Monthly Archives: diciembre 2007

Hasta el año que viene

Bueno, pues la cosa no aguantó, como era de esperar, mierda de putas fiestas de la comilona, y esta noche pasada mis pequeñas petardas montaron el número vomitivo -la pequeña, a partir de un momento dado, sólo era capaz de expulsar jugos gástricos- así que ya me ves a mi yendo a las dos de la madrugada a una farmacia de guardia (media hora en coche, entre ida y vuelta) a buscar Primperán ampollas para que mi santa repartiera puyazos a toda la prole, como si esto fuera la segunda de San Isidro. Y yo aún, que hoy tengo fiesta, pero ella, después de dormir -y fatal- dos putas horas, levántate a las seis de la mañana, coge el coche y, hala, a cuidar enfermitos. Porque yo, si paso una mala noche, llamo al trabajo, oye, tú, que he pasado una noche toledana así que empezad sin mi y no me esperéis, que mañana será otro día y si la Generalitat se hunde, cantad «Els Segadors» en voz bien clara y fuerte apiñados en la toldilla de popa; pero si es mi mujer la que carga con el marrón, ha de ir al tajo esté como esté, porque si no va, unos cuantos enfermos -tan graves como que están en fase terminal o, en el mejor de los casos, crónicos, pero crónicos de aquellos: la especialidad de mi santa son los cuidados paliativos- se quedan sin asistencia: los colegas no pueden estirarse más porque van todos al 110 por 100, como las plantas nucleares de los submarinos de las películas.

En fin, tras un mediodía de sopita de arroz muy pasado y la que pueda, si se atreve, una lonchita de jamón de York, y todas a pegarle al Sueroral Naranja, que es de un dulzón asqueroso pero hay que reponer líquidos y sales como sea y a la que remolonee le meto un botellón endovenoso que se va a enterar, la crisis ha sido remontada con éxito y nuestras fuerzas están asegurando las posiciones, ya recuperadas, que se perdieron anoche.

Pero, claro, así el campo de batalla, no procede bajar la guardia y, por lo tanto, esta noche vamos a tener un fin de año espiritualmente familiar, tortillita francesa y tal; quizá mi santa y yo, si el cuerpo nos aguanta hasta medianoche, hagamos un chinchín en plan Tigo y Migo, feliz año, mi amor, y a ver si hay suerte y en este que entra le sale al Bautista un buen forúnculo en el culo.

Más, como Franco le dijera a Carrero estando éste de cuerpo presente, no hay mal que por bien no venga, y esta noche creo que voy a poder realizar el viejo sueño de hacerle botifarra a una cuchipanda de necesaria uniformidad reglamentaria y no vamos a celebrar otra cosa que la que celebramos todas las noches del año así caigan en 14 de junio como en 26 de febrero: que estamos juntos los cuatro y que ahí nos las den todas. Y podré realizar un sueño mucho más reciente, apenas un año, que me contagió uno de mis más acérrimos bravos, don Ángel Bacaicoa, que es el de pasar una nochevieja en la cama y leyendo un libro (aunque quizá, a la compañía de mi santa y del libro, añada la de un vasito del viejo Jack); precisamente aún no he cubierto los dos tercios de «No me cogeréis vivo» (Pérez-Reverte, of course).

De modo que no hay más que consignar, salvo que el tiempo señalado con el guarismo 2007 ya se acaba y quedan poco más de siete horas para que el guarismo salte a 2008. Y así va pasando la vida hasta que el guarismo menos pensado ya no te lo acabas. En fin, con tal de que pille meado y de pie, valdrá darlo por bueno (aunque sin prisa alguna).

Por tanto, queridos todos, que cambiéis el guarismo de turno con buen pie y, aunque el hito ni alarga ni acorta el camino, no deja de ser un hito. Nos espera un 2008 apasionante. También duro, ojo, pero apasionante. Tenemos temas abiertos como para explicar muchas batallas a nuestros nietos; y más de una de las gordas la vamos a ganar si nos sabemos mantener juntos, armamos mucha bronca y sabemos jugar nuestras cartas.

Con mis mejores deseos y la alegría diaria de veros por aquí, recibid todos un abrazo bien fuerte.

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La muerte del papelucho

Estoy leyendo la entrada de hoy en Malaprensa en la que Josu pone de nuevo en evidencia por enésima vez otra barbaridad estadística o, mejor dicho, puramente aritmética, pero aritmética de Primaria (incluso de Primaria de la de ahora) multiplicada ad nauseam por un montón de medios de comunicación escrita, vulgo periódicos. Y, en tanto lo voy leyendo, lo conecto con algo que ha dicho, también hoy, Pepe Cervera en sus predicciones para 2008, concretamente lo de que continuará aumentando la sobredosis de información que nos agobia.

Por una vez, no estoy de acuerdo con Pepe. No creo que haya una sobredosis de información, lo que hay, lo que nos agobia, es una sobredosis de copias -y, además, literales- de la misma información. De unos años a esta parte, leer varios periódicos es algo sólo útil para el degustador de las artes gráficas -especialidad maquetaciones- y para el militante político, de modo que una misma noticia, tendrá en «ABC» alguna apostilla para llevar a la conclusión de que Zap es un canalla, y en «Público» ídem del lienzo para llevar a que Rajoy es una abominación con dos patas, añadido, en este último caso, el coro de vírgenes de la bitácora de Escolar.

Las redacciones de los periódicos ya no son unos lugares desde los que salen y a los que regresan unos señores llamados «reporteros», verdaderos cazadores de noticias, o bases logísticas de periodistas que verdaderamente investigan, que buscan el entramado social o político de las noticias puestas una sobre otra y vistas con distancia y perspectiva. No. Las redacciones son lugares más o menos cargados de oficinistas mileuristas (cuando no de becarios) atentos ya no al teletipo sino a las pantallas conectadas con las agencias de noticias, con las diversas cadenas de televisión y, a lo sumo, con los multibandas y los scanner rastreando las frecuencias de las cuatro mil policías que tenemos y de los bomberos; quizá también de las empresas de ambulancias y de radio-taxis; y los únicos que salen a la calle no van a cazar noticias sino a asistir a conferencias de prensa en las que se emite un mensaje unilateral (si es que eso no lo obtienen también -como es muy frecuente- a través de agencias). Y ahora tienen la red, de la que machacan descarada e impunemente párrafos enteros de la blogosfera. Se complementa esto con una recua, más o menos afortunada, de opinadores (de plantilla unos, por encargo otros) y voilà, ya tenemos un periódico, real o virtual, qué más da. Por eso las burradas que detectan Josu y su equipo de ojeadores voluntarios se multiplican hasta el infinito: vienen de las agencias (que ya les vale, a su vez) y, tal cual, van al papel -real o virtual, ya digo- con apenas, cuando es contextualmente procedente, el añadido a piñón fijo de la coletilla denigrante para el enemigo o benedictoria para el amigo. Ahora mismo no sería exagerar demasiado decir que hay más creatividad en las oficinas de admisión de correo certificado que en las ya mal llamadas redacciones, que más apropiadamente habrían de denominarse copiaypegaciones.

Yo no sé si, como dicen algunos, la prensa, tal como se ha entendido tradicionalmente, está en vías de extinción o sólo se trata del transcurso de una fase de transición hacia un nuevo modelo, y esa transición no es más que las aguas revueltas en las que pescan unos cuantos listillos bastante carentes de vergüenza. Tampoco, la verdad, es que me importe mucho. Poco tengo que agradecerle a la prensa tradicional a la cual le he podido ver, gracias a la red, el plumero de su manipulación desvergonzada de la realidad en provecho de ‘lobbyes’ y de avispados mercachifles, y a la cual le ha importado siempre tres cojones ese derecho constitucional tan cachondo -como tantos otros derechos constitucionales- consistente en que debemos poder acceder a información veraz. Una mierda, veraz.

Los más ilustres trafagones de periodicolandia están que trinan contra la red a la que acusan de estar plagada de información falsa y no contrastada y de pozo de rumorología sin base. Como si el Cebrián, el gran protoquejica, fuera en sí mismo garantía alguna de veracidad, siendo así que a su precioso papelito le hemos pillado en falso más de una vez. Al suyo y a muchos otros. Por lo demás, me importa un perico que un listillo oficial de los papeles me explique cuál es el estado de opinión de la ciudadanía sobre tal o cuál tema: setenta millones de bitácoras me indican a ciencia cierta cuál es el verdadera estado de opinión de la ciudadanía y los garabatos de los opinadores en nómina me sirven de orinal. Esa blogosfera a la que partidos y medios (¡qué coincidencia!) detestan a muerte, con verdadero y retorcido odio reconcentrado, simplemente porque no dice lo que quieren y no calla lo que exigen que se silencie.

La opinión independiente, el dato oculto, el hecho enterrado por el silencio del papel (aquello de lo que no hablamos, no existe, decían los cabrones), lo encuentro en la red, no en los papeluchos. Y ya no dependo de que mis opiniones sean acordes con la línea editorial o con la resaca del director para divulgar mi opinión: tengo un medio asequible, fácil y rápido en el que cada día digo, sin limitación ni censura alguna, lo que me da la gana y como me da la gana, y hasta tengo seis o siete señores que vienen expresamente sólo a ver eso que he dicho (a los que se añaden unos poquillos más que van pasando por aquí de cuando en cuando). El derecho a la libertad de expresión se ve así plenamente satisfecho no solamente porque puedo decir lo que me parezca, sino porque dispongo de un medio que permite que pueda ser escuchado (si gustan) por todos los ciudadanos del mundo. Ya no necesito un periodicucho ni una potente ración de autocensura.

Es así, señor Cebrián, don Juan Luis, cómo me cisco en sus opiniones.

Atentados

Me satisface, como funcionario, la noticia de que una agresión a un dentista en un centro de asistencia primaria se ha considerado como delito de atentado, entendiendo el Tribunal Supremo que la palabra «autoridad» -que caracteriza una agresión como atentado- no viene referida exclusivamente a aquellos que tienen mando o ejercen jurisdicción sino también a los funcionarios públicos por su vínculo con la Administración pública por una relación de servicios profesionales y retribuidos. Quizá eso ayude un poco a los compañeros que prestan sus servicios -aunque no sean propiamente asistenciales- en la atención al público, que tiene fama entre nosotros de ser la dedicación más ingrata del funcionario.

Concretamente, los profesionales sanitarios, médicos, enfermeras, auxiliares clínicos o geriátricos y demás, venían teniendo en los últimos tiempos un especial problema con esto de las agresiones físicas y cabe esperar que esta sentencia del Supremo y la divulgación que se le está dando, palíe un poco esta situación lamentable.

Pero dicho todo esto, esta sentencia, cuyos efectos paliativos he enunciado como un deseo, no será suficiente. No lo será porque no ataca a la raíz del mal y la raíz del mal está en la exasperación del usuario de los servicios públicos por la deficiencia en la prestación de los mismos y, especialmente, de los sanitarios. Cuando un señor lleva tres horas esperando a que su hijo, con un brazo roto, sea atendido en un centro sanitario, es comprensible -no justificable, por supuesto- que llevado de su justa exasperación le atice una leche al primer pijama blanco o verde que le pasa por delante, porque este señor no sabe -aunque debería, por cierto- que el del pijama va con la lengua fuera desde que entra a trabajar hasta que termina su turno (generalmente, bastante rato después de su hora oficial de fin de la guardia) y que esto pasa, por tanto, no porque el señor de verde sea negligente -no suele serlo, en absoluto- sino porque negligente hijo de la gran puta lo es un cabrón con corbata cuya ciencia empresarial reside en recortar el capítulo 1 -el de los sueldos- aunque con ello reduzca a escombros la calidad del servicio (prestando con ello un buen ídem a sus amiguitos de la sanidad privada) y que se busquen la vida los trabajadores supervivientes: que trabajen más (y en peores condiciones) durante más horas (gratis) y, encima, reciban injustificables hostias fruto de justificadísimos cabreos.

A esos mamones de la corbatita es a los que habría que patear los huevos hasta que no se les vieran de puro negro.

Salsa de canon (II)

Paso esta mañana por delante de una agencia de viajes que hay cerca de casa y veo a un único empleado (antes no sé si había tres o cuatro) bostezando ostensiblemente. El local está completamente vacío. Quizá sea mala fecha, quizá mala hora, pero es cierto que la compra de billetes y la reserva de hoteles por Internet está arruinando a muchas agencias de viaje.

Primera conclusión: los billetes de avión comprados en Internet son billetes pirata; en aplicación del método Sarkozy, todos los aviones que transportaran pasajeros provistos de billetes pirata deberían ser derribados por los cazas del Ejército del Aire.

Segunda conclusión: las agencias de viajes debieran ser beneficiarias de un canon en justa compensación por las pérdidas causadas por la piratería en Internet. Este canon debería gravar los billetes de autobús y de metro, así como las tarjetas multiviaje, la gasolina y los anticongelantes, las tiendas de campaña (no olvidemos las reservas ilegales de hoteles), los ‘kits’ de picnic, las mesas y sillas de camping, las caravanas, autocaravanas y motorhomes, las revisiones ITV, los productos de las duty free de los aeropuertos, el acceso a casinos, bingos y salas de juego. Y etcétera.

¿Os parece una inocentada? ¡Qué va! Id, si no, a ver la que nos jugaron a todos los españoles PSOE, IU, CiU, ERC, PNV y otras hierbas el pasado día 20 en el Congreso de los Diputados.

Otro calendario

Empezaremos en corto…

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Impresionante… no, espera, que lo pongo con mayúsculas y negrita: IMPRESIONANTE el artículo de Pérez-Reverte del domingo pasado en «XL Semanal». Ni que decir tiene que lo suscribo íntegramente, con puntos, comas y acentos. Y con entusiasmo desbordado.

Sin más comentarios.

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Ahora en Somalia. Lo dije y lo reiteré. Ya sabía yo que eso iba a convertirse en un deporte internacional del tercermundismo. Ahora, a ver cómo lo arreglan los imbéciles de turno. Pagando, claro. Hasta que un día no se arregle pagando y nos lapiden a una española por un quítame de allá ese vaquero ajustado al culo.

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En el zoo de San Francisco un tigre ha matado a un visitante y ha herido a otros dos. Es lo que pasa con los tigres, que son animales en peligro de extinción y son carísimos. Si en vez de ser un tigre llega a ser un negro, hubiera caído acribillado por los disparos de no menos de seis policías antes de tener tiempo de empezar siquiera a explicar que lo único que quería era darle cacahuetes al chimpancé.

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Ahora que caigo, 2008 es el año del bicentenario de la guerra de la Independencia. Bueno, no sé si será políticamente correcto esto de seguir llamándola de la Independencia. Desde luego, si se celebra con el mismo espíritu con que se celebró el Quinto Centenario (y démoslo por descontado si tenemos ahí a Zap), ya sabemos lo que nos tocará: pedirles perdón a los franceses.

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Y ahora vamos a alargar un poquito…

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No tengo fe en nadie, pero sí hay gente a la que otorgo tal credibilidad que la presumo veraz salvo prueba en contrario. Uno de ellos -y mis siete u ocho lo saben bien- es Arturo Pérez-Reverte, imagino que por lo generacional -tiene apenas cuatro años más que yo- y, consecuentemente, por lo educacional, cuando menos en lo escolar; lo demás ya es otra cosa. Pero es que, además, lo ya mucho que llevo leído de él, coincide en buena parte con mi propia experiencia vital. No, no es que yo haya tenido una vida tan aventurillas como la suya, pero, cada cual con su propia y distinta experiencia, llegamos frecuentemente a conclusiones muy parecidas.

Estoy leyendo un libro suyo que me ha traído por Nochebuena el tió, reconvertido en Niño Jesús por herencia de la tradición familiar de mi mujer subsumida en la nuestra propia: se trata de «No me cogeréis vivo», una selección de sus artículos dominicales escritos en «XL Semanal» entre 2001 y 2005; o sea que, en buena parte, podría decir que lo estoy releyendo.

En lo que llevo leído -y digo bien para el caso: se trata de artículos que no había leído antes- me llaman la atención dos con el mismo tema: la cafrada que los pescadores españoles -en su ignorancia y en su barbarie, según el caso- están cometiendo en el Mediterráneo con el atún rojo, inducidos por empresarios sin escrúpulos y por la insaciable voracidad japonesa (de esos habrá que hablar despacio algún día) a cometer una verdadera tropelía exterminando, como si se tratase de un verdadero genocidio, a una especie valiosísima y matando, de paso, su propio futuro; el de ellos, de los pescadores. Aparte de que los procedimientos que utilizan son claramente peligrosos para la navegación. La autoridad [llamada] competente, mientras tanto, se menea el miembro a la salud, como dice el propio Pérez-Reverte, de la cesta de Navidad o de mejor es no saber qué.

Esto me lleva a recordar que yo me inicié en las lides funcionariales en un Departamento de Agricultura, Ganadería y Pesca, en el que entré sabiendo, por toda cultura agraria, que un tomate es esa cosa de color rojo que suele yacer al lado de la lechuga en una ensalada. Con el tiempo, entre lo que aprendí allí y lo que fui aprendiendo por mi cuenta por aquello de conocer un poco mejor el entorno que me rodeaba cada día, aunque mi trabajo estaba a años luz del azadón y consistía más bien en bregar con las macros de las hojas de cálculo, acabé sabiendo alguna cosilla, una nimiedad comparada con lo que realmente hay que saber para comprender lo que está pasando en el mundo rural, pero una enciclopedia monumental al lado de lo que sabe el ciudadano común que es poco menos que nada.

Quizá de lo que menos aprendí fue del mundo de la pesca que es, dentro de lo que se considera agrario, un mundo verdaderamente aparte. Pero sí llegué a saber que los pescadores españoles eran considerados en ambientes europeos -y con buenas razones, según parece, por desgracia- como una plaga. Ignorantes, indisciplinados, garrulos y, en demasiados casos, incluso delincuentes. Unos verdaderos depredadores. Supongo que habrá excepciones, como en todas partes, y supongo que si una de esas excepciones lee esto se pondrá como una moto, pero yo sólo reflejo la impresión que impera al respecto en los ámbitos europeos, lo que cuenta Pérez-Reverte (desgraciadamente coincidente con esa opinión europea) y lo que pude deducir yo mismo de cuatro o cinco cosas que llegué a saber de ciencia propia en aquellos años que estuve allí.

Hay una anécdota que lo ilustra. A principios de los noventa, se convocó un concurso -exactamente creo que era un campeonato mundial- de pesca submarina que debía celebrarse en aguas de l’Estartit, frente a las islas Medes, aguas que constituyen un ámbito protegido por la correspondiente declaración de espacio natural. La Dirección General de Pesca Marítima de la Generalitat vetó, en consecuencia, tal concurso por los daños que podían ocasionar las decenas de tíos con arpón que andarían buceando, por más que fuera a pulmón libre, a la búsqueda de ejemplares especialmente lustrosos. Eso levantó una fuerte protesta en ese ámbito deportivo, desde el que se alegó que los daños que podría ocasionar una pesca tan precisa y artesanal serían nimios en términos absolutos, pero aún más comparados con los que causan otras artes extractivas que sí estaban permitidas o, no estándolo, operaban por aquellas aguas cn total impunidad.

La televisión autonómica catalana, siempre fiel a su obligación de reflejar el preciso sentir de la autoridad competente (y más cuando ésta era pujolera) entrevistó al director general en el propio escenario donde se habría celebrado la prohibida competición para que éste la justificara prolijamente y a su gusto. Y así fue: con el hermoso escenario de las islas Medes como fondo, el preboste se explayó en las mediambientalísimas razones por las que había dado carpetazo al campeonato… justo en el momento en que, tras él, pasaba un arrastrero llevándose por delante -con artes prohibidísimas en aquella zona- hasta los estratos del Terciario. Huelga explicar el pitorreo que hubo en el Departamento… e imaginarse el que habría en la federación de pesca submarina afectada por la cosa.

Todos llevamos dentro un nacionalista (al que habría que exterminar) y por ello nos indignamos cuando una patrullera -no siempre marroquí: no pocas veces, también islandesa o canadiense- apresa unos pesqueritos españoles. Nuestra apelación a la Armada es perentoria y urgente, pero, en nuestra ignorancia, no nos damos cuenta de que el apresamiento es, frecuentemente, un acto de caritativa generosidad: lo que hubiera sido procedente, en muchísimos casos, es el cañoneo e inmediato hundimiento de un barco que, más que pesquero, es pirata.

Otro día iremos a las culpas del asunto, que tampoco están siempre en las tripulaciones.

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Y hasta aquí llega esta paella de último jueves del año. El próximo ya será en 3 de enero, de 2008, claro está, y tendremos encima a los Reyes comprobando si nos portamos bien tras haber fisgado concienzudamente la traza de nuestras IP de todo el año.

La mayoría de nosotros -no todos, pero sí la mayoría- tenermos, reales o virtuales, dos cierres de año: uno es el de inmediatamente antes de las vacaciones estivales, que suponen, verdaderamente, un antes y un después en el curso de nuestra actividad laboral, académica y quizá vital; en septiembre, de alguna manera, siempre empieza algo que no es exactamente lo mismo que terminó en julio; y el otro es ahora, con el año solar, el cual imagino que pasaría desapercibido de no estar clavado como un remache en la justa mitad de las fiestas locas estas.

De cualquier modo, no hay momento malo ni pretexto pequeño para agradeceros a todos vosotros vuestra atención, el privilegio que me otorgáis teniendo esta página como uno de vuestros centros de interés, la infinita paciencia con que leéis estos larguísimos e inacabables rollos que escribo. Y que, encima, muchos invertís valioso tiempo comentando. Y, además -eso ya es un auténtico lujo-, elogiosamente, en general. No tengo capacidad de agradecimiento suficiente para todo ello.

La única manera que se me ocurre para corresponderos es reafirmar la promesa de que «El Incordio» seguirá ahí casi cada día y las paellas seguirán siendo el plato de todos los jueves, con alguna aislada excepción por la que nunca me cansaré de pediros disculpas, y con algún retraso asimismo ocasional por el que también me permito abusar de vosotros requiriendo vuestra indulgencia.

Deseo que 2008 sea un gran año para todos vosotros, un año, parafraseando a Kavafis y a su Ítaca, pleno de venturas, de experiencias, rico en conocimiento y sabiduría, un hito hermoso en un viaje apasionante.

Con este mi fuerte abrazo.

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