Que no se enteran

En mi trabajo, el software libre es esa cosa rara que predica como un evangelista iluminado y un poco chalado el orate de Cuchí. Con tres o cuatro escasas excepciones -que, en su mayoría, no son funcionarios sino empleados laborales de una empresa pública- y mi jefe, que me aguanta periódicamente, el resto, cero patatero, tanto en las más altas cumbres del mando como en los más rasos estratos de la infantería oficinista. Y esa es una situación común en la administración pública de Catalunya, que nunca ha destacado por una formación informática muy acabada de sus empleados, casi siempre basada en los sempiternos cursillos de guor, exel y axes -generalmente de calidad nefasta- a cargo de empresas externas con certificación ISO «Nonmeneallo 17.842» y con profesores -por así llamarles- que me hacen añorar a aquel sargento chusquero que cuando yo era recluta nos explicaba orgulloso que los terminales telefónicos de campaña eran netamente españoles: «¿Veis? Aquí lo pone: General Eléctrica Española» y se quedaba el tío como si hubiese cagado. Pues hasta ese elemento hubiera podido dar lecciones a más de uno que va por ahí enseñando (ense… ¿qué?) cómo se marca un rango en una hoja de cálculo.

Con ese panorama, ya se comprende que hablar de Linux es como hablar, verdaderamente, en chino. Con el primer tripartito, el Pacte del Tinell establecía el uso de programas y estándares libres en las administraciones públicas y Oriol Ferran, en aquel entonces flamante secretario de Tecnología y Sociedad de la Información, se puso a ello con la santa intención de implantar el software libre en toda la administración pública catalana, con los resultados que ya son conocidos. Pero lo indicativo del asunto no es ni el intento -más bien tímido- ni su fracaso -más que cantado, según se planteó- sino que lo poco o mucho que se hiciera -o, más bien, se intentara- transcurrió entre el desconocimiento general de todo el funcionariado de la Generalitat y en los rarísimos casos donde llegó a saberse algo, el asunto pasó en medio de la indiferencia más absoluta.

Sin embargo, en el mundo real (TM, como dicen los de Microsiervos) el software libre va avanzando por las aguas del debate entre sus detractores y partidarios. El jueves pasado asistí a una mesa redonda en el Caixaforum en el que se debatía sobre si las empresas TIC se verían afectadas por la crisis que se avecina (si es que no está aquí ya) y en esa mesa redonda en la que debatían dos consultores, un profesor de cada una de las dos escuelas de negocios más importantes de Barcelona (ESADE e IESE), un ingeniero informático y un señor de Red.es que dio unos números muy graciosos, y allí se habló de open source como de la cosa más normal del mundo; a unos les gustaría más que a otros, pero se trató como un factor de eficiencia empresarial común y corriente, exactamente igual que de otros factores. Como lo que es, vamos, fuera de las administraciones públicas o, cuando menos, de la administración autonómica catalana.

A mí, estas cosas me vienen un poco como un balón de oxígeno porque, por más que en el entorno red el software libre sea algo archiconocido, luego bajo a lo que es mi mundo real laboral y me siento marciano. Hasta que descubro que mi mundo real es, verdaderamente, un mundo perfectamente irreal, un compartimento estanco, algo completamente impermeable a lo que está sucediendo ahí fuera. Algunos dirán que no sólo por el software libre y probablemente tendrán razón, pero en mi bitácora, si no es jueves, se habla de lo que se habla y nada más.

Leía ayer «La Pastilla Roja» (decididamente, sus autores sólo bloguean en fin de semana) y se hacía un comentario sobre el software libre y el mercado que trata de un asunto, la presunta trampa contra la libre competencia que supone el software libre, que es un tema que me interesa mucho y con el que yo ya me he encontrado algunas veces, sobre todo en las intervenciones por radio que he compartido con empresarios del software; incluso recordé una especialmente interesante en Radio Intereconomía, debe hacer cosa de un año, en que hablábamos de software libre dos pequeños empresarios productores -y vendedores- de su propio software ERP y yo.

En definitiva, el software libre ya no es una entelequia, ya no es una ilusión de un grupito de iluminados, ya no es una especie de cosa esotérica. El software libre es un factor empresarial más que puede ser concebido como un instrumento o como un ámbito de negocio, algo de lo que se puede ser cliente o proveedor en circunstancias de mercado completamente normales, corrientes y habituales. El software libre está aquí, lo está desde hace ya algún tiempo y ha echado raíces.

Donde el software libre se desconoce casi completamente es, precisamente, fuera del mercado: en algunas administraciones públicas -la catalana, para mi personal drama cuchara de palo en casa de herrero- y, curiosamente, en el mundo del asociacionismo (aparte, lógicamente, del activismo pro software libre). Recuerdo que hace cosa de dos o tres años tuvimos que darle un empujón a Greenpeace -al que fue receptiva, por cierto- y ahora, socio reciente, veo que ATTAC-Catalunya utiliza intensivamente formatos apropiativos en vez de formatos libres, lo que implica que sus sistemas son también apropiativos, es decir, Micro$oft. ¿Puede entenderse que un movimiento como ATTAC utilice sistemas apropiativos pudiendo disponer de sistemas libres tan fácilmente como tomándolos sin más? La única explicación que le veo es el desconocimiento: o bien desconocimiento de su existencia o bien desconocimiento de que sus inconvenientes o son leyendas negras o son fácilmente subsanables. Próximamante habrá una asamblea general y me propongo sacar a la palestra este tema, en la seguridad de que, cuando menos en apariencia -veremos qué ocurre en el fondo-, habrá una cierta receptividad.

No deja de ser muy curioso que un producto informático que tiene en su haber nada menos que la demostración palpable de que una comunidad -eso sí, masiva- trabajando sin ánimo de lucro puede crear un producto más eficiente, más elástico y más escalable que el de una potentísima empresa privada incentivada por beneficios cuantiosísimos y que, además, funciona en régimen de práctico monopolio. Pero estos fueron sus inicios: esta comunidad recibe ahora importantes auxilios económicos a través de las donaciones que muchas empresas, interesadas en que determinados desarrollos sigan adelante y continúen avanzando en su tecnología, están efectuando a las fundaciones que coordinan estos proyectos. Y es más: van surgiendo cada vez más empresas que producen software con licencias libres para desarrollar su propia carta de servicios a terceros, software que beneficia y mejora proyectos comunitarios y que se ve, a su vez, mejorado y beneficiado por los retornos de esos mismos proyectos comunitarios.

Lo que ya alguien ha llamado economía de la abundancia está sustituyendo en algunos campos el tradicional concepto de la economía de la escasez y lo está haciendo, en algunos casos, de forma decisiva. Y hablamos del software: también podría decirse esto de otros ámbitos del conocimiento, quizá del entero conocimiento.

Y hay quien no se está enterando.

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