Firmes, va a ser que no

Hay colectivos ciudadanos que tienen limitados algunos derechos cívicos por considerarse que el ejercicio de los mismos, aún de buena fe, pudiera eventualmente menoscabar la exquisita neutralidad política que se espera de ellos. Entre estos colectivos están los jueces, los fiscales, los policías y los militares, con especial mención de los guardias civiles que son policías, militares, viceversa y todo lo contrario.

Quizá el colectivo más capitidisminuido en esta cuestión es el de los militares, en parte por razones de sentido común y en parte por cuestiones históricas que contribuyen a que sus limitaciones sean aún más severas de lo que parece que habría de ser suficiente. Así, pues, los militares tienen radicalmente prohibidas la sindicación y la afiliación a partidos políticos, y muy limitados -hasta la prohibición misma, en la mayoría de las posibilidades- los derechos de reunión, de asociación, de manifestación y de expresión pública.

No es plato de gusto tanta limitación, pero hay que comprenderla; hay que comprenderla por las mencionadas razones de sentido común y también por las históricas: si la prohibición de sindicarse será seguramente vista con mucha antipatía por la izquierda, ésta queda compensada con la eliminación de la posibilidad de que en el seno del ejército se constituyan «Juntas patrióticas» que tantas alegrías dieron a la sociedad civil en épocas pretéritas. Franco quiso reconstruir un Ejército químicamente puro -incluyéndolos, pero más allá de los principios fundamentales de su Movimiento- y la Constitución vigente ha seguido la misma tónica, incluyendo asimismo los principios fundamentales (aunque, obviamente, otros).

El problema básico es que tan pura química, cuya esencia y objetivos -en términos limpios- no critico en absoluto (salvo por lo de los mencionados principios), también es útil a la alcaldada y a la arbitrariedad. Cuando ésta se instala en la línea de mando, la protesta, necesariamente canalizada por el conducto reglamentario, sólo sirve para retratar al discrepante y para que éste sea objeto de sibilinas -y, a veces, mucho menos sibilinas- represalias.

Y el problema añadido es que ahora hay un ejército profesional en todos los niveles del escalafón. Antes, cuando existía la mili, salvo cuatro cabos primeros más o menos chusqueros, todo el personal profesional era suboficial u oficial, que había mamado la disciplina militar desde muy joven. Pero ahora entran soldaditos que ya no han sido educados -como lo fue mi generación- desde el respeto a la autoridad (civil o militar); al contrario, ha sido formados en la exacerbación de la libertad y de los derechos individuales (nunca en los deberes) y, para ellos, la disciplina militar (incluso la de ahora, mucho más relajada, cuando menos en lo formal, que en mis tiempos) representa un fuerte impacto psicológico; ya lo era para nosotros, así que imagínate estos de ahora. Les cuesta acostumbrarse a obedecer y callar; y esta falta de costumbre empieza a notarse también en el ámbito de los suboficiales, que no tienen la compensación, como los oficiales, de constituir la élite militar y de formar parte de la caballería (no en el sentido de arma o cuerpo sino de estamento). Y todos ellos han encontrado un instrumento que les permite canalizar su problemática manteniendo su necesario (o se les cae el pelo) anonimato.

Hay un medio en red, «El Confidencial Digital» (que no es lo mismo que «El Confidencial» del que hablo en la entrada anterior) que se ha ido especializando -dentro de su generalismo informativo- en informar sobre el entorno militar, en el que consigue chivatazos bastante interesantes, en términos políticos (en términos operativos, la discreción se mantiene generalmente bien); consecuentemente, sus foros están plagados de intervenciones de militares de diversos grados pero, sobre todo, de suboficiales y de tropa, según cabe colegir del contenido de esos comentarios. En ellos se habla poco de cuestiones de operatividad (que es sobre las que se debe guardar discreción y, por lo que veo, se guarda, en general) y mucho más de asuntos propiamente laborales y en algunos casos sobre la idoneidad -más bien falta de ella- de tal o cual medio material adquirido, según se insinúa por el acreditado procedimiento del cuñado y del tresporciento; valga recordar que el tresporciento sólo apareció en sede parlamentaria catalana, pero con la misma razón de ser -si no aún más- podría aparecer también en el resto de las autonómicas y en la común, por no hablar de las administraciones municipales donde la cosa alcanzaría niveles de cachondeo si no fuera cosa tan seria.

Y esto es lo que parece que pica: la disciplina se pone en peligro desde abajo -dicen- pero porque previamente ha sido usada por algunos de arriba para el abuso y para la instauración impune de su propio cortijo a base de sometimiento incondicional y forzosamente silencioso del subordinado (y esto es lo que no dicen).

El caso es que el Ministerio de Defensa ha puesto Internet bajo vigilancia para identificar a los militares que escriben demasiado en foros y blogs. Los interesados conocidos han sido ya avisados de que vayan dejando aparcada su afición bloguera y mediática y, mientras tanto, ya se ha puesto a la Guardia Civil tras los díscolos. La excusa es que se difunden detalles de las misiones al exterior y que esto es tácticamente peligrosísimo.

No he visto -tampoco los sigo intensivamente, ésa es la verdad- muchos comentarios operativamente peligrosos, salvo algunos referidos a deficiencias -originarias o sobrevenidas- del material y eso hay que convenir en que puede ser peligroso, por aquello de dar información al enemigo, sobre todo teniendo en cuenta que el enemigo existe y está ahí (más de ochenta muertos llevamos solamente en Afganistán: oí la cifra el sábado y me quedé de piedra, no pensé que fuera tan alta), no es como aquellos imaginarios comanches con los que nos cachondeábamos del ardor guerrero oficial en mi época de caloyo. Claro que también me pregunto si el peligro no estará en esas deficiencias que se denuncian mucho antes de que llegue el enemigo e incluso si el peligro que causan no será mucho más emergente y probable que el derivado del propio enemigo. No todos -ni mucho menos- de los ochenta muertos lo han sido propiamente en combate.

Aún así, me parece positivo que vayan aflorando a la superficie las miserias y las mandangas de una institución que lleva su secretismo y su opacidad muchísimo más allá de lo que es operacionalmente necesario, sobre todo cuando buena parte de esa opacidad está creada de propósito para ocultar y proteger situaciones abusivas. No sé si van a poder acallar las voces discrepantes; declararle la guerra a la red es hacerse con un enemigo mucho más insidioso que un talibán y, desde luego, infinitamente más inteligente. La Red provee a cualquiera de medios más que suficientes para permitir que el que quiera hablar, hable, y para proteger su anonimato. A fin de cuentas, la Red se creó precisamente para eso, para que la información circulara de forma masiva y, por tanto, libremente. Cualquier intento de limitarla o de capar alguna de sus posibilidades va contra natura, en términos de Internet, y, por tanto, está condenada al fracaso.

Porque uno de los saludables efectos de la red va a ser conseguir que sea más rápido y eficaz perseguir la corrupción que buscar con un farol a quien la denuncia. No minusvaloro en absoluto la eficacia de las personas y la potencia de los medios que la Guardia Civil puede dedicar a esta tarea; pero estas mismas personas conocen sus propias limitaciones frente a un fenómeno tan enorme como Internet y saben también lo poco que pueden hacer frente a contestararios conocedores de las no muy complicadas maniobras necesarias para mimetizarse en la inmensidad del tráfico. La intervención de esas eficacísimas unidades de los hombres de verde puede ser disuasoria para el sector tecnológicamente más primario de los militares parlanchines pero la protesta seguirá en marcha en toda la red.

Ya sabe lo que le toca a la señora Chacón: escuchar a los que hablan, en vez de hacerlos callar. Ese es el camino correcto y es la vía de solución de los problemas. De muchos problemas: el de la disciplina, pero también el de la corrupción y el de las pequeñas corruptelas que, abundantes y dispersas como minas antipersonal, existen en casi todas las unidades (eso ya viene de mis tiempos y de mucho antes). Limpie, doña Carmen, pero limpie cuarteles, no bitácoras.

Será más rentable para todos.

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Comentarios

  • Jordi  On 21/04/2008 at .

    Hay que tener en cuenta que son víctimas de la misión en Afganistán los pasajeros del indigno YAK42 (62 muertos) y de también de un accidente de helicóptero que suposo la muerte de unos quince militares. Ello hace que el cupo de muertos sea tan escandaloso.

    Precisamente en la tragedia del YAK, los propios militares, a través de los e-mails enviados a familiares y amigos, ya avisaron de los peligros y de la manera en que eran transportados los soldados a misiones al quinto pino. He recogido algunos de sus mensajes a través de wikipedia y ponen los pelos de punta. Parece que estemos en 1921, antes de la Batalla de Annual pero no:

    – José Antonio Fernández le dijo el mismo día del embarque a su mujer “reza por mi que este avión es una mierda”, José Manuel Ripollés relató en un correo electrónico cuatro días antes del accidente a un amigo: “son aviones alquilados a un grupo de piratas aéreos, que trabajan en condiciones limite, […] La verdad es que sólo con ver las ruedas y la ropa tirada por la cabina te empieza a dar taquicardia”. Vicente Agulló dijo a su madre “me subo en una tartana”. –

    Una verdadera vergüenza.

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