La cultura se conquista

Cuando vemos las cifras de ventas de música y presenciamos estos derrumbamientos como los que de vez en cuando se publican, pensamos que las cifras están hinchadas. Y lo pensamos con razón, porque la industria del ocio es subvencionable si sabe montárselo camuflada como cultural, porque como industrial, nada de nada, la Unión Europea lo prohíbe. Si la Seat pone en la calle a seiscientos padres de familia de una tacada o Nissan hace lo propio con cuatrocientos cincuenta, hay un pequeño problema que tenemos que hacer ver que resolvemos hasta que hayan pasado las elecciones; si Bisbal o Víctor Belén venden seis mil discos menos, entonces esto es una catástrofe, la música se muere y la piratería va a acabar con la creación artística. De modo que usando sabiamente las lágrimas de cocodrilo es más que probable que se pueda arañar una buena pasta pública (canon aparte, que eso ya se da por descontado: ¡es el salario del autor!).

Pero habremos de reconocer que cuando el río suena, agua lleva. Si estos tíos dicen que las ventas de discos se han desplomado un veintinosécuántos por ciento, es probable que la realidad confirme que algo -poco o mucho- sí habrán bajado. Y ya sabemos que, en estas épocas de necesario crecimiento exponencial, que las ganancias crezcan menos (no que se gane menos: que el crecimiento de las ganancias sea inferior) ya parece que significa perder. Perder de verdad debe ser de suicidio. No en vano, un capitoste de la industria me quitó el sueño varias semanas al anunciar que «estamos despidiendo ejecutivos y esto es muy grave». Joder, tras el despido de ejecutivos, el diluvio.

Bueno, pues vale, es posible que algún sector del apropiacionismo, el más carca, el más retrógrado, el más apalancado, la esté cagando. Es lo que pasa con las tecnologías: hay quien las combate y hay quien hace surf sobre sus olas; éstos últimos suelen sobrevivir o, incluso, vivir mejor que antes; los otros cascan, como está mandado, en olor de melenas. Ha pasado toda la vida y con esto de la globalización, más aún. ¿O es que sólo iban a pagar el pato los de la Seat y los de la Nissan? Aquí hay leña para todos aunque, desgraciadamente, para unos más que para otros: seguro que no han puesto en la puta calle a seiscientos engominados de una sola tacada.

Pero al apropiacionismo, en general, le va viento en popa. Las nuevas tecnologías les están proporcionando -contra lo que ellos reconocerán jamás- unos ingresos bárbaros. Es más: en realidad, acaban de descubrir a la gallina de los huevos de oro. Habiéndose multiplicado -en número, capacidad y eficiencia- los canales a través de los cuales circula la información y los contenidos (porque no sólo es Internet: está la televisión con todos sus adminículos, formatos y sistemas, DVD, satélite, cable, TDT y la Biblia en pasta) se han multiplicado también sus canales de facturación. Las salas de cine cierran por docenas, los videoclubs la pifian por centenares, pero el cine está ingresando unos dinerales más grandes de los que jamás se osó soñar. La piratería (lo que ellos llaman piratería), digan lo que quieran no es, para los grandes, más que un inconveniente residual e inapreciable, aunque muy útil como excusa para ampliar y acerrojar más aún sus métodos apropiativos; las pocas libertades de uso de contenidos que existían hasta ahora, poco a poco se van perdiendo y estrechando: han terminado con el derecho de copia privada en muchos países y no cejan en el intento de eliminarla en todos; han terminado también con otros derechos, como el de cita; y así sucesivamente. Aunque sea sin ánimo de lucro y con fines didácticos, utilizar aunque sea una minúscula parte de un contenido sujeto a propiedad intelectual, puede costar un disgusto y, en todo caso, una pasta. La anécdota berroqueña del pago de derechos por silbar siete segundos de «La Internacional» en una película (esos siete segundos costaron mil euros y la película recaudó poco más de 500 en taquilla) es una buena ilustración de lo que está pasando y de lo que van a intentar que siga sucediendo.

Leía hace poco -creo que en la bitácora de David Bravo– que el intento de fotografiar (para usos domésticos, puro turismo) una escultura en Chicago, provoca la intervención de un agente de policía prohibiendo tal actividad si no se dispone de un permiso escrito (que se obtiene, por supuesto, previo pago). También la escultura que hay en Bruselas frente a la sede del Euratom (bueno, en todo caso, eso que llaman escultura) tiene propietario intelectual y que, por tanto, tampoco pueden tomarse imágenes gratuitas de ella. Eso me hace temer por la única arte que aún resta virgen de la porquería apropiacionista: la arquitectura. Pronto habrá que pagar también para o por fotografiar una fachada. Y recordemos el indignante y vergonzoso impuesto intelectual por el préstamo de libros en las bibliotecas, una actividad que, además, preexistía antes del nacimiento de todos los escritores, vivos o muertos, o sea que era un gaje del oficio perfectamente claro antes de emprenderlo.

En otras palabras: crece desmesuradamente la facturación por contenidos apropiativos clásicos y aumenta no menos desmesuradamente la aprehensión de contenidos hasta ahora libres, cuando menos de hecho o en determinadas condiciones. Aún más resumidamente: nuestros derechos cívicos estan retrocediendo a cada día que pasa.

¿Cómo podemos defendernos? Pues sólo de una manera: con uñas y dientes. Tenemos que incrementar la resistencia, generalizarla y extenderla, igual que hacen ellos, a todos los contenidos. Como digo siempre, hay que ir adelante con los boicots, hay grabarse en las meninges el «No con mi dinero», no hay que alimentar al que nos insulta, al que nos desprecia y al que nos roba.

Pero eso no va a ser suficiente porque pasará como en todo. Ha salido en la red una generación combativa, como en lo político y lo cívico nacieron generaciones combativas en los años 60 y 70. Pero nada nos asegura lo que vendrá después. Posiblemente pase igual que en el mundo presencial y lo más seguro es que cuando nosotros nos quememos, nos retiremos o, en definitiva, nos muramos, nuestros sucesores se queden con lo que hayamos ganado o sufran lo que hayamos perdido pero, en todo caso, ellos se dejarán arrebatar aún más que nosotros, porque parece que la gilipollez colectiva se incrementa a cada generación. Pero no por ello debemos dejar de luchar: al contrario, este es un buen motivo para luchar aún con mayor ahínco.

Sin embargo, decía, eso no va a ser suficiente: tenemos que crear -ya existe, aunque embrionario- un mercado paralelo a nuestra imagen y semejanza, tenemos que crear nuestro propio mundo de cultura libre. No es una utopía: el software libre nos ha enseñado que es perfectamente posible y nos ha enseñado cómo hacerlo. Algún día deberé hablar con más extensión de una dimensión del software libre que nunca, que yo sepa, ha sido analizada: el software libre ha demostrado -contra todos los postulados y teorías del mundo capitalista- que una comunidad funcionando en régimen totalmente desinteresado puede ser más competitiva, más innovadora, producir mejores productos y en mayor cantidad que el mundo de la empresa. No quiero extenderme ahora sobre eso: baste dejarlo apuntado. En todo caso, ahí está esta estupenda realidad para demostrarnos que lo que ha sido secularmente tachado de candidez irrealizable es perfectamente posible, viable y realista.

Tenemos la red llena de contenidos literarios disponibles en régimen de copyleft, y hay por ahí muchísima calidad; también va habiendo música igualmente disponible y las cantidades -como asimismo las calidades- van acrecentando su importancia. Tenemos que nutrir entre todos nosotros (escritores, articulistas, músicos, diseñadores…) una gran red llena de contenidos de ocio libres que compita con el mercado apropiacionista hasta lograr convertirnos en primera opción. Entonces (si hemos conseguido mantener vivo el copyleft tal como lo conocemos, que esa es otra) habremos salvado de verdad la cultura para nuestros hijos y para las demás generaciones.

Nada es gratis, amigos míos, en esto tienen razón los apropiacionistas. Pero ellos cuantifican el valor en dinero. Nuestro proyecto común de libertad no requiere dinero (al menos en este momento; pero cuando se requiera, llegará, como le ha llegado al software libre) sino esfuerzo, muchísimo esfuerzo de muchísimas personas, cada cual en la medida de sus disponibilidades, pero sin regatear un gramo de éstas.

¿Estás dispuesto a trabajar duro por una cultura libre?

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Comentarios

  • Celu  On 01/02/2008 at .

    Saludos señor Cuchi y demás lectores del incordio. En relación a la creación de una internet libre, en mi caso por ejemplo utilizo Firefox sobre ubuntu y tengo una carpeta en Marcadores llamada Libre, en la que guardo los enlaces a recursos libres como; http://www.127.es/ o http://www.cdlibre.org/index.html y algunos mas. En esta carpeta solo guardo los que se consideran, recursos libres. nada de uploads donde hay de todo. Aunque para el resto de enlaces dispersos en otras carpetas,lo que es libre o no, lo decido yo. Que no me vengan a decir que una novela de Dostoievski tiene aún derechos de autor. Porque si es así, no los respetaré, pues considero que ese hombre ya rentabilizó su trabajo y si su obra sobrevive a su muerte, entonces debe quedar como patrimonio de la humanidad.

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