Derechos morales

Vía Menéame llego a un artículo en el Blog Salmón donde se encaran los abusos de la propiedad intelectual a partir de un problema con el tuneo de un coche, concretamente de un Ferrari, del que la marca ha exigido que se retiren sus símbolos y logos identificativos. El autor del blog se pregunta, en propio título, si realmente somos dueños de lo que compramos.

Javier J. Navarro expone seguidamente varios ejemplos teóricamente iguales, similares o paralelos: el software apropiativo, del que concluye, con razón, que no se compra sino que se alquila o se adquiere la simple autorización para su uso; las Play Stations, cuya modificación ha sido declarada legítima por un juzgado al ir más allá de la simple capacitación para realizar copias pirata (lo cual podría constituir un simple efecto secundario no deseado ni buscado); los ordenadores Apple, que no permiten el uso de recambios ajenos a la marca (como muchas impresoras, antes de que una directiva de la Unión Europea les obligara a admitir el uso de recambios genéricos), etc.

Sin embargo, en esta ocasión, creo que los derechos de autor -que no ningún tipo de propiedad intelectual- amparan a Ferrari.

Mi tocayo se pregunta -como Enrique Dans, sin ir más lejos, ha hecho muchas veces- con qué derecho un fabricante osa impedir que el propietario de uno de sus productos haga con él lo que le salga de las narices. Pero, tal como leo la noticia, el el Blog Salmón, Ferrari no pretende impedir que el propietario -bastante hortera, por cierto- de uno de sus vehículos lo convierta (lo ha hecho ya) en una limusina: lo que pretende Ferrari es que se retiren del engendro todos los logotipos, emblemas y distintivos de la marca. Y esto es un derecho que asiste a Ferrari, en tanto que autor, y que cabe defender a muerte porque es uno de los derechos morales de autor, es decir, los más legítimos y, por ende, irrenunciables.

Cuando uno compra un objeto, está comprando algo material de lo que se convierte en dueño y señor y, por tanto, puede hacer con ello lo que le dé la gana. Ahora bien: este objeto es fruto de la creación de alguien y ese alguien tiene, en todo caso, y cualquiera que sea la licencia bajo la que se disfrute de esa creación, derecho a su reconocimiento como autor. Ese derecho al reconocimiento lleva implícito lo contrario, es decir, el que no le sea atribuida una obra que no es suya. Yo, por ejemplo, ya no como autor, sino como ciudadano titular de derechos inalienables, tengo perfecto derecho -y jurídicamente exigible- a que no se me atribuyan obras de Bisbal, por ejemplo. Si se hiciera tal cosa, podría dirigirme contra el falsario en reclamación de daños y perjuicios morales. Nótese que hay varios derechos confluyentes sobre el chafarriñón musical en cuestión: el derecho inalienable que tiene Bisbal (y allá se las componga) a que se le atribuya, reconozca y exprese su autoría y la obligación que tiene el resto del mundo de no atribuírsela, siendo así que es de Bisbal; pero es que esa obligación es también un derecho: no, oiga usted, yo no soy el autor de esa mierda y se guardará de atribuirme públicamente tal autoría como de mearse en la cama, no por lo que -con todo derecho- le pueda reclamar Bisbal, sino por lo que -con el mismo derecho- le pueda reclamar yo.

Algunas obras admiten modificaciones (obras derivadas, se las denomina) pero, en estos casos, hay que diferenciar clara y expresamente quién es el autor del original y quién el de la obra derivada sin que pueda haber lugar a confusión entre ambos. Esto queda muy claro, por ejemplo, en las obras literarias traducidas, en las que el autor es un señor y el traductor otro, y así constan ambos debidamente diferenciados. De la obra derivada nacen incluso derechos nuevos e independientes que pueden funcionar bajo régimen jurídico distinto: una obra original podría estar en el dominio público, pero su traducción estar sujeta a la puta propiedad intelectual (no en «El Incordio», por cierto, donde el autor de la obra derivada está obligado a ponerla bajo la misma licencia que la original). Este es el truco que utilizan muchas editoriales para acerrojar obras del dominio público: se edita, pongamos por caso, el Quijote, pero con comentarios del eximio don Tuburcio Calasparras, catedrático emérito de Literatura comparada de la Universidad de Guitarrita Alta, comentarios que se incluyen como notas a pie de página con una o más notas en cada página. Claro, el Quijote es del dominio público, pero los comentarios de don Tiburcio no, porque son propiedad intelectual de la editorial, con lo cual, si alguien fotocopia ese libro, la habrá cagado -si no es como copia privada sin ánimo de lucro- por lesionar los derechos no de Cervantes sino de la editorial. En cambio -ya lo mencioné en otra ocasión- si alguien edita un libro del Quijote tal cual, sin comentarios ni nada, el que compre ese libro sí que compra el entero dominio de la cosa puesto que la obra intelectual está en el dominio público y la cosa material la ha pagado y es suya (hablé de esto porque los editores pretendieron la gilipollez de tener derechos sobre estas ediciones).

Ferrari, reitero, no pretende impedir la brutalidad que ese señor ha hecho, con todo su derecho, con un vehículo del que es dueño y señor; Ferrari se limita a decir que ese esperpento ya no es un Ferrari, es otra cosa completamente distinta y, por tanto, en uso de los derechos morales de atribución de autoría (que implican, como he dicho, los de no atribución cuando no se es autor) exige que se retire de la cosa toda señal que pueda identificar a Ferrari como autor de la misma. Me parece, por tanto, perfectamente legítimo por parte de la prestigiosa empresa italiana.

Me queda, unicamente una duda: decimos que el derecho de autor es irrenunciable y que, en su virtud, cuando se realiza una obra derivada hay que hacer constar también la autoría de la original. ¿Qué ocurriría, entonces, si el hortera mantuviera los logotipos y signos de Ferrari, pero incluyendo un texto sobre cada uno que dijera algo así como «Este coche ha sido realizado a partir del modelo original XXX de Ferrari»? En este caso, Ferrari se quedaría con el culo al aire porque, si interpretamos estrictamente la Ley de Propiedad Intelectual española -que, según se dice, deriva directamente de los convenios internacionales- resulta que Ferrari no podría renunciar, ni siquiera a su pesar, a la autoría original y a su necesaria mención.

Es positivo, no obstante y en todo caso, el ánimo que ha llevado a ese error del Blog Salmón: el resorte automático del rebote contra el ejercicio a saco de propiedades intelectuales intolerables en la mayoría de los casos -que no en este, como se ha visto- es un institnto positivo que se va extendiendo. Porque los demás casos mencionados en el blog, a los que cabe añadir muchos otros que no han sido mencionados, sí son ciertos y sí son sangrantes.

La propiedad intelectual es enemiga del progreso, por más que insistan en lo contrario en un intento, cada vez más evidente, de convertir en verdad una mentira mil veces repetida. El apropiacionismo y sus tácticas tienen mucho de la doctrina goebbeliana. Lo cierto, en todo caso, es que la recrecida de la propiedad intelectual que estamos viviendo, llevada a sus más absurdos extremos, confirma lo que tantas veces llevamos dicho en tantos foros: berrean como magdalenas sobre los perjuicios que les causa Internet como una cortina de humo ante la multiplicación de beneficios -muchas veces totalmente ilegítimos e inmorales- que les está proporcionando.

Por tanto, y como digo siempre, o se les para los pies en seco o serán ellos los que nos afeitarán en seco a nosotros.

Una simple cuestión -cultural- de vida o muerte.

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Comentarios

  • Ryouga  On 26/03/2008 at .

    Excelente explicacion ,gracias por aclararnos estos conceptos, veo que pone como ejemplo los cartuchos de tinta y me sorprende pues parece que aun hoy en dia los fabricantes siguen incorporando sistemas para evitar el uso de genericos (contadores de descargas para evitar el relleno, chips para detectar cartuchos genericos) en mi caso ,que siempre compro cartuchos genericos (en el mismo lugar que mis cd’s y dvd’s sin canon)informan que mi modelo de impresora no admite sus cartuchos a partir de principios del 2007 por un cambio en el chip,es eso legal?que tipo de argucias usan para no cumplir la normativa? seria un buen tema para una paella, (sino lo ha hecho antes, tendre que revisar sus posts antiguos).

    En cuanto al coche hay que reconocer que la reforma era imprescindible para el propietario, por lo visto en el modelo original no le cabia el ego, respecto al hecho de tener que eliminar el logotipo de la marca ,yo le propondria poner,por ejemplo un bonito simbolo,muy adecuado en nuesto pais,que tal un ladrillo y un billete de 500€ cruzados? el modelo podria llamarse “Marbella forever” de la marca “BlackMoney automoviles”.

  • DaniFP  On 28/03/2008 at .

    “BlackMoney automoviles” 😛
    Por lo visto, esa marca se está volviendo demasiado popular en este pais :-/

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