De segundo, también paella

Nada hay rígido, no hay norma que no tenga su excepción. Y así como algunas veces la paella ha pinchado, en alguna otra, como en esta, la paella puede duplicarse y darnos un atracón. Por si la cosa necesita alguna justificación -que no la necesita- digamos que «El Incordio» y, por tanto, la paella de los jueves, van a vivir sus primeras elecciones generales.

En general, no se trata de unas elecciones especiales, en relación con otras: los mismos sinvergüenzas, los mismos embustes, la misma pretensión de sobornar al ciudadano (al ciudadano tonto del culo, porque es el único que traga con estas trolas)… nada nuevo bajo el sol. ¿O sí?

Yo creo que sí. Bueno, no ha habido cambios en lo esencial, pero creo que sí los ha habido en la escenificación. Los políticos siempre han sido unos tramposos y unos vendidos a los intereses de los otrora llamados poderes fácticos; y eso no es de ahora ni de hace unos pocos años: eso ha sucedido siempre. El nivel de poca vergüenza, de venalidad y de entrega a intereses espúreos fue tan importante en la corte de Alfonso X, como en el Directorio de Primo de Rivera, como en el gobierno de los radicales de Azaña o los cedistas de Gil Robles, como en cualquier gobierno franquista o como en cualquier partido y época del vigente régimen al que osan llamar democrático. La diferencia es que parece que ahora no necesitan esconderse. Antes, los incumplimientos se reinterpretaban y se excusaban; no fue mejor el Felipe González de los ochocientos mil puestos de trabajo o de la OTAN que, de entrada, no, que el Zapatero que iba a apoyar el estatuto que saliera del parlamento catalán o que no iba a negociar con ETA tras el atentado de la T-4. Lo de los ochocientos mil puestos de trabajo, cuando fue evidente, se intentó vestir con lo de netos y brutos y lo de la OTAN se disfrazó con lo de que no íbamos a estar en la estructura militar de la cosa. Joder, que no… Pero, aún constituyendo esas excusas puros y nuevos engaños, es decir, estrictamente, agravantes del engaño originario, subyacía tras ellas una cierta vergüenza siquiera escénica que se deducía de la necesidad misma de tramar esa excusa por mala, vulgar y sobreengañosa que fuere.

Ahora no se molestan. No se molestan en disimular sus mentiras más evidentes, sus incumplimientos más flagrantes, sus timos más patentes: esto es lo que hay y, si os gusta, bien, y si no, que os den por el culo. Prácticamente, así de claro. Se dirá -se suele decir- que no se puede hablar de política metiendo el tema del canon siempre por delante; no voy, pues a hacerlo. No voy a hacerlo metiendo al canon como eje del debate político, pero sí como escenificación de lo que estoy diciendo. El día 20 de diciembre fue un día importante que muchos ciudadanos pudieron ver y que, de hecho, muchos constatamos: el dia 20 de diciembre, en el Congreso de los Diputados se consumó una estafa que, en sí, no fue -para nada- mayor que aquello de la OTAN o del plan de empleo juvenil que llevó a una huelga general que escoró para siempre el barco felipista, pese a que aún habría de navegar unos cuantos años, pero que sí batió récords de cinismo político, cuando contra la evidente exigencia de la mayoría de los ciudadanos, claramente expresada, se impuso a la trágala un canon sobre el que, además, no pocos votantes a favor y no pocos abstinentes -sabedores de que su abstención significaba, en lo práctico, un voto positivo- se habían hartado de decir que era un abuso, que era injusto y que debía ser suprimido.

Este cinismo superlativo no es más que una muestra del profundo desprecio que esa chusma siente hacia aquellos que pagan su sueldo, hacia aquellos que toleran y pagan el gasto de sus privilegios y de sus prebendas -no pocas veces superfluas y corruptas en sí mismas- mientras el pagano tiene que ganarse con su duro esfuerzo su vida cotidiana. En otras palabras: se están meando en nuestras caras mientras nosotros damos las gracias y preguntamos cuánto es. ¿Dicho de otra manera? Encima de putas, pagamos la cama. Lo gordo es que, encima, toda esa peña de corruptos, que otrora, por lo menos fueron grandes próceres, son hoy mindundis con niveles, ya no políticos sino, simplemente, culturales, deprimentes. Son la peña de pringados más infecta que puede encontrarse en esos niveles salariales y en niveles salariales muchísimo más bajos; no hay inútil tan bien pagado en toda España. No saben nada, no se enteran de nada, votan sin saber qué están votando (hemos visto numeritos de verdadera vergüenza al respecto), hablan de oídas, son alérgicos a la lectura, incluso a la lectura de la documentación de su propio oficio: todos sabemos que es inútil pretender que un diputado lea más de medio folio y los activistas de eso o de lo otro que pretendemos que atiendan a nuestras razones tenemos que hacer encaje de bolillos para embutir en apenas veinte o treinta líneas problemáticas a veces muy complejas, si queremos tener la menor esperanza de que siquiera lean el papel antes de echarlo al cesto; cuando les hacen entrevistas personales a la mayor gloria de lo buenos que son nuestros representantes, siempre se les pregunta qué libro están leyendo y siempre responden cualquier pijería elegante. Mienten. Sólo oyéndoles hablar, sólo leyendo lo que escriben (y eso cuando lo escriben ellos, que ya es raro, porque la mayoría es materialmente incapaz de hilar un sujeto, un verbo y un complemento), sabemos que esos analfabetos funcionales son absolutamente incapaces de leer incluso el editorial del periódico, que les tiene que resumir el asesor (de esos sí, de esos tienen batallones enteros… pagados por nosotros, claro está). Y esa chusma despreciable se atreve a escupirnos y a tratarnos como ratas. Precisamente esos lerdos.

Creo, y lo digo muy serenamente -aunque no lo parezca-, que los ciudadanos debemos reaccionar y pararles los pies muy en serio. Se hace necesaria una insurrección cívica. Una insurrección, por supuesto, pacífica y legal, pero algo enérgico que los ponga en su sitio. Hemos visto que la abstención y el voto en blanco no sirven: los reinterpretan a su manera o, simplemente, llevan a cabo la comedia de dolerse de sus cifras durante una semana, para luego relegar el tema al silencio y al olvido más ominoso; les da lo mismo el incremento que han experimentado en los diversos comicios más recientes. Mientras alguien emita el número de votos suficiente como para que ellos se repartan el botín.

Hemos de hacer algo que, realmente, haga que sientan su chollo en peligro. Y no sólo su chollo individual -que ese, además, no decae, solamente es cambiante: hoy en el gobierno, mañana en la oposición, pero siempre haciendo el indio chupando del bote. Hemos de conseguir que el sistema se tambalee; hemos de propugnar sistemas nuevos, democráticos, por supuesto, pero nuevos. Y no solamente las listas abiertas -que serían usadas en tal virtud por muy pocos ciudadanos- sino otras rupturas más profundas, como la circunscripción de diputado único (450 diputados, circunscripciones de 100.000 habitantes, que serían, además, fácilmente homogeneizables) que obligue a éste a dar la cara con su nombre y su apellido y su propia responsabilidad, no al resguardo de la repulsiva máquina del partido.

Tenemos que recuperar la política. Los ciudadanos no pasamos de la política, como los políticos venales pretenden hacernos creer; muy al contrario: al común de los ciudadanos nos apasiona la política, no hay más que ver la red, donde la opinión es libre e individual y donde no hay prácticamente nadie que no meta cuchara. A lo que sí somos completamente ajenos y pasotas los ciudadanos es a la mierda de los partidos, a sus puercas maniobras, a sus grandes maquinarias del timo y de la estafa. Hay que quitar poder a los partidos y dárselos a las personas; dar poder a las personas, pero con su contraparte de responsabilidad individual. Quiero hablar con mi diputado cuando necesite transmitir a mis representantes mis inquietudes o mis sugerencias, quiero felicitar a mi diputado cuando lo haga bien y quiero cagarme en la puta madre de mi diputado si osa traicionarme.

Mientras tanto… ¿qué hacer ahora, inmediatamente, el domingo?

Yo creo que el domingo tenemos que ir a votar y, si es posible en masa, para demostrarles que nos interesa la política. Pero que no menos en masa, debiéramos votar extraparlamentario, que constaten centenares de miles, millones, si es posible, de votos emitidos con evidente mala leche. Será la única manera de que perciban que su chollo corre peligro.

Tras las elecciones, en las que evidentemente ganará uno u otro pero tras las que nada cambiará, debemos mantener la beligerancia contra ellos: debemos boicotear sus iniciativas. Debemos hacer caso omiso de sus páginas web (eso es fácil: no valen una mierda), debemos hacer que se derrumbe la audiencia de las cadenas cuando hablen de política en clave de partidos y, sobre todo, cuando entrevisten a un gualdrapa de esos; debemos seguir generando opinión -y opinión destroyer– en la red… Ojo con la red: es nuestra arma por excelencia. Ahí somos los amos. Esos analfabetos no la dominan, no la entienden, no saben moverse por ella, no pueden controlar la opinión ni los debates: ahí les podemos causar un daño enorme porque ahí no tenemos el filtro de los medios de comunicación que ellos dominan o que les dominan a ellos (aún no tengo claro lo que hay). En todo caso, debemos mantener un estado de permanente tensión en el que se sientan incómodos, agredidos, apaleados, jodidos, descalzos e inermes.

Siempre había tenido muy claro lo que hay y lo que eran. Desde el 20-D tengo muy claro, además, más que nunca, que somos nosotros o ellos. Nosotros, los ciudadanos o ellos, sus pútridos intereses de lobbyes industriales, comerciales, culturales y demás, para los cuales no somos más que ovejas a las que esquilar, vacas a las que ordeñar y máquinas de trabajar cada día en peores condiciones.

Y en esta especie de guerra, no hay prisioneros: o matas o mueres.

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Comentarios

  • Ángel Bacaicoa  On 06/03/2008 at .

    ¡Muy bien Don Javier! Esta segunda parte le ha salido en su punto. Estoy adherido a su postura en medio de un montón de gente que prefiere discutir sobre el voto util. Yo tambien votaré EXTRA. Porque yo lo valgo.

  • Miguel Espinosa  On 06/03/2008 at .

    No puedo estar mas de acuerdo. Estamos cansados ya de ESTA política, no de la política. Yo personalmente, ya no me fío de ninguno de los dos principales. Y, Ángel, respecto a los que discuten sobre el voto útil, , creo que nunca, y ahora menos, ha sido, de verdad útil (bueno si, útil para ellos). Otro para el Extra 🙂

  • Monsignore  On 07/03/2008 at .

    Suscribo lo dicho por don Angel: Dame del pegao, que está más rico…

  • Guillermo  On 07/03/2008 at .

    Es gratificante comprobar que aún quedan personas que no están ciegas o aborregadas.
    Excelente Javier.

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