Tambores de guerra

Alguna vez he hablado en esta bitácora o escrito en los comentarios de otras, que sin llegar a los extremos de animadversión que me provoca Micro$oft, no veo a Google con ninguna simpatía pese a que, al contrario de lo que pasa con Micro$oft, soy usuario de algunos de sus servicios: su buscador, ni que decir tiene, Gmail -habría que decir «por supuesto»- y Analytics. De lo demás, supongo que también soy cliente nominalmente pero no uso nada. Por otra parte, lo único que uso de forma propia, es decir, como herramienta importante, es el buscador; Gmail es mi buzón de correo basurilla o de correo-filtro, a donde va todo lo que no quiero que vaya a mi buzón primario, es la dirección electrónica «a repartir por ahí», la que doy a quien no conozco; y a Analytics casi no le hago caso: entro muy de vez en cuando a ver cómo va «El Incordio» pero no en busca de cifras (no sé de dos contadores de visitas que den las mismas) sino de tendencias -me leen más, me leen menos- o para descubrir detalles graciosos como, por ejemplo, que las paellas de los jueves tienen abonados propios, personas a las que les importa un rábano el resto de «El Incordio» pero que no se pierden un jueves paellero.

Hace tiempo -y lo he dicho en algunas ocasiones- me produce cierto repelús la cantidad de información que sobre todos y cada uno de nosotros va almacenando Google; de unos más, de otros menos, pero de prácticamente todos. Teniendo en cuenta el modelo de negocio de Google en el que sus usuarios no somos sus clientes sino su mercancía, los temores se incrementan. El modelo, tal como es conocido al presente no puede ser más honorable: la publicidad con un target afinadísimo y, por tanto muy económica; pequeños anuncios pueden lograr resultados lejos del alcance de grandes campañas por el hecho de que se dirigen directa y muy precisamente a los potencialmente interesados en el producto que vende esa publicidad. Hasta aquí, nada que objetar.

El problema es que la enorme y perfectamente discriminable masa de información que tienen sobre su usuario-mercancía deja a éste en una posición muy indefensa sobre el posible destino y uso de este ingente volumen de datos.

Y estando en estas, llego a una entrada de Sergio Montoro en «La Pastilla Roja» en la que precisamente habla de eso y de cómo están evolucionando las técnicas no para captar sino para secuestrar clientes. Realmente hace tiempo que hablo de la toma de rehenes por parte de empresas como Micro$oft. Ya, ya sé que no paro con Micro$oft, pero es que es recurrente cada vez que se habla de juego sucio empresarial o tecnológico: no hay práctica macabra en la que que M$ no esté metida hasta el corvejón y, frecuentemente, liderando su ejercicio.

Todo lo que explica ahí Sergio es interesante y constituye una visión alarmante, pero lo que interesa destacar -ya lo hace él con las negritas- es su último párrafo: «La siguiente batalla que debemos librar no es por las licencias (esa ya la hemos ganado) ni por los derechos de autor (esa vamos camino de ganarla) sino por la regulación de la propiedad de las bases de datos obtenidas subrepticiamente de los clientes».

En efecto, toda la ingeniería legal protectora de nuestros datos se basa en el uso de los que nosotros proporcionamos y con la idea puesta en el uso digital de datos proporcionados presencialmente (es decir, con formularios de papel rellenados a bolígrafo); en otro aspecto, quizá nos intenta proteger de los datos que, eventualmente, pudieran sernos robados (ataques de crackers, por ejemplo), pero nadie ha pensado -y si lo ha pensado, se ha callado como un puta- en la cantidad de datos que se obtienen de nosotros sin que sean propiamente robados -jurídicamente diríamos «sin fuerza en los sistemas»- pero sí obtenidos sin nuestro conocimiento ni, obviamente, consentimiento. Subrepticiamente, como muy bien dice Montoro.

Así pues, no me resulta antipática la intervención de la Unión Europea para investigar a Google (ahora extendida a las compañías titulares de otros buscadores) y tratar de establecer lo que hace con los datos de sus clientes, que han sido guardados hasta ahora durante 24 meses (Google se avino inmediatamente a rebajar este período de conservación de datos a los 18 meses). Sin duda este es el camino, pero apenas se ha emprendido.

El problema es que esta guerra que Sergio Montoro propone librar -y que urge librar, según añado yo- es difícil porque nuevamente nos enfrentamos al menfoutisme ciudadano, al menos del ciudadano español, que traga carros y carretas con tal de no dar un palo al agua en la defensa de sus derechos ni en repeler las agresiones de las que es víctima un día tras otro. Nuevamente tendremos que ser, como quien dice, cuatro o cinco los que nos estemos desgañitando durante no sé cuántos años no para ganar la guerra, sino para reunir las fuerzas necesarias que permitan librarla en condiciones. Sólo hay que mirar los temas del software libre y de la propiedad intelectual, por poner sólo dos, para ver lo que nos ha costado, no ganar la guerra, sino empezar a quitarles el sueño a los sinvergüenzas.

Habrá, pues, que preparar la cara para recibir un buen cesto de tortazos hasta tanto estemos en condiciones de propinar el primero y todo ello, el recibir y el dar, ante la indiferencia de los más afectados: el común de la ciudadanía.

«¿Ezo pa qué é?»

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Comentarios

  • furiousc  El 25/06/2007 a las .

    Pues yo te voy a explicar ‘pá qué’.
    Siendo Alcalde-Presidente del pueblo del Maresme tu ‘jefe no sé cuantos niveles por encima’ (el del ascensor, vamos) hubo una recogida de firmas contra un proyecto patrocinado por el achuntament y a favor de una muy poderosa inmobiliaria. Dicha recogida de firmas se realizó y presentó en unas hojas en las que constaba el nombre, firma y DNI tal y como es preceptivo para ello. Pues resulta que al cabo de unos días me llegó una carta a mi nombre y dirección en la que se razonaba la postura del achuntament y me pregunté yo ¿a santo de qué me tenían que razonar y justificar algo que yo no les había pedido? Obviamente la respuesta estaba clarísima: era una escandalosa infracción de la Ley de Protección de Datos por lo que me dirigí por escrito a la Agencia pertinente la cual ni se dignó en abrir ni expediente ni investigación alguna. Por tanto, y finalmente, ví para que sirve toda la parafernalia montada para proteger nuestra intimidad. ¡¡¡NO SIRVE ABSOLUTAMENTE PARA NADA!!!

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