Las miserias de don Teddy

Ayer, don Teddy, el preboste de la $GAE y uno de los más conspicuos directores de orquesta del apropiacionismo, el hombre más odiado -quizá incluso más que el mismísimo Bill Gates- de la Internet española y no poco denostado fuera de la misma -está claramente en el mapa de los enemigos de la ciudadanía-, se volvió a quedar a gusto soltando paridas. Soltó paridas sobre dos vías: una, la «miseria» (sic) que constituyen los presuntos 120 millones de euros que se recaudarán con el canon (me adelanto a decir que, para ser una miseria, hay que ver cómo la defiende con uñas y dientes); y otra sobre los posibles 20 megas de ancho de banda en la red y sus teorías sobre los usos de ese ancho de banda.

Para empezar, esto de los 120 millones de euros, es pura teoría. La oficina del Defensor del Internauta demostró de forma ampliamente documentada hace muy pocos días, que solamente con el consumo en soportes físicos de las administraciones públicas y con estimaciones en la banda baja de la horquilla, la cifra podría acercarse bastante al doble, pues hablaríamos de más de 225 millones de euros; a partir de ahí, cabe sumar lo que pagaríamos los ciudadanos adicionalmente a través de nuestro consumo personal, lo cual, como ya es de sobra sabido, alcanza a un amplio surtido de soportes y de aparatos.

Esto de minusvalorar el canon es una vieja táctica de la peña del Teddy. Recordemos que el presidente de la $GAE, ahora también miembro de la polvorienta nadie sabe a través de qué méritos (ni él podía haber llegado más arriba ni la RAE más abajo), aludió a que tan polémica cuestión era desproporcionada al tratarse de unos pocos «centimillos» (sic). Es curioso como, tratándose de las mismas cantidades, difieren tanto en la forma de verlas los que cobran de los que pagan. Pero lo que sí es cierto, es que centimillo sobre centimillo, la miseria acaba convirtiéndose en una pastizara y las pastizaras, además de darle gusto al bolsillo sirven también, cuando son cuantiosas, para otra finalidad: la de acumular poder. El canon es una miseria, claro; también es una miseria lo que se cobra a los establecimientos para que el tendero se entretenga escuchando a Luis del Olmo; como miseria es también lo que se recauda en los festivales benéficos o en los conciertos de música copyleft ejecutada por no asociados a la $GAE; la misma miseria que se cobra a los establecimientos hoteleros por los aparatos de tele de cada habitación. Y vas sumando miserias y, al final, las miserias resultan ser unos capitalazos enormes que sirven para levantar un patrimonio inmobiliario de aquí te espero y para consensuar voluntades que cobran sueldos públicos en orden a la promulgación de legislaciones amables con el chiringuito y a la impartición de docencia a jueces y policías. Es lo que decía antes: a partir de cientas cantidades, y una vez satisfechos cuantiosos sueldos y dietas, compensados voluminosos gastos de presunta gestión y otras partidas ad hoc, el dinero es poder, más que dinero en sí mismo.

Pero eso queda feo. Para maquillarlo, se inventaron también otra historia divertida: el salario del artista. Pero la historia se derrumba cuando resulta que, salvo una reducidísima beautiful afecta al régimen (al de la $GAE y al otro: ya vimos lo de la «C» de «Canon» en las cejas), el inmenso resto de los 80.000 asociados de la $GAE pasaría más hambre que el perro de un titiritero -nunca mejor dicho- si tuviera que vivir de lo que la $GAE le recauda por un concepto o por otro. Que la inmensa mayoría -casi totalidad- de esos 80.000 deba vivir de otras cosas que no son su creación (y que frecuentemente no tienen, ni lejanamente, nada que ver con ella) también debe ser culpa de los piratas, de los pendejos electrónicos y del resto de la cagarela del repertorio. En cambio no es -Dios nos libre- una vergüenza para la propia $GAE y para sus órganos rectores.

La segunda afirmación del enemigo público se refiere a sus estrambóticas teorías sobre los usos de los 20 megas. Dice, literalmente «[…] Una Internet a velocidades de 20 megas es una Internet de contenidos, y esos contenidos tienen dueño y tienen derechos. El tema es que cuando la gente quiere una Internet de 20 megas es porque se quiere descargar películas, o ver televisión, o intercambiar ficheros pesados». Empecemos con el lenguaje. Todos los contenidos tienen autor, eso está claro; que tengan dueño ya es más discutible; vamos: en lo que a mí respecta, no hay nada que discutir: como no admito -taxativamente no admito- la propiedad intelectual, lo del dueño me la llufa completamente. Hablando de autores, que tienen derechos está más que claro. Sería bueno, por cierto y ya que hablamos de ello, que don Teddy aprendiera a respetarlos dejando de dedicarse a torpedear -con ese poder que le confiere el conjunto de miserias que recauda- normativa que reconociera, efectivamente, los derechos de los autores… como, por ejemplo, los de poner su obra bajo licencias libres y los de autogestionárselas, y nos ahorrara a los autores desafectos al régimen (pero autores, a fin de cuentas) las tremendas batallas que tendremos que librar para lograrlo. Que las libraremos y lo lograremos, pero manda narices.

Por otra parte, si pretende que sólo esos pueden ser los usos de un ancho de banda de 20 megas, o anda muy deficitario de imaginación o está pretendiendo tomarnos el pelo; con muy alta probabilidad de esto último.

Lo que está claro es que ya están desplegando al viento las velas para imponer un nuevo canon a los proveedores de Internet. Porque que el Teddy me diga que se usarán los 20 megas de ancho de banda para ver televisión, por ejemplo… ¿Y qué? ¿Qué más da que la televisión se reciba a través de un receptor de TDT o de una conexión de banda ancha a Internet? ¿Es que su preciosa $GAE no cobra por los contenidos de las propias cadenas? ¿Qué mierda le importa a él el canal de distribución? Y lo mismo cabe decir de las películas. Si son legales, él y su gremio ya habrán cobrado; y si no lo son, pues que llame a los GEO, a mí qué cojones me cuenta. Pues lo que me cuenta, en realidad, es que pretende seguir en la línea más característica de las sociedades de gestión: cobrar a toda la ciudadanía por nada, por un concepto que ellos se inventan graciosamente y que imponen mediante la compra de voluntades políticas.

Porque, además, lo de los cánones es una partida abierta y de muy difícil control; me refiero al reparto. Si una determinada canción se radia sesenta veces en un mes, el autor puede reclamar a la $GAE sus honorarios por esa divulgación; si la $GAE no le liquida en base a esta cantidad música, el autor puede reclamar contra la entidad por mala gestión. Eso en teoría, porque no hay autor que pueda controlar completamente la divulgación de su obra y tiene que fiar su cómputo a la $GAE y que salga el sol por Antequera. Pero… ¿con qué criterio se le puede reclamar a la $GAE la parte alícuota del botín canonístico? No lo hay, no existe base material, precisamente porque la mayor parte del canon se recauda sin esa misma base material de la que carece el propio autor frente a la entidad de gestión; pero el Gobierno no hizo la Ley de Propiedad Intelectual para el autor sino para la sociedad de gestión. Criterios desconocidos, repartos no fiscalizados, tutela del ministerio de Cultura legalmente obligatoria pero realmente inexistente… Lo dicho: partida abierta. Y esto, amigo, da mucho juego. Esta es la razón por la que defienden el canon con uñas y dientes y por la que con no menos uñas y dientes pretenden su extensión y su incremento: para las directivas de las entidades, es un auténtico, cuantioso e importante comodín de prácticamente libre disposición.

He aquí el nuevo frente que se está abriendo, en el que los ciudadanos tenemos por aliados a las telecos pero, fíate de la Virgen y no corras, con aliados como estos, cruda tenemos la guerra, porque lo serán solamente en tanto sus intereses sean coincidentes con los nuestros; que dejen de serlo, puede depender tan sólo de una negociación. Conviene no olvidar que pocas veces los poderosos se pelean, verdaderamente, entre ellos: es mejor que las tortas se las administren, en nombre de ellos, las respectivas carnes de cañón; y cuando la carne de cañón ya no consista sino en una montaña de cadáveres, entonces un honorable armisticio arreglará la cuestión, olvidemos el pasado, olvidemos nuestro enfado y volvamos al amor, como decía la vieja canción.

Estas son las verdaderas miserias de don Teddy.

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