Gamberros y obispos

Hace unos días se produjo una trifulca en una discoteca de la zona alta barcelonesa. Dicho así, no sería nada de particular: estas cosas llamarían la atención si sucedieran en una biblioteca, pero en esos establecimientos absurdos de la ociopatía más estúpida, las reyertas tabernarias son cosa común y corriente, tanto en su interior como en sus inmediaciones, como es comprensible si tenemos en cuenta la cantidad de alcohol de garrafón y drogas de todo dibujo y diseño que circulan por allí, a lo que cabría añadir el cociente intelectual medio de la concurrencia, que se me antoja poco glorioso, a muy escasa distancia del calzoncillero.

Lo que hace un tanto digna de mención la tangana es la procedencia socioeconómica de sus protagonistas, que en el presente caso ha estado constituida por una manada de niñatos de calaña king size, que celebraban algo tan obsoleto y patéticamente ridículo como una puesta de largo. Al contrario de lo que cuentan las películas que sucedía en las puestas de largo patrocinadas por la emperatriz austríaca (que era bávara) Isabel Amalia Eugenia –Sissi para la cursilada-, en la tal juerga megapija un pájaro de los festejantes tuvo la ocurrencia de desnudarse, cosa que le fue impedida por el servicio de seguridad del local a instancias de la gerencia del mismo. El resto de la refinada concurrencia montó en cólera y aquello se convirtió, según parece, en algo propio de un saloon del Oeste -también según las correspondientes películas- cuando el Chon Baine se pone en plan de impedir que el caballo se tire al pianista.

Obviamente -y al contrario de lo que suele ocurrir en las pelis-, maltrecho y quebrantado el servicio de seguridad contratado por la empresa, hubieron de intervenir los Mossos d’Esquadra y parecería -sólo parecería, aún no hay constancia cierta- que, ante la pertinacia de la pijancia en romperlo todo, tuvieron que repartir algo de estopa. Poca estopa sería cuando no hubo lesiones hospitalizables entre los pijillas y, en cambio, dos mossos fueron a parar a manos de los galenos de urgencias, uno de ellos con el tabique nasal reducido a escombros por el cabezazo de uno de esos angelitos.

Eso sí, los niñatos ya apuntan maneras: los mossos se vieron amenazados con la intervención punitiva de los progenitores, uno de los cuales es, precisamente, juez, como así lo hizo notar clara y llamativamente su pollito. Ha de hacerse notar -todo hay que decirlo- que la juez en cuestión se abstuvo de intervenir en todo momento. El quebrantador de tabiques nasales -que, lógicamente, fue puesto a disposición judicial- fue asistido por su madre, abogada. Por cierto que, no sé si fue ese mismo menda u otro colega de su calaña, una vez dentro del coche policial en que iba a ser conducido a comisaría, se cargó, también a cabezazos, las dos lunetas traseras del vehículo.

Y lo gordo es que ahora pretenden denunciar a los mossos d’Esquadra intervinientes por agresiones, malos tratos o qué se yo. Ya ves tú qué título para un culebrón: «Los pijos también lloran». Y, consecuentes con su condición, tienen un morro que se lo pisan. Un morro adicional, quiero decir, aparte del inherente a sus cívicos actos discotequeros. Menos mal que, esta vez (y creo que con la total solidaridad ciudadana; desde luego, con la mía) los mandos de la policía catalana han cerrado filas sobre sus subordinados y ni siquiera van a proceder a investigación alguna de los hechos porque, en conclusión, la pijería se queja de que ha sido tratada como el común de los ciudadanos (de los ciudadanos gamberros, claro) y no con la pleitesía que ellos reclamaban de acuerdo a su presuntamente rancio abolengo. Adicionalmente, la compañía de seguridad, cuyos empleados han resultado lesionados como consecuencia de las agresiones pijas, se querellará contra los niñatos; igualmente, también procederá contra ellos la empresa discotequera.

Uno espera impaciente la severa acción de la justicia, de la que cabe exigir el ingreso en prisión del pajarito cabezonero, que es lo menos para un atentado con lesiones graves. Pero no creo que quepan impaciencias ni esperas, ni que vaya a haber severidad alguna. La justicia es para los pringados, para los sudacas y los negros que montan números de esos; cuando son muchachetes de buena familia… ¡bah! cosas de chicos, no vamos a hacer un drama de cuatro cristales y una napia rotos.

Por eso uno añora la Legión. Me refiero a la vieja Legión, en la que esos muchachos hubieran podido pasar cuatro o cinco provechosos años en otras épocas. Aquella vieja Legión… con sus pelotones disciplinarios y todo.

Hoy, tenemos que conformarnos, como máximo, con la Educación para la Ciudadanía. Y aún hay quien se la quiere cargar, a instancias del gremio de la sotana.

A por ése vamos ahora mismo…

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De vez en cuando, vuelve a ponerse recurrentemente de moda el tema de la apostasía y, en él, parece ser que resulta más difícil darse de baja de la Iglesia católica que de Telefónica. Que ya es resultar difícil.

Hace unos días, y en el contexto de este tema, acerté casualmente, en el curso de un zapeo buscando a Wyoming, que nunca recuerdo en qué cadena anda, a dar con aquel padre Apeles que se ve que tantas risas provocó en otros tiempos. No sé si en ese programa volvería por sus fueros o no, porque sólo le pillé una frase que, aunque inteligente, tampoco me cautivó como para quedarme en el programa. Decía el polémico pater que lo de apostatar era una tontería innecesaria, que si uno no creía, con pasar del mambo estaba al cabo de la calle. Hombre, si suprimimos lo de tontería, casi estoy de acuerdo con él, pero el hecho de que yo esté de acuerdo con él, no merma para nada el derecho que asiste para apostatar a quien quiera apostatar.

Lo que ocurre es que la Iglesia católica no lo pone fácil y, hasta hace poco, lograr una apostasía documentada -entendiendo como tal el borrado del apóstata de los registros eclesiásticos y la notificación fehaciente de ese borrado- era más difícil que superar unas oposiciones de inspector de Hacienda. ¿Por qué tanta dificultad? Pues no lo sé muy bien… Quizá para jutificar el número ingente de parroquianos que alega tener para percibir la muchísima pasta que percibe del Estado; pero nunca me ha parecido que el Estado le haya dado a la Iglesia dinero a tanto por afiliado sino más bien cediendo a su verdadero y palpable poder fáctico que, entre sus propiedades mundanas (inmuebles, acciones y otros recursos no tan inmobiliarios, como su implantación en el mundo educativo) y su capacidad de movilización electoral, es elevadísimo porque, con registros o sin registros, es verdad que los fieles de la Iglesia, aunque cumplen más bien tirando a poco con el precepto dominical, siguen siendo muchísimos. Es aquello que decía Fernando Díaz-Plaja (segunda cita en una semana y eso que hace mucho que no lo releo) en «El español y los siete pecados capitales»: el español es más capaz de morir defendiendo la puerta de una iglesia que de entrar en ella. O quizá se pretende, con tanta dificultad, evitar una oleada de apostasías en masa que pudiera traer como consecuencia una catastrófica presencia mediática del fenómeno, lo que generaría, a su vez, un efecto multiplicador y una pérdida de ese poder fáctico que, en la parte correspondiente, tiene mucho de psicológico. Esa explicación ya me parecería más plausible.

El caso, sea cual sea la razón de esa resistencia, es que ésta genera una fuerte reacción en las filas del ateísmo más anticlerical y más militante que -tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe- logró dar con la solución, un agujero practicado inopinadamente y a posteriori en la al parecer inderrumbable pared del Concordato: la Ley Orgánica de Protección de Datos. Efectivamente, por vía de la LOPD, la apostasía debiera ser fulminantemente recogida e inmediatamente documentada por la Iglesia, sin que ni Concordato ni otras leches pudieran excusar esta obligación, más que nada porque en su momento no pudo preverse la circunstancia y, en la discusión parlamentaria de la LOPD -que ya fue de por sí de caballo- a nadie se le ocurrió esta proyección del asunto.

Ocurre que accionar la LOPD también exige sus requisitos y cumplimentar una tramitación que, sin ser tan obstructiva como la apostasía eclesiástica común, es algo compleja. Como debe ser el único trámite administrativo o privado complejo, y como la ciudadanía no tiene problemas con el consumo, con el canon, con las telecomunicaciones, con los impuestos, y con tantos y tantos otros temas en los que atamos los perros con longanizas, el Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid ha puesto a disposición de los ciudadanos una suerte de oficina de gestión de apostasías, gestión que, imagino, se efectuará en base a la LOPD. No sé yo si eso está previsto en la Ley de bases del régimen local, ni si la discreción (¡ops!) discrecionalidad de la administración local en la estructuración de sus servicios propios llega hasta ese extremo, pero, bueno, ahí está e imagino que la existencia de ese servicio debe incrementar aún más la extrema felicidad de los habitantes de la población madrileña (cuyo gentilicio no oso aventurar ni tengo ganas de buscar, que me perdonen) que, al parecer, no tenían otro problema -afortunadamente resuelto, como es de ver- que el de apostatar en condiciones.

Pero dicho esto, resulta que se nos pica el clero y al obispo de Tortosa le parece inaudito este servicio municipal (Vía «Menéame»). Pero no le parece administrativamente inaudito sino intrínsecamente inaudito, porque dice que esto de apostatar es una cuestión personalísima. Su eminencia excelentísima, reverendísima e inteligentísima es muy cuca, pero no me la da con queso. Veamos la cosa: en puridad, el que apostata civilmente (es decir, vía la LOPD) -en puridad legal y/o técnico-administrativa- no apostata sino que, simplemente, ejerce su derecho de exigir que se le dé de baja de un registro y que, para su mejor defensa ante una eventual burla de la ley, se le remita constancia escrita de esa baja. Si la Iglesia considera eso una apostasía o no, es su problema, pero el caso es que el ejercicio de tal manera del derecho a ser borrado de un registro, es perfectamente delegable y, por tanto, en términos civiles, el ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid -si previamente ha vestido correctamente la legalidad administrativa del asunto- puede perfectamente recoger y tramitar esas apostasías que, como queda dicho, no son verdaderas apostasías y allá películas. Allá películas también para el apóstata, al que le trae al fresco si la Iglesia le considera realmente un apóstata o solamente un fiel sin papeles (no me extrañaría que los de la Conferencia Episcopal llegaran a ese absurdo para defenderse de una LOPD inoslayable que les está tocando mucho los pirindolos). Por eso el padre Apeles considera una «tontería» apostatar -yo también, pero a mis simples y exclusivos efectos personales no necesariamente transferibles- y por eso el obispísimo de Tortosa se pone como una moto ante la idea de que la cosa -que, recordemos, no es en puridad administrativa una apostasía- la tramite un ayuntamiento que quizá sea el primero pero, andando el tiempo, probablemente no el último.

Esta vez es la Iglesia la que ha topado con la LOPD, amigo Sancho…

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Se me queda en el tintero una cosilla sobre la manipulación que hace la Dirección General de Tráfico sobre los muertos en carretera, así le salen de bonitas la cifras, ya me extrañaba a mí, conociendo a la raza como la conozco. Pero esto, nuevamente, se alarga mucho. Es el problema, queridos, que me gusta escribir y me enrollo como una persiana y, aunque no tengo limitación de espacio y a mis siete u ocho bravos parece gustarles que escriba largo, todo tiene un límite. Habrá más paellas y hablaremos de muchas cosas, tranquilos.

De momento esta ha llegado puntual; los temas ya estaban preparados y prácticamente escritos desde ayer, y la paella de este jueves irá servida a su hora.

El próximo jueves será 17 de abril; será, pues, el jueves de una semana republicana, dado que el lunes es 14. Pese a que la IIª República no constituye santo de mi devoción, el 14 de abril ha quedado como una fecha netamente republicana, aunque se piense -o yo, por lo menos, pienso- en una «Tercera», a la que llega un momento que no pido más que el que esté libre de gilipollas y de gilipolleces, porque esto es un sin vivir. Entre tanto llega, siempre está bien tocar un poco los cojones y contribuir, modestamente, a que haya desasosiego en palacio; ya que viven de mi pasta, al menos que me aguanten. Y si ha de ser en 14 de abril, pues en 14 de abril, a ver qué vida…

Salud y república, pues, hasta entonces.

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Comentarios

  • Jordi  On 10/04/2008 at .

    ¿Aún se hace la coña ésta de la puesta de largo? ¿A las mozas les hacen también lo del pañuelito, como a las gitanas? Porque vaya sorpresita se llevaría más de un papá y mamá, al ver que el aparato sexual de la niña ya lleva más mili que el Capitán Trueno.

  • Ángel Bacaicoa  On 10/04/2008 at .

    Nosotros los ripenses tenemos un ayuntamiento bastante decente (incluso en temas de urbanismo) Lo que pasa es que en el “negociado de apostasias” se les fue un poco la olla y han tenido que recular: Es un servicio EXLUSIVO para residentes en Rivas-Vaciamadrid. A los “extranjeros” se les informa pero no se les tramita, so pena de ser acusado (el ayuntamiento) de malversación de caudales públicos o similar. Otra cosa es discutir si se puede suprimir un registro de hechos (Usted está bautizado sea o no creyente)

  • Javier Cuchí  On 10/04/2008 at .

    ¡Ajá! Ripenses. Gracias, Ángel, tomo buena nota. En lo demás, celebro que el ayuntamiento de Rivas-Vaciamadrid sea bastante decente. Dicho por un habitual de esta bitácora, ha de entenderse como altamente meritorio y ‘rara avis’. Gracias por la aclaración.

  • Monsignore  On 10/04/2008 at .

    Hala, otra vez a defender al gremio; si lo sé, me hago torero, que tiene como más glamur…

    En prima puntata, el Ayuntamiento ripense (de nada, caro figlio) no tiene nada que rascar en un tema que compete únicamente a la Santa Madre Iglesia; mutatis mutandis, a nadie se le ocurre que nuestro preclaro burgomaestre (que Dios tenga en Su Gloria – de una puñetera vez) hubiese de tomar cartas en el asunto si, pongamos por caso, un socio del Barça quisiese darse de baja. Bueno, quizá no he elegido un buen ejemplo: En este caso seguramente el batlle sí que tomaría medidas punitivas, pero es que el Barça es més que un club…

    En secunda puntata, coincido plenamente con mi ilustre (y angélico) preopinante: No ha lugar a borrar un hecho – el bautizo. Si creemos en que el Bautismo tiene validez (cojones con los ateos, que son más píos que nosotros – te acompaño en citar a Díaz-Plaja, cuando recordaba al limpiabotas ateo al que un pastor protestante intentaba llevar a su aprisco “No se canse, míster; si yo no creo en Dios, que es el único verdadero, ¿como voy a creer en su religión?”), lo que procede en todo caso es hacer una “profesión de fe atea” o celebrar un “desbautizo” (imagino que con “desmerienda”), pero no a borrar un suceso.

    En tertia puntata, odio dar la razón a un tertuliano de telecinco, pero el R.P. Apeles tiene razón: Con no hacer ni caso, basta y sobra, por cuanto el compromiso religioso no tiene carácter contractual – aunque algún preste haya estudiado en ESADE y nos lo quiera vender como tal – y por tanto no precisa de revocación; desde el momento en que uno no se considera cristiano, católico, romano, apostólico o derviche giratorio, los papeles que puedan afirmarlo se la traen al pairo.

    Lo que nos lleva a la cuarta puntata; entre los Sacramentos se halla, al mismo nivel que el Bautismo, la Confirmación. En ésta, el confirmando, actuando en su propio nombre y en edad de entender sus actos, confirma las promesas hechas en el Bautismo por sus padres o padrinos. De no hacerla – y no conozco a nadie que la haya hecho (al fin y al cabo, aquí no hay merienda, ni regalos) – el bautismo, sin quedar invalidado, sí cojea.

    Pero no se vayan todavía, que aún hay más – por el mero hecho de querer apostatar se disiente del dogma, lo que constituye en Derecho Canónico un delito de Herejía, que conlleva auntomáticamente la excomunión del apostatando. Lo que viene a significar que es imposible apostatar, ya que el mero deseo de apostasía implica la excomunión del fiel que, no habiendo sido excluído de la comunidad de creyentes, ya no puede pedir abandonar una comunidad de la que ya no es miembro. O sea, que como pienses en pedir la baja, te echamos a la calle, con lo que ya no puedes pedir la baja. So pringao.

    … Y es que la banca siempre gana, carissimi fratelli.

  • Rogelio Carballo  On 11/04/2008 at .

    Monsignore trae a colación el desconocido Derecho Canónico y es ahí donde la argumentación de nuestro ilustre Cuchí cojea por olvido u omisión. Quizá sea herencia de la antigua separación entre derecho civil, canónico y militar pero el conflicto legal persiste entre estos tres órdenes. Puede hacerse una analogía entre derecho civil y canónico y derecho civil y militar. A nadie se le ocurre que perteneciendo al ejército ciertos delitos sean juzgados por un tribunal civil, porque el administrado sabe que su cuerpo legislativo es la derecho militar y es en ese ámbito, elegido libremente por el individuo en cuestión, donde se han de juzgar sus actos. Y ello es así y reconocido en derecho aunque suponga en algunos aspectos quiebra de derechos fundamentales reconocidos universalmente (otra cuestión es la voluntad del ejército de ir adaptando situaciones legalmente aceptadas en el orden civil como propias). Sin embargo, continuamente aparecen situaciones de tensión, de frontera entre ambos órdenes. Yo creo que se puede hacer una extrapolación al orden religioso, que tiene un cuerpo legal propio, sustentado en unas convicciones y valores, que se eligen libremente pero que al elegirlas comprometen. Los judíos tienen la circuncisión como DNI a lo bestia (que firmas a la temprana edad de 0 años). Date de baja y aplícale la LOPD a los judíos si tienes lo que hay que tener, Javier.

  • Javier Cuchí  On 14/04/2008 at .

    Queridos Ángel, Monsignore y Rogelio, permitidme unas breves aclaraciones:

    1) En el tema de la apostasía, sea por vía canónica o por vía «civil», no tomo partido alguno y menos aún en lo personal. Me limito a constatar unas cosas que pasan, que ahí están y, simplemente, las comento desde un cierto distanciamiento (o, por lo menos, desde el intento de un distanciamiento).

    2) Con respecto a los que mencionáis el Derecho canónico -que ‘temporibus illis’ estudié únicamente en su faceta matrimonial y creo que pertenecí a una de las últimas promociones que lo tuvo como asignatura curricular- simplemente subrayar que el ‘quid’ de la cuestión es que vía LOPD lo que se hace precisamente es ‘puentear’ el derecho canónico, obviamente con gran contrariedad de las instancias eclesiásticas.

    3) La legislación militar y la eclesiástica no son comparables. Aquella pertenece a la normativa estatal, aunque se aplica a un colectivo determinado y en unas situaciones específicas; lo mismo que puede decirse, por cierto, de la normativa en materia de tráfico, por ejemplo. La legislación eclesiástica no tiene, en cambio, ninguna repercusión pública salvo en algunos casos concretísimos y perfectamente establecidos por vía concordataria (como la validez civil del consentimiento matrimonial prestado en la ceremonia católica)

    4) No puedo darme de baja de la religión judía, toda vez que nunca me dieron de alta en ella.

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