Monthly Archives: mayo 2008

El timbre de alarma

Es lo que tiene la red en general y Google en particular: buscas una cosa y te encuentras con otra. Pasa con cierta frecuencia, pero lo de esta mañana me ha impresionado. He ido a dar, inopinadamente, con la noticia -ya antigua, del 2002- de que un miembro de una familia a la que conocí hace muchos años y a la que traté durante muchos otros de una manera próxima y habitual, una familia buena gente, trabajadora, fue pillado con pruebas abrumadoras, concluyentes, de producción y tráfico de pornografía infantil. No daré más detalles porque no interesan, a estos efectos; a estas horas la justicia ya habrá hecho su trabajo -lo contrario sería alucinante- y todo aquello susceptible de ser reintegrado a su lugar ya lo habrá sido.

Cambio de caso, pero no de lamentable tema.

En otro entorno cotidiano mío, hace unos meses, fue pillada in fraganti una persona con pornografía infantil, en este caso no para tráfico sino para consumo propio. Una persona con una consideración social alta. Ya sé, es lo que se dice: «Siempre lo es quien menos lo parece». Pero cuando ese que es se materializa súbitamente en una cara, en un nombre y unos apellidos que forman parte de tu propio ámbito vital, se te cae el alma a los pies… cuando consigues que te circule de nuevo la sangre.

Y pensaba, aún con la luctuosa noticia en la pantalla, que si en mi entorno cercano -en términos actuales uno, históricos otro- que yo siempre había tenido -y, en fin, sigo teniendo- por normal, corriente y moliente, han caído dos petardazos, dos, esto es que se hunde el mundo y le dan a uno ganas de mirar debajo de la mesa y de hurgar por los cajones porque llega un momento en que la paranoia es tal que hasta se llega a sospechar de uno mismo. En fin, restablecido el flujo intelectual a sus circuitos normales, la paranoia se va, pero la necesidad de reflexión se queda. Démosle, pues, libre curso…

La red ha multiplicado, no, elevado exponencialmente, los flujos de información. Para lo bueno y para lo malo. Rechazo esa imagen de que la red es un nido de pornografía de todo tipo, infantil y de la otra; yo creo que la proporción de pornografía de todo tipo en relación al volumen de información que circula es, aproximadamente, el mismo de cuando la red no existía. También sabemos que la disponibilidad de la información extiende el uso de la misma. Pongamos un ejemplo: los que antes leíamos periódicos, leíamos, habitualmente, sólo uno -el nuestro favorito-, a no ser que una obligación profesional impusiera mayor lectura; ocasionalmente, podíamos alcanzar otro (en la peluquería, el de un compañero de trabajo, etc.) pero habitualmente era uno. Hoy, el lector de periódicos conectado a Internet lee más de uno y fácilmente tres; a lo largo del día, por supuesto, no de una sola sentada. Para lo negativo, sucede lo mismo. El consumidor de pornografía tenía circuitos muy restringidos, incluso siendo legal; era fácil de adquirir -y cara- pero no abundaba, no se la topaba por las buenas en cualquier esquina: tenía que acudir a una sex-shop o a determinados kioskos; o a cualquier kiosko, si era porno light, pero con el inconveniente de que la compra en un kiosko es, en cierto modo, pública. Hoy, en red, una simple búsqueda arroja un volumen imposible de manejar por una sola persona en un lapso de tiempo razonable; y dentro de ese volumen hay muestras gratuitas como para satisfacer al más exigente.

La pornografía infantil, perseguida con ahínco en el mundo occidental y musulmán, no se encuentra fácilmente. O no tan fácilmente. Yo no he hecho búsquedas, aparte de por el riesgo que conlleva el que quede un log en los servidores de mi ISP con un enlace a eso, porque la posibilidad de encontrar, efectivamente, algo, me revuelve las tripas y lo que no son las tripas, pero deduzco que no será tan fácil porque mientras que navegando normalmente he tropezado de forma casual con material pornográfico común -ahora ya no sucede tanto, pero antes había mucha gente con páginas web de contenidos perfectamente normales, que sacaba unas pesetillas metiendo en ella publicidad porno-, jamás he dado, afortunadamente, con porno infantil. Es decir, que el consumidor de porno infantil tiene que buscarlo de una manera más laboriosa que el de porno común u otros contenidos perfectamente lícitos.

No cabe negar, sin embargo y sin que ello suponga tampoco afirmar una intrínseca perversión de Internet, que la red facilita mucho el acceso a tan execrables contenidos.

Pero para que el volumen de esos contenidos se multiplique, también tiene que multiplicarse el número de consumidores. Incluso admitiendo que la disponibilidad de los contenidos pueda crear adictos donde antes no los había (¿somos todos pederastas en potencia?), la afloración de gente que adolece de ese transtorno de la conducta sexual (y de la otra; y sin perjuicio de que les sean aplicables calificativos y epítetos mucho más gruesos) es alarmante. A mí me alarma. Coge uno el periódico -papelero o digital- y, amarillismos tecnofóbicos aparte, no hay día que no traiga noticia de la detención de un cabrón de esos. Quizá mi alarma venga de lo imposible que me resulta proyectar sobre mí mismo esa figura; puedo conseguir verme atracando un banco, incluso matando, pero mi fuero interno rechaza frontalmente la visión de mí mismo trasteando sexualmente a un niño. ¿Porque soy padre? No será esa la razón o la única razón: muchos padres han sido pillados en ese asunto, y no pocos violando a sus propios hijos. No lo sé. El caso es que esa conducta me resulta inconcebible.

¿Es que la decadencia moral de la sociedad occidental -para mí, fuera de toda duda- está alcanzando a los individuos, a las propias personas? Alguien dirá -seguramente con alguna razón- que una sociedad moralmente decadente sólo puede existir cuando está formada por individuos éticamente tarados. Pero, para mí, un individuo éticamente tarado, a estos efectos de decadencia social, es aquel que no ve más allá de su hedonismo, de una apetencia exacerbada y ciega de bienestar material, de posesión, de diversión, de consumo, en suma. Claro, también el sexo es, o puede ser, un elemento de consumo y en él -quizá sea esta la explicación- se tiende a más, como se tiende a más en el exotismo de los viajes, en la cilindrada y tamaño de los coches o en el lujo de la vivienda. Quizá por ahí puedan venir los tiros. De igual forma que un deporte de aventura adquiere características de verdadero riesgo si se va más allá del control que se diseñó para que fuera razonablemente seguro, el ir más allá en la búsqueda de emociones nuevas en materia sexual -o en otros instintos que se quiera llevar a su extremo- puede conducir a aberraciones que, además, son dañinas para terceros inocentes (niños, en el caso que nos ocupa, pero también adultos en las películas llamadas snuff, en las que se tortura y asesina de verdad a un ser humano).

No sé a dónde vamos a parar. Bueno, quizá es que hoy -ya he explicado por qué- estoy especialmente impresionado, pero verdaderamente, tengo una sensación de alarma que no consigo quitarme de encima.

Y ahora, me apetecería cerrar esta entrada con un categórico y lapidario «mañana será otro día», pero no. No lo será y se trata de que no debe serlo. Las sensaciones extremas tienden a descender hasta alcanzar un punto, mucho más moderado, de estabilidad, pero en este tipo de temas habría que mantener -no yo: todos- una cierta tensión y, desde luego, habría que proceder a un seria reflexión colectiva en la que nos preguntáramos a dónde estamos yendo con ese desenfreno material y su antecedente o consecuente desviacionismo ético. Porque, sin la menor intención apocalíptica o catastrofista, solamente como consecuencia del mero uso de la razón -de mi razón, cuando menos-, creo firmemente que nos estamos yendo a la mierda, que un día estallará esa burbuja de absurdo y demente lujo mal llamado asiático cuando, en realidad, es típica y originalmente euroamericano, y veremos entonces en qué nos quedamos, quién nos pasará la factura por nuestras atrocidades y cuál será el importe que tendremos que pagar.

Y me temo que va a ser muy, muy caro.

El río que hoy nos baja

Hice alusión no hace muchos días a las acusaciones que Santi Santamaria volcó sobre sus colegas en relación al dudoso uso de sustancias químicas cuyo lugar parecería más adecuado en un almacén de pinturas que en una cocina. Bueno, del fondo de la cuestión ya hablé en su momento. Lo que me rompe de risa es la reacción iracunda no de los colegas aludidos -esa era natural, humana y de esperar- sino de algunos medios de comunicación y hasta de instancias gubernamentales, como la vicepresidenta del Gobierno o el conseller de Agricultura catalán.

Por partes.

El folklore nacionalista diseñó hace ya muchos años la marca virtual catalans universals a modo de escaparate de las bondades de la raza. Bueno, con ser conceptualmente ridículo, no es algo exclusivo del nacionalismo catalán: ahí tenemos al gremio del toro coñaquero que hace lo propio y el fenómeno, en definitiva, es habitual en todas las naciones estructuralmente procedentes del romanticismo decimonónico.

Catalans universals lo fueron, por ejemplo, Pau Casals, Salvador Dalí, Josep Trueta y tantos otros perfectamente acreedores a esa consideración testimonial; testimonial porque, en realidad, no es sino un producto mediático o, más bien, redondamente propagandístico. No hay ningún organismo que decida quién es universal y quién no y menos aún un sistema popular o democrático que lo designe: simplemente, es obra de la carraca mediática afecta al régimen.

Pero el signo de los tiempos es inexorable y, a medida que fueron desapareciendo los universals de fuste, hubo que ir bajando el listón para mantener la nómina de glorias nacionales. Y muchas veces, el descenso del listón no es solamente debido a la falta de intelectuales de alto nivel -que alguno habría si se busca bien, con un farol- sino a la poca disposición del personal de este país de aliento ajocazallero y olor a pies por reconocerse en personajes de espíritu elevado. Así, un prototipo de español universal actual puede perfectamente serlo Fernando Alonso y el de català universal, Ferran Adrià. Y ahí quería yo llegar.

Cuando Santi Santamaria pone a parir a la tropa cocinillas megatecno, lo que está haciendo no es montar una bronca entre profesionales sino impugnar la esencia misma de los símbolos nacionales. Casi casi es como si pateara una bandera catalana en el centro mismo de la plaza de Sant Jaume. Y de ahí que haya sufrido una carga de caballería de las buenas por parte de la papelería local: ha osado atacar la base misma de la mitología de la que viven periódicos, televisiones, radios y demás media. El universal es, por su misma esencia, incontestable, como la patria misma.

Pero es que eso no es todo.

Precisamente en el justo momento en el que uno de los dos pilares del PIB de este desdichado país, el ladrillo, las está pasando putas, Santi Santamaria le arrima un barreno a una de las vigas del otro, el turismo. Porque, aunque evidentemente la aportación al PIB de los cocineros agredidos es, en relación al conjunto, ridícula, su aportación a la marca turística Spain es enorme. La tocinada alpargatesca nunca pondrá sus sucias patas en «El Bulli» (el kiosko de Ferran Adrià), como tampoco acudirá a un campo de golf. Pero todo ese conjunto, gastronomía, sol, golf, playa, picadero y demás hostias pijas, configuran una marca de turismo de calidad que tiene un evidente efecto llamada en el turismo de asquito, que también se deja una pasta, más que nada porque muchos pocos hacen un mucho. Las estrellas Michelin de Ferran Adrià, de la Ruscalleda, de Arzak y de algún otro, no venden, en realidad, gastronomía refinada sino millones de paellas tóxicas y de sangrías venenosas perpetradas, más que cocinadas, en multitud de sucios figones repelentes a los que el salero nacional otorga, muy ilustrativamente, la denominación de origen «chiringuito».

Lo que faltaba para el duro: un tío jodiéndonos el chiringuito, y nunca mejor dicho.

De ahí la intervención de la vice del Gobierno (¿dónde coño está Zap, por cierto?): había que detener tamaño tocamiento de cojones al grandísimo negocio nacional que sustenta todo el tinglado y que fía todas las desgracias de nuestra estadística económica a la palingenesia estival de la invasión de germánicos, anglosajones y asiáticos (éstos últimos en versión renta alta, es decir, japoneses).

Santi Santamaria ha pasado, por voluntad propia y, desde luego, con 60.000 euros de fondo de garantía, a la larga y antigua relación de heterodoxos españoles que cantara Marcelino Menéndez Pelayo.

Eso sí: en un modesto rinconcito.

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Estoy de vacaciones laborales esta semana, obligado por las obras de casa, lo que quiere decir que estoy prácticamente confinado en ella, rodeado de electricistas, pintores y otros probos operarios, y unas veces trasteando cajas y enseres de un lado para otro y, otras veces, metiéndome en el estudio (única pieza de casa que no se toca, en esta ocasión, aunque no se ha librado de la invasión de trastos y está atestado), a modo de refugium pecatorum, aprovechando para hacer algunas cosas que tengo pendientes (pocas, porque en estas condiciones no se trabaja bien), leer e, incluso, pudiéndome permitir, a ratos, matar moscas con el rabo. Las jornadas, en este plan, se hacen larguísimas y cansan un montón, porque no hacer nada cansa mucho más y mucho peor que trabajar duro. Redescubro el chateo, tantos años olvidado -aunque, como antaño, me hastía pronto- y hasta participo comentando noticias en «Menéame», que es una forma tan buena como cualquier otra de hacer el ganso.

Ayer me metí en un debate sobre la pena de muerte a raíz de una noticia sobre una ejecución de hace más de ochenta años y que tuvo lugar en Australia en la que, según se ha sabido ahora, se ahorcó a un inocente.

Yo creo que ya está fuera de lugar debatir sobre la pena de muerte; no porque quiera hacer callar a nadie sino porque la pena de muerte, como la tortura legal, son cosas que habrían de estar perfectamente erradicadas como lo que son, un arcaísmo jurídico. Pero el regreso de la tortura como práctica legal a un país occidental (léase Estados Unidos) después del regreso de la propia pena de muerte tras ser abolida en ese mismo país, hace que nunca pueda estarse seguro de que una abolición es definitiva, así baile sevillanas la Constitución, y, por tanto, hay que entrar al trapo. Al menos cuando se dispone de tiempo, humor y ganas.

He vuelto a sostener mi personal leit motiv al respecto, que es el hecho -para mí, fuera de toda duda- de que la pena de muerte no es un problema de dignidad del reo sino de dignidad de la sociedad misma. Cuando se ejecuta a una persona, aparte de la barbaridad humanística, se produce una barbaridad social, que es la de todo un colectivo nacional que confiesa a voz en grito su impotencia ante la capacidad de causar daño de una sola persona. Me fastidia (utilicemos el prudente verbo fastidiar) que se use la clásica y lacrimógena eventualidad del reo inocente, entre otras cosas porque a ella se puede oponer la clara culpabilidad de tantos otros muchos declarados culpables y ejecutados; el error, el penado inocente, es un problema que debe cuestionar la tipología técnica del procedimiento judicial, no la tipología técnica de la pena, cuya crítica debe obedecer a otros parámetros.

Por otra parte, los sistemas garantistas suelen funcionar. Los errores son posibles y, de hecho, acontecen, porque ninguna obra humana es perfecta, pero los procedimientos de los sistemas judiciales occidentales, en general, son eficaces. Es más, la mayoría de los errores suele incidir en el menos indeseable caso de la absolución de culpables -o de la excesiva benignidad en su calificación y pena- que en lo contrario, seguramente por la duda razonable que, como exige la ley, debe beneficiar al reo. Es decir, que no se trata tanto de errores como de evitar cometerlos.

Ocurre, además, que en los casos especialmente luctuosos, la comprensible oleada de sentimientos vindicativos lleva a la enervación de un cierto clamor por la pena de muerte que siempre subyace en la sociedad. En España, por ejemplo, cuando las aguas bajan tranquilas, el sentimiento social generalizado, detectado en muchísimas encuestas, es de oposición muy sensiblemente mayoritaria a la pena de muerte. Sin embargo, si esas encuestas se hicieran en el entorno temporal de casos como el de la pequeña Mari Luz, la niña onubense asesinada por un hombre que, debiendo estar en prisión, estaba libre precisamente por un error judicial (entendiendo como tal no necesariamente de un juez -pese a que hay uno puesto en entredicho y quizá sancionado- sino más bien de un sistema), seguramente los resultados serían inversos y permitirían quizá afirmar que la sociedad española está mayoritariamente a favor de la pena de muerte.

¿Cómo preconizar que de ninguna manera puede ejecutarse una pena de muerte sobre un asesino tan repugnante? Pues, precisamente, por la vía dialéctica a la que siempre acudo yo: ¿es que la sociedad española se considera tan mierda y tan poca cosa que no puede absorber el daño producido por una sola persona, por bestia que ésta sea? Y cuidado: cuando digo «absorber» no hablo de «dejar impune» o de no proteger a los ciudadanos del peligro de ser víctimas de crímenes tan execrables; me estoy refiriendo a algo puramente intelectual, como puramente intelectual sería el placer -vamos a llamarlo así- que se supone que experimenta una sociedad cuando se aplica una pena de muerte, según parecen proclamar sus partidarios.

Por lo demás, todas las estadísticas demuestran que la pena de muerte ni le pone ni le quita al índice de criminalidad, que suele tener su base en circunstancias sociales o psicológicas mucho más complejas. Sobre esto de la disuasión de la pena de muerte, su efecto preventivo, hay una ya clásica paradoja, y es que si la pena de muerte disuadiera al criminal, no habría problema con ella porque ya no existiría de hecho, ya que, ante esa eficacia disuasoria, no existiría tampoco el crimen al que la pena de muerte castiga. Como toda paradoja, lleva en sí misma su propia contradicción y, sin embargo, los partidarios de la pena de muerte de agarran a los efectos disuasorios del patíbulo como si fueran un axioma.

Es el problema -no exclusivo de la sociedad española, por cierto- que se padece cuando el ansia de vindicación se impone a la razón. Casi siempre son las pasiones -aunque algunas raras veces puedan tener efectos positivos- las que ponen cuesta arriba el progreso humano. Las pasiones y los sinvergüenzas.

Pero los sinvergüenzas son ya otra historia.

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Vino la sequía sobre la conurbación barcelonesa, que fue un problema serio. Hubo que afrontarla, y no se hizo con seriedad, lo que derivó en un vodevil. Ahora han venido las lluvias, han caído en buena cantidad, de buenas maneras (en general) y en los lugares precisos (esto es, en todos) y, encima, los pronósticos meteorológicos a corto y medio plazo mantienen altas las posibilidades de que las lluvias sigan. Y entonces es cuando el vodevil se convierte en un sainete de fiesta mayor de pueblo.

Empezaron, recordemos, con lo de los barcos pero, casi inmediatamente, derivaron hacia aquel trasvase que no era un trasvase sino sólo agua que iba de un sitio a otro o viceversa (porque lo de los barcos no era turísticamente elegante, dijeron los hoteleros, que son los que mandan aquí, con permiso de la $GAE). Personalmente siempre he sostenido que, por encima de la estupidez de los dirigentes (y de algunos pueblos), el agua pertenece a los territorios, no a las divisorias políticas, y que cada cual ha de aprender a vivir y a ir hacia adelante con lo que tiene y sin lo que no tiene, es así de fácil. Donde no hay agua se siembra secano o se buscan alternativas: hay quien monta un circuito automovilístico o quien sueña con un macrocasino; y eso, dejando aparte viabilidades o inviabilidades que hay que estudiar en cada caso, está bien, es buscarse la vida. Y el que tiene agua, puede soñar con centros turísticos, balnearios, campos de golf y miles de hectáreas sembradas de pimientos. Lo que no puede ser es que el que no tiene agua se lance a hacer balnearios y ciudades de vacaciones y, encima, pretenda que el agua se la dé el vecino (el territorio vecino) y aún arguya derechos sacrosantos a ello. Los trasvases son mediambientalmente insostenibles y, además, el sediento tiende a tener más sed cuanta más agua se le da (o sea, construye más balnearios y más ciudades de vacaciones). Hasta que el río dice «basta» y entonces ya no hay agua para nadie: todos jodidos; igualdad constitucional en la tierra reseca y agrietada y hambre y mierda para todos. Para todos por igual, eso sí. El síndrome «Seseña» a nivel peninsular.

El intento de trasvase, que no fue trasvase sino otra cosa que no trasvasa ni deja de trasvasar, constituyó un error por muchos conceptos, pero el más garrafal -lo dije aquí mismo-, fue el de romper la política de rechazo total a los trasvases que se instauró como norma urbi et orbi cuando se le dio el puntapié al Plan Hidrológico Nacional de Aznar. De ahí el encabronamiento de los aragoneses -principales opositores al PHN- y el entusiasmo valenciano y murciano que se plasmó en el muy comprensible «o jugamos todos o rompemos la baraja». Encima, la excepción (odiosa para los aragoneses) a la regla (odiosa para valencianos y murcianos) se hace para beneficiar a los catalanes (odiosos para todos).

Ahora que la climatología parece que arregla el problema y nos da el respiro suficiente como para que se ponga en marcha la famosa desalinizadora (anda que no tiene narices tampoco la desalinizadora, ya hablaremos de ella otro día), lo que se queda como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, es el tubo para trasvasar agua no trasvasada y en el Govern deshojan la margarita -sin olvidar tirarse los trastos a la cabeza- sobre suspender su obra o continuarla… teóricamente para nada, pero con los maños sabiendo que esa es una espada de Damocles sobre el Ebro, que lo haría trasvasable -o viceversa o al contrario, según- con un simple decreto pergeñado en un día y publicado en el BOE apenas dos después. Eso, claro, si para entonces la fastuosa obra no ha quedado hecha un residuo putrefacto por el paso del tiempo y hay que volverla a reemprender en su práctica totalidad. Total, la pela del ciudadano de mierda es larga, así que a pagar y a callar (más el tresporciento, eso está claro como el IVA). Si la obra se suspende, amigo, mal rollo: ya está adjudicada. Y eso, aparte de las quejas de los tresporcientistas, supone que, de acuerdo con la ley, con cualquier ley que quieras arrimarle al asunto, la adjudicación ha generado unas expectativas legítimas que contituyen un derecho cuya eliminación constituye un hecho indemnizable. Lo que, en román paladino, quiere decir que los beneficios que AGBAR y demás compinches han dejado de generar -evaluados y estimados como vete a saber qué dios dé a entender en beneficio del ciudadano de mierda- habría que pagárselos igualmente a la joint venture constituida por AGBAR y el resto de la banda. IVA y tresporciento incluido, claro está.

Por si esto fuera poco, el efecto político es igualmente demoledor: el trasvase (o sexo de los ángeles, o coño incorrupto de la Monja Alférez, o como quieras llamarle) estaba decidido y prácticamente en marcha; y sólo los elementos, y no una voluntad política cierta, acabaron con él. Atentos, pues, a las próximas sequías, porque los afectados, arguyento -con toda la razón del mundo- el precedente, se van a ceñir como locos a él, lo que quiere decir que, a la vuelta de menos de un lustro, España estará llena de trasvases que no son trasvases sino vermús con tapa, o de protestas a bragueta abierta quejándose de que en este país el que no es un catalán es un pringado.

Éramos pocos y se cagaron en la barretina.

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Como el que no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo, tal como me he ejemplarizado yo mismo en la segunda entradilla de esta paella, resulta que BNG (los nacionalistas gallegos) e IU (estos no podían faltar) exigieron que en las tomas de posesión -y correspondiente jura y promesa del cargo- se suprimieran el crucifijo y la Biblia habitualmente presentes. No es una propuesta que a mí me cause ninguna especial angustia, pero tampoco -a mi personal, exclusiva e intransferible manera de ver- merece andar perdiendo mucho tiempo, un tiempo absolutamente necesario para ser empleado -como no hacen BNG e IU con especial énfasis- en pararle los pies a la Conferencia Episcopal y a su abominable campaña para cargarse el sistema público de cuidados paliativos (una disciplina médica joven en la que, vaya, resulta que la sanidad pública española no está, ni mucho menos, en los puestos de cola). Por lo demás, ya se sabe que el crucifijo es un eficaz antídoto para los vampiros en la yugular y para los moros en la costa. Por eso mis hijas van a un colegio religioso católico.

Pero si la iniciativa era -no vamos a decir estúpida– poco prioritaria, la respuesta del sociata a cargo de dar las excusas de mal pagador, Ramón Jáuregui, contiene elementos cómicos de primer orden. Empieza por poner de relieve que acceder a la propuesta sería -la madre que me parió- aprobar una norma prohibicionista. Como imbecilidad es de las buenas, porque toda norma o bien prohíbe algo o bien lo impone, pero imponer una cosa es prohibir todas las demás. Si supieran gramática, les diría que es como conjugar en activa o en pasiva, pero como no tienen ni puta idea -entre tantísimas otras cosas- de gramática, no lo digo y prefiero limitarme a decir que esa es una gilipollez más grande que un portaaviones americano. Por lo demás, si me pongo a escribir la cantidad de normas prohibicionistas que esos pencos han promulgado sin el menor reparo buenrollítico, me fundo la memoria del servidor que sustenta esta bitácora. No jodamos.

Sigue el cachondo este: «[El crucifijo] está de más […] Un Estado aconfesional no tiene por qué tener símbolos ni signos religiosos cuando el ministro se compromete con la Constitución y los ciudadanos […] [Pero el PSOE no promoverá] una ley para prohibirlo». Lo he pillado tan cual de «Público» cuyo enlace tenéis por ahí arriba. Si alguien se inventa algo, es la gente de Escolar, no yo. Pero la parida de Jáuregui se comenta sola sin que yo vaya a macular con mi pobre verbo estupidez tan químicamente pura.

Pero espera, espera, que aún hay más.

Va y larga el tío que «[España tiene unas] relaciones especiales [con la Iglesia Católica]». Nos consta, sí. Y de eso, precisamente, nos quejamos muchos españoles. Pero hasta ahí se puede aguantar porque, en definitiva, no es más que la constatación, lamentable pero cierta, de una realidad. Lo divertido viene ahora: «[El PSOE] no puede desoir la creencia religiosa que forma parte de la cultura de muchos ciudadanos» ¡Coño! ¿Y sí puede desoir la no creencia religiosa que da lugar a la cultura -mucho mejor así expresada, en este caso- de no pocos otros ciudadanos? (ciudadanos que, mayoritariamente, so memos, forman parte de vuestro electorado y no precisamente del electorado del PP… ¿o es que la teoría del asunto es putear a aquellos cuyos votos dais por seguros a beneficio de aquellos otros que jamás serán vuestros?).

Sigue, sigue, el cachondo este…

«Hay funerales de Estado y el país lo asume completamente con naturalidad, como asume que el 15 de agosto en media España la Virgen recorre las calles». Nos ha jodido. Y para el 24 de septiembre un montón de ciudadanos barceloneses recorre las calles barcelonesas en calzoncillos. ¿Cree Jáuregui que es en homenaje y regalo a San Sóstenes, promocionable como santo patrón de la ropa interior?

Y termina diciendo: «no queremos establecer una política laicista exagerada«. Eso: no se vaya a enfadar Rouco y deje de perfumaros con el botafumeiro.

Id votando a estos, id…

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Larga paella esta que quizá compense otras menos variadas y menos largas. Larga y puntual, que ya hacía falta, porque las últimas llevaban una anarquía cronológica de mucho cuidado.

Así están las cosas hoy, último jueves de mayo. El próximo será 5 de junio, el mes que inaugura el verano, terror de estudiantes y alegría de los playeros, que suelen estrenar temporada en ese mes. Claro que, por lo menos en el Mediterráneo, ya son ganas, sumergir las pelotas en esa sucia e infecta sopa de mierda de guiri recién salida del colector, con tropezones de metales pesados a tutiplén.

La semana que viene, más.

Un roto por un imbécil

Hay actos o acontecimientos que en apariencia son totalmente intrascendentes pero que acaban determinando importantes consecuencias. En mi último artículo hablaba de que la reclamación que la $GAE llevó adelante contra Ana María Méndez, en lo que imagino un procedimiento automático, la simple ejecución de un protocolo que no necesita reflexión específica puesto que fue reflexionado de manera global cuando se estableció, una hormiga en medio de una marabunta, para entendernos, le ha supuesto a la entidad de gestión perjuicios importantes -el último de los cuales puede ser gravísimo- que, de haber sido previsibles -o de haber sido previstos-, hubieran llevado a la suspensión de la acción, con lo que Ana María seguiría vendiendo tranquila y pacíficamente su mercancía en «Traxtore» y, hoy, la lucha anticanon estaría unos cuantos pasos más atrás de lo que está.

Un señor con pinta de señor cualquiera va al aeropuerto y en la dichosa cola de seguridad, indica a los pasajeros que tiene delante que, si no llevan en ellos elementos metálicos, no tienen por qué quitarse los zapatos (a eso y a más se llega en los aeropuertos). Cuando le llega el turno, el tío al que le han regalado la gorra de plato de la autoridad suprema, el segurata, el individuo que considera que todo el Derecho desde Hammurabi se ha producido con el específico propósito de que a él le laman la chapa, ve llegada la hora de la venganza fiera: «Ahora vas a ser tú el que se quita los zapatos, por listo». El hombre se niega porque, conocedor de que sus zapatos no tienen componente metálico alguno, no tiene por qué someterse a esa práctica tan humillante (sí, señores: quitarse los zapatos porque alguien lo manda, así, porque le sale de los cojones, es absolutamente humillante), pero la máquina policial privada ya está en marcha y no hay quien la detenga, de modo que el segurata insiste, así aprenderá el ciudadano de mierda este a hacerse el chulo. El ciudadano se identifica como diputado europeo, pero nada, a Porfirio Calasparras (nombre supuesto), el sheriff más rápido del aeropuerto, no se le sube a las barbas ni el Papa. El diputado exige la presencia del guardia civil responsable y éste sentencia en pro del segurata; parece que tiene una idea muy heterodoxa del principio de autoridad y de las circunstancias en que debe ser aplicado, pero en fin… Como el guardia civil ya es una autoridad de verdad, el diputado cede, se descalza y pasa el control. Una vez hecho lo cual, pretende (en vano, como veremos) ejercer otro derecho y exige al segurata que se identifique; el otro -es costumbre y mor en el gremio- se pone hecho un basilisco hasta el punto de que tiene que ser sosegado por sus compañeros para que la cosa no pase a mayores. El diputado, acto seguido, va a la comisaría de Mossos d’Esquadra a denunciar al segurata y al guardia civil. Pero la cosa no queda ahí, ahora lo veremos.

Aeropuerto de Viena, septiembre de 2005. Gottfried Heinrich, un señor con pinta de señor cualquiera y que, además, es un señor cualquiera, sin otra particularidad que la de ser aficionado a la práctica del tenis, pierde un avión porque la tripulación le obliga a desembarcar, al considerar que sus raquetas de tenis -que, por costosas, ha llevado consigo en el equipaje de mano- constituyen un peligro para la seguridad de la aeronave. Pierde el avión.

Aeropuerto de Tempelhof, Berlín, noviembre de 2006. David Raya, un señor que es un señor cualquiera, pero que no tiene pinta de señor cualquiera porque, adoleciendo de fibrosis quística y de diabetes -cuidadosamente documentadas en español, inglés y alemán- lleva consigo un maletín que contiene diversos tipos de comprimidos, aerosoles, jeringuillas y otros medicamentos -algunos líquidos, claro, como los inyectables- y no puede separarse de dicho maletín porque le va en ello la vida, además de que no puede correr el riesgo de que se pierda; y la nada desdeñable razón de que su contenido vale 5.000 euros. La policía -o seguridad privada, averigua- de Tempelhof pretende que facture el maletín; él se niega: le va el pellejo. Después de un registro largo, interminable, público y humillante y casi (o sin casi) un ataque de nervios, consigue subir al avión con el maletín.

El diputado europeo, que no es otro que Ignasi Guardans, de CiU, empieza una campaña contra los excesos de la seguridad en los aeropuertos y, sobre todo, contra el hecho de que la normativa sea secreta, lo cual, a su juicio -y al de cualquiera que tenga dos dedos de algo encima de las cejas- es un despropósito, campaña casi personal que lleva a cabo mediante varias preguntas parlamentarias que son sistemáticamente saboteadas por los sociatas y por los populares europeos, pero que suscitan todo un entorno de reacción entre varios diputados, unidos en su lucha contra la aberración paranoica de los aeropuertos europeos.

Mientras tanto, Herr Heinrich ha acudido a los tribunales de su país, los cuales, en determinado punto de las actuaciones, proceden como la Audiencia Provincial de Barcelona con Ana María Méndez o como, posiblemente, proceda el Tribunal Supremo en el litigio interpuesto por la $GAE contra la Asociación de Internautas: consultando al Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Y la abogada del Tribunal, Eleanor Sharpson, es devastadora: la no publicación de la lista de artículos y elementos prohibidos en un equipaje de mano «es un vicio de tal gravedad que no puede ser tolerado por el ordenamiento jurídico comunitario».

David Raya, aunque consiguió embarcar, agarró un globo de aquí te espero y, cuando llegó a casa, se puso en campaña. Se puso en contacto con el Defensor del Pueblo de la Unión Europea y éste, a su vez, lo remitió a Macin Libick, presidente de la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo, el cual contestó admitiendo a trámite la queja de David, que, en definitiva, comparecerá mañana ante la Comisión para fundamentar su queja, de lo que podría resultar una propuesta al Parlamento para cambiar la norma.

Así las cosas, Jacques Barrot, vicepresidente de Transportes, el impulsor y defensor de toda esta atrocidad aeroportuaria, le ha visto las orejas al lobo -al parecer, la futura y prácticamente segura sentencia del Tribunal desactivándole todo el tinglado le ha llevado al pánico- y se cura en salud ofreciendo una rendición con condiciones, aceptando una flexibilización de la norma y, sobre todo, su transparencia.

Todo por un segurata en El Prat, unos tripulantes de cabina de pasajeros en Viena y unos polis -o también seguratas– en Tempelhof, que no supieron ser flexibles y envainársela cuando fue necesario -y razonable- hacerlo. ¿Cuál sería el calibre de los clavos de las botas que usaría Barrot para patearles los huevos?

Hay un cuentecito ejemplar, casi un refrán, que explica que por un clavo se perdió una herradura, por una herradura un caballo, por un caballo un caballero… y así sucesivamente hasta llegar al desastre total de perder la guerra.

Tres clavos, han sido en este caso.

La pesadilla de la $GAE

Conocí a Ana María Méndez hará cosa de un par de tres años, cuando coincidimos en un programa de la emisora barcelonesa de Radio Intercontinental hablando del canon. Bueno, en realidad ella hablaba del canon; yo había sido llamado para explayarme sobre las bondades del software libre, como cada segundo o tercer martes de cada mes, según le diera. Pero, naturalmente, aprovechando el buen viento, yo entré también con entusiasmo en el tema del canon, por aquello tan cervantino de arremetelle por todos lados.

Ana María me impresionó; tanto que, tan pronto salí de la emisora, me faltaron dedos para llamar a Víctor Domingo: «Tienes que conocer a esa tía y tendrías que ver la que está montando. Y tendríamos que prestarle nuestro apoyo, no individual, sino como entidad». Víctor me dijo que sí inmediatamente. Poco después, la conoció personalmente y también quedó muy impresionado.

Y es que hay que ver a Ana María: es una mujercita menuda, de voz muy suave y de gesto tímido. Se la ve poca cosa, así, al pronto. Quizá por eso engañó a la $GAE. Es pequeñita… como un áspid.

Porque esa señora menudita, de voz muy suave y de gesto tímido, tiene un par de pelotas que no le pasan por la puerta, pero en la $GAE no se las supieron ver (estarían con la vista puesta en las cuentas, que Santa Lucía les conserve la oreja porque, ya, otra cosa…). Le reclamaron 60.000 eurazos por canon impagado de material vendido en la tienda de su madre, «Traxtore», y de nada sirvieron sus alegaciones respecto a que ella había comprado el material objeto de reclamación antes del pacto ominoso entre $GAE y ASIMELEC. Aunque el pacto estipulaba que el material en stock al momento de la firma quedaría fuera de dicho pacto y pese a que ASIMELEC aseguró a Ana María que dicho material procedía de stock anterior -cosa que después se negó a certificar- la $GAE le cayó encima como el huracán de Birmania.

Ella quiso negociar, y sí, bueno, alguna rebajita consiguió, pero algo le pasó, algo la sublevó y, en definitiva, resolvió que no, que no le daba la gana, que a tomar por saco, y hasta las tumbas se abrieron gritando ¡venganza y guerra!

Los de la $GAE van de sobrados. Todavía van así hoy, y mira que les ha llovido. Pero no aprenden. Menospreciaron a la Asociación de Internautas cuando éramos cuatro y sin cabo; menospreciaron, después, al conjunto de internautas españoles -de dentro y de fuera de la AI- sabiéndose dueños de un poder omnímodo con mando en Moncloa cuya procedencia real es aún un misterio. Y, por supuesto, menospreciaron a Ana María Méndez. Ese real de queso, vaya por Dios…

Y Ana María Méndez se les ha atragantado, pero bien. Empezó por el principio, por supuesto, resistiéndose judicialmente a la imposición del diezmo; pero no se conformó con eso: empezó a tocar teclas y levantó, en poquísimas semanas, una asociación a nivel nacional de pequeños y medianos comerciantes de electrónica afectados por la $GAE dichosa o susceptibles de verse afectados el día menos pensado (APEMIT). Y no hay movida anti-$GAE en la que no participara… o que no organizara. Ayudó a dar alas a VACHE, la asociación de hosteleros andaluces víctimas de la $GAE, promovió actos anti-$GAE, apoyó las iniciativas de Luis Cobo Manglis, socio crítico de la Innombrable a la que reclama diversas falcatrúas con fondos sociales, la lucha de «Taller de Músics» y de tantas otras escuelas de música contra el túmulo egipcio -y más bien funerario- que la $GAE está montando en Valencia… la intemerata.

La de ahora ha sido muy buena, un éxito bueno, bueno, de los gordos. De los que hacen daño de veras.

El caso «Traxtore» se perdió en primera instancia. Ya es habitual que los pleitos contra la $GAE se pierdan en primera instancia… Bueno, ojo, va siendo ya menos habitual, las cosas como son; parece que los jueces más jóvenes -o más progresistas… o de criterio más independiente- se van poniendo las pilas y, aunque todavía pocas, ya se van cosechando en primera instancia sentencias curiosonas. Sus jóvenes señorías parecen especialmente sensibles a cosas como el copyleft y otros detalles. Bueno, el caso, a lo que íbamos, es que Ana María recurrió su sentencia ante la Audiencia Provincial de Barcelona y ésta ha estimado la solicitud de que se dirija una consulta al Tribunal de Justicia de la Unión Europea sobre el alcance del canon por copia privada porque a los jueces se les plantean dudas sobre su equidad al recaer tan berroqueño impuesto privado sobre elementos digitales de uso profesional y de otros usos que no constituyen ejercicio alguno del derecho a copia privada y que, por lo tanto, sufren una notoria injusticia pagando canon. Mientras tanto, todos los litigios que tengan como objeto el canon dichoso quedan en suspenso hasta que el TJUE se pronuncie.

Es bueno recordar que el TJUE ya tuvo que pronunciarse sobre una pretensión de Promusicae para que Telefónica fuera obligada a hacerle de confite soplándole la identidad de los que se bajan cosas de las redes P2P. Esa pretensión liberticida fue rechazada de plano. A ver ahora qué sucede con la consulta de la Audiencia de Barcelona sobre el canon. Y conviene no olvidar que el Tribunal Supremo también está deshojando la margarita sobre si consultar también a la Unión sobre el alcance de la directiva que dio lugar a la LSSI para resolver el pleito que sostiene la $GAE contra la Asociación de Internautas, tras un informe del fiscal del que se deducía que no veía nada clara la sujección a derecho de los fundamentos de las sentencias condenatorias que obtuvimos en primera instancia y en la Audiencia Provincial de Madrid.

De paso, tantas consultas, tantas dudas por parte de los jueces, deberían ser consideradas por el Gobierno como una clara señal de lo muy chapucero que es aplicando derecho europeo, cuando a la hora de elaborar la normativa española derivada de éste se cuadra ante los dictados de la $GAE y de sus congéneres. De paso, ahí tendrán otro motivo para seguir dejando en suspenso el decreto sobre el canon, que ya va pareciendo la Sagrada Familia y que lleva nada menos que quince meses de exceso sobre el plazo máximo marcado por la ley. Mejor dicho, otro motivo, no: el primer motivo verdaderamente justificado; está claro que ahora sí que no se puede poner en marcha el decreto del canon, a riesgo de que el Tribunal europeo se lo cargue por la base. Lo que se echa de menos, en tal caso, es que se siga permitiendo que se perciba canon digital alguno -pactado o no con ASIMELEC- porque buena parte del mismo podría estar percibiéndose indebidamente en claro perjuicio del común de la ciudadanía.

Veremos que pasa al final -faltan, probablemente, meses para que haya respuesta- pero esta es, verdaderamente, gorda, gorda de verdad.

Alguien, en alguna parte de la $GAE, tiene que maldecir mil veces el momento en que cometió la torpeza de no dejar tranquila a una pequeña gran mujer como Ana María Méndez. Y que vayan con cuidado: a saber cuántas anamarías habrá por ahí sin que sepamos que existen, sin que ellas mismas sepan que lo son, porque todavía no les han tocado el nervio. Pero la $GAE ya sabe ahora que el más apetitoso tarro de mermelada puede esconder un escorpión tremendo. Al otro lado del mostrador de la más humilde mercería, puede estar, tímida, callada, sencilla e ignota, un pedazo de mujer capaz de causar graves disgustos a unos cuantos que debieran empezar a plantearse si su invulnerabilidad política y judicial no estará empezando a ser, como todo lo demás en ellos, cosa del pasado.

Y créeme, Teddy, ayuda no le va a faltar. A ninguna anamaría.

Los de allá y los de acá

El problema es que siempre acaban pagando pobres por hijoputas. Porque la raíz del problema está en el origen, pero el origen pasa, se va y no vuelve y el problema se queda, y el problema hay que solucionarlo hoy o mañana, cuando se quiera o se pueda, pero aunque nos volvamos locos dando saltos mortales, el problema, hoy, no podemos solucionarlo ayer.

Me refiero, claro está a la inmigración. A la clandestina; la legal queda fuera del pequeño análisis que voy a hacer ahora, aunque también tiene su miga y un día habrá que hablar de ella también.

O sea que viene un boom inmobiliario y los especuladores claman para vengan inmigrantes a saco, que les falta carne humana barata a la que reventar, porque la local, aunque también rentable y no precisamente costosa, anda jodiendo con sus pretensiones de Seguridad Social, de cobrar las horas extra (que empiezan al exacto minuto siguiente de cumplida la octava hora), de disponer de todos los elementos de seguridad en el trabajo y, encima, a la mínima, se chivan al sindicato y ya tenemos un conflicto. Y vienen inmigrantes a saco. A demasiado saco, ese es el problema. Vienen inmigrantes legales, quizá demasiados, porque la necesidad de trabajadores poco cualificados es coyuntural -como ahora sabemos- pero, sobre todo, llega una marabunta de ilegales tremenda.

Y esos inmigrantes ilegales causan problemas enormes y no precisamente porque se dediquen al top manta -eso sería lo de menos- sino porque, faltos de documentación, están excluidos de muchos servicios sociales -ni se les puede incluir: la vaca no da para tanto- y no pueden ejercer sus pocos derechos por miedo a que salga a relucir su sinpapelismo y la broma les cueste la expulsión. Mientras tanto, son reventados por gentuza sin escrúpulos -en grado de mafioso, en grado de empresario, o en grado de ambas cosas, que no infrecuentemente van unidas- con lo que se produce una lumpenización de esa gente, que vive en condiciones infrahumanas y que llega un momento en que no tiene nada que perder y, digan lo que digan los buenoides de las ONG, acaban echándose al monte que hay al otro lado del código penal (el civil, el administrativo y el fiscal ni siquiera les fueron jamás presentados) y quien no putonea, mangonea, y quien no, navajea. Total, para cuatro días que vivimos (y mal)…

Por más compasión que se le eche al asunto, esto no es plan. Aquí hay -o debería haber- un orden y un concierto. Las políticas urbanas -que, obviamente, realizan técnicos porque los políticos… bueno, dejémoslo- son complejísimas. Que en un momento dado lleguen 25.000 inmigrantes inesperados -y no solicitados- a una ciudad, representa que se necesita vivienda para toda esta gente, que hay que incrementar los servicios sanitarios, escolares y sociales -lo que puede ser complicadísimo si se concentran en un solo barrio-, que hay que incrementar los servicios urbanos y, en definitiva, otros servicios públicos. Es una cuestión de dinero, pero sólo en principio; teniendo dinero, simplemente, no se resuelve el problema, que pide estudio y planificación, cosas que exigen justamente lo que realmente no se tiene: tiempo.

Vamos a poner un ejemplo concreto.

El Pocero, tan intelectual él, cree que el alcalde de Seseña le tiene manía y por eso no le da licencias para construir las nueve o diez mil viviendas que le quedan hasta coronar su plan de trece mil. Desde luego, a un alcalde de izquierdas no puede caerle simpático un pájaro como ese, pero es que la cuestión es mucho más compleja de si el especulador en cuestión cae simpático o cae gordo. Seseña tiene al presente poco más de diez mil habitantes. Trece mil viviendas, a un conservador promedio de tres personas por vivienda, representa cerca de cuarenta mil personas, lo que significaría quintuplicar la población del municipio. Quintuplicar la recogida de basuras, quintuplicar el mantenimiento de calzadas, ceras, alumbrado, todo ese alcantarillado, la gestión de los residuos, romperse los puños golpeando puertas para que las compañías suministradoras llevaran hasta allí electricidad, gas y, sobre todo, telecomunicaciones. ¡Oh! ¿Y el agua? Porque el agua no sólo es cuestión de una compañía que la suministre -que también- sino de que ha de haberla o ha de venir de alguna parte, lo que siempre es un problema al sur del Ebro (y en no pocos lugares al norte también). Escuelas, transporte público, centros de asistencia primaria, la propia plantilla municipal, que habría de incrementarse (con el quíntuplo de población, el incremento no habría de ser inferior, gestionando exquisitamente los recursos humanos, con una dotación informática refinadísima y licitando servicios municipales por un tubo a empresas privadas, a entre un 40 y un 60 por 100 de la actual; fácilmente mucha más, podría llegar al doble o al triple).

Por más que Barcelona sea Barcelona y Madrid sea Madrid, cuando caen de golpe recién llegados por centenares de miles y muchos de esos recién llegados están en precario desde todo punto de vista, el problema que se presenta es enorme desde cualquier perspectiva.

Existe una idea buenrollítica consistente en que la migración es un derecho, y esa idea resulta que forma parte del entramado de lo políticamente correcto. Y no. Un señor tiene perfecto derecho a entrar y salir de su país cuando le dé la gana; pero ese derecho no equivale a entrar en el del vecino por las buenas. Puede parecer feo (a mí, por cierto, no) pero es así. Un país -y que no me vengan con hostias de que las fronteras son un artificio- es la casa de unos señores que son sus nativos, sus nacionales y estos señores, como cualquiera en su casa, deciden quién entra y en qué condiciones, y quién no. Aquí hemos decidido que para venir aquí hace falta un pasaporte y un visado, traerse el billete de vuelta, la reserva de un hotel y una pasta. Si al señor Lula no le gusta, que le den por el culo, así de claro. Si el señor Lula quiere aplicar ese mismo trato a los españoles que vayan a Brasil, está en su perfecto derecho -no seré yo quien se lo discuta-: el mismo derecho que asiste a un español que no quiera pasar por ese aro a no ir a Brasil y/o a llevarse de allí su negocio o su viaje de vacaciones a otra parte.

Quien no entra en las debidas condiciones, sólo debe esperar que le enseñen la puerta de salida con un puntapié en el trasero. No importa que no sea un delincuente, no importa que sea un hombre honrado -en términos generales: después de todo, ha entrado en mi casa sin mi permiso-, no importa nada: de vuelta al remitente. Tanto que les gusta comparar la inmigración que tenemos ahora con nuestra propia emigración, habrá que recordarle a más de uno que de aquí no salió ni un solo trabajador ilegal y que, por lo demás, cuando vino la crisis del 73, los centroeuropeos nos facturaron de vuelta a un millón de legalísimos españolitos que, entre otras gracias, crearon una bolsa de paro estructural y enquistado de aquí te espero.

Berlusconi ha metido la inmigración clandestina en el código penal. Podrá argumentarse que la medida es de una dureza excesiva: hombre, tanto como meterlos en la cárcel sólo por entrada o permanencia ilegal… Pero lo que no se le podrá negar es el derecho y el deber que tiene todo gobernante de imponer el imperio de la ley. Lo que pasa es que hay modos y modos.

La Unión Europea, pese a las reticencias del Parlamento -bah, el parlamento ese representa a los ciudadanos de mierda, nada importante- ha aprobado una normativa que homogeniza las medidas contra la inmigración ilegal, lo que viene a querer decir que la patada en el culo la propinarán todos los países de la UE con un calzado del mismo número. Tenía que llegarse a eso -quizá la medida de Berlusconi, por lo demás, cantada, lo haya precipitado- porque la tolerancia con la inmigración ha traído muchos problemas y ahora que vienen tiempos duros va a traer muchos más. Era lógico que la represión también se endureciera.

Si se hubiera sido más duro antes en la puerta de entrada, no habría que ensanchar ahora la puerta de salida. Lástima de esfuerzos que podrían haberse desplegado en dar oportunidades de desarrollo a sus países de origen, haciendo innecesaria la emigración, tanto legal, como ilegal. Pero la trata de seres humanos -llámalos esclavos, llámalos emigrantes, todo es puro negrerismo- ha sido tradicionalmente muy rentable: el más típico caso, junto con el ladrillo y la droga, de cómo se privatizan las ventajas y se socializan los inconvenientes.

¿A que ya no quedan ganas de explicar chistes de pateras?

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Vaya, una buena noticia (si se confirma, porque parece algo confusa). Vía «Menéame» me entero de que la productora Dreamworkers está preparando el formato de un programa de escepticismo –bajo el título, aún provisional, de «Mentes abiertas»– que pondría a disposición de cualquier cadena española que quisiera comprárselo.

Los nombres que se barajan como colaboradores del programa son Javier Armentia, fisico, director del Planetario de Pamplona y autor del blog «Por la boca muere el pez»; Mauricio-José Schwarz, periodista especializado en divulgación científica, autor del blog «El retorno de los charlatanes»; Fernando Frías, abogado, presidente de Círculo Escéptico y autor del blog «Bajo el volcán»; e Inés Rodríguez Hidalgo, astrofísica, directora del Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife y miembro de ARP-Sociedad Española para el Avance del Pensamiento Crítico. Entre otros.

Algunos de estos blogs o de estas entidades tienen un enlace permanente en esta bitácora desde hace tiempo.

Es muy de celebrar. En este país abarrotado de colipoterras de la superstición, de vividores del cuento, de magufos estúpidos, de homeópatas, de acupuntores, de digitopuntores, de reflexoterapeutas podales (manda cojones), de aromaterapeutas, de naturópatas, de adivinadores, de brujos, de marcianos, de abducidos, de iluminados, de curas, de imanes, de rabinos, de monjes budistas, de hare krishna, de telepredicadores y de toda una fauna que no mueve sino a risa, de no ser por el negociazo que hace jugando con la salud, con el equilibrio mental o con la candidez y y pura y simple credulidad de tantísimo ignorante, empezaba a hacer falta que alguien le diera un puntapié en las posaderas al Iker Jiménez en su mismo medio.

Este país, tan refractario a la ciencia, tan lerdo y tan analfabeto, es campo abonado para una colección de parásitos cagamandurrias que se dedican a vender fantasmas, espíritus, extraterrestres, caras en las paredes al sulfuro de plata del laboratorio fotográfico del pueblo, supuestos astronautas soviéticos perdidos en el espacio, como Ivan Istochnikov (una de las más celebradas cagadas del Iker, que metió el remo hasta el corvejón tragándose el serial hasta las heces) y cualquier historia inverosimil que pueda dar lugar a una audiencia de algunos centenares de miles de analfabetos funcionales o de algunos pocos miles de lectores (¡lectores! ¡milagro!) de revistas y libros escritos por cuentistas y editados por astutos mercaderes, este país, digo, necesita que se escuche, alta y clara, la voz de la razón en su propio formato.

Estoy impaciente por ver este programa que ojalá sea contratado por una cadena de las potentes -preferiblemente pública, porque ese sí es dinero bien invertido- y ojalá sea emitido en horario decente, al contrario de lo que suelen hacer con la divulgación científica.

Además, echaremos unas risas, porque Armentia y compañía son verdaderos especialistas en descojonarse de los magufos y en levantarles la camisa descubriendo sus trucos de ilusionista de festa mayor, sus trampas, sus montajes de mercadillo de rebajas y sus tonterías. Que venga Uri Geller a doblarle cucharillas a Fernando Frías. ¿A que no hay?

Permanezcan atentos a sus pantallas.

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Bueno, pues hasta aquí este jueves que ha resultado ya viernes, otra paella de resopón, qué vida. Pido disculpas, pero he tenido un día abarrotadísimo.

El próximo jueves será 29, último del mes de mayo, qué barbaridad, ayer Nochevieja y hoy con el verano encima. Ya sé que lo digo siempre pero, de jueves en jueves, se te van los años a cien por hora. Por lo demás, salvo catástrofe doméstica, creo que la próxima paella será puntual. Las obras de reforma de mi casa me han obligado a pedirme una semana de vacaciones -la próxima- para hacer esgrima con pintores, electricistas, carpinteros y la Biblia en pasta. No: albañiles, no. Por eso creo que lograré salir vivo de esta; si no hay albañilería, las posibilidades de supervivencia se incrementan muchísimo. Pero sigue siendo un palo. Todo será que no tenga que escribir la próxima paella sentado en lo alto de una escalera y con el portátil sobre las rodillas.

Orate frates y que no sea nada.

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