Archivo mensual: junio 2007

Jabalíes mal alimentados

Una de las acusaciones particulares en el juicio del 11-M, concretamente el representante de la asociación específica de víctimas de ese atentado, acusaba anteayer a sus compañeros representantes de la AVT de marear la perdiz con ETA con el fin de desmarcar la foto de las Azores de la foto de los trenes. Y me parece un argumento repugnante, tanto como el del citado mareo de perdiz.

La foto de las Azores es vomitiva. Es vomitiva en sí misma, sin necesidad de asociarla o desmarcarla de cualquier otra cuestión. Por otro lado, el entusiasmo -muy mal disimulado- con que el PP acogió el atentado del 11-M justo cuando las previsiones electorales eran más bien tirando a grises a cinco días de los comicios y el arrimar el ascua terrorista presuntamente etarra a la sardina del partido fue no menos vomitivo; a todos nos sonó a grito estentóreo de la ejecutiva pepera gritando «¡acabamos de obtener la mayoría absoluta!». Pero claro: siempre que fuera ETA. Luego resultó que no, y el verdadero problema estuvo en que, pese a la evidencia de que no, siguieron erre que erre con que sí: no es que se les viera el plumero, es que lo ostentaron escandalosamente. La posterior campaña pepera responde, más que evidentemente, a demostrar -vanamente- que aquella intereada y patente trola con fines electoralistas (que rozó, si no tocó, el fraude electoral) no era tal trola sino una verdad como un piano porque ese es el único camino ¿posible? para limpiar el baldón infamante de haber capitalizado dos centenares de muertos a beneficio político propio y con notorio intento de engaño a toda la ciudadanía en en cuestión tan grave.

Hasta aquí, todos los ascos y todos los vómitos están en regla.

Pero me parece que la argumentación del abogado en el sentido de que la absurda campaña seguida después por el PP tendría como fin desmarcar las Azores del 11-M me parece, como obvia insinuación de que la foto de las Azores provocó el 11-M, una redonda vesanía.

La foto de las Azores tendrá toda la ominosidad que se quiera; estirando la cuestión, podría incluso hablarse de ella como de la escenificación de un crimen contra la Humanidad (mirando a Irak, no a Atocha), pero achacar lo que no es sino un acto político -por perverso que sea- a un atentado terrorista, culpar a Aznar, en definitiva, del 11-M, es una perfecta cabronada, y no importa qué motivos aleguen para sus actos los terroristas que los cometieron. Los 199 asesinatos del 11-M no tienen otros culpables que los terroristas islámicos que los ejecutaron, sus mandantes, sus inductores directos y sus inspiradores ideológicos. Lo demás, es entrar en una senda intolerable en el contexto del terrorismo: la justificación de la brutalidad armada por la acción política legal de un poder público legal.

El hilo argumentario empleado por ese letrado llevaría a poder decir -en clave de lamentación, de protesta y de atribución de responsabilidades- que tal guardia civil fue ejecutado porque un tribunal de justicia condenó a un etarra a quinientos años de prisión. Intolerable. Ese abogado, por más derechos e inmunidades que se tengan en los informes forenses, ha perdido una excelente ocasión de estar calladito.

Y de meterse sus ideas y sus palabras por el mismísimo culo.

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Cada vez que hay elecciones -en cualquier ámbito- y, días después, se forman los parlamentos o consistorios correspondientes y, de ellos, el inherente ejecutivo -local, autonómico o estatal-, cuando no hay una mayoría absoluta que haga incontestable la cuestión, siempre surge el debate recurrente, lo de «la minoría más votada» como reivindicación de poder o, lo que aún me hace más gracia, aquello de «nosotros hemos ganado las elecciones».

En el sistema electoral español las elecciones no se ganan ni se pierden. En función de la atribución de votos -previamente distorsionada por la dichosa regla d’Hondt- se reparten unos escaños o unas concejalías. Y, constituido el colectivo correspondiente, se elige de él al mandamás o corporación de mandamases, en función de unos acuerdos entre unos y otros que, frecuentemente, suelen llevar a que «la minoría más votada» (o, según ellos, los que «han ganado las elecciones») se queden con el culo al aire y sin tresporciento que llevarse a la boca. Por tanto, los que «han ganado las elecciones» se encuentran con que, en realidad, no han ganado una mierda.

El sistema funciona así. Yo no digo que sea bueno -de hecho, es una asquerosidad- pero es así: aquí gana el que gana, o sea, el que finalmente logra ser alcalde, «autonomikari» o presidente del Gobierno, y punto pelota. Si se quiere que alguien gane y alguien pierda elecciones, hágase como en Francia o como en los Estados Unidos (entre otros lugares): elíjase por un lado al jefe del ejecutivo y, por otro, al parlamento que ha de controlarlo desde y hasta el punto que marquen las leyes. Entonces sí: habrá un candidato que, sin mayor requisito que obtener más votos, aunque sea uno sólo más, obtendrá el puesto y habrá ganado las elecciones y los otros las habrán perdido.

Consecuentemente, el asunto de clamar desde la oposición que «las elecciones las hemos ganado nosotros», descartada la pataleta infantil, me parece, simplemente, una burla al ciudadano al que se toma por tonto. Sin perjuicio de que muchas veces el ciudadano lo parezca -o algún medio haga ver que lo parece-, como cuando algún sondeo deduce que los ciudadanos prefieren que gobierne el partido más votado. Tonterías. Los ciudadanos a quienes les preocupa quién gobierna -que cada vez son menos- lo que quieren es que gobierne su partido favorito, haya «ganado» o no las elecciones, y no hay encuesta en el mundo que me saque a mí de ahí.

Esto es como las noches electorales, que nadie pierde nunca (¡pero qué ridículos son esos gilipollas, de verdad..!) y al que la fuerza de lo cósmico y de lo evidente le obliga a reconocer que ha retrocedido, siempre encuentra excusas por peregrinas que sean. Los jabalíes han comido porquerías y la pista estaba en malas condiciones; Goscinny y Uderzo lo escenificaron magníficamente.

Hay muchos idiotas que, pese a su evidente dificultad para leer más de un folio, habrían de hacer un esfuerzo y leer un poquito de Asterix. Seguro que se verían retratados.

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Pues parece que lo imposible -o lo que se vendía como imposible- está sucediendo: el precio de la vivienda está bajando. Los especuladores ofrecen explicaciones tontas (otros como los de arriba, con la única diferencia de que los especuladores, los gordos, al menos-, de tontos, ni un pelo) y hablan poco menos que de «pequeñas rectificaciones tácticas». Como los alemanes de Hitler en el frente ruso. Pero, al igual que les pasó a éstos, el asunto inmobiliario podría también experimentar una buena debacle. Las «pequeñas rectificaciones tácticas» están logrando que muchas parejas jóvenes se comporten como predije hace unas semanas: vamos a esperar un poco, no sea que, ilusionados por una pequeña bajada, vayamos a comprar ahora un 20 por 100 más caro de lo que costará la broma en marzo. No viene de un año. Y si el mercado se retrae, las «pequeñas rectificaciones tácticas» pueden convertirse en grandes retiradas estratégicas. Y los que se queden por el camino -que más de uno se quedará- ya pueden ir diciendo que los jabalíes han comido porquerías.

De momento, ya es público y notorio que una cantidad nada despreciable de personal está en estos momento debiendo muchísimo más dinero del que respalda el valor de su patrimonio. Parece que los directores bancarios, azuzados por sus superiores ansiosos de resultados espectaculares (muchas veces por el procedimiento de obligarlos a competir entre ellos) han sido muy alegres prestando pasta y en algunas cajas de ahorro (las más avanzadas en la alegría prestamista) hay mucha gente sudando frío.

¡Hombre, si hasta Reyna ha bajado los precios de su más polémica promoción! Aún le va a venir bien la chapuza que ha hecho y le va a servir de excusa para explicar la rebaja en vez de tener que reconocer que el mercado le ha obligado a ello. Los jabalíes han comido porquerías y la pista estaba en malas condiciones, pero en versión elegante y bien estructurada, no como los cutres de los políticos (aunque fuentes bien informadas dicen que hay que ser muy cutre para superar a Reyna, pero en fin…).

Veremos a ver cómo acaba todo esto. No las tengo todas conmigo y ya lo he dicho más de una vez: cuando vienen mal dadas, no importa de quién sea la culpa ni lo implicados que estemos en la cuestión, siempre acabamos pagando los mismos, los de la nómina, via recortes, via congelaciones, via, incluso, perdiéndola. Cuando la construcción estornuda, los demás sectores se resfrían. Mal asunto para un país cuya economía depende tanto del consumo interno.

Habrá que estar atentos, pues a las cifras, sobre todo a las del paro. Con una incógnita añadida, fruto del signo de los tiempos: si empieza a crecer el desempleo y dado que sus primeras y numerosísimas víctimas serían los inmigrantes… ¿alguien puede adivinar la magnitud y quizá incluso la tipología del problema social que se nos puede venir encima?

Hay que joderse con el explosivo que los especuladores han puesto bajo el mismísimo culo de esta sociedad mientras los políticos van por ahí mugiendo sus paridas (y, evidentemente, atentos siempre al tresporciento, ni que decir tiene).

Más vale irse poniendo el casco (pero no el de la obra, evidentemente).

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Bueno, pues hasta aquí hoy, refugiados a la sombra a la espera de que llegue el verano astronómico (el otro no se fue desde el año pasado) que nos acontecerá a las 20:08.

El próximo jueves, 28, volveremos a estar aquí cerrando ya este mes de junio y con él, trimestre y semestre. Ayer con las uvas y hoy dándole carpetazo a la primera mitad del año, especulando si este bochorno insufrible es cosa del cambio climático o es el mismo que se ha sufrido en Barcelona toda la vida (al menos desde que yo tengo memoria). El tiempo es inexorable.

Y «El Incordio» también, de modo que la paella se acaba por hoy, pero esta bitácora sigue en pie dando leña incansablemente.

Nos seguimos viendo.

Barcelona y OpenOffice.org

Se acaba de abrir la inscripción para participar en la OpenOffice.org Conference 2007, que en esta edición se va a celebrar en Barcelona entre el 19 y el 21 de septiembre. Malas fechas para mí, aunque, aún pudiendo disponer libremente de ellas (que no es el caso), tampoco asistiría a todos los eventos y actos abiertos. Pero sí que me gustaría acercarme en algún momento y ver un poco qué hay por allí y probablemente lo haga en un momento u otro.

La celebración de esta especie de asamblea general abierta de OpenOffice.org en Barcelona es especialmente inoportuna; por causas sobrevenidas después de la convocatoria, no porque la organización haya metido la pata ni porque Barcelona sea intrínsecamente inconveniente para estas cosas (al contrario: más, tendría que haber…) sino porque acontecerá muy pocos meses después de que el achuntamén se entregara a sí mismo, atado de pies y manos y en una decisión muy, muy turbia, a Micro$oft (pagando los ciudadanos, claro) en evidente y explícito desprecio al paquete ofimático libre cuyo número de usuarios se incrementa en todo el mundo a cada día que pasa.

Yo creo que hubiera sido un buen bofetón responder al IMI llevándose la OO.o Conference a otra ciudad cercana (Badalona, l’Hospitalet…) aunque ello hubiera causado transtornos de organización y quizá un incremento de costes. Pero, en fin, la Fundació OpenOffice es soberana y, naturalmente, puede hacer lo que quiera.

Lo que sí espero es que el achuntamén tenga el decoro -cabe dudarlo- de no enviar a ningún representante a hacerse la foto en el evento o de pegarse el moco de la celebración en la web municipal. Y espero que, si llega a hacerlo (cosa que no me sorprendería: la cara dura de los políticos es inmensa y proverbial), la pitada y la bronca que le propinen deje, en comparación, como un juego de guardería infantil el «homenaje» que le dieron al tal Ramoncín en el Viña Rock del año pasado.

Hay que empezar a hacer que los políticos pasen verdaderos (y públicos, que ahí les duele, sobre todo) malos ratos con mayor frecuencia. Hay que hacerles ver con toda claridad que la contrariedad cívica por sus actos y decisiones claramente opuestas al interés público tiende cada vez más -y cada vez más habitualmente- a la ira.

A ver si se enteran de una vez…

Huelga cineral

Hoy no abren los cines. Los exhibidores -dicen, o vienen a decir- están hartos de aguantar ellos solitos al cine español y se plantan por un día. Otros que sufren su específico canon, impuesto a la trágala para mantener bien prominentes las tripas de cuatro neurasténicos. Y eso sin contar el trágala de todos los ciudadanos (subvenciones a porrillo para toda esa porquería de producción) y el trágala de las cadenas de televisión que, además de sufrir las reglamentarias cuotas de pantalla, vienen obligadas a producir (o sea, subvencionar) cine español.

Para desesperación de unos cuantos, la Federación de Cines de España dice unas verdades tremebundas con plena y abundante prueba contable: «una sala en la que se proyecta cine español es una sala vacía». Así de claro. O esta otra: «las películas que se hacen en España interesan muy poco a la gente». Otra más: «la cuota de pantalla para el cine español en lo que va de año es del cinco por ciento”, o sea, que de cada cien espectadores, sólo cinco ven cine español». Para que se defenestre la academia esa del cine en pleno.

Puede verse todo eso aquí.

Sic stantibus rebus, yo diría a los cuatro forofos del cine español que, ya que les gusta tanto esa cosa y que les resulta tan imprescindible, se la paguen ellos. Total, yo ya me tengo que pagar bastantes cosas que me resultan imprescindibles y no sé si alguna de las que pago de mi bolsillo no está o habría de estar considerada de verdadero interés público. Y vuelvo a repetir: encima, sin comerlo ni beberlo -y, gracias a Dios, sin verlo- me obligan a pagar a la fuerza cine español, via impuestos y via canon (que no todo se lo lleva el Teddy Bautista, hay otros seis o siete ahí agazapados detrás de él a los que no se ve tanto, pero que están bien agarrados a su parte del pastel).

Hace pocos días, la ínclita Dixie, en una de sus típicas paridas, dijo que ojalá no hubiera que hacer leyes así, porque ello significaría que los españoles vemos mucho cine español. Aún sin darle el sentido pérfido que le otorga Libertad Digital cuando reescribe su frase diciendo que no tendría que hacer estas leyes si los españoles fuéramos a ver nuestro cine, lo cierto es que la dama bien podría haber hablado de una forma mucho más grata a los cuarenta y cinco millones de panolis a los que se supone -ilusoriamente, por supuesto- que debería servir diciendo que si en un plazo breve los productores de cine español no ajustan su mercancía al gusto de su público, como hacen todos los empresarios, ella tendría que dejar de hacer leyes confiscatorias para los ciudadanos, para los exhibidores y para las cadenas de televisión. Y que cada palo aguante su vela. Pero sí que es verdad que la frase de Dixie contiene la velada amenaza que reinterpreta LD: podéis ir a ver cine español o no, pero lo que es seguro es que lo vais a pagar igualmente, así que vosotros mismos. En una película -no española, por cierto- vi a unos señores que hacían lo mismo con la cerveza, cosa que cabreaba mucho a un tal Elliot Ness. Se ve que obligar al pago de la protección con el cine no es lo mismo. Quién lo hubiera dicho.

Pero nada, oye, hacen bien. Si yo supiera inventar algo que colara como cultura y fuera canonizable (y ojo, que más vale canonización de Dixie que del Vaticano: la primera da mucha más pasta con mucho menos esfuerzo) no vacilaría: total, cualquier boludez sirve para esquilmar el bolsillo de una ciudadanía que paga y calla con estoicismo de borreguito camino del matadero.

Después me caigo de la silla de risa cuando releo [antiguos] libros de Historia que dicen aquello tan gracioso de que los españoles constituyen un pueblo indómito. ¡Indómito! Solamente con que fuera un poco contestón, ya habría una o dos docenitas de quienes yo me sé colgados por las almorranas.

¡Indómitos! No te jode…

Más elecciones

Leo en la bitácora de Carlosues que el 28 de junio hay elecciones al poltronismo rector de la $GAE y que en esta ocasión -no sé si será o no inaudito- hay candidatura de oposición.

Hombre, como noticia no está mal, pero como esperanza no da para un diente; las posibilidades de este grupito alternativo son mínimas porque debemos recordar que en la $GAE, en disposición estatutaria constitucionalmente insostenible, existe el voto censitario, sí señor, como en los gremios del XVII, puro feudalismo burgués. Total, que de 85.000 socios sólo tienen derecho a voto unos 5.000, según parece. Y el voto de esos cinco mil tampoco es igualitario: hay quien tiene un voto, dos tres… hasta cinco votos puede tener un único miembro, depende de lo que venda o de lo que edite (y asimismo venda, claro está). Esto parece que lleva a que cortan el bacalao de verdad escasamente unos doscientos. Bueno, suponiéndoles el máximo, mil votos, son una potencia importante, pero no decisiva: quedan los de cuatro mil ochocientos miembros, algunos de los cuales, sin tanto como cinco votos, quizá tengan dos o tres o cuatro. Digo yo, vamos. Pero sí, con mayores o menores proporciones, está claro que esto se ventila en petit comité. Y cuando las cosas se ventilan así, en compadreo, ya sabemos que lo que hay es la perpetuación del amo del cortijo y que la oposición sirve de decorado que hasta es útil, pues se elude la antiestéticamente facha candidatura única.

Por tanto, damas, caballeros y militares sin graduación, después del 28 de junio todo seguirá absolutamente igual en la $GAE, con el Teddy Bautista subido al caballo y su camarilla continuará con la gorra de plato. Bueno, tal vez haya pequeñas variaciones, igual el tal Ramoncín está quemado después de que en el Viña Rock del año pasado lo mandaran a la mierda con todas las letras y aprovecha la coyuntura electoral para irse por el foro (sin perjuicio de seguir medrando con el canon hasta el fin de sus días, por supuesto). Pero ni siquiera eso es motivo de alegría: recordemos el refrán -originariamente catalán, según creo- que nos previene de que «otros vendrán que bueno te harán». Creo mucho en ese refrán y por eso desde siempre he solicitado que el cargo de Dixie sea vitalicio, porque da terror pensar en cómo será el o la que pueda hacerla buena. Además, en su caso hay una probable sustituta cuyo nombre y apellidos refrendan plenamente la validez y la razón del refrán citado: Carmen Chacón. Lagarto, lagarto… ¡Viva Dixie!

Ahora bien -volviendo a la $GAE- aunque la candidatura alternativa tiene aún menos posibilidades de las que tengo yo de que mañana me nombren cardenal, es cierto que tiene un cierto valor, cuando menos simbólico. En primer lugar está la denuncia de que hay agujeros negros con la pasta del reparto (diez mil millones de las viejas en el asuntillo de una mutualidad de la que, como el finado Fernández, nunca más se supo); también parece que la muchachada de tropa ve como humo en los ojos tanto gasto en palacetes y fasto suntuario cuando parecería que hay otras prioridades y, además, urgentes y de trasfondo social; finalmente -eso es importantísimo porque es un verdadero certificado de que nuestro esfuerzo y el de tantísimos internautas ha dado sus frutos-, el hartazgo y la indignación que los autores de base al parecer sentirían por verse considerados como enemigos por la sociedad entera no a causa de sus intereses sino por los intereses de la minoría reinante. Es decir, que estamos ante una leve brisita pero que el tiempo podría muy bien convertir en vendaval. El único misterio es saber cuánto tiempo habría que esperar.

Es bueno. Y es bueno no por un concepto infantil de victoria o derrota, sino porque, como ya dije hace tiempo la $GAE y la sociedad en red -que será, para entonces, toda- habremos de entendernos. Habremos de sentarnos, habremos de negociar con miras abiertas por ambas partes, y habremos de llegar a acuerdos que respeten los derechos y las espectativas de todos. Y además, creo que es una empresa posible. Quizá no fácil, seguro que no fácil, pero, desde luego, posible. Posible y necesaria.

Ahora bien, está claro que ya no el acuerdo, sino la negociación misma, es absolutamente imposible con la banda actual, esto es de cajón, lo he dicho ya en varias asambleas de la AI y lo voy a repetir en la próxima, que es inminente: me niego, como modesto socio de a pie, pero con todo el derecho que me pueda asistir, a que la Junta de la Asociación de Internautas negocie nada con individuos como el Farré, el Teddy, el tal Ramoncín y el resto de la tropa esta. Y me imagino fácilmente que no seré el único en esa exigencia que veo con seguridad, al presente, asumida por toda la Junta de la AI. Y también estoy casi seguro de que esa idea viene siendo compartida en masa por las bases y por las directivas de toda la sociedad civil en red.

Si esa seguridad de la imposibilidad en el rebus sic stantibus cunde en la masa social de la $GAE, quizá no en esta ocasión, pero puede que sí en la próxima, se presente una candidatura con ideas claras y con posibilidades reales de dar un buen puntapié en el culo a la camarilla reinante y hacerle al Bautista -cuando menos en términos políticos- lo que Salomé al otro.

Celebremos, pues, esa hierbecita que asoma en el erial y que ofrece la aún improbable esperanza de un futuro bosque ubérrimo. Pero todavía ha de llover mucho para llegar a eso y en el ínterin, la guerra sigue y aún se derramará en ella mucha sangre, o sea que hemos de seguir con el garrote en la mano arreando estopa. Más fuerte que nunca, desde luego, ahora que vamos viendo que estos años de esfuerzo van dando sus frutos.

Tenemos, pues, que redoblar ese esfuerzo para que puedan ponerse las bases ambientales que permitan iniciar el proceso que lleve a ese acuerdo -que yo veo imprescindible- entre los ciudadanos y los autores. Los autores, huelga decirlo, de verdad, los que viven de su trabajo, no del cuento.

No de los de la sopa boba.

El tocomocho

Hace hoy treinta años, muchísimos españoles íbamos a votar por primera vez en lo que, en mi caso, fue, además, el primer verdadero ejercicio de la mayoría de edad (que entonces estaba en los 21 años) en aquel 1977 en cuyo mes de agosto iba a cumplir los 22.

Hace hoy treinta años, pues, voté por primera y última vez en veintisiete años, pues no volví a hacerlo hasta que, en 2004, darle un escupitajo al aznarismo fue una prioridad de pura salud pública e higiene social.

¿Y por qué ese protovoto seguido de un tan larguísimo período abstinente? Pues porque me sentí estafado. No: porque fui estafado. Mejor: porque fuimos estafados. Todos los españoles.

Durante aquella inolvidable campaña electoral que culminaba tal día como hoy hace treinta años, el debate se desarrolló en clave ideológica: aves fénix centristas del ya viejo régimen, comunistas, socialistas, franquistas aperturistas, franquistas radicales, y una larguísima retahíla de grupúsculos de izquierda y derecha más o menos extrema. De vez en cuando, alguien hablaba de hacer una Constitución. Porque hay que recordar que todo este tinglado que hoy conmemoramos tenía la frágil base de una Ley de reforma política que, bueno, para ir tirando hasta aquel día estaba bien pero era claramente insuficiente para ordenar la vida nacional a divinis. Cuando salía esta cuestión, desde todo el abanico ideológico se contestaba con gran presteza y rara unanimidad que no, que las Cortes que iban a salir de la jornada del 15 de junio de 1977 no iban a ser constituyentes. Muchos le vimos una lógica a la cuestión. Pensamos que las Cortes del 15 de junio crearían un marco legislativo provisional, pero estable (como para cuatro o cinco años), con un marchamo democrático aceptable y (¡huy, como les gustaba el palabro!) «homologable» (dicho así, en genérico) y, una vez creado, disolución y convocatoria de elecciones a Cortes constituyentes. Bien, sí, quizá era una fórmula mejor que hacer constituyentes las Cortes del 15 de junio que no podrían desarrollar ese trabajo mientras la gobernación tenía que basarse en un cuerpo legal muy precario.

Pues no. Una vez les hubimos votado -como se ve, el truco es tan viejo que lo practican desde el principio- aquellas Cortes que de ninguna manera iban a ser constituyentes, se pusieron a perpetrar la constitución.

¿Y qué más da? podría preguntarse alguien, que fueran esas Cortes o unas elegidas específicamente a tal fin. Muy sencillo: el debate. Con el engaño de que no iban a ser constituyentes, «clavaron» el debate en el ámbito ideológico y soslayaron cucamente el debate que verdaderamente interesaba de cara a una constitución: el entero modelo de país. Los ciudadanos hubiéramos debatido sobre el modelo territorial; hubiéramos debatido sobre si monarquía o república; hubiéramos debatido sobre el sistema electoral; hubiéramos debatido sobre las instituciones internacionales y sobre las alianzas militares (hubiera podido ser posible una exigencia ciudadana de prohibición constitucional de integrar a España en alianzas militares) y un largo y para muchos muy incómodo etcétera. O sea que dieron un rodeo y a los ciudadanos nos dejaron como al gallo de Morón.

A partir de ahí, pudieron fabricarse el tinglado a su gusto y ganas, negociando entre ellos que cada sardina tuviera ascua suficiente -excepto, naturalmente, la de los ciudadanos, que quedó cruda- y, así, se fabricaron el tinglado partitocrático-omnímodo-incontestable que sufrimos, pergeñaron este modelo territorial que, si lo miramos con un mínimo distanciamiento, resulta ser rarísimo, inaudito y prendido con alfileres y que, aún hoy, indigna a unos por excesivo, a otros por deficiente y a los más les trae al fresco (la mayoría de los ciudadanos de la mayoría de las regiones que hoy son comunidades autónomas no aspiraron jamás a ser tal cosa y, cuando se les impuso, la toleraron con suma indiferencia que continúa aún hoy en muchísimos lugares de la geografía española). Y, por supuesto, tenemos monarquía a la trágala y pagando nosotros, claro está.

No. A pesar del previsible e inevitable botafumeiro, inducido por los beneficiarios de aquel enjuague, con que nos machacarán estos próximos días (de hecho la cosa ya empezó anoche aunque hay que reconocer que hubo alguna cosilla interesante en TVE, las cosas como son), hoy no es una ocasión tan alegre como nos quieren vender. Hoy celebramos la efemérides de una ocasión que sí fue alegre para la ciudadanía, que fue la culminación de unos meses apasionantes en los que la política interesaba a todo el mundo y era tema de conversación en prácticamente todas partes, que flotaba en el ambiente un verdadero y sincero aire de reconciliación, nos habíamos hecho todos el propósito de respetarnos mutuamente cualesquiera que fueran nuestras ideas (que casi nadie ocultaba) y, de hecho, nunca como entonces se había visto a gente tan ideológicamente opuesta compartiendo mesa y conversación al amor de cafés, de cigarrillos y de mucho buen rollo. Había, en suma, una ilusión tremenda por el futuro, pese a sus sombras ciertas y a los miedos -que no sin cierta justificación- todos albergábamos. Después de todo, mira qué juerga el 14 de abril del 31 y cómo acabó la cosa al final.

Pero esa ocasión -es nuestro sino- se frustró también, como aquel 14 de abril (aunque, al menos hasta el momento, sin concluir en un drama terrible), y aquel día de 1977 lo que empezaba realmente era esto de ahora. Y esto de ahora es que estos de ahora hacen de aquellos de entonces, en comparación, verdaderos Clemenceau y mira que los pobres no eran tampoco nada que abriera la boca de asombro. De hecho, sólo hay que ver el chafarriñón constitucional que pergeñaron, con Cela y todo corrigiendo las galeradas.

No tengo la impresión de que haya demasiado que celebrar. Por lo menos, en relación a lo que podríamos estar celebrando si los ciudadanos hubiéramos sido un poco menos panolis y los políticos de entonces hubieran tenido algo más de vergüenza.

Un verdadero timo.

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