Monthly Archives: marzo 2008

El gozo en el pozo

Rajoy ha nombrado portavoz del grupo parlamentario del PP en el Congreso a Soraya Sáenz de Santamaría en vez de a Esteban González Pons. El software libre pierde, pues -sin comerlo ni beberlo, por supuesto-, una estupenda oportunidad de tener a un buen amigo en uno de los más altos sitiales del estamento parlamentario.

Fue bonito mientras duró

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Números para un expolio

Está siendo muy comentado por toda la red el artículo que Ofelia Tejerina, responsable de la Oficina del Defensor del Internauta de la AI, publica en el boletín COMFIA-CCOO, en el que establece el cálculo de lo que las entidades gestoras de derechos peseteros de autor pueden llegar a recaudar en 2008, que establece en más de 225 millones de euros, y eso teniendo en cuenta que el cálculo ha sido realizado de forma muy conservadora y tirando por lo bajo. Por lo demás, las fuentes que utiliza Ofelia están perfectamente descritas en su artículo -que puede, pues, considerarse como muy documentado- y tienen la fiabilidad que emana de las cifras de los organismos públicos. Estos milloncitos, que parecen una fruslería, traducidos en pesetitas de las de antes, nos llevan a una cifra que nos dimensiona mejor las descomunales proporciones del negociazo este: más de 37.000 millones.

Señores: esto es un escándalo. Sin ir más allá de lo dicho en el párrafo anterior, esto es un escándalo. Y utilizo una palabra muy suave.

Pero es que, encima, hay que ir más allá de esas cifras porque si, en sí, constituyen un escándalo, su desglose hace que se terminen los adjetivos capaces de expresar la barbaridad que se está cometiendo. No cabe pues, con estas cifras, extrañarse de la defensa numantina que algunos hacen del canon, como tampoco haya que sorprenderse de que el amplísimo entorno cívico anticanon redoble sus esfuerzos prácticamente a cada día que pasa, en su oposición a esa brutalidad económica, política y social. Decía hace unas pocas semanas El Gran Wyoming -como distanciándose de un hipotético interés personal en su defensa del canon-, que él apenas veía más de cincuenta y pico euros -no recuerdo si anuales o mensuales- por tal concepto. Es posible que Wyoming vea apenas esa tan exigua cifra, pero está claro que alguien se está metiendo muchísima pasta en el bolsillo. Muchísima. Esto no es un chocolate del loro ni siquiera para algunos que obtienen muchos millones de sus ventas directas. Así se explican ilustres caras -faces- rodeándose un ojo con la ominosa «C» de «canon». Tampoco sorprende, estando en estas, que hace unos días se supiera que el tinglado de Luis Cobos (AIE, Artistas Intérpretes y Ejecutantes) andaba metiendo un montón de milloncitos en inversiones financieras poco acordes con la falta de ánimo de lucro que se supone que caracteriza a las entidades de gestión.

Como dije en esta misma bitácora hace también algunas semanas, entre sociedades de gestión, entidades de obras sociales y otras similares hierbas, hay que ver los garrotazos que el entorno sin ánimo de lucro nos propina a todos los ciudadanos; sí, a todos, porque cuando no es por uno, es por otro, y cuando no, lo es por todos, ninguno nos libramos de contribuir con nuestro bolsillo a esta plaga.

Pero volvamos al cálculo de Ofelia.

Según este cálculo, realizado tomando los Presupuestos Generales del Estado para 2006, la partida de capítulo 2 de gestos descrita y clasificada como Artículo 22. Concepto 220. Material de oficina. Subconcepto 02. Material informático no inventariable – Gastos de material para el normal funcionamiento de equipos informáticos, ofimáticos, transmisión y otros, tales como adquisición de disquetes, papel continuo, paquetes estándar de software, etc. ascendió a 400 millones de euros. Estimando como un 20 por 100 la repercusión del canon compensatorio por copia privada, llegamos a 80 millones de euros; pero, claro, eso sólo en lo que concierne a la Administración general del Estado y a la Seguridad Social: faltan los organismos autónomos y, sobre todo, las otras administraciones públicas, esto es, comunidades autónomas, diputaciones provinciales y ayuntamientos, cuyas partidas al respecto se hallan escondidas en las previsiones de transferencias corrientes, y no llegan a verse hasta que pasan a integrar el capítulo 2 del presupuesto de la administración concreta.

Lo grande es que la Ley de Propiedad Horizontal no otorga derecho de copia privada a las administraciones públicas, con lo que lo de pagar por nada va ya mucho más allá del lema activista anticanon para pasar a ser la descripción material y literal de una realidad perfectamente constatable. Lo mismo cabe decir de las empresas privadas, asimismo excluidas por la ley del derecho de copia privada.

Últimamente asistimos, además, al intento de considerar que las descargas desde redes de pares no constituyan un ejercicio del derecho de copia privada, reduciendo éste a la copia que se realiza desde el soporte original al soporte de otro aparato (reproductor de bolsillo o del automóvil) para disfrutar de ese contenido fuera del domicilio (lo que implica la pretensión -cuya desestimación da lugar al canon- de que para cada aparato habría que adquirir un soporte original) o a la copia que [prácticamente ya no] se realiza desde el original de un amigo o familiar a un soporte grabable para uso personal del copista. Desde esta perspectiva tan absurdamente restrictiva, los calificativos a los que se haría acreedor el canon y quienes lo promueven pasarían a ser ya irreproducibles.

En todo caso, que ochenta millones de euros de dinero público se regalen graciosamente a unas pocas entidades, a las que, por cierto, se ha dado un poder recaudatorio omnímodo del que ni siquiera goza la Agencia Tributaria, muchísimo más limitada en el ejercicio de sus competencias por las leyes y reglamentos que confieren al ciudadano seguridad jurídica frente a la potestad recaudatoria estatal.

Estamos, pues, inermes ante un expolio que se nos hace desde un doble vector: por un lado, nuestras compras particulares de material electrónico o digital, gravado con el canon en su práctica totalidad; por otro, el dinero público que se va por ese agujero nada casual y que ya hemos visto que, en crifras de 2006 es de 80 millones de euros (más de 13.000 millones de las viejas) sólo para la Administración general del Estado. Comparémoslo con un detalle: los rectores de las universidades españolas han establecido que, con la reforma del plan de Bolonia, el Estado deberá incrementar el gasto público por estudiante universitario y año en 10.000 euros; esto quiere decir que solamente con retroceder el importe del canon de los soportes de la Administración del Estado, éste podría asumir el coste anual de tan importante reforma académica para 1.300.000 8.000 alumnos. Nada menos y precisamente ahora, con la que está cayendo y lo que te rondaré, morena.

Hay que terminar con esto. Se mire por donde se mire, esta historia del canon es absolutamente insostenible y está claro que estas cifras deberán hacerse valer en Europa ahora que parece que se va a debatir este asunto, aunque, personalmente, no guardo un gran optimismo al respecto, pues solamente es en España donde la sociedad se ha movilizado contra este abuso tremendo y esperpéntico, aunque parece que se están notando conatos en otros países europeos; también parece posible que otros gobiernos hayan tomado buena nota -a la vista de los apuros ha pasado a Zapatero con este tema- de lo que puede llegar a ocurrir si sus sociedades de movilizaran como la española. Pero, en todo caso, está claro que hay que terminar con el canon.

Y hay que liquidarlo incondicionalmente. Nada de mantenerlo a la espera de hallar alternativas. Las alternativas no tenemos que buscarlas ni los ciudadanos ni nuestros gobiernos; que las busquen los interesados, que las propongan y que se les admitan solamente en la medida en que sean viables, justas y atinadas, es decir, que recaigan sobre quien deban recaer, y no sobre todos los ciudadanos de manera indiscriminada. Por lo demás, cada vez está más claro que el negocio de los contenidos de ocio se está reestructurando -qué remedio les queda- y también sus beneficiarios van reconociendo que la libre circulación de contenidos por la red favorece los negocios de nuevo planteamiento en vez de perjudicarlos, con lo que cada vez es más palmario lo que ya sabíamos: que la famosa remuneración compensatoria no compensa nada ni a nadie -y menos, desde luego, a los autores más necesitados- sino que es una enorme partida de libre disposición destinada a financiar el poder omnímodo de una especie de oligarquía instalada con pretensiones de perpetuidad en los órganos directivos de las sociedades de gestión.

Y es contra esto -aparte del expolio intrínseco- contra lo que estamos luchando todos los ciudadanos pero contra lo que deberían luchar, sobre todo y en primer lugar, los principales perjudicados (canon aparte) de esta situación: los propios autores, los socios de base, los artistas de infantería, a los cuales el canon no sólo no beneficia en nada sino que, encima, les supone sufrir la parte injustamente alícuota de un desprestigio y de un odio que se genera desde una sociedad rebotada contra un expolio que, como tal, es intrínsecamente injusto y encabronante. Algunos de esos autores ya van moviendo ficha y ya hemos sabido de tensiones internas y de rebeldías externas, pero se han de mojar muchos más todavía; confiemos en que lo visto hasta ahora sean solamente primeros pasos y que la rebelión se inflame y extienda bien pronto en el seno de todas las sociedades. Porque lo he dicho muchas veces: el abrazo, la reconciliación entre la ciudadanía y los creadores (los creadores de verdad, lo que trabajan como negros, no los habituales zánganos) es absolutamente necesario; muy difícil, a estas alturas y con lo podrida que está la situación, pero debe constituir una necesaria aspiración por parte de todos. Sin embargo, no será posible ni siquiera pensar en dar pasos firmes en este sentido si en estas entidades no se abren de par en par las ventanas de una verdadera democratización que lleve a la asunción de puestos directivos de las mismas a verdaderos representantes de su masa social, a verdaderos representantes del común de los artistas y no de las exiguas pero excelentemente pagadas minorías de la primera división comercial.

Hasta entonces y sic stantibus rebus, no hay otro camino que el de la guerra.

Por la boca muere el pez

El tío ese, el Carlos López, presidente de Sony-BMG España, parece muy aficionado a preguntar por la pasta de los demás; quizá haría mejor preguntando a sus jefes de dónde sale la suya, porque parece que su preciosa marca, tradicionalmente tan exigente con su propiedad intelectual, resulta algo proclive a reducir gastos a costa de la de otros. Así se desprende de una información de Satellite Catv News a la que llego vía Carlosues.

Ay, ay, ay, esa boquita de piñón, Carlitos…

¡Que nadie lo piratee!

Leo ahora mismo la noticia de que al compositor Sabino Méndez le han sustraído de su coche dos ordenadores portátiles que contenían material diverso. Hombre, el expoliado no tiene jamás la culpa de que le roben, hasta ahí podríamos llegar, pero no deja de ser imprudente dejar en un coche aparcado dos portátiles que contienen nada menos que copias de las canciones del próximo disco de Loquillo y unas notas importantes para el libro que estaba escribiendo. Por supuesto, de las canciones existe copia, pero, por el lamento de Méndez –como puede leerse aquí– parece que de las notas para el libro no. Lo siento, sinceramente y ojalá las recupere.

Dicho esto, creo que tenemos ahora una gran oportunidad de dar una lección a cierta gentuza. Como sabéis -y a los que no lo sepáis, os lo digo ahora- uno de los derechos del autor -de los derechos de verdad, nada de propiedades– es el de divulgar o no su obra. Por tanto, nadie tiene derecho alguno a divulgarla en tanto el autor no lo haya hecho. Que estas canciones llegaran a correr por la red antes de publicarse, sí que sería piratería, piratería de verdad, piratería asquerosa.

La lección que podemos dar a los tales que todos sabemos es, precisamente esa: no piratear. Ignorar esas obras. No comprarla en ninguna manta. No bajarlas de redes de pares. Ignorarlas hasta que el disco se publique.

Sé que esta bitacorita es una minúscula gota en un vasto océano, pero me gustaría que esta iniciativa se multiplicara. No me citéis si no queréis. Pero rebotad la consigna por todas partes: Que nadie piratee ese disco. Vamos a darles un buen bofetón a los que nos injurian, a los que nos calumnian, a los que nos llaman ladrones. Dejémosles en evidencia.

Con el culo al aire.

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Nota: pongo esta entrada de «El Incordio» en el dominio público. Puede ser reproducida sin restricción ni condición alguna.

Bus y agua

En Barcelona llevamos varias semanas -creo que puede hablarse ya apropiadamente de meses- con huelgas intermitentes de conductores de autobús. Empezaron dos días por aquí, un día por allá, y luego la fijaron indefinidamente todos los jueves, excepto la semana previa a las últimas elecciones, que la hicieron enterita.

Para el común de la ciudadanía es una huelga molesta, pero no encabronante. A mí me fastidia mucho el metro, pero un día a la semana puede sufrirse; peor lo tienen otros ciudadanos que sí necesitan imperiosamente el autobús por falta de otro medio de transporte y para ellos sí que esto es un grave inconveniente. No son mayoría, pero tampoco son cuatro y el cabo. Para ellos, los servicios mínimos se han incrementado: tienen autobús -poco, muy poco (25% del servicio), pero tienen- todo el día, mientras que el resto de los ciudadanos tenemos el 50% solamente en horas punta y el resto de la jornada, cero patatero. Pero ya digo que, habiendo metro, se sobrelleva.

Con todo, no está resultando una huelga muy impopular; siempre hay quien se rebota -con su razón, cuidado- pero, en general, los ciudadanos la estamos sufriendo con mucha comprensión hacia los conductores. La merecen.

¿Por qué tanta comprensión?

Hay varias razones. En primer lugar, la de fondo: pretenden dos días de descanso semanal, como casi todos los trabajadores (aunque no todos, desgraciadamente). La compañía se los da, pero manteniendo el cómputo horario anual a costa de los descansos dentro de la jornada porque dice que el recorte horario que supondría darles los dos días de fiesta sin compensación horaria es inasumible económicamente.

En segundo lugar, que la compañía (Transports Municipals de Barcelona, TMB) tiene muy mala fama entre los ciudadanos; aunque no hubo el escandalazo que sus gestores se tuvieron bien merecido, los barceloneses aún recordamos cómo hace cuatro años un trabajador fue miserablemente empujado al suicidio al ser despedido bajo la acusación -nunca probada- de haberse apropiado de recaudación por importe de… ¡un (1) euro y diez céntimos! Eso fue una marranada lacerante que aún tenemos muchos atravesada. Tal hazaña define perfectamente a una compañía y retrata con suma precisión la calaña de sus gestores y, por tanto, es lógico que las simpatías cívicas se inclinen por omisión a favor de quienes se les ponen enfrente.

En tercer lugar -y en concordancia con el talante acreditado en el punto anterior- la sistemática, falsaria y manipuladora criminalización que tanto el achuntamén como TMB llevan a cabo contra los conductores cada día de huelga, tratando ínfimos, aislados y escasísimos incidentes prácticamente como actos terroristas (lo que, de paso, les da pie para expedientar a media humanidad; ya veremos cómo acaba tanto expediente en los tribunales), cuando todos (todos) sabemos que los servicios mínimos se están cumpliendo ordenada y normalmente.

En cuarto lugar, un detalle que a muchos no nos pasa desapercibido: que toda esta lucha la están llevando a cabo -mediante procesos asamblearios– dos sindicatos (CGT y ACTUB) ajenos al pesebre y contra la oposición de los complacientes y pactistas CCOO y UGT, con lo cual queda el entero sistema como el gallo de Morón; toda la cuestión queda fuera de control y sin posibilidad de ser reconducida mediante… compensaciones. Qué quieres que te diga: aunque uno no tenga nada que ver con CGT ni con ACTUB (tampoco, obviamente, con los otros dos), la cosa no deja de caer simpática.

En quinto lugar, regresando al primero y por las razones segunda, tercera y cuarta, los directivos de TMB no tienen la menor credibilidad cuando hablan de que las reivindicaciones de los trabajadores son inasumibles económicamente; primero porque, efectivamente, no hay para tanto y, segundo, porque me da la impresión de que los únicos inasumibles económicamente que hay aquí son los propios directivos de TMB, incapaces de mantener el servicio en condiciones (si es que el servicio se presta habitualmente en condiciones, que de esto también habría mucho que hablar) sin incrementar anualmente las tarifas muy por encima del IPC, con lo que los precios del transporte urbano son cada vez más gravosos para los barceloneses (por supuesto, las reivindicaciones de los conductores servirán para justificar estos cafres incrementos durante los próximos quince años, anda que no van de listos los tíos estos…).

Y, en sexto lugar, porque conducir por una ciudad como Barcelona un mamotreto como un autobús es un ejercicio con un alto nivel de stress; como resulta que los conductores de autobús transportan mi pellejo y el de mi familia (o bien tenemos nuestro pellejo al lado de su mamotreto cuando circulamos en coche o a pie) me interesa que conduzcan en condiciones y, por tanto, exijo que tengan cuantos descansos sean necesarios, en términos diarios, semanales y anuales, porque son seres humanos y no máquinas, como algunos encorbatados de pelo engominado parecen creer, absortos en su propia incompetencia.

¿Quieren los del achuntamén y los de TMB más razones? Porque si buscamos, seguro que las encontramos. O sea que mi solidaridad y mi apoyo, como el de la mayoría de ciudadanos y usuarios, hacia estos trabajadores.

Fuerza, muchachos, y a no ceder.

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Padecemos en Catalunya una sequía de caballo, como no se recuerda desde la de los años cuarenta. Yo, desde luego, no recuerdo haber visto nunca los pantanos tan bajos y la situación, desde luego, es preocupante, sobre todo porque hay una conurbación de cinco millones de habitantes que precisa de un constante suministro masivo. Aparte de los otros dos millones y de una agricultura y una industria que tienen que ir tirando.

Se han arbitrado soluciones de emergencia: compra de agua a la desalinizadora de Almería, rehabilitación de pozos y acequias, previsión de reducir el agua embalsada al mínimo ambientalmente sostenible para la superviviencia de las especies (entre las que, no obstante, habrá gran mortandad) y no sé cuántas cosas más pero, así y todo, como no tengamos una primavera verdaderamente lluviosa -desde luego, más lluviosa de lo habitual- la cosa vendrá muy, pero que muy, dura al caer el otoño. Veremos en qué quedan las nieves que han caído en abundancia en los Pirineos durante los últimos días -hasta que llegue el deshielo no podrá evaluarse con precisión- pero aún los mejores pronósticos mantienen la necesidad perentoria de que en abril y mayo llueva mucho.

Como este panorama pinta bastos claramente, la Generalitat ha tirado por la calle de enmedio y ha preparado un trasvase desde el Segre hacia los embalses del Ter; un trasvase que, oficialmente, será transitorio y de relativamente poco caudal pero que se lleva planeando -ojo al dato- desde antes de las pasadas elecciones. Otros listos.

Como era de esperar se ha montado el pollo. Lo han montado valencianos y aragoneses, sobre todo los valencianos y aragoneses del PP, que estaban esperando como agua de mayo -vaya por Dios- una oportunidad así para ordenar la carga de caballería. O sea que para los catalanes sí, pero para nosotros no.

Tienen razón y no la tienen. La tienen en el estricto hecho: si se dijo «no» a la política de trasvases, se dijo «no» a la política de trasvases y punto. No la tienen en las proporciones: no son lo mismo los volúmenes (y su perpetuidad) del arrumbado PNH (Plan Hidrológico Nacional) del PP (que aún en las últimas elecciones levantó media cabeza y pudo costarles unos cuantos votos) que el volumen y la transitoriedad del trasvasillo del Segre. Y, como siempre, en el asunto asoma lo que asoma, pero dejémoslo hoy, porque no es este el eje de lo que quiero tratar.

Realmente la solución es mala y no debiera acudirse a ella. La primera razón es, desde mi punto de vista, de cajón, y la he expuesto muchas veces: el agua pertenece a un territorio, no a una demarcación administrativa. Catalunya no tiene agua ni la deja de tener: tiene agua la Catalunya que tiene agua y el resto no. A Aragón, Valencia y la Cochinchina les es aplicable el mismo principio. Por tanto, trasvases, los justos y, si puede ser, ninguno. Esto de la solidaridad del agua y que los que más tienen deben dar su excedente a los que menos, es un principio viciado. El que tiene agua puede permitirse una economía -industrial, agraria- basada en esa disponibilidad y el que no la tiene debe basar su economía en otras disponibilidades, pero crear huertas y urbanizaciones en secarrales para, a continuación, exigir que traigan agua de las Quimbambas (con independencia de que a las Quimbambas les sobre, les falte o la tengan justa) es una solemne idiotez o -más generalmente- algo peor que apesta a corrupción.

La segunda razón es que ahora se va a marranear en el Segre mientras que -por putas razones de geografía electoral- se ha permitido que la agricultura, y especialmente la agricultura leridana, dilapide agua a canales llenos. Lo que, por cierto, es un problema nacional, no sólo catalán o leridano: la eficiencia de los sistemas de riego en el común de España es de asco, muy por debajo del de países mucho más húmedos y que tienen agua de sobra (si tal puede decirse). Por tanto, uno diría que lo razonable es obligar a los payeses a racionalizar sus riegos y a cobrarles el agua a su precio (porque en los precios políticos está la madre del desperdicio).

Abundando por ese lado, por el lado del dispendio, noto que no se habla de los campos de golf y del coste en agua de un turismo de masas que cabe preguntarse si resulta rentable a la vista de ese coste cuyo montante económico está claro que no se ha evaluado bien ni se ha repartido con justicia: el agua la pagamos todos, pero del consumo brutal de agua que supone una masa ingente de turistas beneficia exclusivamente al sector hotelero. Sin tantos turistas, quizá tendríamos agua suficiente, incluso en épocas como ésta, dejando en paz al Segre. Los campos de golf, son, en medio de este panorama, el chocolate del loro (dirán que se riegan con agua no de boca, aunque eso no se lo cree nadie) pero son un símbolo; un símbolo que, localmente, puede tener su importancia, ojo, que en más de un pueblo tendrán que ir con la garrafa a tomar agua del camión-aljibe mientras dos o tres kilómetros más allá, en el puto campo de golf, los aspersores están todo el día a toda máquina.

En el gimnasio -concesión municipal, nada de pijería- al que voy a nadar todos los días, están muy preocupados porque si la sequía no se arregla, puede que tengan que llegar a cerrar la piscina y a racionar las duchas; si esto llega a suceder, lo sufriré con todo el estoicismo de que sea capaz: si no hay agua, no hay agua. Pero no pienso quedarme calladito viéndome privado de un servicio que necesito como apoyo para el mantenimiento de mi salud mientras los hoteles de cinco estrellas llenan sus piscinas a gusto y ganas de la grasuza guiri.

Los únicos que, según parece -y al decir de los propios políticos- nos hemos comportado, somos los urbanitas de a pie, que hemos sido aplicados y razonables con el grifo (aunque nuestro ahorro no se ha visto reflejado en las facturas, por cierto…). Mientras tanto, en la agricultura y en la hostelería (y subsector adjunto del ocio) la casa es potente y no repara en gastos. Va siendo hora, pues, de que otros vayan aprendiendo a cerrar el grifo y la forma de que lo hagan es que el coste del agua sea una partida importante en el flujo de la caja registradora.

No vamos a pagar siempre los mismos.

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De nuevo -y ya van unas cuantas semanas- debo constreñirme a dos únicos temas si no quiero que la paella salga inacabable. A mis bravos más halagadores ya les gustaría, imagino, pero tampoco es eso, de manera que, por hoy, lo dejamos aquí.

La próxima semana, primer jueves de abril. Esperemos que sea verdad aquello de las aguas mil porque -bueno, ya lo habéis visto- en la tierra de la barretina andamos muy jodidos en esta materia. Pero las paellas continuarán a pie firme sin temor a la deshidratación.

Mientras tanto, entre jueves y jueves, «El Incordio» seguirá trabajando, porque materia hay para parar un tren y el apropiacionismo nos tiene con un pie en la comedia y con otro en el drama, en este surrealista teatro en el que algunos intentan vivir del cuento y otros, los más, intentamos no mantener a vagos que, encima, nos insultan.

Es la guerra.

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