La boina y la alpargata

Como mis siete u ocho feligreses habituales ya se imaginan, ayer no perdí el tiempo viendo a esos dos pájaros llevar adelante su comedia. Por mil razones: porque con ese nivelón con que el Señor les ha galardonado no me parece que tengan nada que aportar intelectualmente, porque el formato no puede ser más rígido (ergo más estúpido), porque, de todos modos, los papeles iban hoy a bajar abarrotados de las tonterías que [con toda seguridad] han dicho y, en definitiva, porque tomaduras de pelo, las justas. Ya tengo que aguantar bastantes por fuerza e imperio de la ley consagrada en el BOE.

Me he enterado de algunas cosas, no tanto por los papeles -que también procuro evitar, en la medida de lo posible, y sobre todo en casos como este- como por las listas de correo, y leo en ellas que dedicaron algunos segundos a decir imbecilidades sobre el canon. Que si el canon es patriótico y tú eres un faltón a genios oscarizados, que si yo sólo he faltado a los faltones que faltan a los ciudadanos… Nada, como decía aquel, pijaes y tontaes que no conducen a nada positivo. De lo que no hablaron -seguramente porque no tienen ni puta idea y sus asesores (si es que sus asesores la tienen) decidieron que eso no tocaba- fue del estado general de las tecnologías, la ciencia y la investigación en España.

Comentaba ayer en mi entrada de «correo ordinario» que el jueves pasado estuve en una mesa redonda en Caixaforum e hice alusión a alguna cosa que se dijo sobre el software libre (bueno, en fin, sobre el open source) que era, en definitiva, de lo que trataba la entrada. Pero el software libre no era el tema central de la mesa redonda sino en qué medida la previsible o ya presente crisis económica podría afectar a las empresas TIC; ése era el enunciado, pero de hecho, la cosa derivó rápidamente a la implantación de las TIC en el mundo empresarial español y ahí se quedó. Y realmente, aquello parecía una competición para ver quién pintaba el panorama de forma más deprimente (salvo para el señor de Red.es, que nos divirtió mucho con unas cifras de Blancanieves y los siete enanitos): el empresariado español puede contarse, según decían, pero también según es notorio, entre el más cutre y salchichero de Europa y de parte del extranjero extracomunitario en materia tecnológica.

Cuando estudiaba -bueno, o me explicaban- Derecho mercantil, aquel sapientísimo doctor Polo decía que a la actividad del comerciante la caracteriza el riesgo. Como imagino que la naturaleza, inexorable, ya se habrá llevado por delante al doctor Polo (no es que lo desee, para nada, pero se jubiló hace casi treinta años y, si vive, será prácticamente centenario) éste no habrá llegado a saber lo muy equivocado que estaba: lo que caracteriza al comerciante, en España, es el pelotazo, el jugar con las cartas marcadas o el consultar con pitonisas, porque arriesgar, lo que se dice arriesgar, aquí no arriesga ni el potito. Aquí nadie emprende un negocio hasta que otros, evidentemente extranjeros, han consolidado el modelo y éste ha acreditado su éxito; es aquello de que inventen ellos. Y precisamente el asunto de las tecnologías necesita de algo llamado «capital-riesgo», es decir, inversores osados que asuman riesgos más elevados que en proyectos más convencionales con la recompensa de una mayor remuneración de ese capital (puede que mucho mayor) si las cosas ruedan. Bien entendido, por supuesto, que ese riesgo no se hace a tontas y a locas y que está basado en cálculos muy finos y en estudios muy a fondo del proyecto que se va a financiar pero, con todo y eso, el riesgo sigue siendo mucho mayor que en otros negocios más clásicos. Imagino que la solución sería una diversificación en las inversiones de riesgo, pero ahora ya me estoy metiendo en veredas que no son mías y no quiero correr el riesgo de decir tonterías (al menos, a sabiendas).

Pero es que ya no se trata de producir tecnología y ciencia, sino de usar las ya existentes, aunque desgraciadamente no sean propias, como instrumento de negocio o, incluso, como parte misma del modelo de negocio. Y a eso, tampoco llegamos y de eso se dolían los cerebritos de la sesión del jueves. Ayer o anteayer leía que el comercio electrónico, pese al tirón que ha experimentado en el último año, necesitaría 23 para ponerse al nivel de la media europea. Pero es que, además, el comercio electrónico español es pobre también cualitativamente, porque consiste principalmente en la compra de billetes de avión, en la reserva de hoteles y en la adquisición de packs turísticos; y los pocos que nos atrevemos a comprar, lo hacemos con preferencia en establecimientos virtuales extranjeros (a mí, porque me obliga la $GAE, que los libros bien los compro aquí). Otro estudio, comparativo de diversos parámetros, establecía que la única página de comercio electrónico medianamente decente en términos de información y de comodidad para el eventual comprador es la de los grandes almacenes hegemónicos en este país y que las demás son como para tirarse de los pelos en cuanto a búsquedas (se ve que nuestros mercachifles -o la chusma de profesionales que contratan- son unos analfabetos indexando) y en cuando a sistemas de pago seguro. Suspendidos en materia de pago seguro en un país a cuyos ciudadanos, entre los políticos, los artistas y faranduleros de las entidades de gestión de derechos peseteros de autor y los [presuntos] periodistas incapaces de encontrar la puerta de salida del retrete, les han llenado la cabeza estúpidamente sobre los peligros de Internet (sin iluminarles precisamente sobre el principal: el uso masivo de Window$) ocultándoles las verdaderas dimensiones del peligro y como si no hubiera alternativas a éste. O sea que, entre comerciantes e industriales que -en el más moderno y osado de los casos- no conciben Internet más allá de un a modo de escaparate y para de contar, y ciudadanos que creen que cada vez que entran en la red es como si fueran a darse una vuelta por la isla Tortuga o por una especie de Barrio Chino peligrosísimo, apañados estamos.

Y con este panorama, con la industria (incluyendo la española) levantando el vuelo a países de los llamados emergentes, con todo Occidente que tiene claro como el agua que su futuro económico está en la producción científica y tecnológica, en el conocimiento, en suma, aquí aún vamos con el burro y el botijo y con el AVE volando entre socavones; hablando del AVE, es muy indicativo y emblemático el hecho de que, casi diecisiete años después de haber recorrido su primer kilómetro, aún no llegue a ninguna frontera.. El «milagro español» de los años 80, que, visto en la distancia, parece que sí, que levantó asombro en el mundo mundial y que, al parecer, fue bastante equiparable al emblemático «milagro» alemán de la postguerra, se nos está escapando de entre los dedos como arena fina y estamos volviendo a los tiempos del atraso, de la sobaquina, del olor a pies y del polvo en el pajar, gracias a un empresariado impresentable, a una clase política de verdadera vergüenza (eso mismo: un hatajo de sinvergüenzas), a un trabajador que pasa de formarse y de reciclarse (y no vale el pretexto de que el empresario no se preocupa de ello: cada cual ha de procurar para sí, en esta materia) y de una ciudadanía que ha perdido absolutamente su conciencia de tal. Quizá este último mal haya sido la causa de los otros; a mi modo de ver, es de una importancia radical y determinante.

Y esos dos botarates… debatiendo gilipolleces.

——————–

Actualización

¿Veis lo que decía? Un ejemplo más. Recién pescadito en «La Pastilla Roja». Y como este, la tira…

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Jordi  On 26/02/2008 at .

    Cometí el error de tragarme cinco minutos de ese bodrio insufrible: vaya par de lumbreras. Pero tenemos lo que nos merecemos.

  • Ángel Bacaicoa  On 26/02/2008 at .

    Sobre todo cuando hablaron de economía. Se notaba que lo recitaban de memoria. Fue suficiente para mí.

A %d blogueros les gusta esto: