Los rectos renglones

Sostengo una especie de relación de amor y odio con los razonamientos que habitualmente esgrime Daniel Rodríguez Herrera, redactor de «Libertad Digital» (y miembro estimable y estimado de la Asociación de Internautas), para proyectar en lo tecnológico su liberalismo económico a ultranza.

De amor porque, en lo estrictamente tecnológico, tenemos una imagen bastante similar del deber ser y porque, muy a mi pesar, ya que creo que el capitalismo es intrínsecamente injusto y generador de desigualdades -por la vía de no permitir a todo el mundo el acceso a las mismas oportunidades-, no puedo dejar de reconocer que, a fecha de hoy, es, grosso modo, un sistema menos deficiente que otros que ha habido -ya difuntos y no siempre gloriosamente-, dejando aparte teorías ciertamente atractivas -algunas de las cuales comparto, siquiera parcialmente- pero que están por demostrar y por experimentar (desde luego, con gaseosa, aunque no sé si en el ámbito económico es posible eso de experimentar con gaseosa). Es lo que dijo Churchill de la democracia, pero aplicado a esto de la pasta.

Y de odio porque, bueno, bien, dicho lo dicho y claudicado ante lo claudicado, lo que sí es inadmisible es el capitalismo a saco, la desregulación total, el cada cual para sí y Friedman con todos y a quien la bolsa de la dé, la escuela de Chicago se la bendiga. Nanay. A las injusticias del capitalismo hay que ponerles coto; como mínimo a las más básicas y sangrantes. Bueno, lo he dicho muchas veces: las tres patas del estado del bienestar (educación, sanidad y sistema público de garantías económicas, que serían, a su vez, tres: jubilación, desempleo y asistencia social), la barrera antimonopolio y el acceso universal a las infraestructuras básicas, garantizado todo ello por el Estado empleando su poder normativo e incluso, si llega a ser necesario, su intervención directa (en las «tres patas», insoslayablemente, por supuesto).

Este amor y este odio se ven hoy directamente enfrentados en un sólo objeto intelectual de Daniel: su artículo de esta semana, en el que arremete contra la intención de la por tantas razones mediocre comisaria Reding de imponer un sistema de tarifas máximas a los SMS y el servicio de datos por telefonía móvil en roaming, esto es, cuando el usuario europeo se halla en un país extranjero pero de la propia Unión. Coincido con Daniel en el ataque concreto -por dos de sus propias razones, además- pero estoy en desacuerdo en algunos de los principios generales que la sustentan.

Es verdad que la imposición de un sistema de tarifas máximas en los casos citados no beneficiaria al común de ciudadanos europeos sino solamente a una minoría usuaria, la de empresarios, minoría de la que, además, cabe dudar si repercutiría este beneficio en la mejora de sus propios precios y no en un mayor beneficio; es verdad, también, que, encima, esa medida aún podría perjudicar a los ciudadanos a los que teóricamente -que no en la realidad- se pretende proteger porque las compañías telefónicas repercutirían en los precios no tasados de otros productos o servicios -probablemente de uso generalizado- el detrimento de sus precios en roaming. Por este lado, de acuerdo: se trata de objeciones muy plausibles.

A partir de ahí, Daniel se lanza a la teoría general de la eficiencia del capitalismo para demostrar que la señora Reding la va a cagar y, bueno, yo no sé si finalmente la pifiará o no (más bien no: en todo caso, los que la pifiaremos seremos nosotros, el conjunto de peatones) pero lo que sí es cierto es que en el presente caso (y en muchísimos otros) los argumentos de eficiencia intrínseca del capitalismo no se sostienen.

En primer lugar, por lo comprobado: el capitalismo sufre crisis cíclicas -algunas de las cuales los neocon intentan explicar por la vía de la intervención pública, por más restringida que esté: «si no hubiera habido ninguna, esto no hubiera pasado», dicen, y es una falacia- y estas crisis cíclicas son la mejor muestra de su imperfección y de la necesidad de corregir por vía pública (o sea, estatal) sus carencias, distorsiones y excesos. En segundo lugar, por la situación de permanente y radical desigualdad que existe en el mundo, que es notorio y que es notorio que se debe, en buena parte, a los desmanes de ese capitalismo allá donde, por las buenas o comprando regímens políticos enteros, hace y desace a su miltoniano gusto sin limitación ni medida alguna.

Pero, en segundo lugar (y directamente aplicable a la cuestión) porque la concentración empresarial que se produce en algunos sectores (y en el caso de Europa es perfectamente aplicable al sector de las telecomunicaciones) convierte el mercado presuntamente libre en un oligopolio cercano al monopolio.

Lo cierto es que el mercado europeo de las telecomunicaciones no es en absoluto libre, porque está dominado, controlado y bloqueado por media docena -una docena, a todo estirar- de compañías que además, según todas las apariencias (pruebas, a mi humildísimo nivel, son imposibles de tener), se han repartido geográficamente el mercado a la exacta y misma usanza con que los capos de la mafia se reparten ciudades y ámbitos de negocio.

Ocurre, eso sí, que a la intervención pública -que, desde mi punto de vista es imprescindible, y más en estas circunstancias- hay que ponerle apellidos: eficiente y leal. O sea que tiene que ser una intervención pública verdaderamente inteligente, no un dar palos de ciego, y, más evidentemente aún, al servicio del interés general de la ciudadanía y no de un sector minoritario, en perjuicio, para más inri, de los demás.

La historia de «Yo, el lápiz» (tal como la explica Daniel, no he leído el ensayo) es muy instructiva y esclarecedora, pero parte de la base de que el fabricante de lápices va a poder elegir entre varios aserraderos y entre varios camioneros o compañías de ferrocarril para realizar el transporte de la madera hasta su fábrica. Entonces sí, estamos en un mercado libre y eficiente que cubre satisfactoriamente y al mejor precio una necesidad. Pero… ¿qué ocurre cuándo sólo hay un aserradero o, a lo sumo, dos o tres (que con una simple cenita de directores arreglan los precios en amor, compaña y coordinación)? ¿O una sola empresa de transportes? ¿Dónde está entonces la eficiencia del mercado libre, la efusión del capitalismo? En ninguna parte. Una de las taras del capitalismo reside, precisamente, en su tendencia al monopolio, tan inevitable como la ley de la gravedad. Por eso hace falta la intervención del Estado: para ponerle las peras al cuarto cuando se desmanda y hace trampa (el monopolio es un atentado flagrante a la regla de oro del juego capitalista: la libre concurrencia) por más sarpullidos que les salgan a los de la escuela de Chicago.

La medida que ha tomado la señora Reding estaría en perfecta consonancia con esa necesidad de intervención estatal cuando los monopolios o los oligopolios (que para el caso del consumidor son lo mismo) hacen lo que les da la gana. Pero la señora Reding ha olvidado los apellidos de ese derecho de intervención en los precios del mercado (de un mercado, como queda dicho, amañado) y eso es, precisamente, lo que descalifica esa medida.

Los renglones torcidos son una prerrogativa de Dios (en su caso). Los lápices han de escribir recto.

Y si se tuercen, ha de intervenir el guardia.

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Comentarios

  • Daniel Rodríguez Herrera  On 13/02/2008 at .

    La cuestión es que el mercado de las telecomunicaciones está restringido por la autoridad pública. El tradicional, por haber engullido el sector y convertido en un monopolio público (y la desnacionalización es un proceso muy difícil que nunca sale del todo bien). El de la telefonía móvil, porque el Estado limita el número de empresas del sector porque sí, otorgando licencias y levantando barreras de entrada artificiales. Cosa que he comentado en otros artículos.

    Por cierto, en cuanto a las patas de intervención del sector público que señalas, olvidas lo que tantos liberales decimos: que el Estado deba garantizarlas para quien menos tienen no significa que tenga que proporcionarlas él mismo, directamente. Yo creo que a largo plazo acabarían instrumentandose mecanismos libres (fundaciones, ONG, etc.) que proporcionarían esos servicios a quien no se los pueden permitir, pero concedo que eso sería a largo plazo y la gente ha de ser educada, curada, etc. en el corto. Bueno, nos lo pagamos quienes podemos y el Estado se lo paga a quienes no podemos permitirnos esos servicios básicos.

    Por cierto, que el ensayo es cortito. Anímate, tontorrón… 😛

  • Javier Cuchí  On 13/02/2008 at .

    Sobre el primer párrafo: es cierto y yo no te discuto que el mercado de las telecos habría de ser enteramente libre, garántizándose ese acceso universal al que yo hacía referencia. Pero de todas formas ha habido movimientos de concentración claros por parte de las empresas, no de los estados y el acuerdo sobre precios -tácito o expreso de tapadillo- está más que claro. Por tanto, mientras presionamos en pro de un mercado libre de las telecomunicaciones (libre, pero que garantice los derechos universales de acceso), hay que mantener el ojo puesto sobre esa gente. Pero sin hacer el burro, claro, como lo ha hecho la Reding.

    Sobre las patas del estado del bienestar, tú propugnas -es comprensible- el modelo americano, que se basa en la protección social en el nivel mismo de la beneficencia. Podría no ser malo, pero habríamos de estar en lo de siempre: habría que regular para el sector privado una carta de servicios mínimos a los que no pudieran oponerse (y habría de ser exigente en cuanto a la amplitud de esos servicios mínimos y en cuanto a su calidad, por cuanto el derecho a la salud es universal e igual para todos). Si dejas sola a la empresa privada, te puedes encontrar con que a la menor alteración en un análisis de sangre te pongan la póliza por las nubes o, redondamente, te la denieguen y eso habría que limitarlo a servicios mínimos obligatorios y a precios tasados para esos servicios mínimos. Ya se puede ver aquí y ahora mismo con los seguros de vida, cuya contratación es completamente libre: como tengas 40 años, la póliza te sale carísima; haz, además, un cuadro de hipertensión o de colesterol y adiós, muy buenas, nadie te asegura. A lo sumo, de accidentes.

    Eso en cuanto a la sanidad y en cuanto al sistema de pensiones. En lo de la educación veo mucho más crudo renunciar a un sector estatal, a una educación estrictamente pública. Es algo de lo que cualga demasiado el futuro de un país como para dejarlo en las exclusivas manos privadas; ni siquiera regulando los programas desde el Estado. Soy partidario de la libertad de enseñanza (mis propias hijas van a un colegio privado, o, hablando con más propiedad, concertado) pero creo absolutamente necesaria una enseñanza pública robusta y de calidad. En eso sí que soy muy beligerante, casi más que en lo otro.

    Finalmente: sí que tenía in mente echarle un vistazo al ensayo cuando tuviera un momento.

  • Ryouga  On 14/02/2008 at .

    En mi humilde opinión y desde mi poco conocimiento de estes temas(valorenla en base a esto),me sitúo en una posicion anticapitalista ,a mi parecer este sistema no solo crea desigualdades sino que esta basado en los peores instintos del ser humano, un sistema basado no en el bienestar de las perosnas sino en su codicia desmedida que no pone coto a la ya de por si tremenda ambicion humana ,que la premia no deneria ser nuestro ideal de una sociedad.
    El afan de poseer mas de lo que necesitamos aun a pesar de que el vecino se muera de hambre deberia de controlarse mediante leyes, por ejemplo limitando la riqueza que una persona pueda poseer.
    Esta sociedad fomenta el poder sobre los demas,la territorialidad,las desigualdades…somos una especie inteligente que ha creado un sistema basado en nuestros peores y ancestrales instintos, hubo un tiempo en que para sobrevivir debíamos hacer acopio de todo lo que pudiéramos, solo los mas fuertes sobrevivían ,pero hoy en dia deberíamos haber hallado un sistema mas justo, no importa que no salga bien a la primera ,elser humano aprende de sus errores, no deberiamos conformarnos con el sistema menos malo que conozcamos debemos de probar otros mas justos (no es eso lo que hacemos con nuestra lucha en contra del canon?).

    Mi teoría (perdón por extenderme tanto y disculpen mis extravagantes ideas,pero ,que demonios!,Internet esta para que todos podamos opinar)es que el hombre aun no ha logrado deshacerse de sus instintos primarios y aunque en teoría el sistema sea bueno, al aplicarlo ,los hombres lo corrompen,por eso quizas una solución futura (ciencia-ficción quizas)seria crear una maquina autonoma ,una inteligencia artificial que libre de los humanos instintos nos gobernara de una manera justa ,basandose en complejos algoritmos que distribuyeran la riqueza equitativamente y si ambiciones humanas ese ser artificial no tendría afán de enriquecerse ni primos concejales de obras y podría llevarnos a una sociedad pacifica y prospera.El miedo a que las maquinas nos dominen pude que sea debido a que siendo insobornables, sin prejuicios ,amiguismos ni aceptando comisiones a los que tienen hoy en dia la sarten por el mango ,perderían su poder.
    Una maquina inteligente no nos llevaría a una guerra sino a algo que unos pocon temerían una sociedad tecno-comunista.

  • Guillermo  On 14/02/2008 at .

    Javier tiene razón cuando dice que el capitalismo tiende al monopolio,lo que anula la teoria liberal de la libre competencia y sus consecuencias benefactoras para los ciudadanos,(la mano invisible y demas zarandajas), y eso no garantiza ni de lejos la sanidad, la enseñanza,y las pensiones, desde el sector privado, pue este se basa en obtener beneficios cada vez mayores, sacrificandolo todo, menos sus ingresos.

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