Días de pasión y gloria (III)

Sin razón lógica, mientras me zampo de pie un emparedado de pollo frío al regreso del trabajo -habitualmente, como poco o nada al mediodía: hago más bien cenas copiosas- me viene a la memoria Giovanni Guareschi, padre del para mí -y para muchísimos otros- inolvidable Don Camilo, el cura de pueblo -de pueblo del norte de Italia- que se las tiene tiesas, prácticamente solo, con los comunistas locales; en una época, deberé aclarar, en que los comunistas eran cosa seria en todos los aspectos (sólidos intelectuales y esforzados activistas y, en la Italia de posguerra, no menos sólidos ametralladores que no vacilaron en asesinar a mansalva); nada que ver con estos remiendos de escarpín al agua de azahar que constituyen las melífluas y buenrollíticas huestes del Gaspar (sin «t» al final).

Guareschi era un tío muy peculiar. Tenía una ideología bien definida y nada disimulada -por no decir ostentada-: era católico romano a machamartillo. Pero el «machamartillo» no era acrítico, al contrario, él tiraba contra todo lo que no le cuadraba sin importarle qué bandera le daba sombra. Como es de esperar, los comunistas le pusieron tibio -y eso es hablar suave-, los democristianos se mantuvieron prudentemente alejados de él y él llegó a dar con sus huesos en la cárcel durante un año y pico, pero no por lo que dijo de los comunistas (y mira que fue gordo) sino por lo que dijo de De Gasperi, el lider catolizonte, al destapar las cartas que escribió solicitando a los aliados que bombardearan Roma para escarmentar a los colaboracionistas.

El librepensamiento es caro. Decir lo que se piensa -e intentar actuar en consecuencia con ese pensamiento- sin acogerse a la protección de etiqueta alguna, juzgando cada situación, cada obra, cada idea, en sí misma y no dentro de un conjunto al que se le ha dado la tabula rasa de la uniformidad para no tener que darle demasiadas vueltas y mejor poder arrimar así el ascua a la sardina conveniente, acaba acarreando perjuicios que, ocasionalmente, pueden ser gravísimos: el empleo, el aislamiento social, la promoción profesional, en no pocas ocasiones incluso la cárcel, acabamos de verlo, y si los muertos hablaran, los cementerios serían tan ruidosos como un mercado con miles de difuntos explicando a dónde puede llevar la factura por tocar los cojones a todo pasto sin mirar de qué color son los calzoncillos del aludido.

Recuerdo que mi abuelo asturiano siempre me aconsejaba que no me significara. Era un mal consejo. Un mal consejo para mí, que siempre he pensado que ceder al miedo constituye la primera derrota de una guerra que se va a perder; y un mal consejo histórico porque a mi abuelo, que jamás se significó, estuvieron a punto de liquidarlo los republicanos primero y los franquistas después; y cuando digo «a punto» quiero decir «a punto», como en las películas, de espaldas al paredón y con un tío gritando aquello tan divertido de «¡Apunten!». Salvado por la campana, en dos ocasiones. Destino que, llegado el salvaje caso, sería sin duda el mío, aunque por razones diametralmente opuestas; tengo muy claro que aquello que cantaba «La Trinca» sobre el 23-F de «corre, pilla las maletas y no pares hasta Perpiñán; ya se apañarán» sería mi manual de instrucciones en una hora mejor que en dos. En este país, el que calla es sospechoso, acercándose a la culpabilidad a medida que pasan las horas; y el que dice las verdades del barquero a tirios y a troyanos, es culpable sin previa formación de causa. El único que tiene posibilidades es el que, debida y claramente alineado con el bando imperante en su entorno territorial, dice lo que manda el partido, todo lo que manda el partido y nada más que lo que manda el partido y tiene la suerte, además, de que nadie recuerde -o diga recordar- que en otras circunstancias dijo otra cosa; y, así y todo, más valdrá que el comisario político o el capitán de regulares -en su versión cronológicamente equivalente- no le hayan echado el ojo a su parienta, en cuyo caso el paredón -o cualquier imaginativa variante ad usum– está igualmente asegurado; conviene no olvidar lo que le pasó a Urías cuando el rey David quiso tirarse a su santa.

Guareschi era de los que se mojaban. Se le atribuye la autoría de un eslogan electoral de aquella tremenda postguerra italiana -en realidad, más que postguerra fue una guerra civil tan bestia como la nuestra, aunque más breve- que tuvo que ser muy eficaz en aquella sociedad atribulada por las penas del infierno: «En la soledad de la cabina, Dios te ve y Stalin no». En unas circunstancias, la vida aún bélica, en la que la figura de la madre cobra tanta importancia, resulta que la madre suele ser el principal elemento transmisor de la religión y más en aquel entonces, estoy seguro de que tal consigna tuvo que hacer mella en muchos espíritus en principio comunistas que, rudos combatientes de pañuelo rojo al cuello y muchas muescas alemanas e italianas en el culatín del subfusil, se vieron certeramente tocados en aquello que les inculcó mamá. Precisamente mamá. El Partido Comunista jamás ganó unas elecciones, según creo recordar (aunque en alguna ocasión parece que la CIA jugó más sucio de lo habitual y se hizo alguna trampa, pero en fin…).

Precisamente Guareschi se regodeó de la eficacia (en mi opinión, indudable) de la frasecita y cabalgó en ella para jugarle una buena putada al tremendo alcalde Pepón, al que logra hacer votar en blanco. Es uno de los episodios más divertidos de las andanzas de «Don Camilo» que desde muy jovencito leí con fruición. Por lo menos, que yo recuerde, cuatro volúmenes: los dos primeros -los camilos más genuinos, escritos en el mismísimo ojo del huracán- «Don Camilo» y «La vuelta de don Camilo», que eran compendios de cuentos escritos para la revista «Candido»; y después otros dos, distintos, que me gustaron menos: «El camarada don Camilo», escrito con su estilo proverbial pero más rencoroso, más resentido, con la mala leche más negra, y «Don Camilo y los jóvenes de hoy» obra póstuma publicada en 1969 (Guareschi había muerto el año anterior) con una estructura clásica más corrida (igual que en «El camarada…») de exposición, nudo y desenlace, si bien manteniendo siempre el formato -aparente, solamente- de cuentos cortos. Hay más obras de Guareschi (con el personaje de don Camilo y sin él) pero salvo «El destino se llama Clotilde» (que ni fu ni fa) no ha llegado ninguna otra a mis manos. Dudo, sin embargo, que ninguna tenga la frescura, la espontaneidad y la chulería torera de los dos primeros camilos. Tampoco he visto ninguna de las películas que se han hecho. Nunca me gustó Fernandel y, además, su imagen no encajaba, en absoluto, con la imagen mental que yo me había formado del ilustre e imaginario arcipreste.

No recuerdo la fuente, me contaron hace años que eso de que el Cristo hablara a don Camilo hizo rechinar los dientes a más de un clerizonte y parece que incluso llegó a sugerirse que los camilos entraran en el Índice (de libros prohibidos). Según esta versión, Eugenio Pacelli -a la sazón, papa Pío XII- se hizo traer un ejemplar de la obra y las carcajadas que se oyeron, procedentes de sus aposentos, supusieron el definitivo e incontestable nihil obstat.

Pronto, el 4 de mayo, se conmemorará el centenario de su nacimiento y poco después, mediado el verano, el 40º aniversario de su muerte. El año de su muerte lo conocía; el de su nacimiento no: lo he visto ahora, al preparar el enlace a la Wikipedia que se puede pinchar al principio de este artículo. Espero que alguien, allá en su tierra, tan abarrotada también hoy, como la nuestra, de gilipollas de marca mayor, le rinda el debido homenaje. Me gustaría enterarme si se lleva a cabo, y me gustaría aún más poder hacer alguna aportación, si hubiera lugar a ello, por mínima que fuese, por mínima que, necesariamente, habría de ser.

Et cum spiritu tuo.

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Comentarios

  • lamastelle  On 20/03/2008 at .

    Don Camilo…recuerde que tengo delicado el estomago por aquella bala que recibi en el monte…

    Tranquilo, las bofetadas las llevaras todas en la cara…

    Curiosa forma de elegir el nombre de un niño, si señor :-).

  • Luis  On 20/03/2008 at .

    La serie de Don Camilo junto con El Papus y las obras completas de Julio Verne (¡vaya potaje!) fueron las mejores lecturas de mi niñez.

    Mi padre me dejaba a duras penas leer las dos primeras, y guardo como oro en paño, mis ahora, volúmenes de Don Camilo, edición de 1972 de la colección destino de Planeta. Creo que los llegué a leer más de 10 veces.

  • Monsignore  On 25/03/2008 at .

    Píllate, si puedes, las series de cuentos cortos protagonizadas por su familia (impagable La Pasionaria, su hija de cuatro años).

    Respecto al homenaje… ya lo dejas entrever; la honradez no vende, caro figlio.

    Il ché é bel-lo e instruttivo…

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