En marcha, campamento

Años ha, fui monitor y director de actividades educativas de tiempo libre infantil y juvenil; bueno, de hecho, lo soy todavía porque las titulaciones no caducan pero, en realidad, hace más de veinte años que no ejerzo, salvo alguna muy -pero que muy- esporádica actividad docente de formación de educadores.

Hoy leo que los Mossos d’Esquadra van a llevar a cabo una campaña de formación para que los chavales conozcan los peligros de la red. No voy a entrar a juzgar dicha campaña, toda vez que desconozco en profundidad su contenido pero, así, grosso modo, cabe valorarla positivamente, porque los peligros, ciertamente, existen y es una pena que no se les haga frente de una forma coherente y organizada, porque la mayoría puede paliarse con relativa facilidad; podría, hasta el punto de su inexistencia, si la mayoría de los padres no fuera un hatajo de analfabetos tecnológicos y, encima y sobre todo, unos perezosos de mucho cuidado que pretenden autoconvencerse de que eso de la educación es cosa del cole y no de ellos, y así nos luce el pelo. Con todo, no es justo que los hijos paguen por las culpas de los padres, así que hay que andar tomando medidas a cargo del presupuesto público para que los hijoputas que andan por la red lo tengan más difícil, empezando por enseñar autodefensa a la muchachada. Esperemos que dentro de esas medidas de autodefensa no se incluya el aleccionamiento sobre aquello tan gracioso, reiteradamente sostenido por la Guardia Civil, de que bajarse contenidos de P2P es delito. Si es así, aquí estaremos -porque no seré yo solo, ni muchísimo menos- para armar el follón correspondiente.

Dentro de la noticia, se explicaba que se va a dar a los mossos encargados de ejecutar este proyecto, una formación específica en el trato a los chavales, para obtener de ellos una actitud positiva ya desde el principio, para que vean a los mossos como alguien que ayuda y no como a un gremio puramente represivo y, en definitiva, para que participen de forma relajada y activa en las actividades que se les propongan en orden a lo dicho. También me parece una excelente medida, plausible y muy adecuada. El trato con los adolescentes -y sus respectivos grupos de pre y post, no es nada fácil: que me lo digan a mí como educador que fui y como padre que soy en esta tesitura.

Pero hay algo en todo esto que me deja un poco de mal cuerpo. La mayoría de las actividades que los chicos realizan con el ordenador son de carácter lúdico: por cada hora que lo emplean en sus tareas escolares, pasan muchísimas navegando, chateando, jugando on line y realizando las mil actividades apasionantes y divertidas -también las peligrosas, claro- que permite la combinación ordenador-red (y también ahora muchas consolas de juegos), es decir, pasan muchísimas horas en actividades de tiempo libre. ¿No sería más natural que esta campaña fuera ejecutada por educadores de tiempo libre y no por policías? Por supuesto, sin perjuicio de la coordinación con la Policía, claro. Pero, así, a bote pronto, parecería más normal que fueran los dirigentes juveniles los que recibieran de los policías los conocimientos necesarios sobre la cuestión para ser ellos los que los transmitieran a los chavales, que es lo que se supone que saben hacer bien, que, a la inversa, sean los policías los que vayan a aprender nociones de dirigentismo juvenil para hacer ellos mismos la tarea.

Lo cierto -y lo que me entristece- es que aunque sobre el papel el mundo esté al revés, lo cierto es que no, que es más fácil formar a los policías para que se muevan con soltura en el mundo juvenil que formar a monitores y directores en el mundo de la tecnología. La educación de tiempo libre infantil y juvenil se ha quedado muy atrás; y si esto es triste en general, más lo es decirlo en Cataluña que, en esta materia, fue históricamente región adelantada y pionera en España. El escultismo y otros movimientos juveniles -escultistas o no- siguen en la época de la chiruca y del kumbayá a toque de flauta; y no es que me parezca mal (se me cae la baba cuando veo a mis hijas cargando un mochilón camino de un campamento o de una excursión montañera) pero la acción de los movimientos juveniles -hablando, claro está, en general y salvando las probables, pero con toda seguridad escasas, excepciones- no ha pasado de los buenos viejos tiempos y ahí, más que probablemente, reside la clave de su decadencia. Los chavales abandonan los movimientos juveniles (más exactamente aún: los ignoran) porque el mundo en el que viven los movimientos no tiene nada que ver con el mundo real en el que se desenvuelve la cotidianidad de los jóvenes de hoy. Y eso es malo para todos, porque la axiología, la conciencia cívica y ciudadana que transmiten los movimientos juveniles es muy necesaria y su ausencia se nota muchísimo en los comportamientos sociales de los jóvenes; si éstos se acercaran en mayor proporción a estos movimientos, muchos problemas que nos aquejan desde el lado mocito quedarían reducidos a una expresión muy pequeña. Pero la estética y la metodología -sobre todo la metodología- de los movimientos está a años luz de lo que busca, espera o quiere un muchacho del siglo XXI y de esta forma, la desconexión está cantada.

Es una pena y es, además, un problema. La falta de una experiencia juvenil en la convivencia, en la hermandad, en el esfuerzo común, más allá del cole (y todavía más aún ahora, que ya no se hacen amigos en el barrio, que ya no hay pandillas -en el sentido sano de la palabra- porque ya no se juega en la calle) no aportará nada bueno a la sociedad del mañana. Quizá por eso tenemos la mierda de ciudadanía que tenemos hoy porque, sépase, este problema no es actual: lo arrastramos desde hace más de una generación.

Aquella luz del mismo sol que los de mi generación tuvimos por horizonte cuando compartimos la gloria del camino, puede volver a iluminar a nuestros mozuelos pero, aunque ello represente una cierta pérdida en el romanticismo formal, en lo de toda la vida, en lo de siempre, de la misma forma que la guitarra sustituyó al tambor, el teclado debe hoy sustituir a la bota y mostrar a los niños y jóvenes el camino de la tarea en común en la alegria y en la canción… con aires -ya lo sé, contaminados, qué le vamos a hacer- de siglo XXI.

Dame tu voz, amigo, y juntos exploremos el ciberespacio.

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