Paradojas y trasvases

Soy socio de Greenpeace. Me di de alta cuando la catástrofe (y la negligencia y la poca vergüenza) del Prestige porque pensé que había que echar una mano en lo de dar caña a ciertos sinvergüenzas que creen que pueden reventar el mundo al gusto y ganas de su cuenta de resultados. Mis amigos se sorprenden. ¿Socio de Greenpeace un tío que no tiene demasiadas objeciones a la energía nuclear? ¿Socio de Greenpeace un fulano que no se cree -para nada- que los alimentos transgénicos sean [necesariamente] perjudiciales para la salud humana? ¿Socio de Greenpeace un ecoescéptico que se rompe el culo de risa cada vez que oye hablar del «cambio climático»?

Pues sí. Podría ampararme en la paradoja valleinclanesca en la que los españoles vivimos como un estado permanente de la razón y de la materia, pero no me hace falta, creo que puedo responder al asombro de una forma coherente… o más o menos.

Ya he hablado en esta misma bitácora de mi escepticismo sobre el cambio climático, en tanto que causado por el hombre (otra cosa es que el clima sea dinámico y cambiante per se, como así ha sido siempre) del que estoy convencido que responde a una clara estrategia geopolítica que pretende llegar a forzar una serie de situaciones y de cambios en las relaciones de poder a base de depender mucho menos -hasta, incluso, casi nada- del petróleo. No me extiendo; ya lo he hecho en otras ocasiones y, en todo caso, saque cada cual sus conclusiones. Refuerzan esta sospecha dos hechos: uno, la criminalización -cuando no es posible el silenciamiento- de los discrepantes; otro, las razones de los discrepantes, uno muy interesante de los cuales es el profesor Antón Uriarte, cuya bitácora puede verse aquí (y tiene un enlace permanente en «El Incordio»). Pero (ay, amigo) también creo que extender dentro de lo razonable la cultura de que los recursos naturales son para usarlos con racionalidad, no a lo bestia, y siempre mediante un comercio equitativo respecto del pueblo que los posee es imprescindible. Es decir, ni esquilmar los recursos ni robar a sus propietarios (los cuales, siempre en justicia, tienen también la obligación moral de repartirlos con quienes no los poseen). Por ese lado es por donde la acción de Greenpeace es justa y necesaria.

Sobre los alimentos transgénicos, casi lo mismo: no me creo -y tengo mis razones o, mejor, asumo las razones de los escépticos– que sean dañinos para la salud. Pero (ay, amigo) tras los alimentos transgénicos hay una historia muy siniestra de patentes, mediante las cuales la industria químico-farmacéutica está robando a muchísimos pueblos, en primer lugar, su conocimiento ancestral y, en segundo lugar, su acceso a los alimentos. Y por ese lado, nuevamente es por donde la acción de Greenpeace es justa y necesaria: aunque la ONG y yo nos movamos por razones distintas, el objetivo, a la postre, es el mismo.

Y he dejado para el final lo de las nucleares porque ahí es a donde yo quería llegar. Soy consciente de que la energía nuclear es peligrosa; potencialmente, cuando menos. También sé, sin embargo, que con una adecuada estructura de seguridad, el riesgo queda reducido a unas ínfimas posibilidades. Si miramos la historia del uso pacífico de la energía nuclear, veremos que los incidentes serios han sido poquísimos y todos ellos causados por los verdaderos peligros de esta energía: o bien por una gestión total en manos de un aparato político (lo de siempre: los pisacharcos de las maquinarias del partido), o bien por ceder el control exclusivamente a las empresas propietarias, que tienden a mejorar la cuenta de resultados a base de invertir lo menos posible en seguridad y de subordinar ésta al máximo rendimiento (y mayor peligro).

Acabamos de conocer estos días un incidente en la central nuclear de Ascó. Primero fue un incidente pequeñito, cosa de nada; hace un par de días hemos sabido que, bueno, sigue siendo pequeñito, pero quizá no tan pequeñito y, ejem, mejor que a los niños de seis colegios que visitaron la central recientemente les echen un vistazo en el CAP… sin problemas ¿eh? más que nada, para descartar (ese lenguaje médico del mundo al revés que no te dice que te van a hacer unas pruebas, que igual tienes un cáncer de caballo, sino que te van a hacer unas pruebas para descartar que lo tengas… si es que no lo tienes, que el tío está casi seguro -pero no te dice- que lo tienes).

He recordado un pequeño opúsculo que publicó la revista «Integral» hace cosa de un cuarto de siglo que creo que se llamaba algo muy parecido a «Manual de supervivencia para una guerra nuclear»; nada, una tontería, pero el pánico nuclear estuvo muy de moda en aquel entonces: hubo quien se gastó muchísima pasta en refugios y otras hostias para sobrevivir a una situación en la que, de haberse dado, lo mejor habría sido, precisamente, no sobrevivir y cascar de golpe y cuanto antes. Pero decía una cosa muy sabia: dado el problema -por accidente o por agresión bélica- la alarma a la población siempre sería escalonada, jamás la verdad de golpe sino más bien por fascículos, como para que a la gente se le fuera poniendo el cuerpo como corresponde; cada una de las fases de esa alarma a plazos empezaría siempre con un mensaje tranquilizador: «No pasa nada, no hay problema, no hay peligro, tranquilo todo el mundo que está todo perfectamente controlado». Como en la canción de la señora baronesa: no había novedad, pero entre incendios, inundaciones y saqueos, la habían dejado en la ruina. Por lo demás, señora baronesa, no hay novedad…

Vaya, pues parece que «Integral» no se equivocaba, cuando menos en este aspecto, y cabe preguntarse qué iremos sabiendo sobre Ascó en los próximos días. Aunque, por supuesto, sabremos en todo momento que no hay problema, que no hay peligro, que todo está bajo control, que lo ha estado siempre, y que en ningún momento se han sobrepasado los índices de seguridad marcados por la Unión Europea y por su puta madre. Mientras tanto, todos los padres de la comarca -más los de los niños de los coles- cagados de miedo cada vez que tienen que apagar la luz por si sus hijos resultan visibles y de un hermoso verde fosforescente.

Aquí, en España, hay un sistema mixto: la seguridad en manos de la empresa, pero supervisada por el Consejo de Seguridad Nuclear. ¡Hombre, ya salió el organismo regulador! Aquí todo lo solucionamos dejando a las empresas a su aire pero, eso sí, metiendo de por medio un organismo regulador que, además de consumir una ingente cantidad de recursos públicos, no sirve absolutamente para nada. No cumple la función que le debe al ciudadano -regular e impedir trapazadas empresariales- y, aunque casi siempre está al servicio de los intereses de las empresas, de vez en cuando -y nunca, repito, en interés del ciudadano- hacen, por cumplir el expediente, algo que toca los cojones a las empresas, pero precisamente en aquellos ámbitos en que no se les debería tocar los cojones. En fin, todos conocemos a nuestra vieja CMT, así que nos podemos hacer una imagen cabal de lo que es el CSN.

La única forma de que las centrales nucleares sean razonablemente seguras -ya vemos, no obstante, hasta dónde- es que las cagadas en materia de seguridad causen tanta alarma en la población que el precio político de esas cagadas sea lo suficientemente alto como para que los burócratas de los partidos tengan -hasta donde cabe- bien atornilladas a las empresas. Y esta (ay, amigo) es la parte en la que la acción de Greenpeace es necesaria, porque esta acción es la que encarece ese precio político que el día que se abarate, el cementerio no necesitará alumbrado público, porque bastará con la luz irradiada -nunca mejor dicho- de sus huéspedes.

He aquí por qué soy socio de Greenpeace.

Nota – Apenas acabada de redactar esta entradilla, veo en el telediario que se han cepillado al director de la central en cuestión. ¿Comprendéis mejor ahora lo que quiero decir?

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Ayer me tomé un moscoso para estar en casa mientras me instalaban las ventanas de aluminio. En obras nos hemos metido, ya verás qué histeria de primavera y parte del verano, pero esa es otra canción que a lo mejor canto otro día. Echo un vistazo a la prensa virtual mientras tengo enfrente a uno de los curritos peleándose con el marco del salón. Le repito en voz alta la noticia: a un director financiero del Guggenheim lo han pillado levantando medio kilo (de euros, claro) de la caja.

Respuesta del currante mientras somete a obediencia no sé qué juntas con una metralleta (ejem, subfusil) de silicona: «Bueno, pues pa la pasta que manejan esos golfantes, si sólo ha pillao medio kilo aún se ha comportao». Y sigue dándole a la metralleta (ejem, subfusil).

No, si el que no es feliz es porque no quiere.

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A ver si no es para echar sapos y culebras y para cagarse en muchas madres incidental y dialécticamente putas.

Resulta que la sociatada basó su campaña electoral de 2004, entre otros puntos de no mucha mayor importancia, en echar al cubo de la basura el Plan Hidrológico Nacional (PHN), muy conflictivo sobre todo en lo referente al viejísimo litigio del trasvase del Ebro, trasvase que montó una severa reacción en contra en Aragón y en las comarcas catalanas ribereñas, la indiferencia del resto de Cataluña, que en tiempos fue la primera promotora del trasvase pero que, hundida su industria textil, vio muy disminuidas sus necesidades de agua y por tanto mantuvo una postura ecléctica ante el asunto, y la adhesión, convertida, como ya viene siendo costumbre, en oposición a la oposición, de Valencia y de Murcia, esta última en solidaridad ideológica, puesto que su necesidad de agua no mira al Ebro sino al Tajo, con gran encabronamiento por parte de los castellano-manchegos.

A partir de la victoria sociata se instauró, subsiguientemente, una especie de «filosofía» antitrasvase y el asunto quedó zanjado; el PP, obvio promotor del PHN, se lamió -a veces, un tanto ruidosamente- sus heridas hidrológicas, pero no insistió demasiado en el tema, debido a que en Aragón, aunque hoy no gobierna, tiene un fondo electoral importante y conviene no cabrear al personal que es antitrasvase incluso en filas peperas; por otra parte, la fidelidad valenciana la tiene prácticamente a toda prueba, así que por unos hectometrillos cúbicos arriba o abajo, ni Camps ni la tiradora con bala iban a sufrir demasiado.

Pero ya decía mi abuelo que no hay que escupir para arriba, no vaya a ser que el lapo te caiga en la boca y, como ya vamos viendo con la historia de las relaciones con los norteamericanos, Zap II «El Prorrogao» no se ha enterado todavía de que hay que mear mirando a sotavento. En Cataluña sufrimos un episodio de sequía como sólo recuerda la generación de mi padre, lo que, con todos los respetos a las canas paternas, significa que sólo recuerdan los más viejos del lugar, porque el hombre nos cumple en julio 84, que ya es edad provecta.

La ribera mediterránea, por más fama turística que tenga de playas, parques de atracciones y tal, siempre ha sido un secarral; lo que padecemos ahora, más que una sequía, es, en realidad, una acentuación de lo que comúnmente es un clima de papel de lija. Por poner un ejemplo, recuerdo que hace cuatro años -casi fecha por fecha- llovió en Barcelona durante cinco días seguidos; entendámonos: no es que lloviera sin parar sino que durante cinco días llovió en un momento u otro de la jornada; y tampoco es que lloviera a cántaros. Pues bien: ese fue un récord absoluto de continuidad de lluvias: al parecer, no se conocía un período continuo tan prolongado de días lluviosos en la Ciudad Condal. Este récord -que, por simple curiosidad personal, he mantenido bajo observación- no sólo no ha sido superado en estos cuatro años sino que ni siquiera se ha visto igualado. Mientras los santanderinos o los ovetenses se mean de risa con los récords barceloneses de pluviosidad diaria, constatemos con ello que aquí, eso de caer agua, más bien poco; y la que cae anualmente, cae de golpe, en tres o cuatro días, así que aquí o no vemos gota o todos los coros celestiales accionan de golpe y a la vez la cisterna del váter de modo que no puedes ni cruzar una calle de tres metros de ancho sin quedar igual que al salir de una piscina (pero vestido, que es peor).

Una mente racional dirá que, con ese clima, el aprovechamiento de unos recursos hídricos tan escasos debiera constituir en Cataluña un arte refinado y ejemplar; pero una mente catalana dirá que eso sólo ocurriría si Cataluña estuviera en Alemania con lo que los políticos, aun siendo unos zopencos -en todas partes cuecen habas-, lo serían en un grado infinitamente menor que los que sufrimos en el África Cismediterránea.

O sea que ahora que vienen duras, todo son ays y huys y a ver qué hacemos porque, claro, racionar el suministro a una conurbación de 5 millones de personas, no es ninguna broma, y menos teniendo en cuenta la de hoteles de cinco estrellas y de campos de golf que hay ahí. La desaladora que tenía que librarnos de todas las penurias hídricas aún está a medio hacer (todas nuestras obras públicas parecen hallarse en un permanente estado de medio hacer) y ahora caemos en la cuenta de toda el agua que cada día se desperdicia criminalmente por causa de negligencia administrativa sin que nadie haga ni puto caso… hasta que nos ha pillado el toro.

Y ahora, al trasvase del Ebro. La solución peor, se mire por donde se mire. Y, claro, follón. Ya lo dije la semana pasada: Valencia y Murcia claman porque cuando Cataluña necesita agua, entonces sí, hay trasvase. Con su razón, que no la tienen toda, pero alguna sí. Los aragoneses, a su vez, también han puesto a los servicios jurídicos sobre el asunto. Porque los gobiernos afectados, es decir, el de Zap y el de aquí, dicen que no es un trasvase, no, por Dios: es una cesión de excedente de los riegos del delta del Ebro y del agua sobrante de Tarragona. Y voy yo y me lo creo, claro.

Encima, el PP, que no cabe en sí de gozo, advierte que el trasvase este que no es trasvase pero que sí que es trasvase, lo vamos a pagar solamente los catalanes mientras que el PHN lo hubieran pagado los presupuestos generales con no poca cofinanciación de la Unión Europea (lo cual, además, es verdad). Y Oriol Pujol, el hijísimo -también con los ojos haciéndole chiribitas de puro entusiasmo-, se ha paseado por todas las teles preguntándose cuántos kilómetros de carreteras y autovías se iban a quedar en el limbo por culpa del invento, o cuántos peajes no irán a ser rebajados. Pura demagogia, claro -que hablen los de CiU de rebajarle peajes a la Caixa– pero la ocasión la pintan calva y hay que cogerla por los pelos.

En fin, otro show patético de políticos que nos toman por imbéciles. Ahí lo tienes: según la propia página de gestión de la sequía de la Generalitat, un (1) hectómetro cúbico es la cantidad de agua que consumen cinco millones de personas en un día. O sea, el agua para un día de toda el área metropolitana de Barcelona, poco más o menos. Ese trasvase -que no es un trasvase, recordemos que dicen- aportará un caudal de 40 hectómetros cúbicos al año, es decir, agua para 40 días. ¿Y los demás 325? ¿Han armado este revuelo político para solucionar el problema durante sólo un mes y medio al año?

No se lo creen ni ellos.

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Y hasta aquí esta ciertamente larga paella que, no os quejaréis, hoy está dispuesta para servir de desayuno incluso a los más madrugadores.

El próximo jueves, último del mes de abril, será 24, a caballo entre Sant Jordi, patrón de Cataluña y Aragón, el día 23, y una efemérides nacional en Portugal, el 34 aniversario -34 años ya y parece que fue ayer- de la Revolución de los claveles en Portugal, el día 25. 34 años hace que al son de aquella «Grándola, vila morena» el país vecino dio un timonazo a su transcurso histórico mientras aquí lo contemplábamos envidiosos y esperanzados, a ver si caía algo (que cayó: una flebitis) aunque fuera de rebote. Nos faltaba más de un año y medio para empezar a respirar y muchos sustos aún por pasar. Para llegar a esto de ahora.

Y tómelo cada cual como quiera.

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Comentarios

  • Ryouga  On 17/04/2008 at .

    Bueno,yo la paella no la he desayunado mas bien ha sido una tardía cena 😉
    Y pregunto yo (mientras oigo la lluvia golpear furiosamente los cristales de las ventanas,,¿ no podrían hacer un trasvase de nubes de aqui el noroeste?.
    Parece que lo unico que tenemos equitativamente repartido son los estúpidos políticos y los retrasos en las obras,en fin ,buenas noches a los que aun anden por aqui.

  • Celu  On 17/04/2008 at .

    Hace muchos años -tantos como 30- estuve en Barcelona y un tío político -casado con la hermana de mi padre- me llevó a una planta de producción de energía eléctrica de FECSA o algo así; en la que él trabajaba.
    Me estuvo enseñando la planta y recuerdo a los grandes generadores que giraban velozmente para producir la electricidad y que la energía para hacerlo -de la que se nutría la planta- era gasoil o algo así; en todo caso un derivado del petróleo.
    Otras plantas productoras de electricidad funcionan con carbón -casi na-.
    ¿A donde quiero ir a parar?. Lo que quiero hacer notar es que los residuos producidos por estas centrales de carbón y petróleo se “sueltan” directamente a la atmósfera. En cambio los residuos nucleares se guardan con grandes medidas de seguridad.
    No necesito leer estudios de impacto en la salud humana -y del resto de acompañantes de la biosfera- para llegar a la conclusión de que la producción de energía eléctrica por medios nucleares no llega ni por asomo al grado en que nos afecta la producción por medio del carbón o derivados petrolíferos.
    Muy probablemente sea mas peligroso fumarse un solo cigarro en la vida, que vivir toda ella al lado de una central nuclear. Esto es un poco como el miedo a las ondas wifi o de los móviles; un mucho de desconocimiento y otro no menos de ponderar adecuadamente las distintas “amenazas” a las que nos exponemos.

  • Jordi  On 17/04/2008 at .

    La RENFE llegó al colapso porque durante décadas no se invirtió ni un duro. El suministro eléctrico se colapsó por lo mismo. Y ahora el agua. Nadie discute la espantosa sequía que sufrimos pero ¿cuánto dinero en políticas de racionalización de consumos, aprovechamento de aguas freáticas y de pozos no potables o mejora de la infrastructura. Pues tampoco ni un duro y así nos va.

  • JCB  On 18/04/2008 at .

    Desde luego, para un santanderino es sorprendente que no pueda llover más de 5 días seguidos en Barcelona.
    Me lo habría creído de Almería, pero ¿de Barcelona?
    Lo que es la ignorancia…

    PD: Como bien dice nuestro amigo Uriarte, el pantano de Mequinenza, a no muchos km. de Barcelona, tiene agua “pa tirar p’al techo” que diría un argentino.
    La pobre Sta. Bárbara…

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