- hasta el punto de constituir un verdadero instrumento de censura en manos privadas… que puede usarse en manos públicas. Por eso no quise comentar nada en un primer momento. TVE decide no emitir una entrevista porque, dicen literalmente, está llena de insultos y descalificaciones. Claro, el editor (no el prestador de hosting, señor juez: el editor) es responsable civil de los insultos. Si José María García hubiera vertido tanta difamación, TVE quizá hubiera tenido que indemnizar en cantidades cuantiosas a los perjudicados por el veterano periodista y, en este caso, la no emisión de la entrevista estaría justificada, como está justificado que un redactor jefe no permita la inserción de un artículo cuando se percata de que podría ser constitutivo de delito o de un ilícito civil que podría costarle caro, económicamente caro, a la empresa editora.

Tenemos -todos, la ciudadanía- un problema con este tema. Es bien conocido por todos el abuso del derecho que está cometiendo la $GAE con la Asociación de Internautas aprovechando esa legislación demencial y en el que parece que, finalmente (y sin lanzar todavía campanas al vuelo), vamos a salir indemnes (nosotros y, de paso, todo el sector tecnológico español y todo el futuro desarrollo español, nada menos). También es conocido que la mitad de las putas de este país saturan las escasas disponibilidades de medios y de tiempo de la administración de Justicia querellándose o demandando a la otra mitad del lupanar por un quítame de allá esas declaraciones en ese tomate o en aquella salsa. Y lo mismo cabe decir de personajes públicos que se escuecen judicialmente de las críticas -es verdad que a veces muy incisivas, pero que tienen obligación de soportar– que se formulan a su pública actuación.

Los ataques al honor y a la imagen deben ser reinterpretados. Cuando alguien dice que tal ministro es un cabrón, habría que exigir, para castigar judicialmente, una prueba incontestable de que ese exabrupto está dirigido precisa, directa y exactamente a la persona en cuestión, no al cargo o a su ejercicio, como es mucho más frecuente. Y el derecho a la imagen se pierde cuando ésta se hace pública por propia voluntad del interesado: cuando uno cuelga su fotografía en una valla, tiene que estar dispuesto a aguantar mecha si algún gameberrete le pinta bigotes. La protección al honor y a la propia imagen se diseñaron para proteger de las intromisiones en la privacidad, no para acorazar contra críticas y contra discrepancias a los que se echan al ruedo público en busca del comedero y del bien retribuido medro.

Los altos tribunales -el Supremo y el Constitucional- han dictaminado reiteradas veces que la libertad de expresión tiene límites, sí, pero muy anchos, porque se trata de un bien de especial protección constitucional. En interés y a beneficio de determinados particulares hay demasiados -repito: demasiados- jueces empeñados en estrecharlos a toda costa.

A ver si ahora, encima, va a resultar que, sin necesidad de jueces censoristas, algunos -que deberían ser prontamente identificados y cesados, juntamente con el director general de TVE, van a dedicarse a la censura intensiva con el dichoso pretexto de las injurias a beneficio… por cierto: ¿a beneficio de quién?

¡Qué vergüenza!

La más principal hazaña

En el fragor de la paella de hoy se me olvidó algo muy importante, histórico de verdad: ayer murió en Afganistán la primera mujer soldado española caída en combate.

Yo, escribidor pringadillo, que tantas veces ostento con pretenciosidad lo que en nada menos que un Cervantes no fue sino un título de humildad, la condición de viejo soldado, me pondría en primer tiempo de saludo ante la camarada caída, pero se ve que esto del primer tiempo de saludo ya no se lleva, me dijo no sé quién… Además, de paisano y descubierto, es un gesto patético.

No escribiré ridiculeces épicas. Qué coño: Idoia estaba cumpliendo con su deber sin más, como todos los soldados, sin que sonaran himnos de gloria como música de fondo, pensando quizá en el menú de la cena, en el fastidio de llegar tarde al enlace del satélite para poder hablar con la familia o en ese capullo de conductor que le estaba dejando el culo como una criba con tanto brinco. Y en esas estando, en una de esas o parecida, se la llevó por delante una mina islamista.

Dejaré, en cambio, que hable otro viejo soldado de la Infantería española, Pedro Calderón de la Barca, en un fragmento de aquel poema que, en tiempos, tantos aprendimos y llegamos a saber de memoria:

Oye y sabras dónde está:
este ejército que ves,
vago al hielo y al calor,
la república mejor,
y más política es
del mundo a que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda
sino por la que de él adquiere;
porque aquí la sangre excede
el lugar que uno se hace,
y sin mirar cómo nace
se mira cómo procede.

Buenas noches, Idoia, soldado Rodríguez, camarada.

El jamón y el vino

De la serie: «Los jueves, paella»

Me alegra las pajaritas una entrevista a William J.R. Curtis que, muy sorprendentemente, publicaba anteayer el BOAB (Boletín oficioso del Ayuntamiento de Barcelona), ay, perdón, «El Periódico». Digo sorprendentemente porque ese medio es el principal vocero de la Barcelona closística y de oropel que venimos sufriendo sus [otrora] ciudadanos desde hace un excesivo número de años y, según es de temer, lo que te rondaré, morena. Porque el tal Curtis -de quien no había oído hablar en mi vida pese a considerarme degustador de la arquitectura- dice verdades como puños, pero como puños de guardia civil de los de antes…

La entrevista íntegra está enlazada unas pocas líneas más arriba, pero, en prevención de su caducidad el día menos pensado, no me resisto a transcribir algunos de sus comentarios (tal como los reproduce el periodista, claro está, déjame curarme en salud):

¿La identidad de Barcelona se explica por la torre Agbar? ¡Por favor…!. ¡Menos mal que oigo a alguien ser escéptico con ese engendro, con esa polla asquerosa con la que Jean Nouvel y Joan Clos (además de AGBAR, claro está) se han reído de los barceloneses colocándonos ese consolador para señoras en el mismísimo ombligo geográfico de la ciudad. Suerte tendrán de que no pasará nunca, porque como algún día tuviese yo poder para hacerlo, habrían de evacuar esa porquería en el tiempo justo que tardaran en llegar los zapadores del Ejército, que para convertir en mondadientes guarradas como esa son rápidos y eficaces.

El problema del Fòrum es que no tiene un fundamento cultural, no hay contenido. Es una ficción publicitaria. Había muchas maneras de hacer llegar la Diagonal al mar. ¿Por qué no hacer algo más simple? Eligieron el chachachá… El Fòrum es un retrato de nuestra época. En arquitectura hay mucho cinismo, mezclado con desprecio por el humanismo. Hay que tomar una gran distancia con respecto al presente. Sin comentarios: ya queda todo dicho.

Pero en los años 90 todo el mundo dio un paso hacia la sociedad del espectáculo. Antes era la construcción y ahora, la imagen. ¡Y el riesgo es la gran mentira! Estamos en los espacios de la ilusión, donde todo el mundo quiere llamar la atención al consumo. Por eso se hacen edificios tortellini, edificios juguete sexual…. ¡Juas!

Hoy lo mejor se hace fuera de Barcelona. Aranda, Pigem y Vilalta proponen cosas inteligentes y sensibles al paisaje, desde Olot. Pero Barcelona ha entrado en la decadencia.. Lo decía Ivà y lo repito yo constantemente: la verdad jode, pero curte. Tenemos unos arquitectos locales acojonantes, pero aquí la pijería está a la orden del día, sobre todo si paga con dinero público. No soy chauvinista: si por una razón concreta, por un proyecto concreto y personalísimo, hay que hacer venir a un arquitecto extranjero, adelante; ponerle fronteras al arte es el paroxismo de la estupidez. Pero llenar una ciudad de propuestas absolutamente imbéciles sólo porque las firma un botarate foráneo de moda cuando tenemos en casa verdaderos maestros, es del género borde.

Esta es nuestra ciudad: lo que en otros tiempos fue una verdadera perla del Mediterráneo (no la única, afortunadamente, y por eso a ese charco inmundo saturado de mierda y metales pesados todavía se le puede llamar mar y mantenerlo en su consideración de cuna de toda una civilización) convertida ahora en una vulgar urbanización decadente y abotargada, un simple y sucio contenedor de oficinas -alojamiento de pelotazos-, de especuladores y de cajas de zapatos flotantes abarrotadas de carne nórdica a la parrilla.

Qué asco.
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Hombre, hablando de cosas vomitivas, tenemos por ahí el tema de las mises, ya sabéis a qué me refiero: a esos concursos de ganado humano en los que se premia al especimen que mejor se adecúa al estándar de cada momento. Se coge a lo que unos pocos minutos antes era un ser humano de sexo femenino y se le convierte en una especie de vaca antropomorfa: se le miden las ancas y las ubres, se comprueba que la dentadura sea saludable, que tenga un paso grácil y demás. Y, como para disimular, hay un momento en que se la hace mugir un poco para ver si emite un sonido agradable; lo que ese sonido signifique importa poco: que la vaca tenga el cerebro en estado letárgico más o menos permanente, no es óbice para lo que se la quiere emplear, que no es otra cosa que, obviamente, ordeñarla hasta el agotamiento durante un año. Y después, reconvertido el especimen otra vez en ser humano, puede dedicarse a lo que le dé la gana o, mejor dicho, a lo que le dejen: modelo (barata), actriz (barata) o drogadicta. Qué más da. Ya ha dado todo lo que cabía esperar.

Encima, en los concursos estos de ganado se hace trampa. Como quedó demostrado televisivamente, un maletín bien lleno de pasta puede hacer que el premio agropecuario recaiga sobre una res cuyas ubres no guarden la redondez mínima exigida o cuyas ancas no sean las más adecuadas para hacer cecina; imagino que si el contenido del maletín compensa con suficiente exceso el déficit de rendimiento que aquejará al animal premiado, la vara del jurado se torcerá hacia el lado de la res subvencionada como la de la Justicia habría de hacerlo hacia el lado de la misericordia.

La última que ha montado esa organización nauseabunda que diseña o promueve o yo qué sé el festival en cuestión es destronar al animalito premiado en el año en curso por una trascendental cuestión: había procreado. O sea, retornada a su original condición de mujer, resultó que había sido madre, que tenía un hijo. Para ese hatajo de impresentables, de insolventes y de indocumentados de la especie humana, se ve que esto de ser madre catapulta a la gente fuera y lejos del debido pedigree y que, con ello, el obligatorio estándar se desmorona.

Esto es de verdadera vergüenza. Esto es denigrante. No, no lo de la madre: lo denigrante es el concurso en sí; lo de la madre, lo acerca simplemente a cotas de racismo filonazi. Que estas cosas sean legales y, encima, se vean promocionadas desde cadenas de televisión que emiten bajo licencia pública, clama a la Constitución, a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y clama, en definitiva, a la simple vergüenza torera que, a este paso, habrá que buscarla en este país como Diógenes a los hombres: con un farol.

¡Luz, más luz!
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La señorísima ministra de Sanidad ha tenido que envainarse la ley seca que andaba pergeñando. Apúntese en el haber de mi delicadeza sin igual que he utilizado -en su forma reflexiva- el verbo envainar (por cierto, una duda: ¿reflexivo o pasiva refleja? ¿Alguien de algún plan de estudios anterior a 1957 que me la despeje?). Lo he hecho porque se trata de una dama. Si hubiera sido un caballero o cierta otra ministra de mi predilección, hubiera utilizado una metáfora penetrativa mucho más cruda.

Bueno, son cosas que pasan en política: a veces, sin querer, se remueve un avispero y eso escuece un huevo (especialmente, el huevo picado). Pero tengamos en cuenta una cosa: el intento no ha sido completamente abortado sino que ha quedado, simplemente, diferido. Hasta después de las elecciones. Es que tienen una desvergüenza que te cagas: ahora lo dejamos correr, no vaya a costarnos la broma un montón de votos; pero en cuanto hayáis votado y ya no tengáis defensa posible, ciudadanos de mierda, os meteremos por el culo lo que nos dé la santísima gana. Parecido anuncio, por cierto, ha emitido el heredero barcelonés con respecto a los desahucios exprés: no removamos la caca antes de las elecciones y espera a que estos atontados hayan votado y nos hayan atornillado cuatro años más en el chollo; entonces haremos lo que nos dé la gana tanto si les gusta como si no. Ele la grasia.

Con esto de la ley seca hay bastante demagogia por parte del sector puritano. Por ejemplo, las organizaciones corporativas médicas (que no son lo mismo que los médicos) están que trinan porque dicen que en la envainada de la ministresa hay motivaciones económicas. ¡Nos ha jodido! ¿Y cuáles eran las motivaciones de la ministresa? ¿Velar por nuestra salud? ¡Anda ya, hombre, anda ya! A la señora ministresa -como al resto de los políticos del arco- nuestra salud le importa un carajo. Lo que pasa es que la ministresa, sola o en compañía de otros, ha hecho cuentas de lo que ingresa el Estado por los impuestos que gravan el alcohol y lo que le cuestan a la Seguridad Social las enfermedades derivadas directa o indirectamente del alcohol (en el caso de lo indirecto, cogido muchas veces por la punta misma de los pelos) y los números salen negativos; y como de la financiación de la Seguridad Social depende una bolsa de votos muy, muy seria (ahí no hablamos de unos pocos miles aquí o allá, no se trata de cálculo electoral fino, de que eso nos cuesta un diputado en Zamora, sino de millones de votos), pues hay que cortar por donde sea. Si no es ningún secreto, joder: lo mismo hicieron con el tabaco. Si el tabaco no le costara dinero a la Seguridad Social, el ministro de Economía defendería el ducados hasta la última gota de su Presupuesto.

Intrínsecamente hablando y hasta donde sé -no pierdo mi tiempo leyendo proyectos de ley derivados del puritanismo victoriano decimonónico- la norma no era tan tremenda: básicamente la emprendía con la publicidad y más incisivamente con la publicidad en espacios frecuentados per se por jóvenes. Y esto no es malo; en absoluto. Es, al contrario, una medida muy plausible.

Lo que pasa es que los ciudadanos nos conocemos ya de memoria la canción porque con el tabaco hicieron lo mismo: empezaron poniendo pegas a la publicidad, unas pegas que la ciudadanía de a pie apenas notó. Luego, pusieron la directa y llegaron a lo de ahora. Ya vimos venir esto hace un año, ya dijimos que después del tabaco vendría el alcohol y podemos hacer apuestas sobre si el próximo que se la cargará será el café o el sexo heterosexual. Yo apuesto por el sexo, porque en lo del café hay demasiada multinacional gorda metida y ésas muerden de verdad.

Y si el ciudadano español es desmemoriado -y apoltronado- por naturaleza, ahí está el sector del vino y del cava que se juega muchísimo y que, lógicamente, ha levantado la liebre. Y lo ha hecho gritando muy alto. Les ha bastado decir: mirad lo que pasó con el tabaco; ¿queréis que pase también con el Rioja, con el Ribera del Duero, con el Priorat y con decenas y decenas de denominaciones de origen que constituyen el reflejo alimentario de una cultura ancestral y en todo inherente a la que se escribe con mayúscula? Y eso ha puesto a la sociatada a contar votos, sobre todo en las regiones de larga y antigua tradición vitivinícola, que es donde, casualmente, se juegan más los cuartos: los locales, los autonómicos y los generales.

Con la ley seca en España estaremos como con las patentes de software en Europa, que siempre la tendremos encima como una espada de Damocles. Veremos si los meapilas antialcohólicos llegan a recurrir a las sucias trampas de la mafia apropiacionista, y casi me atrevo a pronosticar que sí. El puritanismo mastuerzo es fundamentalista y talibán e, investido de una misión divina incontestable, establecerá que el fin justifica los medios (y las guarradas) e irá a por todas con todo lo que tenga. Por eso es importante pararles los pies desde el primer paso por más que éste aparezca como moderado y razonable: porque les bastará este primer paso para adquirir una inercia que los haga imparables.

Es la guerra: bocata de chorizo, trago de Cariñena, un pitillito el que fume y a las armas.
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Con esta se terminan las paellas de febrero. La próxima será el 1 de marzo, con permiso de los abogados de la $GAE y si el tiempo no lo impide. Marzo ya es un mes divertido. Pasan cosas: se cambia la hora, llega la primavera y se nos viene encima la Semana Santa, que es el festejo que le aprieta de verdad el acelerador al conjunto del año: el domingo de Ramos siempre pienso que tenemos las navidades al caer. Y no me equivoco.

También se termina el trimestre y vienen notas, pero mis enanas -salvo algún ocasional sobresalto- no me dan, en este aspecto, guerra digna de mención. Además, mira, no sé por qué, es un mes que me cae simpático.

Aquí estaremos, pues, armando bronca. Laus Deo

Lecturas ejemplares

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Sergio Montoro, autor del blog La Pastilla Roja y coautor del libro del mismo título con Juantomás García (ya ex-presi de Hispalinux, al que habría que hacer de algún modo emérito u honorario, y lo digo en serio), es una de mis lecturas diarias. O, mejor expresado, de mis visitas diarias, puesto que no escribe cada día.

No puedo dejar de enlazar a sus dos últimas entradas. En una, la más reciente, que es un verdadero piropo a los funcionarios a los que, siempre hasta el cuello de leyendas negras, nos alivia la mar (y la agradecemos muchísimo) un poco de cremita.

La otra, inmediatamente anterior, es una estupenda desmitificación de eso que llaman inteligencia emocional, que también estaba necesitada de un buen baño de ácido políticamente incorrecto y sobre la que no digo nada porque Sergio ya lo ha dicho todo. Quien da primero da dos veces. Obviamente, la suscribo de pe a pa.

La de los funcionarios también. Por supuesto.

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