El jamón y el vino

De la serie: «Los jueves, paella»

Me alegra las pajaritas una entrevista a William J.R. Curtis que, muy sorprendentemente, publicaba anteayer el BOAB (Boletín oficioso del Ayuntamiento de Barcelona), ay, perdón, «El Periódico». Digo sorprendentemente porque ese medio es el principal vocero de la Barcelona closística y de oropel que venimos sufriendo sus [otrora] ciudadanos desde hace un excesivo número de años y, según es de temer, lo que te rondaré, morena. Porque el tal Curtis -de quien no había oído hablar en mi vida pese a considerarme degustador de la arquitectura- dice verdades como puños, pero como puños de guardia civil de los de antes…

La entrevista íntegra está enlazada unas pocas líneas más arriba, pero, en prevención de su caducidad el día menos pensado, no me resisto a transcribir algunos de sus comentarios (tal como los reproduce el periodista, claro está, déjame curarme en salud):

¿La identidad de Barcelona se explica por la torre Agbar? ¡Por favor…!. ¡Menos mal que oigo a alguien ser escéptico con ese engendro, con esa polla asquerosa con la que Jean Nouvel y Joan Clos (además de AGBAR, claro está) se han reído de los barceloneses colocándonos ese consolador para señoras en el mismísimo ombligo geográfico de la ciudad. Suerte tendrán de que no pasará nunca, porque como algún día tuviese yo poder para hacerlo, habrían de evacuar esa porquería en el tiempo justo que tardaran en llegar los zapadores del Ejército, que para convertir en mondadientes guarradas como esa son rápidos y eficaces.

El problema del Fòrum es que no tiene un fundamento cultural, no hay contenido. Es una ficción publicitaria. Había muchas maneras de hacer llegar la Diagonal al mar. ¿Por qué no hacer algo más simple? Eligieron el chachachá… El Fòrum es un retrato de nuestra época. En arquitectura hay mucho cinismo, mezclado con desprecio por el humanismo. Hay que tomar una gran distancia con respecto al presente. Sin comentarios: ya queda todo dicho.

Pero en los años 90 todo el mundo dio un paso hacia la sociedad del espectáculo. Antes era la construcción y ahora, la imagen. ¡Y el riesgo es la gran mentira! Estamos en los espacios de la ilusión, donde todo el mundo quiere llamar la atención al consumo. Por eso se hacen edificios tortellini, edificios juguete sexual…. ¡Juas!

Hoy lo mejor se hace fuera de Barcelona. Aranda, Pigem y Vilalta proponen cosas inteligentes y sensibles al paisaje, desde Olot. Pero Barcelona ha entrado en la decadencia.. Lo decía Ivà y lo repito yo constantemente: la verdad jode, pero curte. Tenemos unos arquitectos locales acojonantes, pero aquí la pijería está a la orden del día, sobre todo si paga con dinero público. No soy chauvinista: si por una razón concreta, por un proyecto concreto y personalísimo, hay que hacer venir a un arquitecto extranjero, adelante; ponerle fronteras al arte es el paroxismo de la estupidez. Pero llenar una ciudad de propuestas absolutamente imbéciles sólo porque las firma un botarate foráneo de moda cuando tenemos en casa verdaderos maestros, es del género borde.

Esta es nuestra ciudad: lo que en otros tiempos fue una verdadera perla del Mediterráneo (no la única, afortunadamente, y por eso a ese charco inmundo saturado de mierda y metales pesados todavía se le puede llamar mar y mantenerlo en su consideración de cuna de toda una civilización) convertida ahora en una vulgar urbanización decadente y abotargada, un simple y sucio contenedor de oficinas -alojamiento de pelotazos-, de especuladores y de cajas de zapatos flotantes abarrotadas de carne nórdica a la parrilla.

Qué asco.
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Hombre, hablando de cosas vomitivas, tenemos por ahí el tema de las mises, ya sabéis a qué me refiero: a esos concursos de ganado humano en los que se premia al especimen que mejor se adecúa al estándar de cada momento. Se coge a lo que unos pocos minutos antes era un ser humano de sexo femenino y se le convierte en una especie de vaca antropomorfa: se le miden las ancas y las ubres, se comprueba que la dentadura sea saludable, que tenga un paso grácil y demás. Y, como para disimular, hay un momento en que se la hace mugir un poco para ver si emite un sonido agradable; lo que ese sonido signifique importa poco: que la vaca tenga el cerebro en estado letárgico más o menos permanente, no es óbice para lo que se la quiere emplear, que no es otra cosa que, obviamente, ordeñarla hasta el agotamiento durante un año. Y después, reconvertido el especimen otra vez en ser humano, puede dedicarse a lo que le dé la gana o, mejor dicho, a lo que le dejen: modelo (barata), actriz (barata) o drogadicta. Qué más da. Ya ha dado todo lo que cabía esperar.

Encima, en los concursos estos de ganado se hace trampa. Como quedó demostrado televisivamente, un maletín bien lleno de pasta puede hacer que el premio agropecuario recaiga sobre una res cuyas ubres no guarden la redondez mínima exigida o cuyas ancas no sean las más adecuadas para hacer cecina; imagino que si el contenido del maletín compensa con suficiente exceso el déficit de rendimiento que aquejará al animal premiado, la vara del jurado se torcerá hacia el lado de la res subvencionada como la de la Justicia habría de hacerlo hacia el lado de la misericordia.

La última que ha montado esa organización nauseabunda que diseña o promueve o yo qué sé el festival en cuestión es destronar al animalito premiado en el año en curso por una trascendental cuestión: había procreado. O sea, retornada a su original condición de mujer, resultó que había sido madre, que tenía un hijo. Para ese hatajo de impresentables, de insolventes y de indocumentados de la especie humana, se ve que esto de ser madre catapulta a la gente fuera y lejos del debido pedigree y que, con ello, el obligatorio estándar se desmorona.

Esto es de verdadera vergüenza. Esto es denigrante. No, no lo de la madre: lo denigrante es el concurso en sí; lo de la madre, lo acerca simplemente a cotas de racismo filonazi. Que estas cosas sean legales y, encima, se vean promocionadas desde cadenas de televisión que emiten bajo licencia pública, clama a la Constitución, a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y clama, en definitiva, a la simple vergüenza torera que, a este paso, habrá que buscarla en este país como Diógenes a los hombres: con un farol.

¡Luz, más luz!
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La señorísima ministra de Sanidad ha tenido que envainarse la ley seca que andaba pergeñando. Apúntese en el haber de mi delicadeza sin igual que he utilizado -en su forma reflexiva- el verbo envainar (por cierto, una duda: ¿reflexivo o pasiva refleja? ¿Alguien de algún plan de estudios anterior a 1957 que me la despeje?). Lo he hecho porque se trata de una dama. Si hubiera sido un caballero o cierta otra ministra de mi predilección, hubiera utilizado una metáfora penetrativa mucho más cruda.

Bueno, son cosas que pasan en política: a veces, sin querer, se remueve un avispero y eso escuece un huevo (especialmente, el huevo picado). Pero tengamos en cuenta una cosa: el intento no ha sido completamente abortado sino que ha quedado, simplemente, diferido. Hasta después de las elecciones. Es que tienen una desvergüenza que te cagas: ahora lo dejamos correr, no vaya a costarnos la broma un montón de votos; pero en cuanto hayáis votado y ya no tengáis defensa posible, ciudadanos de mierda, os meteremos por el culo lo que nos dé la santísima gana. Parecido anuncio, por cierto, ha emitido el heredero barcelonés con respecto a los desahucios exprés: no removamos la caca antes de las elecciones y espera a que estos atontados hayan votado y nos hayan atornillado cuatro años más en el chollo; entonces haremos lo que nos dé la gana tanto si les gusta como si no. Ele la grasia.

Con esto de la ley seca hay bastante demagogia por parte del sector puritano. Por ejemplo, las organizaciones corporativas médicas (que no son lo mismo que los médicos) están que trinan porque dicen que en la envainada de la ministresa hay motivaciones económicas. ¡Nos ha jodido! ¿Y cuáles eran las motivaciones de la ministresa? ¿Velar por nuestra salud? ¡Anda ya, hombre, anda ya! A la señora ministresa -como al resto de los políticos del arco- nuestra salud le importa un carajo. Lo que pasa es que la ministresa, sola o en compañía de otros, ha hecho cuentas de lo que ingresa el Estado por los impuestos que gravan el alcohol y lo que le cuestan a la Seguridad Social las enfermedades derivadas directa o indirectamente del alcohol (en el caso de lo indirecto, cogido muchas veces por la punta misma de los pelos) y los números salen negativos; y como de la financiación de la Seguridad Social depende una bolsa de votos muy, muy seria (ahí no hablamos de unos pocos miles aquí o allá, no se trata de cálculo electoral fino, de que eso nos cuesta un diputado en Zamora, sino de millones de votos), pues hay que cortar por donde sea. Si no es ningún secreto, joder: lo mismo hicieron con el tabaco. Si el tabaco no le costara dinero a la Seguridad Social, el ministro de Economía defendería el ducados hasta la última gota de su Presupuesto.

Intrínsecamente hablando y hasta donde sé -no pierdo mi tiempo leyendo proyectos de ley derivados del puritanismo victoriano decimonónico- la norma no era tan tremenda: básicamente la emprendía con la publicidad y más incisivamente con la publicidad en espacios frecuentados per se por jóvenes. Y esto no es malo; en absoluto. Es, al contrario, una medida muy plausible.

Lo que pasa es que los ciudadanos nos conocemos ya de memoria la canción porque con el tabaco hicieron lo mismo: empezaron poniendo pegas a la publicidad, unas pegas que la ciudadanía de a pie apenas notó. Luego, pusieron la directa y llegaron a lo de ahora. Ya vimos venir esto hace un año, ya dijimos que después del tabaco vendría el alcohol y podemos hacer apuestas sobre si el próximo que se la cargará será el café o el sexo heterosexual. Yo apuesto por el sexo, porque en lo del café hay demasiada multinacional gorda metida y ésas muerden de verdad.

Y si el ciudadano español es desmemoriado -y apoltronado- por naturaleza, ahí está el sector del vino y del cava que se juega muchísimo y que, lógicamente, ha levantado la liebre. Y lo ha hecho gritando muy alto. Les ha bastado decir: mirad lo que pasó con el tabaco; ¿queréis que pase también con el Rioja, con el Ribera del Duero, con el Priorat y con decenas y decenas de denominaciones de origen que constituyen el reflejo alimentario de una cultura ancestral y en todo inherente a la que se escribe con mayúscula? Y eso ha puesto a la sociatada a contar votos, sobre todo en las regiones de larga y antigua tradición vitivinícola, que es donde, casualmente, se juegan más los cuartos: los locales, los autonómicos y los generales.

Con la ley seca en España estaremos como con las patentes de software en Europa, que siempre la tendremos encima como una espada de Damocles. Veremos si los meapilas antialcohólicos llegan a recurrir a las sucias trampas de la mafia apropiacionista, y casi me atrevo a pronosticar que sí. El puritanismo mastuerzo es fundamentalista y talibán e, investido de una misión divina incontestable, establecerá que el fin justifica los medios (y las guarradas) e irá a por todas con todo lo que tenga. Por eso es importante pararles los pies desde el primer paso por más que éste aparezca como moderado y razonable: porque les bastará este primer paso para adquirir una inercia que los haga imparables.

Es la guerra: bocata de chorizo, trago de Cariñena, un pitillito el que fume y a las armas.
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Con esta se terminan las paellas de febrero. La próxima será el 1 de marzo, con permiso de los abogados de la $GAE y si el tiempo no lo impide. Marzo ya es un mes divertido. Pasan cosas: se cambia la hora, llega la primavera y se nos viene encima la Semana Santa, que es el festejo que le aprieta de verdad el acelerador al conjunto del año: el domingo de Ramos siempre pienso que tenemos las navidades al caer. Y no me equivoco.

También se termina el trimestre y vienen notas, pero mis enanas -salvo algún ocasional sobresalto- no me dan, en este aspecto, guerra digna de mención. Además, mira, no sé por qué, es un mes que me cae simpático.

Aquí estaremos, pues, armando bronca. Laus Deo

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