Atentados

Me satisface, como funcionario, la noticia de que una agresión a un dentista en un centro de asistencia primaria se ha considerado como delito de atentado, entendiendo el Tribunal Supremo que la palabra «autoridad» -que caracteriza una agresión como atentado- no viene referida exclusivamente a aquellos que tienen mando o ejercen jurisdicción sino también a los funcionarios públicos por su vínculo con la Administración pública por una relación de servicios profesionales y retribuidos. Quizá eso ayude un poco a los compañeros que prestan sus servicios -aunque no sean propiamente asistenciales- en la atención al público, que tiene fama entre nosotros de ser la dedicación más ingrata del funcionario.

Concretamente, los profesionales sanitarios, médicos, enfermeras, auxiliares clínicos o geriátricos y demás, venían teniendo en los últimos tiempos un especial problema con esto de las agresiones físicas y cabe esperar que esta sentencia del Supremo y la divulgación que se le está dando, palíe un poco esta situación lamentable.

Pero dicho todo esto, esta sentencia, cuyos efectos paliativos he enunciado como un deseo, no será suficiente. No lo será porque no ataca a la raíz del mal y la raíz del mal está en la exasperación del usuario de los servicios públicos por la deficiencia en la prestación de los mismos y, especialmente, de los sanitarios. Cuando un señor lleva tres horas esperando a que su hijo, con un brazo roto, sea atendido en un centro sanitario, es comprensible -no justificable, por supuesto- que llevado de su justa exasperación le atice una leche al primer pijama blanco o verde que le pasa por delante, porque este señor no sabe -aunque debería, por cierto- que el del pijama va con la lengua fuera desde que entra a trabajar hasta que termina su turno (generalmente, bastante rato después de su hora oficial de fin de la guardia) y que esto pasa, por tanto, no porque el señor de verde sea negligente -no suele serlo, en absoluto- sino porque negligente hijo de la gran puta lo es un cabrón con corbata cuya ciencia empresarial reside en recortar el capítulo 1 -el de los sueldos- aunque con ello reduzca a escombros la calidad del servicio (prestando con ello un buen ídem a sus amiguitos de la sanidad privada) y que se busquen la vida los trabajadores supervivientes: que trabajen más (y en peores condiciones) durante más horas (gratis) y, encima, reciban injustificables hostias fruto de justificadísimos cabreos.

A esos mamones de la corbatita es a los que habría que patear los huevos hasta que no se les vieran de puro negro.

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Comentarios

  • Celu  El 29/12/2007 a las .

    Hola Javier 🙂 Me encantan tus rujidos.

  • pululante  El 29/12/2007 a las .

    Hombre Javier, seamos justos. Hay unos cuantos funcionarios que trabajan bien y cumplen con su quehacer. Pero también has de reconocer que hay otros cuantos que hacen de su capa un sayo, no dan ni palo al agua, y les da igual que haya 10 ciudadanos esperando a ser atendidos que la hora del café (y digo hora de 60 minutos) y del periódico es sagrada.

    Generalizar es injusto, pero seguro que conoces muchos casos de lamentable ejemplo. A mí me han contado casos sangrantes, y lo peor, es que no hay forma de meterles mano ni echarles como sería lo normal con alguien que no cumple su trabajo.

    Sobre los sueldos… sí, son bajos y todo el mundo nos quejamos de nuestro sueldo. Pero no veo a casi ningún funcionario abandonar su plaza para buscar algo mejor pagado fuera, así que no se debe de estar tan mal a pesar del sueldo ¿no crees?

    Ya digo, sin ánimo de generalizar, pero quería poner el contrapunto a tanta alabanza por el trabajo del funcionario.

    Saludos, y ¡¡¡FELIZ 2008!!!

  • Javier Cuchí  El 29/12/2007 a las .

    Reconozco, reconozco. Yo mismo he vivido hasta hace pocos meses un caso verdaderamente recalcitrante, sangrante e indignante.

    Pero:

    1. No es tan infrecuente como crees que un funcionario se vaya al sector privado. En algunas épocas -aunque ahora hace tiempo que no- he visto verdaderas epidemias.

    2. Las incompetencias funcionariales -que las hay- no son privativas del sector público: en la empresa privada también abundan. Se dirá: no tanto. Quizá no tanto, aunque hay ámbitos en los que encontrar a un profesional que trabaje bien es raro: servicios de asistencia técnica, atención al cliente, etc.

    3. Cuando se habla de funcionarios, se suele pensar en los funcionarios burocráticos, los de oficina, digna corporación de la que yo formo parte, pero suele olvidarse -y ahí estaba el quid de la entrada que comentamos- que igualmente funcionarios son los maestros y los sanitarios (en la pública), los bomberos, los policías, y otros profesionales de lo que podríamos llamar ejercicio directamente aplicable al usuario.

    Hay una imagen muy anticuada de lo que es la función pública (supongo que, principalmente, por nuestra propia culpa) y se digiere mal nuestro anclaje al empleo. Pero el día que no haya funcionarios sino sucedáneos con contrato temporal (de lo que ya vamos en franco camino con la privatización de servicios públicos: los funcionarios lo somos a extinguir) la ciudadanía nos va a echar de menos de veras, cuando descubra la cantidad de mierda que filtramos y vea que toda le llega a saco y en bruto. Pero entonces, claro, será tarde.

    Porque los funcionarios, a quienes resultamos incómodos de verdad es a los políticos.

    Aunque el lunes expresaré una felicitación general a mis siete u ocho, no obsta para que te desee ahora mismo un estupendo nuevo año.

    Un abrazo.

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