Mí no saber

De la serie: «Correo ordinario»

La industria fabril clásica, tradicional, desaparece en Occidente. Esto que llamamos deslocalización no es ningún virus ocasional ni, en puridad, un producto de la sinvergüencería empresarial -aunque ésta no debe descartarse nunca- sino un signo de los tiempos, una evolución económica y, consecuentemente, social. No volveremos a ver grandes centros fabriles con centenares, quizá miles, de obreros entrando al toque de la sirena; es más: ni siquiera se verán en las denominadas economías emergentes, llamadas a asumir esa producción que nosotros perdemos, porque incluso la morfología industrial está cambiando sustancialmente. Las cosas funcionan hoy de otro modo y eso puede gustarnos o no, pero es así.

En una primera fase, la cosa es dolorosa: despidos masivos, gente con muchos años dedicados a una empresa es puesta de patitas en la calle y, con excesiva frecuencia, sin armas profesionales para sobrevivir en el mercado -así le llaman- de trabajo. Se acabaron los sueldos de mil doscientos euros por apretar tornillos. Peor aún: se acabó -aquí, en Occidente- pagar sueldos, ni de mil ni de quinientos, por apretar tornillos: eso es cosa de chinos, de taiwaneses, de thailandeses y demás eses. Su nivel de vida ínfimo permite sueldos muy bajos, los únicos que hacen asumible el apretón de tornillos en los cada vez menos lugares y cosas en los que no sea posible que lo haga una máquna; y, como a los españoles -hay que recordar que una vez fuimos nosotros los beneficiarios de otras deslocalizaciones-, la alegría les durará una generación (no creo que llegue a las dos que nos ha durado a nosotros): tan pronto el nivel de vida asiático se ponga a nivel, los responsables de costes de producción mirarán hacia África -siempre que el SIDA y el hambre no hayan liquidado a todos los africanos- y los ya occidentalizados asiáticos tendrán que buscarse la vida como ahora nosotros.

Bueno, todo eso es llevar la mirada demasiado lejos y las variables que pueden producirse de aquí a entonces son muchísimas, si no infinitas sí, desde luego, incontrolables. Un simple ejemplo: ¿qué ocurrirá si Occidente se independiza del petróleo -que, buscado o no, va a ser el resultado de eso del cambio climático– con los países, básica pero no únicamente árabes, cuyos ingresos dependen del oro negro? ¿Constituirán la mano de obra de recambio de unos asiáticos con sueldos ya para entonces insufribles? ¿Incendiarán el mundo en una revuelta generalizada de descomunales proporciones de la que el 11-S no habría sido más que un microscópico indicio?

Pero hay un presente que ya es problemático: un número importante de trabajadores fabriles está perdiendo su empleo sin estar en condiciones de asumir otro por falta de formación. Incidentalmente: la mayoría de los que están en esta situación son mujeres. Todos ellos se ven abocados a empleos para los que tienen una competencia feroz en los inmigrantes, empleos que sólo pueden conseguir aceptando salarios que, en un primer momento, están por debajo del montante de la prestación por desempleo. Pero… ¿y después?

España es un país muy malo para la innovación. El famoso «¡Que inventen ellos!» no fue sino un sarcasmo de Unamuno, pero fue recibido y asumido -¡y aplaudido!- en su más seria literalidad. El español se distancia del avance tecnológico o científico como si no fuera con él, como si fuera cosa de majaretas, de inmaduros o de altísimos especialistas, pero cosa ajena, en todo caso. El desprecio ignorante y desconfiado que se esconde detrás del «¿y ezo pa qué é?» que ya anticipa un encogimiento de hombros ante la respuesta, por cabal y razonable que ésta sea; el «yo, de ordenadores, no entiendo» dicho no con vergüenza ante esa ignorancia sino con altivez y orgullo, como si entender de ordenadores fuera cosa de bajo jaez, poco digno de altas alcurnias. Todavía hay quien no entiende de ordenadores, aunque parezca increíble, pero hasta no hace mucho, miles de estúpidos con corbata vivían convencidos de que los ordenadores eran cosa de administrativos y de secretarias y que lo suyo era berrear por las terminales de los aeropuertos diciendo ostensibles chorradas cuando un móvil valía más de mil y pico euros y sólo estaba al alcance no de ellos -pobres gilipollas- sino de sus empresas. En fin, todos los que abrimos los ojos como platos ante aquellos incipientes ZX, Osborne y demás cacharrería y sus inmensas posibilidades que, más que adivinarse, eran claramente predecibles, a principios de los ochenta, tuvimos que aguantar durante muchos años que no éramos sino críos jugando con los aparatitos; y algunos más recordamos un fenómeno parecido (¿y ezo pa qué é?) con la llegada de Internet, cuyo más ilustre corolario fue nada menos que un presidente de Telefónica (eso no lo olvidaremos nunca) que trató a los internautas de «chateadores y arriesgadores de su dinero» con luz, taquígrafos y micrófonos.

En consonancia con el amiguete del pupitre, los políticos (todos los políticos de todos los partidos, con excepciones tan honrosas como escasas) no han dedicado ímprobos esfuerzos a enderezar esa viciosa tendencia social, como sería lo razonable, sino, al contrario, a acentuarla, a beneficio de su ignorancia supina y de su tecnoanalfabetismo lacerante, pero, sobre todo, a beneficio de una serie de agentes que primero vieron en la tecnología un enemigo -algunos lo siguen viendo- y después un negocio. A beneficio de cualquiera y de cualquier cosa menos del desarrollo tecnológico de este país y de la apertura mental, en esta materia, de sus ciudadanos. Oh, por cierto: quien dice tecnología dice ciencia; y así, aquí tratamos como a becarios -con sueldos a ese nivel- a cerebrones que en Europa (en la Europa de verdad, no en esta cochiquera) y en América serían objeto de culto y reverencia: por eso, a la que pueden, se largan para allá (eso sí: cuando pillan cacho de celebridad o de premio con trascendencia mediática, todos los culogordos mentales de los partidos como locos a hacerse la foto con ellos y a darles premios «Príncipe de Asturias», si es que Bill Gates o los futbolistas han dejado alguno disponible).

En este ambiente, los empresarios se tiran de los pelos faltos de mano de obra especializada. Menos se los mesarían si se hubieran ocupado en su momento de proporcionar esa formación a sus trabajadores (tenida siempre por un gasto y jamás por una inversión, ya les vale, los muy botarates, menuda patronal cutre la de aquí) y quizá paliarían algo el problema si no pretendieran pagar a un trabajador superespecializado el sueldo -de ahora- de un apretador de tornillos. Eso de comer marisco a precio de sardinas es algo que nos gustaría a todos, pero todos sabemos también que no es posible (en condiciones normales). Es cierto, sin embargo, que por más que paguen hay un claro déficit de estos trabajadores.

También es cierto que los sindicatos -en todo iguales a los partidos, para el caso- no se han tomado muchas molestias al respecto. La formación de los trabajadores no ha sido nunca prioritaria (ningún derecho de los trabajadores ha sido, en realidad, prioritario ante otros… intereses) y, por demás, jamás han colaborado a imbuir una ética profesional consistente en que, sin perjuicio de los derechos del trabajador y de las obligaciones del empresario, hay que cultivar el propio oficio y mantenerse actualizado y reciclado en él y buscar constantemente sus vectores más innovadores sin esperar a que llegue la formación de origen empresarial; aunque sólo sea por una razón que ha acabado siento patente, como decía al principio: ya nadie puede esperar jubilarse en la empresa que trabaja si le quedan más de diez años para esa jubilación. Por tanto, los déficits de formación no se los comerá el empresario (también, pero en términos amplios y coyunturales) sino el propio trabajador de formación anticuada que se la tendrá que buscar entonces deprisa, corriendo, costosa y no siempre de buena calidad (los cursos de promoción pública son de verdadero asco: suele impartirlos el cuñado del baranda).

A esto nos ha llevado el tarzanesco «mí no saber» que constituye el verdadero himno nacional de este desgraciado y lamentable país y por ello, pese a las reticencias de alguno de mis lectores, sigo considerando que esto se hunde y seguiré recomendando a mis hijas, cada vez con más insistencia y calor, que lo mejor que puede hacer un joven con respecto a España es darse el bote tan pronto termine los estudios.

A no ser, claro está, que lo que demos sea una feroz patada en los dientes a los políticos y a los mil veces idiotas que de ordenadores, no entienden.

Pero ya verás cómo no.

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Comentarios

  • Nikola Tesla  El 30/03/2007 a las .

    Joder, que entrada más descorazonadoramente cierta. Pero al menos innovamos en ladrillo…y así nos va.

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