Niños muertos

Consternado -como todo ciudadano de bien- por la muerte en acto de servicio de seis soldados españoles en misión de pacificación en el Líbano bajo los auspicios de la ONU, constato varias cosas.

En primer lugar, que, pese a mi sentimiento, se trata -en términos castrenses- de una muerte natural. Estas cosas, a los soldados, les pasan. Con estos seis muchachos, ya van más de ciento treinta caídos desde que, al inicio de la década de los 90, el Ejército español comenzó a proyectarse en misiones internacionales. Lo que ocurre es que quizá estamos poco acostumbrados a que caigan en combate, puesto que -sin números delante ahora mismo- me da la impresión de que la mayoría de los muertos y heridos lo han sido con ocasión de accidentes. Los españoles debiéramos estar más mentalizados de que lo desgraciadamente normal cuando se mandan soldados a la guerra -aunque vayan «en misión de paz»- es que algunos vuelvan con los pies por delante.

Contradictoriamente (somos pura paradoja), en segundo lugar y desde otro ángulo de la cuestión, esa consternación viene contextuada -en el espíritu de los ciudadanos- en lo que todavía es, sensorialmente, una cierta normalidad: esto de que gente con uniforme militar español vuele de un bombazo es algo que llevamos encima desde hace cuarenta años: que las víctimas sean guardias civiles o paracaidistas, los agresores moros o cristianos, el lugar Zaragoza, Madrid o donde Cristo perdió el gorro, son detalles que sólo son el decorado de la cuestión. Es tremendo, es espantoso, pero los españoles estamos acostumbrados a estas cosas… una vez pasan. Nos sorprende el decorado y nos sorprende momentáneamente que a nuestros buenos chicos, que son tan buena gente y van de tan buen rollito a enseñar a leer y a escribir a los niños y a repartir tintorro y chorizo a los adultos (bueno, en el Líbano, no) les hagan estas cosas; olvidando que nuestros chicos, con todo su buen rollito, van por ahí en blindados y llevan fusiles de asalto, que son cosas que para fines de buen rollo se usan más bien poco.

En tercer lugar, constato también la edad de los chicos. El mayor de ellos tenía 21 años y hay uno o dos de 18; en todo caso, hay otro de 19 y uno o dos de 20. Hombre, ya se supone que los soldados no deben ser cuarentones pero uno diría que, sobre todo los destinados a estos follones, deberían ser veinteañeros bien entrados: en tauromaquia, aludiendo a la madurez necesaria para los lances se solía decir «el toro de cinco y el torero de veinticinco». Y ya es eso. Me pregunto qué nivel de adiestramiento podía tener un chaval de dieciocho años. No es que en el caso concreto hubiera servido de nada tener treinta años: dentro de esos BMR están encerrados como en una lata y si el explosivo de fuera es lo suficientemente potente como para hacer trizas el vehículo, da igual tener quince que treinta y cinco. Pero me pregunto qué defensa -en términos profesionales y en términos de madurez, es decir, de templanza y de presencia de ánimo- hubieran tenido esos chavales en un combate abierto frente a muhaidines con percebes en los cojones de batir el cobre; sin ni siquiera estar bajo el mando de un recio, veterano y sabio sargento treintañero. Y la última e inevitable pregunta: ¿quién es el mil veces pollino que manda a la guerra -a la guerra, señores, no al recreo- a tiernos bebucos?

Desconozco, por otra parte, qué órdenes operativas tienen esos chavales. Y como las desconozco, me callo, pero no sin expresar mis sospechas, habida cuenta de que actúan por cuenta de la ONU y eso es siempre una mariconada. Recuerdo los tiempos de Bosnia, cuando tragaron de todo mientras justo delante de sus narices los serbios cometían tropelías que hubieran hecho vomitar al comandante de un campo de concentración nazi; me consta que hay un indeterminado -pero cierto- número de soldaditos que necesitaron -ya en casa y durante mucho tiempo- asistencia psiquiátrica no tanto por el trauma de lo que vieron sino por el que les causó la impotencia de no poder hacer nada para evitar que pasara lo que vieron (teniendo los medios -las armas, vamos- en sus propias manos). Después, cuando la ONU se fue a comerse su propia mierda y los trapos azules de los cascos fueron sustituidos por las boinas de la OTAN y las órdenes de buen rollito cambiadas por las de patadón en los cojones y tentetieso al primero que se desmande, las cosas dieron un vuelco sustancial; un poco tarde para miles de bosnios (los derechos humanos siempre llegan tarde por causa de los botarates del buen rollito) pero quizá suficiente para salvar el pellejo de los pocos que salieron de aquella (desde luego, ninguno sin haberse dejado un padre, un hijo, un hermano o un cónyuge asesinados, violados, robados o todo a la vez).

La guerra es muy dura, señores. Es cosa de hombres (bien, vale: y mujeres) hechos y derechos. Las criaturas tienen que estar en los institutos o, si tienen necesariamente que jugar a los soldaditos para sacar de la miseria a su familia con la obtención del ansiadísimo DNI, deben hacerlo en la seguridad de sus bases, entrenándose duramente durante largo tiempo hasta que la barba crezca recia y puedan aguantar las bombas que tiran los hijos de Alá con la bragueta bien ajustada y con orden de responder al fuego con toda la potencia de ídem disponible.

Lo demás es perder el tiempo y valiosísimas vidas jóvenes.

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Comentarios

  • Jordi  El 25/06/2007 a las .

    Uno de los paracas muertos tenía 18 años. ¿Cuánto tiempo llevaba este muchacho en el Ejército? ¿tres, cuatro meses? Además, el BMR atacado no iba dotado de sistemas antiterroristas.

    Sinceramente, si no hay medios ni humanos ni materiales para este tipo de misiones, mejor que las tropas se queden en el cuartel o que la opinión pública vea lo que hay detrás de eufemismos como “misión de paz” o “fuerza de interposición”. Claro que ahora nuestros soldados son “profesionales”, a pesar de que continúan siendo todos una panda de críos.

  • josemaria  El 26/06/2007 a las .

    No creo en este tipo de misiones de paz. No se manda a alguien con metralleta a una misión de paz. Es incoherente. Se mandan soldados a las zonas de conflicto donde, por una u otra razón, “el mundo civilizado” tiene intereses políticos y económicos porque, en caso contrario, también se mandarían a tantos y tantos otros conflictos olvidados. Y no se hace.

    Tampoco me dan más pena estos seis soldados por ser españoles que cada uno de los muertos que hay a diario en Irak ¿Cuantos habrá ya hoy a esta hora tan temprana? Ni más ni menos, ojo, que nadie me malinterprete. No los conozco de nada y el hecho de que hayan nacido en mi país o que compartan el idioma conmigo no hace que me identifique más con ellos. Me subo todos los días al metro con muchísima gente con la que no comparto nada y seguro que ya ha muerto en Palestina mucha gente que tiene más cosas en comun conmigo y con mi forma de pensar que estos pobres chicos.

    En definitiva, me parece lamentable que nuestro país entre por el aro una y otra vez y se comporte como otro más de los garantes del orden establecido. Y, lo que es peor, no es culpa sólo de los gobernantes sino de los votantes que los elegimos cada tantos años y que nos hemos acostambrado pronto y bien a esta forma de vida.

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