El atraco cultural

Muy interesante el artículo de Daniel Boza publicado en «Rebelión.Org» al que llego desde Hispamp3 sobre por qué el conocimiento es libre y por qué el que se lo apropia es un ladrón (que, encima, tiene el morro de llamar ladrones a los demás).

Lo explica desde dos puntos de vista: desde lo que es la esencia del conocimiento y su comunicación y transmisión generacional y desde lo que es la organización social dedicada a la producción (yo prefiero decir «evolución») del conocimiento. No son puntos de vista nuevos, ni juntos ni por separado, ni es una explicación que aporte nuevos datos o nuevas ideas a lo que ya sabemos los que llevamos algunos años batallando en este ámbito, pero es una explicación que, además de muy plausible, es extremadamente sencilla y clara, lo que la convierte en un buen instrumento para la pedagogía del conocimiento libre.

Hace mención, además, de algunos datos que, personalmente, siempre me han cabreado, como son los que versan sobre la cantidad de obras blindadas por el copyright y descatalogadas, es decir, fuera de la circulación comercial y, por tanto, de muy difícil acceso o virtualmente inaccesibles. Esto es tremendo. Boza hace referencia a unas cifras del año 1930, en que se publicaron en los Estados Unidos 10.027 libros (es decir, títulos), de los cuales sólo 174 siguen siendo reeditados. Todo este caudal está acerrojado por el maldito copyright y sólo una parte del mismo estará disponible, de manera muy dispersa, en centenares de bibliotecas. Por supuesto, cualquier intento -como el de Google- de digtalizar esas obras y universalizar su diivulgación a un coste nimio, chocará con la oposición frontal -y judicial- de los editores, en un inmenso e inaudito ejercicio de perro del hortelano.

Daniel proyecta el drama de este simple ejemplo en la producción científica que pueden encerrar estas diez mil y pico de obras y que quedará por siempre jamás -si no reventamos este sistema- en el olvido. Precisamente -Boza se hace eco de ello, pero es un problema que ya empieza a ser antiguo- las restricciones que el copyright impone incluso en Internet para el acceso a los contenidos de las publicaciones científicas, está causando graves problemas a la comunidad investigadora.

El copyright -que no le quepa a nadie la menor duda- es la sinvergüencería más grande a la que se está enfrentando ahora mismo la cultura (la mayor cabronada de todos los tiempos en esta materia, incluso en el absoluto) y está dificultando el camino del avance técnico y científico. Lo grande es que, encima, hay que oir a los sumos pontífices del apropiacionismo intelectual decir que sin el copyright, sin el incentivo económico, el arte, la ciencia, el conocimiento, se acaban.

Mienten. Mienten como bellacos.

Mienten porque el copyright es un invento relativamente reciente: en sus primerísimas manifestaciones, que no tienen apenas nada que ver -ni en lo práctico ni en la primitiva intención con que fue puesto en marcha- con lo que hay ahora, no tiene más allá de quinientos años. Que me vengan a decir ahora unos cuantos mangantes que hasta hace quinientos años no hubo música, no hubo pintura, no hubo literatura, ni escultura, ni ciencia ni filosofía… Que me digan esos farsantes que hasta hace quinientos años no hubo artistas ni científicos, no hubo intelectuales que vivieran de su creación. Que me digan que se pasó de la caverna al copyright en quince segundos.

Pero la demostración de que mienten no precisa recurrir al elemento histórico -con ser más que válido y perfectamente ilustrativo-, basta con ver la red actualmente, basta con darse cuenta de que tan ancho sea el cauce para la creatividad tan pronto se llena de ella circulando en volúmenes enormes… y en su mayor parte libre, sin esperar retribución. ¿Dónde está la muerte de la creación si no hay incentivo económico? Al contrario: la mercantilización del conocimiento es el que lleva a su muerte tan pronto deja de ser rentable en términos de negocio privado (nunca deja de serlo en términos de progreso social y humano).

¡Incluso en valor empresarial! Hace unos días comentaba en esta misma bitácora cómo el software libre había reventado el axioma del lucro como motor del desarrollo (o, cuando menos, como motor único), al haber desarrollado una comunidad de muchísimos miles de profesionales y técnicos, por simple amor a un proyecto (ahí sí que se puede hablar de amor al arte con toda propiedad) un producto mejor y muchísimo más eficiente que el de una megaempresa abarrotada de recursos materiales (tanto, que se dirían inagotables); y que todavía hoy, coordinado a través de fundaciones y con aportaciones empresariales importantes, tanto en código como en dinero, el software libre sigue estando esencialmente basado en una comundad desinteresada y sigue realizando productos mucho mejores que los que son capaces de desarrollar las empresas.

Tenemos un problema grave con la globalización. No con la globalización como concepto general, que es un gran avance para el mundo entero, sino para la forma en que ha sido aprehendida por la felonía empresarial. Merced a la presión de las empresas sobre unos políticos a los que bien podría compararse con chimpancés si no fuera por el mayor cociente intelectual y la mayor integridad ética de los simios, éstas están dominando el presente y el futuro de sociedades enteras en todo el orbe mundial: se apropian de recursos o bienes que siempre han sido de todos (el agua, el medio ambiente…), se apropian del conocimiento y de la cultura ancestral no solamente en su provecho -que hasta ahí, hasta podría tolerarse- sino en su exclusivo y excluyente provecho y se apropian incluso de las instituciones promulgando en su unilateral interés no sólo el derecho sino también la moral.

La lucha por el conocimiento libre es mucho más y va muchísimo más allá de poder bajarnos música desde redes P2P o de quitarnos de encima a Micro$oft usando un mucho más eficiente y amable Linux: la lucha por el conocimiento libre (por recuperar la libertad y la titularidad común del conocimiento, cabe decir más apropiadamente) es la lucha por la libertad de la entera Humanidad, del derecho de todos los pueblos a progresar gracias a su propia evolución intelectual, de avanzar como siempre se ha avanzado: compartiendo; en muchos casos, significa la reconquista del derecho de muchos pueblos simplemente a progresar y a salir de la postración en que están sumidos no sólo por los recursos naturales y materiales que se les han expoliado (que se les están expoliando, de hecho) sino por el conocimiento y por la cultura que se les ha robado.

Ni más, ni menos.

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