El pique del intendente

El achuntamén barcelonés, desarrolla desde hace algún tiempo una iniciativa llamada «Audiència pública», que consiste, a través de los distritos y de los recién creados consejos de barrio, que los ciudadanos podamos decir lo que nos parezca -en relación, claro, al barrio y al entorno urbano- ante la concejal y en presencia de diversos técnicos municipales responsables, en el distrito en cuestión, de diversas áreas. Ayer asistí por primera vez a una cosa de estas.

No sé si harán mucho caso de las quejas y sugerencias de los ciudadanos -ayer pude comprobar que el escepticismo entre éstos era grande- pero encontré la iniciativa útil para mí como forma de pulsar de primera mano problemas y aspiraciones. Mi barrio, Congrés-Indians, es un barrio con historia y orígenes distintos (Congrés, nacido hace cincuenta años a raíz del famoso Congreso Eucarístico Internacional, e Indians, nacido un cuarto de siglo antes a raíz del establecimiento de algunos indianos, es decir españoles que habían regresado a casa tras un cierto éxito económico en su aventura ultramarina, según parece, que tampoco está del todo claro) y, encima, la zona donde vivo yo es una especie de sector fronterizo (entre Congrés e Indians, pero también del entero distrito con dos distritos colindantes, a falta de uno), que no es ni Congrés, ni Indians, ni chicha, ni limoná, ni todo lo contrario; digo todo esto para que se vea que hay una clara falta de cohesión entre las dos zonas históricas y mi tercera y despersonalizada zonita que no es sino un hinterland entre varias nadas, que nació y creció en los años 70. Esto provoca que no haya entre los convecinos la relación de hermanamiento y complicidad que puede encontrarse en barrios más clásicos y, por tanto, se produce una incomunicación y una ignorancia de la extensión de ciertos problemas o de la bondad de ciertas iniciativas que se queda constreñidas a un entorno muy reducido. Por eso digo que esto de la «audiència pública» me parece útil, cuando menos, para mí.

Intervine para decir un par de cosas. Una, que había un problema con un paso de cebra en el cruce Garcilaso-Acàcies, que todos los automovilistas se pasan por el forro (sobre todo tú, puerca del Nissan pick-up negro, negro como el dinero con que lo compró el cabestro de tu marido y un poco menos negro que tu puta alma condenada) y un día de estos habrá una desgracia, para la cual mi hija pequeña y yo tenemos unos cuantos números; me respondió la concejal que en la supermegatopeactuación que iban a hacer en la calle Garcilaso a partir de finales de año se afrontaría ese problema. Así que ya lo sabes, guarra del Nissan, la concejal te prorroga la licencia para matar durante ocho meses más. Por lo menos. Quien viva, verá (y nunca mejor dicho).

Pero lo más jugoso se lió a partir de la siguiente cuestión que formulé. Resulta que en el barrio, sobre todo en horas laborables, hay una serie de sobrados -no pocos, por cierto y, obviamente, no vecinos- que aparcan como les da la gana. Como muchas de las calles son estrechas, para dejar paso a otros vehículos, los sobrados en cuestión aparcan sobre la acera; pero como las aceras son, a su vez, estrechas, los hijos de puta las apuran tanto que ya no es que no pase un cochecito de bebé, una silla de inválido o un carrito de la compra: es que no pasa ni una persona a pie. Eso es grave pero, mira, ya sabemos que si los cabrones volaran viviríamos en una noche perpetua. Lo más grave es que todo eso sucede en la más total impunidad, mientras los vecinos contemplamos, indignados e impotentes, cómo van desfilando las patrullas de la Guàrdia Urbana en completa, total y absoluta indiferencia ante filas enteras de vehículos así estacionados. Hablé, en términos literales, de «pasotismo de las patrullas de la Guàrdia Urbana». Eso dije, ya veis que fui inhabitualmente moderado y comedido. No empleé otros términos perfectamente adecuados y aplicables a la situación como «negligencia», «incompetencia» o similares, porque no tenía ganas de discutir sino de intentar que tomaran nota del problema y, hombre, si no fuera mucho pedir ni muy gravoso para ese Presupuesto municipal tan escaso y que nunca se dilapida en tonterías ni en shows para escoceses borrachuzos, que intentaran también siquiera paliarlo un poco.

Pues, ay, amigo, el intendente de la Guàrdia Urbana, allí presente, se me rebotó; el caballero tiene la piel muy fina y eso de que aludiera al pasotismo de la tropa a su mando, le sentó como guindilla a una almorrana. Que si yo había sido injusto (pese a que no pocos vecinos asintieron muy notoriamente durante mi intervención) y que sus muchachos son un modelo de eficiencia y que lo que pasa es que muchas patrullas tienen misiones concretas a las que no atañe el problema.

Vaya por Dios, hombre. Me pregunto qué misiones tan concretas serán estas que no permiten siquiera coger la radio y llamar a una kilo oscar (es el código de la grúa) para que dé un escarmiento, mientras la patrulla se sigue encaminado hacia tan especial y delicada misión. Digo «delicada» por la intensa concentración que cabe presumir, a la vista de lo que hay, en los agentes que la tienen encomendada. En todo caso, ya podría el intendente dejar de dolerse de las críticas ciudadanas (que, en definitiva, derivan en la pésima imagen que ha adquirido -habiéndosela, por cierto, ganado a pulso- la Guàrdia Urbana en los últimos años), ponerse una tirita, en todo caso, y encomendar a sus huestes misiones especiales consistentes, para variar, en disuadir -aunque sólo sea un poquito- a los cabrones que hacen lo que les da la gana y que se cagan y se mean, porque sí, porque ellos lo valen, en los piojosos derechos de sus conciudadanos.

Laus Deo

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  • […] (¿audiencia pública?) del Consell de Barri de mi barrio, con perdón por la redundancia. Ya escribí sobre eso con ocasión de la primera de esas reuniónes a la que asistí -que creo que fue la segunda o […]

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