Monthly Archives: noviembre 2007

Enanitas mías…

Bueno, pues ya estamos en red el 75% de la familia con la gloriosa entrada de mis niñas. Desde hace unas pocas semanas mi hija mayor, Nuria (15) tiene fotolog, como casi toda su camarilla (hablo en términos generacionales, no personales, que también) de donde cabe deducir que esto de Fotolog es otro pelotazo emergente de esos a los que ya vamos estando acostumbrados. Ahora sólo cabe esperar a ver si eso lo compra Google pasado mañana, o tiene mucho long tail, que dicen los engominados, o el tail se lo cortan en seco la semana que viene yéndose todos con la música a otra parte, que no sería tampoco la primera vez que pasa. En todo caso, podéis ir a ver, si gustáis, el fotolog de mi pubilla, no sin advertiros de que no me hago responsable de esa jerigonza en la que hablan esos hotentotes de ahora y sin perjuicio de que me parezca una vergüenza que se expresen así, pero, en fin, de tal sistema educativo, tal muchachada. Como decimos en catalán, d’on no n’hi ha, no en raja (de donde no hay, no brota).

En cambio, la pequeñaja, Laura (10), se ha inclinado por la bitácora pura y dura. A ver lo que le dura antes de que entre en la adolescencia y se avergüence de haber escrito lo que habrá escrito. Es ley de vida. Naturalmente, mientras que la mayor es enteramente soberana de su invento -sin perjuicio de que esté yo por ahí vigilando, invisible pero cierto, como un sujeto elíptico-, la bitácora de la pequeña la tengo yo controlada. Ella decide, ella elige y, por supuesto ella escribe sobre lo que le da la gana (yo sólo le corrijo las faltas radicales de ortografía, pero no la sintaxis ni el estilo). Pero los comentarios pasan por la piedra (por mi piedra) y los textos que escribe los subo yo. En todo lo demás, repito, ella manda. A fecha de hoy ya ha escrito una entrada y ya quería escribir otra para mañana, pero la he persuadido de que no se sienta obligada a escribir, que lo haga solamente cuando le apetezca. Si le apetece mañana, pues mañana; pero, si no, otro día y no se hunde el mundo.

En fin, no son bitácoras que vayan a pasar a la historia, pero por algo hay que empezar y con algo hay que aprender. A ver cómo evoluciona todo.

Y a ver si consigo que seamos el 100%, pero mi santísima… ¡Ay amigo…! Mi santísima es ya otra historia.

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Malena entre barceloneces

¡Ay, qué penita y qué dolor! Woody Allen no volverá a filmar en Barcelona, agobiado -dicen sus representantes- por las presiones «mezquinas» (sic) que ha tenido que soportar.

No han aclarado mucho más, pero se ve que don Woody se molestó por el cuestionamiento que se hizo de las abundantes subvenciones y otros auxilios en especie que recibió durante su estancia en Barcelona. Esta es la versión oficial. También es posible que, en vez o además de esto, Allen se haya cabreado por tener que hacer el paripé con toda la chusma del partido, lo que, siendo así, yo comprendería perfectamente.

Es todo caso, suceden varias cosas. La primera, que en los últimos tiempos la gente de la farándula resulta tremendamente antipática a los ojos de la gente, gracias al silencio otorgante que todo el gremio guarda ante las burradas que dice en público la señora esta, la Bardem. No me extiendo sobre ello porque las paellas constituyen excepción de la temática general de «El Incordio» y no voy a hacer excepciones en la excepción o esta bitácora se convertiría en una casa de locos.

El segundo tropezón de don Woody lo hizo víctima de lo cósmico: fue a filmar -bueno, ahora lo llaman grabar– por las calles, interrumpiendo el normal transcurso del tráfico y de la vida ciudadana, con enteros pelotones de guardias urbanos que dejaron de poner denuncias por mal aparcamiento para abrirle anchos espacios en los más hermosos y característicos -y frecuentados- lugares de la ciudad, y, encima justo cuando estaba toda la ciudadanía tosiendo a pulmón podrido gracias a casi doscientos generadores gordos echando humazo por toda la ciudad tras un derrumbamiento a plomo de la infraestructura eléctrica de nuestra desgraciada urbe (derrumbamiento que, por cierto y según creo recordar, se produjo precisamente sobre los días en que don Woody arribó a estos pagos con armas y bagajes). La gente, obviamente, no estaba para películas, en ningún sentido de la expresión.

En tercer lugar, los paseos de Allen con toda su parafernalia arriba y abajo, molestias objetivas aparte, constituyeron la escenificación de lo que más odiamos los barceloneses y que desde los tiempos de Clos es un mal endémico que, tras Clos, se ha incrementado en vez de mitigarse: el trueque de nuestra ciudad en un parque temático en el que, encima, a los ciudadanos nos toca el papel de camareros y de barrenderos (del casino ya se ocupan los trileros).

Woody Allen es un cineasta admirado aquí, de los que llenan salas y, obviamente, a años luz de la piorrea local. Los escenarios barceloneses serán, seguramente, un buen reclamo para la taquilla catalana -y seguro que también para la española en general- pero sin los escenarios barceloneses yo creo que la recaudación no se le caería significativamente. Y, por lo demás, la recaudación española es nimia comparada con las posibilidades internacionales (y eso es lo que interesaba a la peña hostelera e inmobiliaria de aquí). Pero que le gusten -y mucho- sus películas no implica que el ciudadanito acepte con una sonrisa todas las putadas que el achuntamén le propina a la mayor comodidad y regalo de mister Allen a todo lo largo y ancho de la ciudad.

Y menos cuando está de mal humor. Y menos aún cuando tiene tan excelentísimas razones para estar de un humor de perros.

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Doña Magdalena Álvarez (Malena, para amigos y camaradas) está que se sale. Con la única excepción de los camaradas, todo el arco parlamentario catalán -en Catalunya y en el Congreso- le ha exigido que tome el tole y que se vaya con la música a otra parte y, en todo caso, a hacer puñetas. No tendría importancia tanta unanimidad (también la ha habido con leyes ominosas, como la de propiedad intelectual) si no estuviera más que claro que, por una vez, al menos por una vez, los políticos interpretan positiva y literalmente el sentimiento de la ciudadanía (se limitan a expurgar del repertorio insultos, imprecaciones, sapos, culebras y tacos diversos, que quedan parlamentariamente inconvenientes).

Pero eso, para ella, es luz y color.

Ayer montó un magnífico espectáculo parlamentario de chulería de la peor laya, con sonrisa despectiva por delante, en plan digan lo que quieran, señores, que yo me cago ampliamente en ustedes, en lo que dicen, en lo que quieren y en lo que piensan. Ella se instituye en una especie de Teresa de Calcuta de las obras públicas hispanas y pasa olímpicamente de las quejas de los ateos porque el pueblo elegido proclama devotamente y a gritos su santidad incuestionable. No es coña: la tía anda diciendo a todo el que quiere oirla que lo está haciendo de puta madre (igual ella se lo cree y todo, vete a saber) con independencia de que todo se derrumbe a su paso. La culpa la tiene el PP. Cuatro años después, la culpa la tiene el PP.

Y como la fantasmada es barata, la Malena no se corta: la gente «normal» (sic) le envía cartas de reconocimiento por su labor. Ya me extraña. La gente «normal» ya no escribe cartas ni de amor a la novia: no la veo escribiendo cartas de jaleo a un político. A menos, claro, que sea de la cuerda y obre por órdenes de la superioridad. Así las cosas, sí que podría pensarse en algún buena fe de Fregenal de la Sierra, por ejemplo, que, a instancias del cacique local del partido escriba a la ministra: Malena, cielo, que no hagas caso de los facistas, que lo estás haciendo guapo de la muerte, mi alma, que les vas a dejar un AVE y unas Cercanías a los catalanes que sólo les va a faltar ponerles un lacito rosa. Pero, con todo, no creo que tenga la Álvarez mucha correspondencia porque en España se teme más al ridículo que a la muerte y estas cosas dan mucha vergüenza, aunque se sea militante del PSOE.

La chulería torera queda bien en medio de un ruedo y a cinco metros de un morlaco, seiscientos kilos de mirada aviesa, pero fuera de ahí, y desde un cargo público, suena a cachondeo y, desde luego, con independencia de lo que suene, esta señora se mofa y se befa de los ciudadanos que le pagamos el sueldo; de los catalanes, desde luego, pero también de los gallegos o de los castellanos. No fueron tontos, no, los andaluces cuando se la quitaron de encima: Chávez le dió a Zapatero un auténtico tocomocho, con esta perla de oriente.

Estábamos todos -con nuestra buena razón- a la greña con Dixie y hay que ver lo que descubrimos debajo de la alfombra cuando ella se marchó.

Qué horror.

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Esta entradilla no trae enlace a ningún periódico. Esta es de cosecha propia -o casi- y es una anécdota -bien documentada, como se verá- de algo que le ha sucedido a un compañero mío esta misma mañana.

Resulta que al ir a tomar el metro, se ha dado cuenta de que se le habían terminado los viajes de la tarjeta, de modo que ha preguntado a un agente de información de la compañía que andaba por allí dónde estaban las máquinas para adquirir tarjetas multiviaje. El otro, lacónicamente (más lacónicamente, imposible), le señala con el dedo el aparato correspondiente, sin decir palabra. Mi compañero, Miquel -vamos a llamarle Miquel para soslayar redundancias-, introduce su tarjeta de crédito y solicita de la máquina la expedición de tres tarjetas multiviaje (clase T-1, de prepago de diez trayectos cada una), operación cuyo importe asciende a 20,70 (6,90 cada tarjeta) como así se lo indica la máquina. La máquina, seguidamente, imprime la primera tarjeta que deja caer en la bandeja de recogida y acto seguido ¡cataclonc! enciende el letrerito de «fuera de servicio».

Miquel se queda con la duda de si la máquina, pese a haber expedido sólo una tarjeta, habrá cobrado tres, por lo que se dirige nuevamente al agente de información de la compañía, el mismo de antes. Tras varios intentos de explicarle la cosa, mi compañero descubre que el otro es inmigrante -aparentemente indostánico-, cosa que no tendría mayor importancia si no fuera porque el hombre… ¡no entiende ni el catalán ni el castellano! ¡Un agente de información de la compañía de transportes municipales de Barcelona que no puede informar porque no conoce las lenguas oficiales! Puede parecer inaudito, pero no lo es del todo: ese mismo problema puede fácilmente encontrárselo uno con los agentes de información de RENFE en la estación de Sants, sin ir más lejos.

En fin, Miquel, a base de aquello de yo Jane tú Tarzán, consigue que el otro se entere de que, de algún modo, en algún sitio, hay un problema y que llame por el interfono al jefe de estación, ubicado en un lugar ignoto. Una voz cazallera contesta acusando recibo de la cuestión y diciendo que ya va alguien para allá.

«Alguien» tarda quince minutos -de reloj- en llegar, o sea que la ubicación de la tienda del jefe de estación, además de ignota, debe estar cabe la mar océana pero, en fin, nunca es tarde si la dicha es buena. Llega el empleado -este sí, parece que está al loro lingüístico… bien, más o menos, como se verá- y sin siquiera mirar la máquina, asegura que si ha expedido una tarjeta habrá cobrado una tarjeta. Abre la máquina para comprobar la eventualidad de que la máquina haya podido imprimir más tarjetas que hayan quedado atascadas en alguna parte, pero no. No consulta el programa de gestión informático ni nada, pero ahora ya no asegura sino que certifica: la máquina sólo ha cobrado los 6,90 de una tarjeta. Miquel le pide certificación escrita, para luego contrastar con el saldo de su tarjeta de crédito, y la obtiene, no faltaba más, todo lo berroqueña que es de ver:

Es un signo representativo de lo que es esta ciudad: informadores que no informan porque no entienden el idioma (en realidad, es una forma de burlar la normativa que impide que los ciudadanos no europeos -los inmigrantes, para entendernos- realicen funciones de segurata, que es lo que, de hecho, hacía el indostánico en cuestión, puedes apostarte el cuello y no lo pierdes); y, en conjunto, un servicio al cliente que, sin excesos verbales, puede calificarse de cutre y salsichero.

Parque… quizá. Pero jurásico.

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Pues, hala, ya tenéis la paella servida, y hoy con tropezón y todo, no os iréis a quejar. La próxima semana vuelve a ser complicada, con lo del puente y tal; además, el jueves 6 me toca el botillo anual (el de verdad, no en sentido figurado) y con un botillo encima mal se guisa una paella. Como creo que ya hice por el puente de Todos los Santos, habrá paella pero o bien el miércoles o bien el viernes, sin que ahora mismo pueda precisar qué día en concreto subirá.

O sea que, para averiguarlo, vais entrando en «El Incordio». Aunque no haya llegado aún la paella, seguro que alguna cosita que otra iréis encontrando (y según se está calentando el ambiente, igual en vez de cosita encontráis cosota. Todo es estar al loro.

Y salud que haya.

Alto al pleito

Nuevamente Daniel Rodríguez Herrera pone el dedo en la llaga ante el silencio de la blogosfera -y esta vez entono personalmente el mea culpa por la parte que me toca- ante el cierre de varias páginas web (creo que seis) por orden del Juzgado Mercantil número 2 de Barcelona como medida cautelar a petición del demandante, la Cambra de Comerç de Barcelona. El presunto (y muy dudoso) ilícito de estas páginas web es el de promover el boicot a los productos catalanes.

Ya es sabido lo que pienso de esto de promover boicots a productos o iniciativas d ecualquier región o territorio español: me parece algo más que una estupidez, más bien una hijaputez, bien entendido que tanta hijoputez es pedir que no se compre cava catalán como ponerle arena en los cojinetes a la candidatura madrileña a los juegos olímpicos. También parecería que el hecho de que el cierre venga dictado por un juez le quita lesividad a la cuestión; y no: simplemente le confiere tolerabilidad, lo que no sería el caso de un cierre gubernativo, pero no deja de ser un despropósito, en el caso concreto.

En lo demás, sobre el caso concreto de estas páginas, me remito al artículo de Daniel ya enlazado y que suscribo.

Pero no era la glosa del artículo lo que me interesaba traer aquí sino un aspecto sobre el que también se incide en el mismo: el hecho de que varias de estas webs ya fueron desactivadas voluntariamente por sus propios titulares en cuanto tuvieron conocimiento de la demanda de la Cambra.

Es un hecho habitual: un abogado escribe al autor de una bitácora en nombre de un supuesto ofendido por todo o parte del contenido de la misma, amenazando con un pleito si no se retira ese contenido o manteniendo la exigencia de retirada previa aún reservándose la interposición del pleito de todas maneras. Y el así agredido, retira el contenido. No se lo reprocho: como he dicho tantísimas veces, un pleito es algo muy agobiante (es el arma favorita de unos cuantos que todos conocemos: el terror procesal) y la posibilidad de perderlo -la seguridad jurídica es algo no difuso sino completamente inexistente en materia de la cosa esa del honor y la imagen- con un coste de miles de euros entre indemnizaciones, costas y demás, asusta a cualquier padre de familia normal. Terror procesal, además, agravado por el hecho de que puede ser cascado como autor incluso quien lo es, como ha ocurrido con Alasbarricadas.org.

Esto no puede seguir así. No puede seguir así porque, por esta vía, ya tenemos implantada la censura. Vuelvo a insistir con las páginas de los anticatalanes: varias páginas ya estaban cerradas o desactivadas antes de que el juez ordenara hacerlo, bastó la simple demanda para cepillárselas.

Hay que clarificar las normas, o modificándolas en via parlamentaria o resolviéndolas el Tribunal Constitucional. Si el asunto de Mafius terminó bien -aunque en apelación- lo de Alasbarricadas tropezó y veremos cómo queda la sentencia firme cuando ésta se dicte. Mientras tanto, incluso aunque lo de Alasbarricadas siga el mismo [buen] camino que Mafius, aquí seguiremos sin que nadie sepa a qué atenerse: por más que utilice una regla milimétrica en sus posts, un comentario que tarde una simple hora en detectarse puede llevar al blogger, si no a la ruina, sí, cuando menos, a una larga temporada muy taquicárdica. Entretanto, los dos caminos son muy lentos. Tenemos el problema de siempre: contamos con la seguridad de que en última instancia todo quedará debidamente encauzado, pero esa última instancia tarda muchísimo y por el camino puede quedarse media red. Ya lo vemos con el liberticidio de la LISI: la masacre que puede producirse hasta que el Constitucional reponga a los jueces en su exclusiva soberanía en materia de libertad de expresión, puede adquirir dimensiones históricas y, en todo caso, dramáticas e irreversibes.

Los internautas tenemos que hacer algo para resolver esto por propia mano hasta que la tortuga de la justicia llegue al final de su exasperante camino. No sé qué podríamos hacer. Quizá cajas de resistencia para apoyar a los agredidos procesalmente para que resistan (la resistencia procesal y los más que probables éxitos finales podrían acabar con el terror procesal y, por tanto, con el arma más importante del apropiacionismo). Bien entendido: hablo de cajas de resistencia no en el sentido decimonónico (no veo yo que esté el patio para que la gente dé dinero cautelarmente) sino de la modernización de ese concepto. Quizá algunas asociaciones y fundaciones podrían constituir una suerte de cooperativa que se hiciera cargo de todos los costes de un pleito, incluyendo los devenidos por su pérdida, cuando menos en casos especialmente sangrantes o particularmente absurdos, con la única condición de que el procesalmente agredido no autocensurara sus contenidos -comentarios incluidos- salvo rigurosa y explícita orden judicial. O quizá establecer convenios con compañías de seguros para que cubran esta eventualidad y canalizar la adhesión y pago de las pólizas de los bitacoristas que deseen adherirse (sobre esto último, que me parece muy práctico, voy a ponerme en marcha averiguando primero si es posible, que creo que sí).

No sé, probablemente habrá otras fórmulas y quizá mejores. Pero algo hay que inventar, algo hay que hacer para pararles los pies a los amigos del pleito a saco o acabarán consiguiendo taparnos la boca. De hecho, lo logran: allí a donde apuntan, dan en el blanco del sobrecogimiento y del terror. Luego, de alguna manera, hay que fabricar chalecos antibalas.

Es urgente acabar con esto. En seco, además.

El verdadero coco

Soy seguidor habitual de la bitácora de Sergio Montoro, «La pastilla roja»; incluso forma parte del blogroll de la mía, como podéis ver. Me gustan mucho sus entradas, escritas desde una perspectiva empresarial, quizá porque la formación empresarial es una de mis carencias que, la verdad, nunca había echado de menos hasta que me metí en las veredas del software libre, en las que el mundo de la empresa es un vector ciertamente potente (y es, de hecho, el que verdaderamente está tirando del carro, no nos engañemos).

Escribió un artículo hace pocos días, («Huir de los servicios como de la peste») que me hizo levantar de la silla y aplaudir. Un artículo que todos los sindicatos y todos los sindicalistas debiéramos leer, sobre todo viniendo de un PYME, a ver si nos vamos enterando de la realidad del mundo empresarial en vez de dormir sobre los sueldos que paga el Estado (menuda vergüenza, dicho sea de paso…).

Pero el último que ha entrado (último, al momento de escribir estas líneas) ya me ha gustado menos. Rectifico: no es que no me haya gustado, es que tengo algunas objeciones a sus razonamientos. Por cierto que no sé si sentirme aludido o no. Por una parte, soy un activista acérrimo pro-software libre y anti-Micro$oft; por la otra, simpre intento -y creo que, dentro de lo que cabe, consigo- que mi apasionamiento se base en la razón. En base a esto no sé si considerarme aludido o no por expresiones como «[…] talibanes que van por ahí vociferando despropósitos agrios y mononeuronales», o «Las personas partidarias del Software Libre que yo conozco no van por ahí porfieriendo sandeces radicales[…]».

Últimamente se percibe como cada vez más fuerte la corriente que yo llamo, un poco en coña, esnaturalista, es decir la de los que aceptan cualquier tropelía empresarial como intrínsecamente justificable: es natural, hombre, las empresas están para ganar dinero. Bien, sí, pero no de cualquier manera y eso aún suponiendo que sea aceptable ganar dinero por ganar dinero, pero vamos a admitirlo, como pulpo, a los simples efectos del presente; también las personas individuales queremos ganar dinero, no obstante lo cual no nos dejan atracar bancos.

No digo que el artículo de Sergio que nos ocupa sea clasificable como esnaturalista pero sí que parece tender a acercarse un poco: hombre, os estáis pasando con Micro$oft, no hay para tanto y, además los hay peores. Peores, me permito matizar, según se mire: los hay, sin duda, que llevan a cabo prácticas aún más censurables que las de Micro$oft, pero no causan tanto daño porque éste es muchísimo menos extenso aunque pueda ser mucho más lacerante allá donde se producza. Lo curioso es que el propio Sergio define claramente a Micro$oft como la bicha por excelencia cuando dice: «Lo que sucede es que no podemos permitir que se use la libertad justamente para suprimirla. […] De forma análoga, no podemos permitir que la gente use su libertad para elegir un formato de archivos que convierta a toda la administración pública del pais en dependiente de una empresa privada (cualquiera que sea esa empresa). Tampoco podemos permitir que usen su libertad para comprar un sistema operativo que les impedirá utilizar en el futuro aquel software que no sea del agrado y conveniencia del fabricante». ¿Entonces? Dice: «cualquiera que sea esa empresa». Sí, pero es que esa empresa no es cualquier empresa, es precisamente esa empresa y no otra o, por lo menos, no otra a título principal ni, desde luego, tan intenso e intensivo.

La que desembarca a sus anchas (¡que bochorno!) en el achuntamén de Barcelona es Micro$oft, no Apple, por ejemplo (y, ya que estamos, ahí tienes un perfecto representante del software privativo con el que nadie se mete… quizá porque a nadie amarga la vida); la que tuerce la LAECSP a fuerza de lobbyng más que descarado (vamos a llamarlo lobbyng: en realidad, es algo mucho peor) no es Hewlett Packard sino Micro$oft. Y así podríamos seguir con decenas -seguramente centenares- de ejemplos.

Micro$oft no es solamente un problema de mercado (entre otras cosas porque lo tiene prácticamente monopolizado), es un problema social, es un problema político y es, además, un problema global. Claramente. Por tanto, no puede hablarse de Micro$oft como de cualquier otra empresa por más que nos putee (se me ocurre, como ejemplo, Telefónica) sino que hay que tratarla desde un punto de vista similar al del cambio climático o al de una pandemia como el SIDA. Hay fenómenos locales quizá más lacerantes, de igual forma que en Catalunya sufrimos un problema crónico (aunque ahora en fase aguda) con las infraestructuras, como decía aquel, o que hay enfermos de cáncer en fase terminal a los que ya les gustaría tener algo tan tremendo como el SIDA. Pero el SIDA y el cambio climático (aparco momentáneamente, a los efectos, mis personales reservas) constituyen un problema global que sólo se solucionará con actitudes y movilizaciones sociales que impulsen la intervención política. Exactamente igual que Micro$oft.

No es un problema de mercado, no es un problema de irme a otra tienda (ya lo hago: uso Linux); es una situación que justifica perfectamente el activismo y que justifica -siempre que sean pacíficas y legales- posturas extremas. Que no siempre son estéticas, lo reconozco, pero que no hay más remedio que asumir y a veces incluso practicar.

Delendum est Micro$oft. Esto es lo que hay.

Un enlace de oro

Hay un hombre en Hispalinux -y en muchos otros ámbitos de la red en los que se defiende la libertad; la libertad en el software, en el conocimiento, en la cultura…- que es uno de los más valiosos que hay en este país. Y eso es decir mucho, porque en este ámbito -al contrario que en otros donde el glamour, la pasta y la gilipollez circulan a mares-, hay gente buenísima. Gente buenísima como persona, gente buenísima como activista, gente buenísima como técnica. Bueno pues este hombre está en la mismísima cima de la pirámide que forma toda esa gente excelente.

Será difícil que le conozcáis si no estáis muy metidos en el ajo del activismo de las libertades en red porque, además, es un señor ya maduro -no es ningún alocado jovencito geek-, no es un empresario de éxito, de esos que dan pelotazos virtuales (pero con dólares en la cuenta muy reales), y sí es un padre de familia normal y corriente, como la mayoría de los ciudadanos que llevamos adelante este país en lo real y en lo virtual, y con todo ese perfil no sorprenderá que sea de los que trabajan mucho, hablan poco y les importa un comino el figuroneo.

Afortunadamente, escribe. Escribe en las listas de correo de Hispalinux -en las que no dice, precisamente, ni tonterías ni nimiedades- y tiene una bitácora a la que llama Linux y libertad. Una bitácora en la que descubriréis, tenedlo por seguro, muchas cosas.

Pues va a ser un nuevo enlace en «El Incordio», un enlace que hace tiempo que debería haber estado ahí y que por un imperdonable despiste no ha llegado hasta ahora. Es un placer presentaros a Fernando Acero, y estoy seguro de que no pocos de vosotros, queridos lectores, vais a serlo también de él. Lo tenéis, desde ahora mismo, en la sección «Blogosfera».

De modo que, querido Fernando, sé bienvenido a esta casa, tu casa, y disculpa que haya tardado tanto en darte las llaves.

Un despiste imperdonable.

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