Bus y agua

En Barcelona llevamos varias semanas -creo que puede hablarse ya apropiadamente de meses- con huelgas intermitentes de conductores de autobús. Empezaron dos días por aquí, un día por allá, y luego la fijaron indefinidamente todos los jueves, excepto la semana previa a las últimas elecciones, que la hicieron enterita.

Para el común de la ciudadanía es una huelga molesta, pero no encabronante. A mí me fastidia mucho el metro, pero un día a la semana puede sufrirse; peor lo tienen otros ciudadanos que sí necesitan imperiosamente el autobús por falta de otro medio de transporte y para ellos sí que esto es un grave inconveniente. No son mayoría, pero tampoco son cuatro y el cabo. Para ellos, los servicios mínimos se han incrementado: tienen autobús -poco, muy poco (25% del servicio), pero tienen- todo el día, mientras que el resto de los ciudadanos tenemos el 50% solamente en horas punta y el resto de la jornada, cero patatero. Pero ya digo que, habiendo metro, se sobrelleva.

Con todo, no está resultando una huelga muy impopular; siempre hay quien se rebota -con su razón, cuidado- pero, en general, los ciudadanos la estamos sufriendo con mucha comprensión hacia los conductores. La merecen.

¿Por qué tanta comprensión?

Hay varias razones. En primer lugar, la de fondo: pretenden dos días de descanso semanal, como casi todos los trabajadores (aunque no todos, desgraciadamente). La compañía se los da, pero manteniendo el cómputo horario anual a costa de los descansos dentro de la jornada porque dice que el recorte horario que supondría darles los dos días de fiesta sin compensación horaria es inasumible económicamente.

En segundo lugar, que la compañía (Transports Municipals de Barcelona, TMB) tiene muy mala fama entre los ciudadanos; aunque no hubo el escandalazo que sus gestores se tuvieron bien merecido, los barceloneses aún recordamos cómo hace cuatro años un trabajador fue miserablemente empujado al suicidio al ser despedido bajo la acusación -nunca probada- de haberse apropiado de recaudación por importe de… ¡un (1) euro y diez céntimos! Eso fue una marranada lacerante que aún tenemos muchos atravesada. Tal hazaña define perfectamente a una compañía y retrata con suma precisión la calaña de sus gestores y, por tanto, es lógico que las simpatías cívicas se inclinen por omisión a favor de quienes se les ponen enfrente.

En tercer lugar -y en concordancia con el talante acreditado en el punto anterior- la sistemática, falsaria y manipuladora criminalización que tanto el achuntamén como TMB llevan a cabo contra los conductores cada día de huelga, tratando ínfimos, aislados y escasísimos incidentes prácticamente como actos terroristas (lo que, de paso, les da pie para expedientar a media humanidad; ya veremos cómo acaba tanto expediente en los tribunales), cuando todos (todos) sabemos que los servicios mínimos se están cumpliendo ordenada y normalmente.

En cuarto lugar, un detalle que a muchos no nos pasa desapercibido: que toda esta lucha la están llevando a cabo -mediante procesos asamblearios– dos sindicatos (CGT y ACTUB) ajenos al pesebre y contra la oposición de los complacientes y pactistas CCOO y UGT, con lo cual queda el entero sistema como el gallo de Morón; toda la cuestión queda fuera de control y sin posibilidad de ser reconducida mediante… compensaciones. Qué quieres que te diga: aunque uno no tenga nada que ver con CGT ni con ACTUB (tampoco, obviamente, con los otros dos), la cosa no deja de caer simpática.

En quinto lugar, regresando al primero y por las razones segunda, tercera y cuarta, los directivos de TMB no tienen la menor credibilidad cuando hablan de que las reivindicaciones de los trabajadores son inasumibles económicamente; primero porque, efectivamente, no hay para tanto y, segundo, porque me da la impresión de que los únicos inasumibles económicamente que hay aquí son los propios directivos de TMB, incapaces de mantener el servicio en condiciones (si es que el servicio se presta habitualmente en condiciones, que de esto también habría mucho que hablar) sin incrementar anualmente las tarifas muy por encima del IPC, con lo que los precios del transporte urbano son cada vez más gravosos para los barceloneses (por supuesto, las reivindicaciones de los conductores servirán para justificar estos cafres incrementos durante los próximos quince años, anda que no van de listos los tíos estos…).

Y, en sexto lugar, porque conducir por una ciudad como Barcelona un mamotreto como un autobús es un ejercicio con un alto nivel de stress; como resulta que los conductores de autobús transportan mi pellejo y el de mi familia (o bien tenemos nuestro pellejo al lado de su mamotreto cuando circulamos en coche o a pie) me interesa que conduzcan en condiciones y, por tanto, exijo que tengan cuantos descansos sean necesarios, en términos diarios, semanales y anuales, porque son seres humanos y no máquinas, como algunos encorbatados de pelo engominado parecen creer, absortos en su propia incompetencia.

¿Quieren los del achuntamén y los de TMB más razones? Porque si buscamos, seguro que las encontramos. O sea que mi solidaridad y mi apoyo, como el de la mayoría de ciudadanos y usuarios, hacia estos trabajadores.

Fuerza, muchachos, y a no ceder.

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Padecemos en Catalunya una sequía de caballo, como no se recuerda desde la de los años cuarenta. Yo, desde luego, no recuerdo haber visto nunca los pantanos tan bajos y la situación, desde luego, es preocupante, sobre todo porque hay una conurbación de cinco millones de habitantes que precisa de un constante suministro masivo. Aparte de los otros dos millones y de una agricultura y una industria que tienen que ir tirando.

Se han arbitrado soluciones de emergencia: compra de agua a la desalinizadora de Almería, rehabilitación de pozos y acequias, previsión de reducir el agua embalsada al mínimo ambientalmente sostenible para la superviviencia de las especies (entre las que, no obstante, habrá gran mortandad) y no sé cuántas cosas más pero, así y todo, como no tengamos una primavera verdaderamente lluviosa -desde luego, más lluviosa de lo habitual- la cosa vendrá muy, pero que muy, dura al caer el otoño. Veremos en qué quedan las nieves que han caído en abundancia en los Pirineos durante los últimos días -hasta que llegue el deshielo no podrá evaluarse con precisión- pero aún los mejores pronósticos mantienen la necesidad perentoria de que en abril y mayo llueva mucho.

Como este panorama pinta bastos claramente, la Generalitat ha tirado por la calle de enmedio y ha preparado un trasvase desde el Segre hacia los embalses del Ter; un trasvase que, oficialmente, será transitorio y de relativamente poco caudal pero que se lleva planeando -ojo al dato- desde antes de las pasadas elecciones. Otros listos.

Como era de esperar se ha montado el pollo. Lo han montado valencianos y aragoneses, sobre todo los valencianos y aragoneses del PP, que estaban esperando como agua de mayo -vaya por Dios- una oportunidad así para ordenar la carga de caballería. O sea que para los catalanes sí, pero para nosotros no.

Tienen razón y no la tienen. La tienen en el estricto hecho: si se dijo «no» a la política de trasvases, se dijo «no» a la política de trasvases y punto. No la tienen en las proporciones: no son lo mismo los volúmenes (y su perpetuidad) del arrumbado PNH (Plan Hidrológico Nacional) del PP (que aún en las últimas elecciones levantó media cabeza y pudo costarles unos cuantos votos) que el volumen y la transitoriedad del trasvasillo del Segre. Y, como siempre, en el asunto asoma lo que asoma, pero dejémoslo hoy, porque no es este el eje de lo que quiero tratar.

Realmente la solución es mala y no debiera acudirse a ella. La primera razón es, desde mi punto de vista, de cajón, y la he expuesto muchas veces: el agua pertenece a un territorio, no a una demarcación administrativa. Catalunya no tiene agua ni la deja de tener: tiene agua la Catalunya que tiene agua y el resto no. A Aragón, Valencia y la Cochinchina les es aplicable el mismo principio. Por tanto, trasvases, los justos y, si puede ser, ninguno. Esto de la solidaridad del agua y que los que más tienen deben dar su excedente a los que menos, es un principio viciado. El que tiene agua puede permitirse una economía -industrial, agraria- basada en esa disponibilidad y el que no la tiene debe basar su economía en otras disponibilidades, pero crear huertas y urbanizaciones en secarrales para, a continuación, exigir que traigan agua de las Quimbambas (con independencia de que a las Quimbambas les sobre, les falte o la tengan justa) es una solemne idiotez o -más generalmente- algo peor que apesta a corrupción.

La segunda razón es que ahora se va a marranear en el Segre mientras que -por putas razones de geografía electoral- se ha permitido que la agricultura, y especialmente la agricultura leridana, dilapide agua a canales llenos. Lo que, por cierto, es un problema nacional, no sólo catalán o leridano: la eficiencia de los sistemas de riego en el común de España es de asco, muy por debajo del de países mucho más húmedos y que tienen agua de sobra (si tal puede decirse). Por tanto, uno diría que lo razonable es obligar a los payeses a racionalizar sus riegos y a cobrarles el agua a su precio (porque en los precios políticos está la madre del desperdicio).

Abundando por ese lado, por el lado del dispendio, noto que no se habla de los campos de golf y del coste en agua de un turismo de masas que cabe preguntarse si resulta rentable a la vista de ese coste cuyo montante económico está claro que no se ha evaluado bien ni se ha repartido con justicia: el agua la pagamos todos, pero del consumo brutal de agua que supone una masa ingente de turistas beneficia exclusivamente al sector hotelero. Sin tantos turistas, quizá tendríamos agua suficiente, incluso en épocas como ésta, dejando en paz al Segre. Los campos de golf, son, en medio de este panorama, el chocolate del loro (dirán que se riegan con agua no de boca, aunque eso no se lo cree nadie) pero son un símbolo; un símbolo que, localmente, puede tener su importancia, ojo, que en más de un pueblo tendrán que ir con la garrafa a tomar agua del camión-aljibe mientras dos o tres kilómetros más allá, en el puto campo de golf, los aspersores están todo el día a toda máquina.

En el gimnasio -concesión municipal, nada de pijería- al que voy a nadar todos los días, están muy preocupados porque si la sequía no se arregla, puede que tengan que llegar a cerrar la piscina y a racionar las duchas; si esto llega a suceder, lo sufriré con todo el estoicismo de que sea capaz: si no hay agua, no hay agua. Pero no pienso quedarme calladito viéndome privado de un servicio que necesito como apoyo para el mantenimiento de mi salud mientras los hoteles de cinco estrellas llenan sus piscinas a gusto y ganas de la grasuza guiri.

Los únicos que, según parece -y al decir de los propios políticos- nos hemos comportado, somos los urbanitas de a pie, que hemos sido aplicados y razonables con el grifo (aunque nuestro ahorro no se ha visto reflejado en las facturas, por cierto…). Mientras tanto, en la agricultura y en la hostelería (y subsector adjunto del ocio) la casa es potente y no repara en gastos. Va siendo hora, pues, de que otros vayan aprendiendo a cerrar el grifo y la forma de que lo hagan es que el coste del agua sea una partida importante en el flujo de la caja registradora.

No vamos a pagar siempre los mismos.

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De nuevo -y ya van unas cuantas semanas- debo constreñirme a dos únicos temas si no quiero que la paella salga inacabable. A mis bravos más halagadores ya les gustaría, imagino, pero tampoco es eso, de manera que, por hoy, lo dejamos aquí.

La próxima semana, primer jueves de abril. Esperemos que sea verdad aquello de las aguas mil porque -bueno, ya lo habéis visto- en la tierra de la barretina andamos muy jodidos en esta materia. Pero las paellas continuarán a pie firme sin temor a la deshidratación.

Mientras tanto, entre jueves y jueves, «El Incordio» seguirá trabajando, porque materia hay para parar un tren y el apropiacionismo nos tiene con un pie en la comedia y con otro en el drama, en este surrealista teatro en el que algunos intentan vivir del cuento y otros, los más, intentamos no mantener a vagos que, encima, nos insultan.

Es la guerra.

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Comentarios

  • Jordi  On 27/03/2008 at .

    Sobre la sequía, tengo claro que, llegado el otoño, es bastante probable que haya restricciones que afectarán a la sufrida ciudadanía. Y no obstante, también tengo claro que hoteles, campos de golf, granjas de cerdos y regadíos instalados en antiguos secanos (3/4 partes del consumo anual catalán se dedican a agricultura y ganadería, ojo al dato) tendrán toda el agua que quieran. Me encantaría equivocarme pero lo dudo mucho.

  • Ryouga  On 27/03/2008 at .

    No sabia que tenian esos problemas de sequia ,es increible que aqui, en el otro extremo de la peninsula llevamos dos semanas de lluvias intensas y los rios a punto de desbordar,en fin espero que no tarden las lluvias en llegar ahi

Trackbacks

  • […] Les felicito muy sinceramente y muy entusiasmado. No hace muchos días ya escribí mostrando mi solidaridad con sus reivindicaciones y con su movilización, en una paella cuyos términos reitero. […]

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