Escribir con pasamontañas

No me gusta el anonimato, las cosas como son, y creo que predico con el ejemplo: todo lo que escribo en mi bitácora, en los comentarios de otras, en mis mensajes de correo electrónico y en otras manifestaciones de expresión en la red, llevan sistemáticamente mi nombre y, como mínimo, mi primer apellido. Las poquísimas veces en que aparezco como un nick -generalmente en las mensajerías instantáneas- mi verdadera identidad está sólo a un pinchazo de ratón al alcance de cualquiera. Sólo oculto, obviamente, lo que pondría en peligro mi intimidad o, acaso incluso, mi seguridad, como, por ejemplo, las señas de mi domicilio o de mi trabajo… que imagino que tampoco resultarían tan difíciles de conseguir si alguien se empeñara seriamente en hacerme una cabronada. Pero de eso no está libre nadie por más que se oculte.

Responde esta actitud no tanto a un planteamiento ético -que también- sino a un cierto concepto de lo que podríamos llamar valor cívico. Hace unos pocos días, un compañero de trabajo me decía que soy muy imprudente con lo que escribo, que llamar al pan, pan, y al vino, vino, cuando se habla de cierta gente y de ciertas cosas, puede traer graves problemas. Le contesté que, en las guerras que se pierden, la primera derrota se produce en la batalla del miedo. Vivimos en una sociedad cagona y gallinácea, donde todo el mundo tiene miedo de prácticamente cualquier cosa (incluso de amenazas inexistentes que la gente se fabrica solita) y por ahí nos las dan todas. Y no es que yo no pase miedo o, siquiera, un poco de dentera: cuando releo algunas de las cosas que escribo, no puedo dejar de pensar que como tal hijo de puta se cabree o tal otra corporación de canallas monte en cólera por lo que he dicho, no tendré farol al que agarrarme; después pienso que soy muy poca cosa para que nadie me tenga en cuenta (porque si fuera lo contrario, el que no tendría farol sería el otro cabrón) y me quedo más tranquilo. De un modo u otro, si en los años 60 y 70 la gente hubiera sido tan ratonesca como lo es ahora y en vez de correr el riesgo -nada ficticio- de ir a parar a presidio, o que le molieran a palos en una comisaría, o ambas cosas, hubiera hecho como ahora, comprarse un 4×4 tan negro como el dinero con que se compró y pasar del vecino, aquí todavía estaría la Secretaría Nacional del Movimiento bandera al viento y con mando en plaza y España sería la Cuba o la China de Europa. Cosa que nos tendríamos más que merecida. Nada hay más despreciable que un gremio de cobardazos y eso es exactamente lo que es hoy la sociedad española.

Pero hay que matizar las cosas cuando hablamos del activista anónimo. El activista anónimo en red es como el guerrillero urbano que en un tumulto en el que vuelan los palos, los botes de humo y las balas de goma, se tapa la cara con un pañuelo o con un pasamontañas y/o se protege la azotea con un casco. Ese no es un cagón: si lo fuera, no estaría allí; su anonimato no responde a la cobardía sino a una medida de autoprotección. Es lo que pasa, por ejemplo, en Internet, cuando se les tocan las pelotas a los sinvergüenzas con mucho poder: mi actitud pasa, entonces, a ser una opción como cualquier otra, porque el cagueta no escribe bitácoras ni aparece por los foros (ni a cara abierta ni enmascarado), sino que, simplemente, se calla, deja que otros corran riesgos -con o sin pasamontañas- por intereses que él comparte y a esperar cómodo, calentito y seguro a que vengan los beneficios. Aunque sean pocos: total, son gratis. Y si no vienen, pues eso: no ha habido inversión en riesgo, luego da igual.

Alguna gente está cabreada con la red porque es demasiado libre, porque nadie (nadie afecto, por supuesto) la controla, porque no hay director o redactor jefe que retire un contenido cuando no es conveniente o cuando dice lo que no debe ser dicho, porque las encuestas que se manipulan en el papel o en la pantalla quedan en completa evidencia, porque las grandes campañas para promover sus propios intereses (que cuestan un dineral) las desmontan tres o cuatro matados escribiendo (¡y gratis!) en espacios en red que consiguen también gratis. Una dinámica de pelados, de perfectos descamisados… de pendejos electrónicos que están haciendo la nueva democracia digital (nunca dejaré de descojonarme de que esas expresiones le estallaran en la cara al Teddy).

Pero, claro, sucede que estos valientes que exigen a sus enemigos la cara descubierta suelen ser, a su vez, unos cobardes: cobardes porque no vacilan en usar todo su poder -desproporcionadamente mayor que el del otro- para tomar represalias contra el discrepante enmascarado; cobardes porque utilizan redes y recursos públicos para que terceros con recursos represivos procedan, en interés del cagón agredido, a la represalia en cuestión. Cobardes, en definitiva, porque el intento de taparle la boca a alguien es el máximo estadio de la cobardía y de la impotencia mental.

La última del intento desenmascarante proviene de una concejal gallega, una tal Diana Otero, de O Grove y del PP, que pretende que desde su partido se impulse una regulación que obligue a los editores de bitácoras a inscribirse en un registro. En palabras llanas: habría que escribir -si el gusto de esa señora llegara a ser realidad legal- con el DNI en la boca. Justito, justito, como en tiempos de Franquito. De derechas y gallega, no me sorprende nada. Precisamente según las gastan los caciques por aquellos pagos, se pretende que unos bloggers que hablan de O Grove y de Cambados funcionen con el nombre y los apellidos por delante. Claro. No sabe nada, la señora. Y a los dos días perderían el empleo, quizá la casa… vete a saber; o a los niños les harían bulling en el colegio. O algo aún peor que todo esto. Caciques y contrabandistas -narcotraficantes, más bien: aquello tan simpático del tabaco ahora es coca por quintales- configuran un panorama de perfecto abertzalismo con grelos.

No sé si tienen razón en lo que dicen ambos bitacoristas (bueno, en realidad, no sé si son dos o es uno o son diecisiete), no conozco la situación concreta de aquellos pagos (la general ya la he mencionado en el párrafo anterior) pero sé dos cosas: una, que aún con pasamontañas corren un riesgo. Sería suicida (quizá literalmente) si no fueran a cara tapada. Sabemos perfectamente las intenciones de quienes quieren el carnet de identidad en la boca: ya lo intentó antes Pedro Farré y ya sabemos quién es ese tío y de dónde sale. Y la otra cosa es que los cagones no se la juegan, ni con pasamontañas ni sin él.

Si estos dos (o uno, o diecisiete) no tienen razón, opóngaseles la propia; póngaseles verdes, si se quiere; denósteseles, tráteseles como calandrajos. Pero ojo con tapar bocas. Porque al que intenta tapar una boca, ante mí y, afortunadamente, aún ante muchísimos, se le caen todas las razones que pudiera tener, por más y mejores que fueren, y se convierte en algo que mejor no describo, ya que he puesto por ahí arriba algunos apellidos.

En todo caso, primero Farré y luego Otero (entre muchos otros que les precedieron y, desgraciadamente, muchos otros que les imitarán), ajo y agua.

O sea, a joderse y a aguantarse.

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Comentarios

  • Ryouga  On 28/01/2008 at .

    Esto me recuerda algo que me contaban de pequeño, no se si es cierto,pero llevo oído que en tiempos de la dictadura en carnaval estaba prohibido disfrazarse tapándose la cara ,pues “se podrían decir cosas en contra del régimen que a cara descubierta no se atreverían”.

    Me temo que esto debe ser comun a los pueblos gallegos donde los politicos no aceptan criticas estos ademas suele coincidir que tambien sean los empresarios que dan trabajo a la mayor parte del pueblo ,o estar relacionados con estes y se forma un ambiente caciquil en el que al critico poco mas que se le destierra.Conozco bastantes casos a un paisano se le ocurrio denunciar los vertidos ilegales que el empresario-señor feudal realizaba en la ria y ya nunca encontro trabajo en el pueblo sino que incluso no le dejaban entrar en algunos locales, vamos poco mas que un apestado, ennestos pequeños pueblos no te piden curriculum sino que te preguntan directamente de “parte de quien vienes” hacen muy bien en mantener su anonimato ,de haberlos conocido seguro que ya tendrian que hacer las maletas.
    Por cierto menudo careto el de la “señora” parece “que por no hacer nada bien ,ni mira derecho.”

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