DRM RIP

Como es notorio para aquel que me haya leído siquiera una sola vez, odio profunda y africanamente todo aquello que huela, siquiera mínimamente, a propiedad intelectual. Pero, dentro de ese odio cerval, lo que más me revienta es que intenten prohibirme que mangonee en mis máquinas, en las que yo me compro con mi dinero. Mis máquinas son mías y hago con ellas lo que me sale de los cataplines; al fabricante, que le den por el culo con un paraguas vuelto del revés. Es como si el anterior propietario de mi vivienda intentara fiscalizar lo que hago yo con ella.

Mis hijas saben, por ejemplo, que mientras pague yo, no tendrán jamás un iPod ni, desde luego, un iPhone precisamente por eso, incluso dejando aparte el hecho de que el primero tiene estupendos sustitutos -y no digo, ojo, sucedáneos– y del segundo cabe decir lo propio, aparte de que sigo prefieriendo la fórmula «móvil + Palm» al smartphone. Ya sé que ambos dispositivos pueden ser crackeados y me congratulo de ello (ahora vamos a ese asunto, precisamente), pero no es esa la cuestión, porque aquellos que no saben ni entienden nada de cracks ni de andar haciendo chapucillas con las máquinas, también tienen perfecto derecho a ser dueños de las mismas.

Por ambas razones, en todo caso, es muy de celebrar el auto de la Sección Quinta de la Audiencia Provincial de Valencia que resuelve desestimatoriamente una apelación de Sony, Ubi Soft y Planeta Agostini -entre otras hierbas- contra el auto dictado por el Juzgado de Instrucción número 8 de Valencia, que imagino desestimatorio de una querella o de archivo de actuaciones abiertas a partir de una denuncia de la gentecilla precitada. La razón, según es de ver en el literal del auto, es que el chip crackeador (jolín con los palabros…) no estaba exclusivamente destinado a cargarse la protección de la videoconsola sino, además, a poder utilizar ésta para el manejo de fotografías, de juegos ajenos a la marca -en régimen de lícita tenencia- etcétera. Con ello, se cae el requisito penal que castiga el uso de chips crackeadores cuando éstos se destinan exclusivamente a cargarse la protección digital que impide que corran juegos no originales de la marca. En otras palabras y para entendernos: cuando el resultado prohibido por el código penal no es más que un efecto secundario de otros resultados que sí son lícitos por falta de tipificación, la conducta que conduce a ello se cae -se desploma, más bien- como delito.

Si toda la jurisdicción española -y, en su día, si llega a haber tal, el Tribunal Supremo- coinciden en esta tesis, cosa que es muy viable, porque las leyes penales deben interpretarse siempre restrictivamente y siempre en favor del reo (y esto, en Derecho, no es una teoría sino un axioma), adios, DRM, adiós. Bastará producir chips multifunción y que los apropiacionistas se busquen la vida para probar, caso por caso, que la función fundamental es otra, y eso si esa prueba fuera suficiente para destruir la exclusividad a que obliga el código para que el chip en cuestión sea instrumento delictivo, que también es discutible. De paso, también alejamos la posibilidad de que puedan verse ante un tribunal los desarrolladores y usuarios de programas Linux destinados a múltiples tareas audiovisuales, entre ellas -pero no fundamentalmente- la de comprimir en formato OGG o MP3 archivos de CD (pistas musicales convencionales) y que son capaces de saltarse los DRM simplemente porque los programadores de tales DRM no previeron la posibilidad de que los discos que acerrojaban se ejecutaran en tal sistema operativo.

Esto del DRM tiene, mirándolo en diagonal, mucha coña. Es el perfecto ejemplo de cómo no se le pueden poner puertas al campo y el campo es un sembrado de miles y más miles de crackers esperando a que salga un DRM nuevo para montar, implícita o explícitamente, una competición a ver quién se lo carga primero. Y hay récords acojonantes, en la materia. Cuánto dinero habrán tirado los apropiacionistas en el desarrollo de estos programillas, dinero convertido en escombros en cuestión de horas, es un misterio, hoy por hoy, pero algún día habrá estimaciones y nos reiremos a gusto.

Mientras tanto, el DRM es un cadáver, claramente. Alguna vez ha sido propuesto como una alternativa al canon, pero el canon no es un problema de alternativas sino de suprimirlo redondamente y, en todo caso, es otro problema: la propia $GAE y demás congéneres no se han mostrado nunca partidarios de este sistema como alternativa a nada (suponiendo que estuvieran dispuestos a estudiar cualquier alternativa a algo que les va tan ricamente, claro), pero aún no suponiéndoles la mala fe que he expresado entre paréntesis, que ya es no suponer, está claro que el DRM no aguanta el menor estudio como fórmula para proteger la propiedad intelectual. La sentencia que ha dado lugar a esta entrada acaba de remachar esa idea: si el DRM era inútil como tecnología, ahora lo es también jurídicamente y el párrafo del código penal destinado a tipificar como delito su crack acaba de convertirse en papel mojado. En papel mojado de pis.

Cabe, pues, esperar que, ante la imposibilidad material de que el DRM sea operativo, los fabricantes lo vayan desterrando de sus aparatos y de sus grabaciones, de modo que el ciudadano común pueda recuperar el dominio sobre sus máquinas o bien no necesite recurrir al hijo, al sobrino, al vecino o a cualquier otro modelo pringao how to para hacerse con el control de las mismas.

De paso, a ver si aprenden algunos que convertir el código penal en un émulo de la enciclopedia Espasa no sirve, en sí mismo para nada. El código penal no puede abolir la ley de la gravedad, no puede cepillarse las leyes de la física y, en definitiva, las de la naturaleza. Tampoco las de la red, que están estableciendo nuevos modos de relaciones sociales, que están, de alguna manera, subvirtiendo las normas de toda la vida, tanto las jurídicas como las morales (morales en su estricto sentido etimológico de mor, de costumbre). Puede gustar o no gustar, no entro en valoraciones. No entro en valoraciones porque es inútil: las cosas están y son así y sólo va a poder cambiarlas una dinámica aún más potente que la actual.

No es imposible -nada lo es- pero lo veo difícil.

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