El puto slamming

Aunque hay épocas en que más y otras en que menos, durante todo el año sufrimos en casa un flujo constante de elementos comisionistas de empresas más bien tirando a gangsteriles subcontratadas por telecos -generalmente telecos de baja estofa, igual que sus subcontratistas y sus comisionistas- que vienen a intentar el ya viejo timo del slamming, es decir, de la preasignación no solicitada.

Tenemos la suerte de que en mi escalera no hay ancianos, víctimas habituales de esa chusma inmunda, porque los dos o tres matrimonios de jubiladetes que hay viven ya más tiempo en sus segundas residencias que en las que, ya sólo teóricamente, son sus primeras, pero los pájaros estos dan una brasa realmente muy molesta. Supongo que a muchos os pasa igual.

Me molesta, además y sobre todo, la impunidad con la que circulan, toda vez que estamos todos al cabo de la calle de que esas prácticas son fraudulentas, pero a la autoridad [in]competente se la trae floja y pendulante. Total, es un problema de los ciudadanos, pues que se jodan, que necesitamos a todos los efectivos para reprimir manifestaciones, desalojar okupas y poner multas por estacionamiento indebido (siempre que no sea molesto: si el infractor da por el culo bien dado, tiene entonces la impunidad asegurada).

Por tanto, de vez en cuando me cabreo y llamo a la poli. Guardia Urbana, Mossos d’Esquadra, a quien toque, me da igual. No consigo nada en positivo pero, al menos, queda constancia en alguna parte de que esa práctica sigue prodigándose y los timadores a sueldo (que ya es triste y cutre ser timador por cuenta ajena) nunca podrán ir por ahí con la seguridad absoluta de que nunca pasarán un ratito regular teniendo que retratarle el DNI, la credencial de la empresa y demás a un poli. Además, como muy positivo efecto secundario, llamando a la policía con cuanta más frecuencia mejor, se dificulta la posibilidad de que esas empresas gangsteriles contraten a inmigrantes indocumentados para mejor explotación del negocio y de la carne humana; de todo son capaces si se les abre la mano (y aún sin que se les abra).

Pero ayer la que se cabreó fue mi mujer; yo no estaba en casa (aunque estaba llegando y pude asistir al final de la cuestión) y ella llegaba al portal cuando vio a tres elementos llamando a toda la placa. Les preguntó que qué querían y le dijeron que eran de Jazztel y que venían a hacer una promoción. Mi mujer les dijo que aire, que se largaran con la música a otra parte y los niñatos se pusieron chulitos (parece que también les entrenan, en eso de ponerse bordes), de modo que mi mujer cogió el móvil y llamó a los Mossos.

Habitualmente, cuando se llama a la policía, los elementos del gremio este arrean que se las pelan poniendo tierra de por medio: saben perfectamente que no tienen nada que ganar y que, cuando menos, van a perder el tiempo, aparte de que nunca se sabe si la cuestión no va a complicarse y la cosa pasa a algunos mayores, de modo que la ciudad es grande y la tercera edad amplia, vámonos a otro sitio a pescar, chaval. Pero estos que ayer pilló mi mujer, no, mira por dónde. Se quedaron en el vestíbulo alegando que tenían perfecto derecho a entrar en la casa (es que manda huevos ¿eh?) a lo que mi mujer les contestó que aquello era una propiedad privada y que no tenían más derechos que los que ella quisiera darles, o sea, ninguno. Nada, ellos erre que erre. Hasta que llegó la policía, la cual procedió a identificarles e identificar a la empresa para la que trabajaban (que no era Jazztel, pese a que se presentan como empleados de Jazztel). Y los tíos -un tío y dos tías, para ser más exactos- encima tuvieron el morro de decir que mi mujer los había retenido… ¡en el vestíbulo! Ella sola a los tres, nada menos. De verdad que hay que tener jeta y eso lo vi yo, que en ese momento ya había llegado a la escena. Natutalmente, los mossos no hicieron ni caso, tomaron nota y los dejaron ir. Es muy difícil pillarlos en flagrante delito, dado el propio desarrollo de la actividad.

Ésta, en suma, consiste en que, en primer lugar, toman nota de los nombres de los buzones. A continuación, suben piso por piso preguntando por su nombre al propietario de la casa -a veces se equivocan porque no corresponde con el del buzón, pero ya cuentan con un porcentaje de errores- y le preguntan si es el titular del teléfono. A continuación, explican al eventual incauto que Telefónica le está tomando el pelo porque no le está aplicando todos los descuentos que le serían debidos y, para demostrarlo -dicen- le piden el recibo del teléfono. Si el eventual incauto accede, ya la ha cagado. Ellos, fingiendo que hacen unos cálculos, están anotando, en realidad el número de NIF, el nombre (si no es el del buzón), en número de teléfono y, con algún pretexto -fácil, en el caso de un aturullado anciano agobiado por el peso de la factura telefónica en su exigua pensión- consiguen su número de cuenta (a veces, consiguen que les dejen ver la libreta de ahorros para comprobar los cargos), y eso porque las compañías ya no incluyen el número de cuenta completo en sus facturas para evitar que les levanten clientes por ese turbio procedimiento. Y ya está. Dentro de un mes, la víctima se va a encontrar dos hermosas facturas telefónicas por un mismo servicio. Y eso en el mejor de los casos (también puede encontrarse abonado a Internet por las buenas sin siquiera tener ordenador). Y lo que va a sudar para devolver las cosas a su estado orignal.

¿Cuándo acabaremos con esta brasa? No lo sé. Desde luego, con la autoridad [in]competente no se puede contar más que para causar ocasionales molestias a los pajarracos de tropa. Quizá las entidades de la sociedad civil (AI, asociaciones de consumidores, etc.) deberíamos suscribir un convenio con Telefónica -la principal perjudicada- para la persecución judicial sistemática de estas prácticas, vía querellas y demandas contra los subcontratistas y contra sus mandantes. Porque la ley -que, en teoría ya prevé formas sencillas de darse de baja y de revertir las preasignaciones fraudulentas- no se cumple en absoluto. Todos sabemos el calvario que representa, incluso en condiciones normales, darse de baja de una de estas compañías. De cualquiera.

País de mierda, coño…

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