Quinielas y horrores

Es una constante postelectoral que nunca falla: el baile de quinielas sobre cargos y relevos, sobre todo, como es de cajón, en la agrupación vencedora, en la que se produce un baile de ministrables. Ya me gustaría a mí poder ver por un agujerito el baile de tensiones, de llamadas telefónicas, de apartes, de pasillos y demás manifestaciones de cortesanía en reivindicación, exigencia o súplica de un cargo, público o en la maquinaria del partido; cuántas felaciones y cuántos culos en pompa se ofrecen para pujar en la subasta, cuántos favores se facturan y cuántos se ofrecen como pago. Ha de ser un espectáculo apasionante y, a la vez, vomitivo.

Pero, en esta ocasión, cobra un especial interés -acaso incluso mayor- el mismo baile, pero celebrado por la oposición. Está claro que el PP ha sufrido un revolcón electoral. No un revolcón cuantitativo, como el que han encajado los de ERC y los de la izquierda al agua del Carmen, pero sí uno cualitativo. Para un PP que en sólo ocho años se acostumbró al poder y lo patrimonializó hasta considerar un robo su simple pérdida (es un clásico síndrome de derechas: a CiU le pasó y lo sigue sufriendo), no alcanzarlo es un derrota, por más que sus cifras hayan mejorado en número de votos, en proporción de los mismos y en escaños; eso, para ellos, es consuelo de tontos: lo que no signifique acceso a la redacción del boletín oficial, no sirve.

En este caso, sin embargo, el análisis parece unánime, dentro y fuera del partido, incluso en su núcleo más fundamental: la táctica de la perrera ha sido contraproducente y sólo ha servido para anclar más a los clientes fijos sin atraer al voto centrista que en este país, por falta de partido propio, es extremadamente infiel y tiene un comportamiento distinto en cada convocatoria electoral. Y el voto centrista, por definición, rehuye la bronca, el abucheo y el ambiente de linchamiento, o sea que se fue al PSOE más en busca de refugio que por convicción (y eso también habría de tenerlo en cuenta Zap II, por cierto: intentar capitalizar como propio lo que es prestado, y más aún, creérselo, lleva a lo de ERC).

Rajoy, por tanto, ha cortado por lo sano, abriendo las compuertas del pantano y corriendo el riesgo de que la riada se le lleve por delante a él mismo, y convocando rebomborio general para ya, porque junio está a dos meses y medio más lo que corra del propio y eso no es apenas nada. Y parece que se anuncia un cambio radical en la táctica de oposición que va a seguir el PP en esta legislatura. Ayer recogía en esta bitácora el rumor de que el portavoz parlamentario podría ser Esteban González Pons, cuyas virtudes de moderación, software libre aparte, son notorias; también ayer, a última hora, todos los medios de comunicación daban por liquidados, como protagonistas políticos, a los grandes dinamizadores de la perrera, Acebes y Zaplana; también Esperanza Aguirre parece haber sido apeada del futuro popular más allá de su cortijo madrileño, pero no sin una amenaza velada en el sentido de que, efectivamente, podría haber más candidatos, además de Rajoy. ¿El fin del aznarismo? Posiblemente. Parece que Arenas, el andaluz, encabezó un movimiento de rebote en el sentido que estoy apuntando. Bah, averigua cuál es la realidad, en medio de tanto secretismo y tanta luz de gas, pero, de todos modos, no parece que la realidad ande muy lejos de lo que digo (más que nada porque es, como también he dicho, un analisis generalizado en todos los medios).

Ojalá fuera así. La legislatura pasada ha sido muy fácil para Zap: ha podido hacer lo que le ha dado la gana -cometiendo con ello, además, grandes cagadas- gracias a que el PP no estaba por otra labor que la del ladrido. Zapatero y sus huestes nos han jodido a los catalanes, por ejemplo, como pocos mandatarios de la democracia lo han hecho, pero ha podido permitirse ese lujo sólo por el espanto que nos acometía oyendo a la perrera; la política internacional, si ha existido, ha sido un despropósito y no únicamente por la frialdad de las relaciones con los norteamericanos sino porque España ha perdido muchísimos puestos en influencia dentro de la Unión Europea y la ambigüedad ha presidido el trato con el moro, y al moro hay que tenerlo bien sujeto o pasa lo que pasa. Y muchas más cosas, pero no voy a hacer aquí un repaso de toda la política zapaterista. Por tanto, un PP que le pusiera los puntos sobre las íes cuestión por cuestión y fuera al grano y a lo sustancial, dejándose de conspiraciones judeomasónicas, aparte de que ganaría posibilidades electorales, resultaría al común de la ciudadanía muchísimo más útil que toda esa tropa haciendo el ridículo incluso en el hemiciclo, con Zipi y Zape dirigiendo la fanfarria. Y Zap sí que se las vería negras de verdad, lo cual sería muy bueno (no porque ello le pasara a Zap, sino porque es intrínsecamente bueno que un gobierno se sienta constante y estrechamente marcado por la oposición).

Aparte de que un tono de oposición -y de gobierno, por supuesto- que permita el diálogo entre el poder y la oposición es imprescindible en orden al necesario consenso que debe haber en lo que se ha dado en llamar «cuestiones de Estado» tales que el tema del terrorismo, la política exterior, la política social -que precisa del largo plazo- y varios temas más que, por su importancia capital no pueden quedar nunca al unilateral criterio del partido en el poder, aunque sólo sea por la única razón de que éste no es perpetuo.

Pero seguro que estoy siendo un ingenuo.

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Me sobrecoge la noticia de la muchacha argentina que ha denunciado a sus padres adoptivos por haberla robado a ella, cuando era un bebé, a sus padres naturales (que fueron, como puede suponerse, liquidados). El hecho constituye un éxito de las ahora abuelas de la Plaza de Mayo que llevaban mucho tiempo intentando -en vano- una denuncia así, a la que los interesados -los otrora bebés- se negaron pertinazmente. Y puedo comprenderlo.

Yo me pongo en su lugar. Imagino -intento imaginar- qué sentiría si viniera alguien a decirme -con veinte o quizá treinta años, ya no digo ahora, que paso holgadamente de los cincuenta- que mis padres no son mis padres sino unos señores que me adoptaron… después de lanzar al mar desde un avión volando a dos mil metros, o de reventarlos en la ESMA, a mis verdaderos y naturales padres. Cómo me sentiría si una perfecta desconocida viniera a abrazarme tras descubrir, después de treinta años de esfuerzo y de lucha, que soy su nieto, que conoció a mis verdaderos padres -uno de ellos hijo suyo- y cómo tuvo que sufrir primero su pérdida de manera tan criminal y después mi no menos criminal extravío.

A veces me pregunto si la maldad humana -la estricta maldad sin matices y sin atenuantes, algo que si fuera material sería químicamente puro- llegará algún día a tocar techo. Recuerdo que hace muchos años me impresionó una película, «La decisión de Sophie», cuyo eje a partir del cual se desarrollaba el subsiguiente drama consistía en la coacción de un oficial SS de un campo de exterminio que obligaba a una mujer a señalar a uno de sus dos hijos para que fuera asesinado, so pena de cargárselos a ambos. No me preocupó la decisión que yo hubiera tomado en su lugar, me preocupó la idea de que, más allá de la película, hubieran podido existir animales así, bestias capaces de animalizar tanto la animalada que harían pasar por humanitario a un asesino puro y simple. Unos pocos años después, ETA me enseñó cómo se podía tener a un tío metido en un nicho de poco más de tres o cuatro metros cúbicos durante casi dos años (y abandonándolo a su precaria suerte, sin comida ni agua, bajo una máquina de un montón de toneladas cuando hubo que darse el piro); y otros pocos años más adelante, los serbios mostraron en Bosnia cómo podían ejecutarse acciones que habrían hecho vomitar al real o imaginario SS de la película citada. También me pregunto con qué estómago puede alguien asesinar a una pareja y quedarse con su hijo, y tratarlo como a propio, y darle… ¿Darle qué? ¿Amor? ¿Qué tipo de amor es ese? ¿Qué clase de salvaje hay que ser para construir una relación paterno filial sobre la base de un asesinato tan espantoso? ¿Cómo se puede vivir tantos años criando como a un hijo a la prueba viviente, a la acusación permanente de la atrocidad?

Yo comprendo a los hijos así adoptivos que han preferido quedarse con sus sentimientos (los arrojados desde un avión son un hecho puamente intelectual; el cariño por los que han pasado por padres es un sentimiento vivo, real, tangible, como si dijésemos). Los comprendo, los justifico y los compadezco. Los compadezco, sobre todo, porque no dejarán de pagar la factura; lo que saben, permanece en algún rinconcito de su cerebro, por más que quieran olvidarlo o esconderlo, como una especie de tumor intengible que, a la larga, crecerá y quizá sea peor que los tumores de verdad.

Pero no puedo dejar de aplaudir el valor y la entereza de esa mujer joven que asume grandes riesgos por razón de la pura y simple justicia: en ella ha vencido la razón frente al sentimiento. Pero también ella pagará su factura, y quizá más inmediatamente, si llega a ver a los que hasta hace muy poco tomó y amó por verdaderos padres pasando su vejez en presidio, infames e infamados, convictos de un asesinato feroz y despiadado, con una tremenda monstruosidad añadida.

Lo dijo Azaña: paz, piedad, perdón. Pero ¿es posible ante algo así?

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Me quedan cosas en el tintero. Lo del domingo da lugar a comentarios desde muchas perspectivas y aún habremos de insistir en diversos aspectos del resultado electoral. Y también hay cosas que no tienen que ver con las elecciones. Algunas, se perderán, víctimas de su actualidad que las aja enseguida; pero otras seguirán ahí dentro de una semana e iremos a ellas.

Aquí se acaba la historia y la paella de este jueves, 13 de marzo. El próximo será 20 y festividad católica de Jueves Santo; no sé si de ello saldrá algo para la paella, quizá sí, pero está por ver. En todo caso sí estará aquí la paella, puntual a su cita.

Igual, por otra parte, que «El Incordio», que no hará vacaciones de Semana Santa y seguirá a pie firme aquí todos los días (si hay materia para todos los días, que esa será otra). Pero la voluntad no faltará.

Hasta dentro, quizá, de un ratito.

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Comentarios

  • Celu  On 13/03/2008 at .

    Un placer leerle señor cuchí

  • JCB  On 14/03/2008 at .

    Totalmente de acuerdo sobre lo que debería ser la política nacional, aunque, como bien dices, creo que la ingenuidad murió hace tiempo.
    Lo único que no me ha gustado es la referencia al perjuicio causado a los catalanes: ¿crees realmente que ha sido por ser catalanes?
    Ahí no estoy de acuerdo.

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