Libros a precio fijo

Muy interesante la crónica de Elena Hevia sobre la intervención de Jorge Herralde (Anagrama) ayer, en el foro Tribuna Barcelona.

Me resulta un buen pretexto para hablar del libro en el ámbito de esta bitácora, cosa a la que siempre me resisto porque hacia el libro siento aún una especie de respeto reverencial que no consigo quitarme de encima, entre otras cosas, porque no me apetece. Pero es evidente que el libro va a pasar también su via crucis particular como lo están pasando el cine y la música, entre otros contenidos: de la sociedad digital y de los muchos y muy profundos cambios que comporta no se libra nadie; sólo cabe esperar que el libro salga -por lo menos- tan beneficiado como saldrá el cine y como está empezando a salir la música, aunque sea a despecho de los gurús que controlan todavía las ruinas del chiringuito del que hicieron otrora su cortijo particular.

Empieza Herralde por declarar a la fiesta de Sant Jordi muerta de éxito. Cualquier barcelonés que sepa tomarle una cierta distancia a la carraca propagandística municipal y demás turiferarios sabe que eso no es una opinión: es un axioma. Se acabó la compra de libros, se acabó ramblear y, como se descuiden, se acaba la rosa también. Como digo a mis compañeros, mañana -la festividad en cuestión- salgo del trabajo como alma que lleva el diablo, compro rápidamente las tres rosas -una para cada una de mis niñas-, me meto en casa, decreto el despeje de la cubierta, cierro las escotillas y oficial de inmersión, llévenos a quinientos metros de profundidad, máquinas al ciento diez por cien. Porque Sant Jordi ya no es un placer, ya no es una fiesta: es un tormento chino. Ramblear -que era lo más indicado en un día primaveral por excelencia como la fiesta del patrono- representa sumergirse en una sopa asfixiante de tocino guiri en la que no hay quien se mueva (casi ni quien respire); la compra de libros -otro ritual antiguamente amable, con tantos puestos en la calle- se convierte también en una navegación convulsa, sincopada y agobiante en medio de una masa de cabrones que no lee nunca, pero que ese día se echa a la calle a tocar los cojones a los que sí lo hacemos. Y lo de la rosa… bueno, pues lo mismo: un rito, un simple rito ya desprovisto de significado, como las fiestas de la VISA (antes llamadas «navideñas») o la Semana [non]Santa, sus palmones, sus monas de Pascua y para de contar. Mecánicamente, se va a cualquier puesto, se deja uno calcar una pasta absolutamente desproporcionada y [obviamente] especulativa y compra las rosas reglamentarias para su mujer y para sus hijas que, previamente, habrán sido de igual manera obsequiadas por la empresa, por el jefe, por la Caixa, por la tienda de modas y hasta por la señora de los lavabos. Cuando llegue la mía, mi chica ya habrá despejado de delante tres o cuatro rosas y la mía… bueno, la mía aún conserva un cierto valor, en todo caso, e irá -en compañía de las que he regalado a las niñas- a un jarroncito, desde donde alegrará la vista cinco o seis días. Después, a la basura y hasta el año que viene. Porque la rosa ya no es aquel motivo de ilusión central del día, aún dentro de un rito anual, de esperar a que el amado, el amante, el hijo, el padre, adornen de un modo sencillo pero especial el diario «te quiero». A la mierda. Y los libros, los compro por Internet: acabo antes y salen más baratos (aún contando el descuento ritual del festejo).

Continúa don Jorge soltando unas cuantas puyas al tío ese al que han regalado el premio finalista del Planeta, al exageradísimo despliegue propagandístico alrededor de la novela de Ruiz Zafón -hace, de verdad, aborrecerla sin ni siquiera haberla hojeado- y dedica unas cuantas, no exentas de mofa y befa, a la puesta en escena ridícula -a cargo de políticos, claro- desplegada por la brasa nacionalista con ocasión de la Feria del Libro de Frankfurt. Termina -me dejo una cosa, pero luego iré a ella- haciendo un llamamiento al Ayuntamiento y a la Diputación que debería ser una exigencia ciudadana si no fuera porque a la chusma le importa tres cojones (es cultura y no es ludomanía con patrocinio municipal): la recogida y conservación de los viejos fondos de las editoriales que van cayendo y de los escritores que van falleciendo «no vaya a ser que se pierdan y finalmente acaben en el trapero o en universidades norteamericanas como Princeton». Clamor en desierto: si tiene que esperar a que eso lo haga el heredero, lo lleva claro; el heredero está muy preocupado por la comodidad de guiris de cruceros y de gamberros calzoncilleros a la salud de la patronal hostelera. Lo demás, le importa un carajo. Por tanto, la pérdida de ese ingente patrimonio cultural por el que teme Herralde ocurrirá si Google no lo remedia o, cuando menos, lo palía, y siempre que la puta propiedad intelectual no lo impida (que lo impedirá).

Y lo que me dejaba y a lo que iba: Jorge Herralde apuesta por el precio fijo. El precio fijo del libro -aclaro para el lector desprevenido- convierte en poner tasa al precio del libro, es decir, que el precio de venta al público sea siempre el mismo, sea el vendedor un kiosko, una librería de prestigio o una gran superficie. En resumen, acerrojar el mercado, impedir la competencia y asegurarse el gremio editorial el control absoluto (y los ingresos suculentos). Pone no sé qué ejemplos de que en Londres, donde no se admitió el precio fijo, las librerías dan asquito, mientras que en París -en Francia sí se impuso el precio fijo- deslumbran de puro gozo. Bueno, lo dice él. Yo no he estado en Londres y hace muchísimos años que no piso París, así que no puedo discutir la opinión, supuesto quepa discutirla. Sí sé que los tejemanejes de los precios -llámales «precio fijo», «canon digital» o, en definitiva, cualquier suerte de «excepción cultural»- acaban acartonando ese mercado, que no sale adelante, causando daños colaterales acaso graves en otros mercados (el de la tecnología, por ejemplo, como vemos en el caso del canon), alejando al común de los ciudadanos del producto -y aquí, concretamente en el ámbito del libro, no tenemos ninguna razón para estar contentos-. no beneficiando a los autores y únicamente enriqueciendo a editores, distribuidores y otros intermediarios.

Pero es que, además, la generalización del libro en formato digital ya es inminente; empieza a haber aparatos capaces de permitirla con razonable comodidad -que era una asignatura pendiente- y sólo falta encontrar un formato estándar o estandarizable -como a la postre ha resultado serlo en el mundo de la música MP3-, una racionalización de los precios de ese hardware y una distribución comercial razonablemente extendida, para que el mundo editorial del libro se sumerja plenamente en la misma -exacta- problemática (o desproblemática) que el mundo de la música y del cine. En este contexto, con la copia privada masiva en ciernes (civilmente ilícita o no), hablar de «precio fijo» es como hablar de la censura eclesiástica (aquel viejo y famoso nihil obstat) o de la cédula real autorizando la edición. Cosas de otros siglos pretéritos.

Supongo que ahora dirán que con esto morirá la literatura. Es una vieja canción que todos conocemos. Pero es una canción patética, ridícula y tan obsoleta como ellos. Baste ver la creación literaria que existe en la red -y ya no hablo de bitácoras, hablo de libros-libros, como los de toda la vida- en formato digital, y eso que aún no se han extendido las máquinas adecuadas y hay que leerlos incómodamente por pantalla o -error poco sostenible y, además, económicamente nada rentable- imprimirlos en árbol muerto. La obra escrita no sólo no morirá sino que experimentará -de hecho, hace algunos años que viene experimentando- una expansión como no se había visto desde hace quinientos años. Lo único que ocurre es que todo ese ingente volumen de creación estará -está ya- fuera del control de los editores, de los distribuidores y de sus cuentas corrientes.

Les esperan tiempos duros, antes de que comprendan…

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Jordi  On 22/04/2008 at .

    El peor dia del año para comprar un libro es, sin lugar a dudas, Sant Jordi.

  • Ryouga  On 22/04/2008 at .

    Hasta ahora he visto pocos intentos de libro digital,la idea es estupenda ,(ya me gustaria llevar algunos libros en un aparato ligero y transportable,sobre todo esta semana que me tocan vacaciones de sol,playa y alemanes borrachos),pero lo que he visto han sido intentos de DRM en aparatos de Sony (como no ) y otras marcas desconocidas, a unos precios desorbitados ,superiores al precio de un portatil.

    Ya vuelven a intentar controlarnos,despues de todos sus fracasos en ese ambito,parecen no haber aprendido.Creo que Sony ya va por el segundo fracaso en e-books,en fin, seguire comprando
    por internet en formato papel y descargando pdf’s a mi PDA para evaluar si me interesa comprar algun titulo.

  • Laertes  On 22/04/2008 at .

    Un amigo mío se compró uno de estos:Bookeen.com
    El precio es muy alto todavía, pero la calidad de la imagen es muy, muy buena, nada que ver con un portátil o una pda.

  • Ángel Bacaicoa  On 22/04/2008 at .

    Este lo he probado (Un amigo lo compró) y me gusta bastante. In cluye una biblioteca de clásicos bastante potable. (http://papyre.com/portada.asp)

A %d blogueros les gusta esto: