Días de pasión y gloria (I)

Con cristiana resignación y ánimo penitencial tan propio de las fechas, afronté el libro de Federico Jiménez Losantos «La ciudad que fue», obra que me hice regalar tras un liviano hojeo, porque habla de una época de la ciudad de Barcelona que yo viví muy intensamente y sobre la que se ha escrito poco o nada, digamos que todavía. Sí sobre los acontecimientos de la época, pero no encajándolos en la ciudad propiamente dicha. Por eso me interesó, ya que, como tantas veces he repetido, Barcelona era en aquel entonces una ciudad gris, sucia y hasta cutre, pero era nuestra, de los barceloneses, no como ahora, que nos la han convertido en un parque temático y nos la han robado para entregársela a los hosteleros, a los guiris grasucientos y a engominados de congreso cool y puta de salón.

Bueno, pues resulta que sí, que ese señor será un bárbaro en la COPE y un cafre en «Libertad Digital», pero, en primer lugar, sabe escribir y, en segundo, sabe describir. Y el retrato de la Barcelona de la época es impecable, exacto, hiperrealista. Sí, señor, así era Barcelona y así éramos los barceloneses, tanto los que nacimos aquí como los que vinieron de Orihuela del Tremedal. Mi biografía de aquellos años fue radicalmente distinta de la de Losantos: yo era hijo de la baja burguesía barcelonesa -con infiltración astur por parte de madre- y llevaba una vida de postadolescente y jovenzuelo burguesito al que el marasmo de una urbanización montserratina no logró despistar del cocido de la capital, aunque yo pastaba en praderas políticas lejanas a las del autor, hasta donde pudiera decirse, en aquel entonces tardofranquista, que yo pastara en pradera política alguna. Es verdad, de todas formas, que en aquellos años -y sobre todo en ambientes universitarios- no estar politizado era dificilísimo. En todo caso, y a los corrientes efectos, yo perdí de vista aquella Barcelona, un poco antes que don Federico, cuando en 1978 me fui a hacer la mili, de la que regresé muy entrado marzo del año siguiente, y esto ya no era lo mismo o, mejor, empezaba a no ser ya lo mismo. Quizá porque el año 77 fue para mí trepidante, también en lo personal y en 1979 empezó la parte, digamos, compleja de mi vida. Pero esa es otra historia y difícilmente la contaré en esta bitácora.

Losantos sabe transmitir muy bien ambientes y hasta olores. Me hace gracia que el primer barrio barcelonés donde vivió fuera el que ahora es el mío -bueno, no exactamente, pero en el límite con el mío- que, efectivamente, en aquella época debió ser bastante deprimente; quizá le alegre saber -o igual le importa un pito- que hoy ha cambiado ya mucho -en general, pero tampoco en todo caso, para bien-, que el canódromo hace cosa de uno o dos años que no funciona y que el achuntamén anda pensando qué hacer con él exactamente, ya que no puede ser derribado por estar arquitectónicamente catalogado, así que habrá que dedicarlo a espacios públicos. También dibuja muy bien -fotografía, diría yo- el ambiente encanallado del barrio chino, el terrible Distrito Vº, pavor de forasteros, que era más sucio y maloliente que propiamente peligroso, pero que contenía la esencia misma de la ciudad; era imposible conocer el alma de Barcelona sin sumergirse en aquella mezcla de bohemia, de marginación y de mierda, a la que los habitantes de barrios comme il faut descendíamos ocasional y temerosamente, casi clandestinamente, a la búsqueda de la aventura con riesgo controlado, que era el deporte de los burguesitos de entonces igual que el de ahora es el rafting. De todas formas, acabé tomándole un cierto cariño al ambiente y, aunque nunca llegué a pertenecer a su fauna, es cierto que acabé sintiéndome cómodo por allí, aunque siempre con la retirada cubierta por una mullida y suave cama maternalmente hecha en el Baix Guinardó, a la que a horas más o menos altas acababa siempre regresando a diario. Aún hoy, pese a las monstruosidades con que lo destrozó Clos y pese a su virtual ocupación por medio Indostán, cuando voy por allí -me niego radicalmente a tener miedo, así me cruce con el propio Bin Laden- aún parece que noto, ya recóndito, menudo y difícil, el sabor de aquella época, supongo que porque debe ser el sabor de toda la vida; o quizá porque la mierda, que sigue habiéndola a espuertas, huele así; aunque no creo: la mierda de hoy huele de muy otra manera.

Pasada esa época, Barcelona entró en el sueño olímpico como instrumento a través del cual canalizar su ansia de modernización y de engrandecimiento. Pudo haber sido así, pero no lo fue. No lo fue debido a causas políticas -que Losantos explica en el libro pero en las que no voy a entrar… hoy- y debido a otras causas, también políticas, por supuesto, pero ya más directamente conectadas con pelotazos y demás tristes coyunturas. De pronto, alguien descubrió que Barcelona podía ser un gran negociazo, no solamente con la pura y simple especulación inmobiliaria previsible como guarnición del plato olímpico, sino, mucho más allá de la olimpiada -y, por supuesto, con más especulación inmobiliaria como guarnición- como elemento vendible y especulable en sí mismo, como escenario, como marca. Diversos colectivos buitrescos, con el aquiescente laissez faire de la administración municipal maragalliana y, sobre todo, closística (en el caso de Clos, con participación activa del propio achuntamén en el expolio), se prepararon para apropiarse de la ciudad, tal como suena, y por la cara. Los barceloneses -todos los barceloneses, como un sólo hombre- logramos unos juegos olímpicos de ensueño, nos fuimos de vacaciones y, cuando volvimos, nos habían robado. Nos habían robado la ciudad entera. Centenares de miles de barceloneses fueron expulsados de la ciudad hacia el extrarradio, y centaneres de miles de inmigrantes fueron llamados como mano de obra barata. Los barceloneses oriundos seríamos los taquilleros, los camareros y los mecánicos del parque de atracciones; los inmigrantes, la señora de los lavabos.

Barcelona, reluce. Barcelona es moderna, mediterránea, guay y cool. Lo que cada día va siendo menos, es barcelonesa. El casco antiguo se reparte entre la pijancia de la Ciutat Vella del lado Besòs de las Ramblas y la inmensa patera del Raval (Rawalpindi, lo llaman algunos) de su lado Llobregat; barrios enteros, como la Barceloneta, están expulsando a sus habitantes primigenios, los descendientes de aquellos pescadores a los que instalaron allí en el XVIII, cuando fueron, a su vez, expulsados de su barrio originario para construir la ciudadela borbónica, y aún pescadores algunos de esos descendientes, para llenar sus quarts de casa (cuartos, en el sentido de «cuarta parte») de más pijancia; del Eixample se ha expulsado también a sus habitantes tradicionales para llenarlo de oficinas, de apartamentos turísticos ilegales y para entachonar ahí el Chueca cataláunico, que también queda muy cool y muy progre…; y así toda la ciudad, salvo barrios que otrora fueron marginales y que han sido rescatados de tal marginación mediante su ocupación por clases medias salarialmente proletarizadas (previa expulsión de los auténticos proletarios originarios) o de barriadas de nuevo cuño construidas hace poco más de medio siglo sobre las huertas de lo que habían sido antiguas poblaciones periféricas, Sant Andreu, Horta, Sant Martí, etc., también a beneficio de burguesías media y baja, juntas, pero no revueltas, que no fue lo mismo el Guinardó que el Congrés, aunque hoy esta ciudad devastadora los haya casi uniformado sociológicamente.

En efecto, Barcelona fue. No esto; no lo otro. Barcelona fue, sencillamente, Barcelona; y nada menos que Barcelona. Hasta que llegaron los nefastos 80: ahí empezó la operación sistemática de expolio; o las operaciones, que fueron varias en paralelo. Hoy Barcelona es aluminio, neón, la polla de las Glòries, los mamotretos del Fòrrum, sus habitantes -que ya no ciudadanos- haciendo el burro en calzoncillos y el arte de un Gaudí que si levantara la cabeza dinamitaría la Sagrada Familia con sus propias manos, él, que la quiso a la mayor gloria de un Dios a cuyo servicio siempre trabajó -incluso desde la humildad económica y laboral más sufrida: se ganaba la vida como vigilante de las obras, porque como arquitecto no quiso nunca cobrar nada; fue su contribución a la obra expiatoria- hasta que se lo llevó por delante un tranvía alcáldico.

Aquella Barcelona de ciudadanos que puso pies en polvorosa a la Sexta Flota norteamericana, es hoy el poblacho de un hatajo de capones incapaz de echar a patadas a una manada de cerdos borrachuzos y flatulentos que desembarca a capazos desde unas cajas de zapatos más o menos flotantes a las que algunos, en claro insulto a la nobleza de la náutica, osan llamar barcos.

Aquello fue lo que hubo y esto es lo que queda.

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Comentarios

  • Jordi  On 17/03/2008 at .

    Chapeau, Javier.

    Por cierto, Losantos es un cafre y está como un cencerro pero no es ningún memo, y eso lo hace tan peligroso.

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  • […] relataba alegremente cómo de feroz maoísta se trocó en liberal y anticatalanista y cuya crónica realicé puntualmente. Esto me acercó bastante al personaje y, si bien este acercamiento está lejos de la […]

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