Monthly Archives: junio 2007

Inhibidores, multiculturales e identidades

Paella con un día de retraso, por el que pido disculpas. Ayer, jueves, tuve un día abarrotado y hoy, viernes, voy camino de Madrid para participar mañana en la asamblea anual de la Asociación de Internautas, una asamblea que será movidita, a la vista de cómo están los frentes de batalla, con la $GAE pleiteando como posesa contra todo bicho viviente mientras intenta una ingente tarea de lobbyng (antes decíamos «de zapa») para que la LISI se ponga la Constitución por montera, con el 902 de las telecos metido ya en vía judicial, con las campañas de seguridad en la red en alza, y con montones de cosas más. Va a ser un día intenso.

Pero, bien, en todo caso ya hablaremos de todo ello porque la paella va de otra cosa, así que abróchense los cinturones, que vamos allá…

——————–

Nuevamente, la tozudez de los hechos deja con el culo al aire a la marrullería de los políticos que parecen, todos ellos, incapaz de concatenar dos verdades seguidas. El timo al ciudadano como juego de sociedad de palacio.

Lo triste es que esta vez el trasfondo es el de nuestros seis chavales muertos en Líbano. Ya hablé de este tema, pero ahora ha salido el tema del inhibidor de frecuencias. Ahora todo el mundo parece saber de inhibidores de frecuencias como si los hubiera habido toda la vida. Yo, a lo sumo, había oído hablar de ese chisme como utilizado en lugares donde es imprescindible que los teléfonos móviles se estén calladitos a base de privarles de cobertura. Bien, en todo caso, el aparato en cuestión -que parece complejo y costoso- se utiliza militarmente porque de la misma manera que neutraliza un teléfono móvil inutiliza también el mando a distancia que detona una mina.

El caso es que la aplicación militar del chisme no es barata (parece ser que cuesta más de 20.000 euros por vehículo) y que tiene indeseables efectos secundarios sobre algunos sistemas que podrían equipar al propio vehículo. Sin embargo, los BMR no parace que tengan, en general, sistemas que pudieran verse afectados por el inhibidor (que sí tiene, en cambio, un carro de combate como el «Leopard») y algunos de estos vehículos ya han sido equipados… para prestar servicio en Afganistán.

Bueno, es cierto que el de Afganistán es un conflicto duro donde todo puede pasar y, por tanto, toda tecnología es poca; pero no sé qué hizo pensar a no sé quién que lo del Líbano iba a ser un veraneo y que algo como lo que pasó no iba a pasar. Por otra parte, 20.000 euros -una fortuna para un trabajadorcito de a pie- son una minucia imperceptible en el inmenso mar de los presupuestos de Defensa (o de Industria, cuando se utiliza a este ministerio para la ingeniería presupuestaria que camufla gastos militares que nunca son gratos al ciudadano). Cien inhibidores son un par de millones de euros y con eso no tiene, por ejemplo, Reyna, ni para las vitolas de los puros, así que parece que no se entiende tanta cicatería para equipar a nuestros soldados con un sistema que estoy por jugarme algo serio (y seguro que no lo perdería) que equipa al coche de Zapatero.

Otro día habré de hablar de los rifirrafes que hay en el ministerio de Defensa y en estados mayores diversos alrededor del material, materia en la que, según leo con harta frecuencia, se juega bastante sucio.

Naturalmente, la oposición ha atacado con los inhibidores y a Rajoy se le han ido palabras casi gruesas con el tema (como si los inhibidores fueran un invento tan reciente que el PP no hubiera podido equipar con él a nuestras Fuerzas Armadas cuando estuvo en el poder). Si no hay entrega de Navarra a ETA y ésta no pone bombas que permita a la perrera ponerse como loca, lo de los inhibidores ya sirve.

En consecuencia, el ministro de la cosa empieza a balbucear tonterías y un día que sí, al siguiente que no, que bueno, que ya mandamos inhibidores al Líbano pero que conste que allí no los lleva nadie y los italianos que responden que «nadie» lo será tu tía, que nuestros bambini llevan inhibidores hasta en la cremallera de la bragueta.

Mientras tanto, en paralelo, los forenses le han dicho al juez Marlaska que, ahora que ya ha salido en la foto, ya puede permitir que incineren los cadáveres de los chavales, que ya han hecho todas las autopsias que tenían que hacer y han tomado todas las muestras que tenían que tomar y que, a no ser que vayan el Trashorras y el Jomeini Losantos a liar la cosa de si churras o si merinas, de si dinamita o si bicarbonato sódico, todo está perfectamente definido, caracterizado y almacenado por si hacen falta segundas, terceras y enésimas pruebas y sexagésimos informes por si hay más jueces que quieran salir en los papeles.

Y los ciudadanos, como siempre, contemplamos este espectáculo surrealista oyendo los sollozos de dolor de seis familias que pueden llegar a entender que sus hijos fueran allí (y ya es mérito de entendimiento), que los mataran de un bombazo (aunque Zap I «El Anodino» siga con la cagarela de «misión de paz» y las medallitas las dé de amarillo limón, aquello es una zona de guerra y los chicos murieron en un acto de guerra), pero no que se monte con ellos el espectáculo subsiguiente.

Lo de los inhibidores puede ser una cagada, una más, la enésima. Pero por más que la perrera se ponga histérica, esto no es como lo del «Yak», ni mucho menos.

No obstante lo cual, constituye también una mierda así de grande…

——————–

Se ve que desde hace ya tiempo hay problemas en el barrio barcelonés de Ciutat Meridiana; problemas de inseguridad causados por bandas. Esto de las bandas es una de las gracias de la multiculturalidad que tanto gusta a los del buen rollito y que ya ha dado bastante trabajo a la policía, a los jueces, a los funcionarios de prisiones, a los médicos forenses y a los servicios de pompas fúnebres; no obstante tanta dinámica cultural y económica, parece que al vecindario le da por lo xenófobo y se queja. En vez de disfrutar del colorido de los atuendos y de la simbología que lucen los chicos, de la belleza del diseño de las navajas, katanas y bates de béisbol que ventean los angelitos, y de ese rico lenguaje que llama «huevón» a cualquier pacífico ciudadano mientras se toma una cervecita, los vecinos se quejan. Muy mal. Así no hay quien integre a la gente, coño…

El caso es que los vecinos pedían mayor presencia policial y, sobre todo, que esa presencia fuera en forma de patrullas a pie, dado que las apariciones automovilísticas son, por definición, fugaces y no consiguen disuadir a los muchachos de su peculiar manifestación folklórico-cultural sino, únicamente, suspenderla de forma momentánea y, por lo demás, breve. Naturalmente, los vecinos no fueron escuchados, no faltaría más, hay que joderse, los muy fachas…

Bueno, pues resulta que la noche de San Juan -en puridad, su víspera: la verbena, para entendernos- los de las bandas ensayaron un número nuevo para alegría del vecindario: primero mandaron a dos gachupines en plan descubierta; los tales mozos se ciscaron en lo que les dio la gana y rasgaron no sé cuántas banderas -casual y exclusivamente españolas-, lo que provocó una muy censurable reacción vecinal ante una espectáculo folklórico de tan refinado nivel, consistente en echarlos de allí a puntapiés; pero entonces surgió el grueso del pelotón, que esperaba agazapado, y, seguidamente, el cabaret hispano-ultramarino procedió a la apoteosis final del reparto de leña dejando multitud de contusionados y unos cuantos heridos de arma blanca de diversa y no pequeña consideración. Total, chiquilladas, hombre, cosas que causan más risa que daño.

Increíblemente, los vecinos se han cabreado, a falta de algo mejor que hacer, y un par de días de esta semana han cortado la Meridiana (una de las principales arterias de acceso a la ciudad) y han causado embotellamientos gordos, de dos y más horas, anunciando, además, los muy intolerantes, que no pararían hasta que se les atendiera. En resumidas cuentas, la autoridad antes llamada «gubernativa» y ahora no sé cómo, pero, en fin, ya se entiende, ha prometido a los vecinos que habrá vigilancia, que les den siquiera dos semanas de cuartelillo para arreglar la cuestión y, sobre todo, que no se entreguen a la venganza fiera sobre los multiculturales, no vaya la cosa a acabar saliendo en la COPE, que esos tienen muy mala leche y enseguida le hacen creer al personal que Barcelona es como Alabama.

Fin del tonito cachondo. Ahora completamente en serio.

Manda mil millones de pares de cojones que para que a un ciudadano le atiendan sus justas reivindicaciones, más aún, que le presten unos servicios públicos de calidad por los que paga unos gravosísimos impuestos, más aún, que velen por su más básica integridad física, tenga que echarse a la Meridiana y cortar el tráfico.

Es absolutamente intolerable y encabronante que la más justa solicitud de protección de los más esenciales derechos se vea ninguneada por un montón de pringados que no sé para qué coño creen que se les paga el nada menguado sueldo que no se ganan.

Es irritante hasta la apoplejía, que por más que todas las encuestas del universo les digan que los ciudadanos estamos hartos de sus mierdas, de sus querellas, de sus gilipollescas rencillas de partido, de su sucio pasteleo de reparto de poder, de sus estúpidos estatutos que no sirven sino para enredar aún más lo que solito ya está bastante liado, de que lo que queremos los ciudadanos es que se preste atención a nuestros problemas reales y sustanciales, estos tíos pasen del mambo y sigan con sus porquerías sin novedad, señora baronesa.

Quosque tandem? ¿Hasta dónde habremos de llegar en la reivindicación no de grandes metas políticas, como hace treinta años, sino en la mucho más simple y humilde de que podamos llevar una vida cotidiana -ya de por sí difícil- sin estar al albur de que cualquier imbécil, con total impunidad, nos sacuda con un bate o nos corte una oreja con una katana, de que cualquier otro imbécil nos tire de la cartera o del bolso así, por la cara, de que las empresas nos esquilmen, o de que los servicios que se nos deben (tanto públicos como privados) no se presten y, encima, no pase nada?

¿Qué creen que puede pasar aquí el día que nuestra paciencia se agote?

——————–

Anoche intenté seguir en la 2 una interesante entrevista de Joan Tapia (director que fue otrora de «La Vanguardia») a Josep Piqué, el lider nada indiscutible del PP catalán. No pude: estaba hecho polvo y no aguanté más que unos pocos minutos.

La figura de Piqué me parece interesante por lo que representa y Piqué (él, no el PP) representa un ámbito de la sociología catalana muy amplio (porque es muy amplio, dígase lo que se quiera) y muy antiguo, que es el catalán de viejísima cepa, con el sentido identitario muy arraigado (catalanohablante, por ello) y creyente en el proyecto español cuyo liderazgo desea para una Catalunya firmemente integrada en una esencia hispana; en absoluto, pues, nacionalista, al contrario. La primera vez que yo leí esta caracterización, la caracterización de algo que yo conocía porque todos conocemos con nombres y apellidos a varios de estos catalanes, salidos o no «del armario», como se dice ahora, fue en la obra «Otra Historia de España» de Fernado Díaz-Plaja. Ese sector fue acusado de colaboracionista con el franquismo -y, efectivamente, sus empresarios e industriales fueron los impulsores en Catalunya de los proyectos desarrollistas del Régimen- aunque yo creo que lo hizo de un modo finalista, persiguiendo ese liderazgo catalán sobre el conjunto de España.

Cambiamos un poco de perspectiva. El PP no es en Catalunya una formación homogénea, como tampoco lo es el PSC, aunque por causas distintas. El PP de Catalunya tiene dos claras corrientes -en términos sociológicos, pero que, lógicamente, acaban proyectándose inevitablemente en el ámbito político-: una es la de los de ese sector que he descrito en el párrafo anterior; otra es la del toro coñaquero, más agarrada al patrioterismo rojigualdo, castellanohablante (y ferozmente agresivo en el ámbito lingüístico) que procede de la inmigración de otras regiones españolas, pero no de la inmigración como se entiende en su más clásico sentido, sino de otra mucho más curiosa.

Cuando las tropas franquistas entraron en Barcelona en febrero de 1939, muchos de sus soldados descubrieron un mundo nuevo y maravilloso: era la primera macrourbe que veían en su vida y casi todos ellos procedían de la geografía rural y miserable de la España de entonces. Entraron como vencedores y pensaron -y acertaron con esa idea, sin perjuicio de que la mayoría hubo de trabajar muchísimo- que esa condición les haría más fácil una nueva vida aquí. Y efectivamente, cuando fueron desmovilizados no volvieron al pueblo sino que trajeron aquí a sus familias y se integraron en la vida de la ciudad, ya para siempre. Pero, al contrario que los inmigrantes que llegaron antes de la guerra y, sobre todo, de las ingentes masas inmigrantes que llegarían pocas décadas después procedentes básicamente del sur de España, esos antiguos soldados de Franco se integraron -en general, de manera militante- en las estructuras del Régimen y formaron parte preferente del funcionariado, no sólo como un premio sino también porque, en sus respectivos niveles socioculturales, eran elementos de confianza que el franquismo necesitaba tener ahí para mantener bajo control a la sociedad catalana.

Ellos, no obstante, también se integraron en la vida catalana y, con todo su derecho, se consideran (y los consideramos, claro está) catalanes, pero fueron unos catalanes con matices peculiares. No adquirieron un sentimiento identitario catalán, del que siempre, más en superficie o más en el fondo, desconfiaron; y tampoco conservaron el suyo originario (al contrario que la inmigración posterior, cortaron -siempre en general- sus vinculos regionales anteriores); adquirieron, quizá porque era el único al que podían agarrarse, un fuerte sentimiento identitario español, sin ulterior descenso en la escala geográfica que permitiera completar y complementar esa identidad; sus hijos han evolucionado de diferentes formas, lo cual no impide que ese sector -no sé decir si de grado o forzado por las circunstancias- haya integrado en su seno al ámbito juvenil más frenéticamente torocoñaquero (de procedencia y con génesis muy diferente pero con similares líneas de -digamos- pensamiento, si bien mucho más radicalizadas. Evidentemente, constituyen el sector más odiado por el nacionalismo, odio que, por otra parte, es recíproco.

Pues este sector constituye la otra corriente del PP y no sé si realmente la encabeza Vidal-Quadras pero, en todo caso, sus miembros lo han constituido en su mentor político-espiritual.

Los dos sectores desconfían mutuamente porque a cada uno de ellos lo caracteriza aquello que más preocupa al otro: para unos, los otros son «demasiado» catalanes y eso puede suponer un tanto de tibieza en su hispanismo; para los otros, los primeros son excesivamente «rojigualdos» y su animadversión hacia la identidad catalana sería un severo obstáculo para ese liderazgo catalán en España.

El PP catalán, mirado con distanciamiento y objetividad, es un caso curiosísimo en la política española y -pienso yo- un campo de observación sociológica de primer orden, un intrigante «ni contigo ni sin ti puedo seguir viviendo: contigo porque me matas y sin ti porque me muero».

——————–

Y hasta aquí, en este tardío viernes ya madrileño. El próximo jueves será 5 de junio y la paella estará aquí si no hay problemas como esta semana (nunca es previisible que los haya, porque de no ser así avisaría con tiempo).

Más vale, en todo caso, tarde que nunca, y aquí seguirá «El Incordio» incansable.

Anuncios

El 17bis ataca otra vez

Cuando el tema del 17bis de la LISI se esfumó de la comisión parlamentaria que estudiaba el proyecto de Ley, yo ya advertí que la alegría estaba bien para un ratito, pero que este asunto se iba a convertir en algo parecido a lo de las patentes de software en la Unión Europea: que iban a intentar colarlas por todas partes y con cualquier pretexto y que, al cabo, acabaríamos también teniendo que vigilar hasta las leyes anuales del Presupuesto, porque ya es costumbre utilizarlas como atajo para meter en ellas, así, a traición, las cosas más peregrinas.

Bueno, pues ya veremos la Ley de presupuestos generales del Estado para 2008 (de la del 2007 nos hemos salvado) pero la nueva agresión del apropiacionismo ya está aquí: la $GAE y sus congéneres atacan de nuevo censura en ristre y, entre otras lindezas que son de ver y que en estos días iremos desarrollando, vuelven a la carga con el artículo 17bis. Esta vez tenemos la papela con la cara de los interfectos y todo, en forma de membrete en el encabezamiento. Como valor (?) añadido, hemos pillado in fraganti en este caso a «Bellido Dolfos», que resulta ser «Ketchum», una empresa de lobby de la que también es cliente… ¿quién es también cliente de «Ketchum», además de la $GAE y el resto de la pandilla? ¡¡¡Premio, sí señor!!! ¡¡¡Micro$oft!!! Vaya, vaya, vaya, vaya… ¡¡¡Qué coincidencia!!! ¿O… no? No, no es coincidencia, no.

Hay nombres y apellidos más concretos en la cuestión, pero me han pedido discreción y la he ofrecido, aunque sólo provisionalmente. Los nombres y los apellidos saldrán aquí en un próximo momento con los debidos enlaces a sus biografías y veréis, veréis qué risa… No hi ha un pam de net, que decimos los catalanes… Esto es un cocido con mucho tomate.

Lo bonito es que nos enteramos de eso poco más de veinticuatro horas después de que Clos anunciara en «El País» (y todos los medios digitales lo «rebotaran» prolijamente) que no se regularían las descargas desde Internet ni el intercambio de archivos. Ahora vamos a saber lo que vale la palabra del ministro de Industria, porque lo dijo bien clarito y además, lo razonó: «el proceso de descargas está creciendo muchísimo, y es prácticamente imposible regularlo de manera eficiente».

Lo dicho, no hay festejo que valga por más batallas que se ganen: hay que mantenerse en guardia, con el cargador lleno, el fusil montado y el seguro quitado porque a la mínima nos la meten doblada.

Reedición, pues, de la bronca cívica.

Actualización: ¡Casi me olvido! El dato de «Ketchum» lo he sacado de la bitácora de Juantomás García, que también habla de este asunto.

Su señoría

De vez en cuando alguien me reprocha que «El Incordio» se pasa mucho con los políticos y que, hombre, no todos son así. No, todos no: en niveles medios y medio-bajos de las estructuras de partido hay técnicos de diversas especialidades metidos a políticos que hacen las cosas bien y sabiendo lo que se pescan; otra cosa es que los de arriba les hagan caso, o sea que esos políticos intermedios ocasionalmente válidos resultan imperceptibles, asfixiado su buen hacer en la mediocridad y la venalidad de sus superiores.

Pero en no pocas ocasiones, todo lo que se pueda «pasar» esta bitácora se queda corto comparado con la realidad. Ahí tenemos a un tal Olabarría Muñoz, diputado en el Congreso del Grupo Vasco (o sea, PNV) que dice en voz alta y sin despeinarse (bueno, vaya, después de todo es calvo) lo siguiente (tomado de Kriptópolis): «Es una buena ley, va a mejorar la eficiencia de la actuación policial. Todos somos conscientes de la importancia [—] de este tipo de mecanismos de actuación mediante la observación de series tan relevantes en la televisión como Los hombres de Paco, CSI y algunas otras que todos podemos ver». Lo dijo hace menos de una semana dentro de los debates sobre los proyectos de Ley orgánica reguladora de la base de datos policial sobre identificadores obtenidos a partir del ADN y el de la Ley de conservación de datos relativos a las comunicaciones electrónicas y a las redes públicas de comunicación. Casi nada. Y, por cierto, según el diario de sesiones, esa brillante, lúcida y sapientísima intervención se produce entre los gritos calzoncilleros de sus señorías («¡Hala Madrid!», parece que bramaban) reventando de satisfacción por la morfología de la clasificación final del campeonato de la cosa pelotera.

¿Qué puedo decir? Un comentario a la noticia en la propia Kriptópolis propugna el aprendizaje de idiomas, ya que, al final, los pisos en Berlín valen lo mismo que en Vallecas y hay que largarse de aquí urgentemente. Tiene su razón. Vaya nivelón el de su señoría, menudos conocimientos los suyos para un par de proyectos de ley como esos. Se me suben las transaminasas a las orejas sólo pensando en «Los hombres de Paco» como referente de cultura tecnológica. Y si quiere entenderse por qué pasa lo que pasa en este país, no hay más que ver el curriculum del elemento en cuestión y ver en qué ha metido cuchara nuestro héroe (y eso sólo en los últimos años). Para mear y no echar gota.

Y encima el tío es docente (no se dice de qué ni si tan abundante productividad parlamentaria le permite el ejercicio al presente de esa docencia). Sea cual sea el nivel de esa docencia, apañados estamos con la formación de sus alumnos; así se explican muchas cosas en materia educativa en este país.

¿Puede «El Incordio» en uno de sus días de peor humor superar -igualar siquiera- esta realidad? Yo creo que no, yo creo que esto -y más asociado a otras realidades tal vez no tan patentes pero ciertamente presentes- supera largamente las peores presunciones que puedan suponerse acerca de la cultura ya no tecnológica, sino general, de nuestros políticos.

No deja de ser un alivio que la realidad certifique los comentarios más agrios de sta bitácora pero, francamente, visto lo que nos cuesta esta realidad a todos los españoles, casi preferiría ser realmente un exagerado y que la cosa no fuera para tanto. Pero es para tanto y para más.

Y, como tantas veces digo, así nos luce el pelo.

Niños muertos

Consternado -como todo ciudadano de bien- por la muerte en acto de servicio de seis soldados españoles en misión de pacificación en el Líbano bajo los auspicios de la ONU, constato varias cosas.

En primer lugar, que, pese a mi sentimiento, se trata -en términos castrenses- de una muerte natural. Estas cosas, a los soldados, les pasan. Con estos seis muchachos, ya van más de ciento treinta caídos desde que, al inicio de la década de los 90, el Ejército español comenzó a proyectarse en misiones internacionales. Lo que ocurre es que quizá estamos poco acostumbrados a que caigan en combate, puesto que -sin números delante ahora mismo- me da la impresión de que la mayoría de los muertos y heridos lo han sido con ocasión de accidentes. Los españoles debiéramos estar más mentalizados de que lo desgraciadamente normal cuando se mandan soldados a la guerra -aunque vayan «en misión de paz»- es que algunos vuelvan con los pies por delante.

Contradictoriamente (somos pura paradoja), en segundo lugar y desde otro ángulo de la cuestión, esa consternación viene contextuada -en el espíritu de los ciudadanos- en lo que todavía es, sensorialmente, una cierta normalidad: esto de que gente con uniforme militar español vuele de un bombazo es algo que llevamos encima desde hace cuarenta años: que las víctimas sean guardias civiles o paracaidistas, los agresores moros o cristianos, el lugar Zaragoza, Madrid o donde Cristo perdió el gorro, son detalles que sólo son el decorado de la cuestión. Es tremendo, es espantoso, pero los españoles estamos acostumbrados a estas cosas… una vez pasan. Nos sorprende el decorado y nos sorprende momentáneamente que a nuestros buenos chicos, que son tan buena gente y van de tan buen rollito a enseñar a leer y a escribir a los niños y a repartir tintorro y chorizo a los adultos (bueno, en el Líbano, no) les hagan estas cosas; olvidando que nuestros chicos, con todo su buen rollito, van por ahí en blindados y llevan fusiles de asalto, que son cosas que para fines de buen rollo se usan más bien poco.

En tercer lugar, constato también la edad de los chicos. El mayor de ellos tenía 21 años y hay uno o dos de 18; en todo caso, hay otro de 19 y uno o dos de 20. Hombre, ya se supone que los soldados no deben ser cuarentones pero uno diría que, sobre todo los destinados a estos follones, deberían ser veinteañeros bien entrados: en tauromaquia, aludiendo a la madurez necesaria para los lances se solía decir «el toro de cinco y el torero de veinticinco». Y ya es eso. Me pregunto qué nivel de adiestramiento podía tener un chaval de dieciocho años. No es que en el caso concreto hubiera servido de nada tener treinta años: dentro de esos BMR están encerrados como en una lata y si el explosivo de fuera es lo suficientemente potente como para hacer trizas el vehículo, da igual tener quince que treinta y cinco. Pero me pregunto qué defensa -en términos profesionales y en términos de madurez, es decir, de templanza y de presencia de ánimo- hubieran tenido esos chavales en un combate abierto frente a muhaidines con percebes en los cojones de batir el cobre; sin ni siquiera estar bajo el mando de un recio, veterano y sabio sargento treintañero. Y la última e inevitable pregunta: ¿quién es el mil veces pollino que manda a la guerra -a la guerra, señores, no al recreo- a tiernos bebucos?

Desconozco, por otra parte, qué órdenes operativas tienen esos chavales. Y como las desconozco, me callo, pero no sin expresar mis sospechas, habida cuenta de que actúan por cuenta de la ONU y eso es siempre una mariconada. Recuerdo los tiempos de Bosnia, cuando tragaron de todo mientras justo delante de sus narices los serbios cometían tropelías que hubieran hecho vomitar al comandante de un campo de concentración nazi; me consta que hay un indeterminado -pero cierto- número de soldaditos que necesitaron -ya en casa y durante mucho tiempo- asistencia psiquiátrica no tanto por el trauma de lo que vieron sino por el que les causó la impotencia de no poder hacer nada para evitar que pasara lo que vieron (teniendo los medios -las armas, vamos- en sus propias manos). Después, cuando la ONU se fue a comerse su propia mierda y los trapos azules de los cascos fueron sustituidos por las boinas de la OTAN y las órdenes de buen rollito cambiadas por las de patadón en los cojones y tentetieso al primero que se desmande, las cosas dieron un vuelco sustancial; un poco tarde para miles de bosnios (los derechos humanos siempre llegan tarde por causa de los botarates del buen rollito) pero quizá suficiente para salvar el pellejo de los pocos que salieron de aquella (desde luego, ninguno sin haberse dejado un padre, un hijo, un hermano o un cónyuge asesinados, violados, robados o todo a la vez).

La guerra es muy dura, señores. Es cosa de hombres (bien, vale: y mujeres) hechos y derechos. Las criaturas tienen que estar en los institutos o, si tienen necesariamente que jugar a los soldaditos para sacar de la miseria a su familia con la obtención del ansiadísimo DNI, deben hacerlo en la seguridad de sus bases, entrenándose duramente durante largo tiempo hasta que la barba crezca recia y puedan aguantar las bombas que tiran los hijos de Alá con la bragueta bien ajustada y con orden de responder al fuego con toda la potencia de ídem disponible.

Lo demás es perder el tiempo y valiosísimas vidas jóvenes.

Tambores de guerra

Alguna vez he hablado en esta bitácora o escrito en los comentarios de otras, que sin llegar a los extremos de animadversión que me provoca Micro$oft, no veo a Google con ninguna simpatía pese a que, al contrario de lo que pasa con Micro$oft, soy usuario de algunos de sus servicios: su buscador, ni que decir tiene, Gmail -habría que decir «por supuesto»- y Analytics. De lo demás, supongo que también soy cliente nominalmente pero no uso nada. Por otra parte, lo único que uso de forma propia, es decir, como herramienta importante, es el buscador; Gmail es mi buzón de correo basurilla o de correo-filtro, a donde va todo lo que no quiero que vaya a mi buzón primario, es la dirección electrónica «a repartir por ahí», la que doy a quien no conozco; y a Analytics casi no le hago caso: entro muy de vez en cuando a ver cómo va «El Incordio» pero no en busca de cifras (no sé de dos contadores de visitas que den las mismas) sino de tendencias -me leen más, me leen menos- o para descubrir detalles graciosos como, por ejemplo, que las paellas de los jueves tienen abonados propios, personas a las que les importa un rábano el resto de «El Incordio» pero que no se pierden un jueves paellero.

Hace tiempo -y lo he dicho en algunas ocasiones- me produce cierto repelús la cantidad de información que sobre todos y cada uno de nosotros va almacenando Google; de unos más, de otros menos, pero de prácticamente todos. Teniendo en cuenta el modelo de negocio de Google en el que sus usuarios no somos sus clientes sino su mercancía, los temores se incrementan. El modelo, tal como es conocido al presente no puede ser más honorable: la publicidad con un target afinadísimo y, por tanto muy económica; pequeños anuncios pueden lograr resultados lejos del alcance de grandes campañas por el hecho de que se dirigen directa y muy precisamente a los potencialmente interesados en el producto que vende esa publicidad. Hasta aquí, nada que objetar.

El problema es que la enorme y perfectamente discriminable masa de información que tienen sobre su usuario-mercancía deja a éste en una posición muy indefensa sobre el posible destino y uso de este ingente volumen de datos.

Y estando en estas, llego a una entrada de Sergio Montoro en «La Pastilla Roja» en la que precisamente habla de eso y de cómo están evolucionando las técnicas no para captar sino para secuestrar clientes. Realmente hace tiempo que hablo de la toma de rehenes por parte de empresas como Micro$oft. Ya, ya sé que no paro con Micro$oft, pero es que es recurrente cada vez que se habla de juego sucio empresarial o tecnológico: no hay práctica macabra en la que que M$ no esté metida hasta el corvejón y, frecuentemente, liderando su ejercicio.

Todo lo que explica ahí Sergio es interesante y constituye una visión alarmante, pero lo que interesa destacar -ya lo hace él con las negritas- es su último párrafo: «La siguiente batalla que debemos librar no es por las licencias (esa ya la hemos ganado) ni por los derechos de autor (esa vamos camino de ganarla) sino por la regulación de la propiedad de las bases de datos obtenidas subrepticiamente de los clientes».

En efecto, toda la ingeniería legal protectora de nuestros datos se basa en el uso de los que nosotros proporcionamos y con la idea puesta en el uso digital de datos proporcionados presencialmente (es decir, con formularios de papel rellenados a bolígrafo); en otro aspecto, quizá nos intenta proteger de los datos que, eventualmente, pudieran sernos robados (ataques de crackers, por ejemplo), pero nadie ha pensado -y si lo ha pensado, se ha callado como un puta- en la cantidad de datos que se obtienen de nosotros sin que sean propiamente robados -jurídicamente diríamos «sin fuerza en los sistemas»- pero sí obtenidos sin nuestro conocimiento ni, obviamente, consentimiento. Subrepticiamente, como muy bien dice Montoro.

Así pues, no me resulta antipática la intervención de la Unión Europea para investigar a Google (ahora extendida a las compañías titulares de otros buscadores) y tratar de establecer lo que hace con los datos de sus clientes, que han sido guardados hasta ahora durante 24 meses (Google se avino inmediatamente a rebajar este período de conservación de datos a los 18 meses). Sin duda este es el camino, pero apenas se ha emprendido.

El problema es que esta guerra que Sergio Montoro propone librar -y que urge librar, según añado yo- es difícil porque nuevamente nos enfrentamos al menfoutisme ciudadano, al menos del ciudadano español, que traga carros y carretas con tal de no dar un palo al agua en la defensa de sus derechos ni en repeler las agresiones de las que es víctima un día tras otro. Nuevamente tendremos que ser, como quien dice, cuatro o cinco los que nos estemos desgañitando durante no sé cuántos años no para ganar la guerra, sino para reunir las fuerzas necesarias que permitan librarla en condiciones. Sólo hay que mirar los temas del software libre y de la propiedad intelectual, por poner sólo dos, para ver lo que nos ha costado, no ganar la guerra, sino empezar a quitarles el sueño a los sinvergüenzas.

Habrá, pues, que preparar la cara para recibir un buen cesto de tortazos hasta tanto estemos en condiciones de propinar el primero y todo ello, el recibir y el dar, ante la indiferencia de los más afectados: el común de la ciudadanía.

«¿Ezo pa qué é?»

A %d blogueros les gusta esto: