Putas y cabrones

La estatalización, así, en general, tiene, como todo en la vida, varias fases o grados: desde la estatalización total, divinizada e incontestable, tipo soviético o nazi, hasta la absoluta desaparición del estado, tipo ultraliberal o anarquista. Ya vemos que no sólo los extremos se tocan, sino que, en los propios extremos, los extremos se tocan también. Con mis respetos -que los vale- a la utopía anarquista, mucho más humana que los otros tres y, por ello, más irrealizable, por desgracia, no como los otros tres, uno de los cuales estamos muy cerca de sufrir en la actualidad, si es que no lo estamos sufriendo ya a cierto nivel.

A medio camino hay híbridos cuya tolerabilidad cabe juzgar de una manera más coyuntural: hay momentos que piden más estado y hay ratos -en términos históricos- que piden menos. En general, el estado es el espíritu del poder y, por ello, su presencia debe ser inversamente proporcional a la potencia de la sociedad en la que se incardina: una sociedad potente requiere un estado lejano y observador y una sociedad debilitada y en peligro de decadencia necesita un estado más presente y más interventor. Hablo, por supuesto, de la sociedad concebida en general y también de un estado en parte servidor -instrumento- y en parte líder -rector- entendidos ambos como factores necesariamente presentes pero también inversamente proporcionales entre sí y configuradores, los dos sumados, de una constante a beneficio del interés común; luego están las aberraciones, como el estado tiránico servidor de lo que, a su vez, es otra aberración, como el dominio de una ínfima minoría oligárquica sobre el resto del cuerpo social. Esto último es lo más frecuente, incluso dentro de las mal llamadas democracias.

En el último estrato del análisis, están las particularidades en forma de derechos cívicos y de su inserción ordinal en la escala de prioridades y de limitaciones. En este último estrato es donde se les ve el plumero a tantas maravillosas constituciones redactadas en tecnicolor donde todo el mundo parece que habría de ser justo y benéfico, como decía nuestra proto-Pepa, la primera redención y, a la postre, fracaso de lo que se lió mañana hará doscientos años, pero también donde, en definitiva, el poder tiránico al servicio oligárquico ofende como una halitosis piorréica.

Léase todo esto como una reflexión racional no exenta de una cierta procedencia cervecera, es decir, de aquellos pensamientos con pretensiones trascendentales sugeridos por pequeños hechos aparentemente sin importancia que parecen acrecentados por una cierta ingesta y fermentación alcohólica. Claro que también podría decirse que esos pequeños hechos aparentemente sin importancia sólo parecen poco importantes para aquellos gilipollas cuya única finalidad en la vida parece ser la de comprar un coche más grande o viajar un poco más lejos en vacaciones sin importarles el coste cívico que -no sólo para ellos: ellos, que se jodan- representa para el común de la sociedad esa actitud de hedonismo barato (el gran hedonismo sólo pueden permitírselo, a nivel mundial, no más allá de uno o dos millares de hijos de puta) ciego a otros costes en dignidad individual y colectiva.

Esos pequeños hechos tienen una perfecta representación en dos noticias que me caen encima en cuanto abro el lector de feeds procedentes de «Kriptópolis»: por una parte, la alucinación -real durante, según parece, no pocas horas- de que los datos fiscales de todos los ciudadanos italianos han estado expuestos al público (al público mundial, sin requerir identificación previa ni nada, así, a saco); por la otra, el aviso a navegantes de que los viajeros que entren en los Estados Unidos vayan con ojo con los datos que contengan sus portátiles, PDA, móviles y similares, porque pueden ser virtual o materialmente mangados al arbitrario, simple y libre criterio (no sujeto a reglamentación alguna) de los aduaneros; sí, por esos analfabetos próximos al retraso mental, que son la ruina del creacionismo (¿ven como es cierto que el hombre desciende del mono?) y que, pese a su obesidad mórbida, llevan camisas entalladas (por Dios, son horteras hasta en el menor detalle).

La primera noticia no pasaría de ser la noticia de un simple error, de una negligencia más o menos indignante (más bien más, pero bueno…), si no fuera por un detalle anexo: a Marco Pannella, líder de los radicales italianos, tan pública exhibición de la privacidad de sus conciudadanos, no sólo le ha parecido bien sino que no entiende a qué viene tanto follón y, bueno, eso de la privacidad es algo que a él se la trae floja. No me extraña que en Italia mande Berlusconi porque si este es el líder de los radicales (en cuyas filas, ojo, hay en nómina histórica personajes de altura intelectual y política validísima que ya están, para desgracia de los italianos, muertos, jubilados o chochos) es para echar a correr. Cuando, en un partido de ámbito nacional que ha tenido diputados como Cicciolina y Emma Bonino, prevalece el conejo de la primera sobre la altura política e intelectual de la segunda, cualquier cosa puede pasar en ese país como, por ejemplo, que su primer ministro sea Berlusconi. No hay nada que suceda por casualidad. En todo caso, es ilustrativo -y me remito a las gradaciones que encabezan este artículo- que un líder radical diga que la privacidad «no es un concepto que le entusiasme» (sic en Kriptópolis). No hay privacidad ante la acción del Estado: ¿a qué me recuerda esto? Stalin debe refocilarse de gozo en su tumba.

La segunda noticia es más de lo mismo, pero cada «más» de eso mismo desafía y, a la vez, desborda la capacidad de asombro de una mente racional. O sea que llegas a un aeropuerto yanqui con tu PC portátil cargado de bases de datos de clientes, de proveedores, de ofertas exclusivas, de planes de negocios, de observaciones personales, incluso de información sobre tecnologías que, a falta de una última maduración, aún no han sido presentadas en la oficina de patentes o de cualquier otra modalidad de la puta propiedad intelectual, y un botarate uniformado -con un coeficiente intelectual de 45- puede hacer una copia de todos tus datos (si es que sabe cómo se hace eso) y, por si, efectivamente, no sabe diferenciar un PC del culo de la Clinton, se queda el PC por las bravas y que te den por el culo (pero no por el de la Clinton, sino por el tuyo). Manda cojones que el mismo Estado que demuestra tal respeto por la propiedad intelectual (y por la que no es intelectual, y ésa sí que es grave de verdad) se permita el lujo de meterle bronca al nuestro porque aquí la propiedad intelectual se respeta -según el yanqui- más bien poco. ¡Y eso que aquí manda el Teddy Bautista!

Lo cierto es que ambas anécdotas son síntomas -un par más entre decenas y decenas- de que el apropiacionismo, disfrazado de antiterrorismo, avanza a pasos agigantados implantando un estatalismo paraestalinista (así como suena: en los propios Estados Unidos) que se justifica en la seguridad. Para lo cual, no hay como sembrar la inseguridad y el terror. En las épocas más duras del terrorismo etarra, cuando parecía que en el País Vasco corrían materialmente a tiros por las calles, todo el que iba regresaba diciendo que, salvo algún control policial aquí o allá, la vida transcurría normalmente. Yo habré pasado por allá, en los últimos diez años, media docena de veces, y hace un año y medio me tiré diez estupendos días, y los coches de la Ertzantza sólo los he visto en la tele (de los de la Guardia Civil, ni hablo); la gente que estuvo en la Irlanda del Norte de los años duros, volvía con idéntica impresión. Sin embargo, la magnificación de los incidentes -sin duda graves, ojo, que no minimizo para nada la perturbación y el calvario que suponen para quienes viven cada día en los lugares de autos- ha conseguido tenernos en vilo, lo cual es útil para lograr objetivos completamente ajenos a la lucha -por lo demás necesaria- contra esos problemas. Poco más de una docena de moros chalados ha logrado que viajar por vía aérea sea un calvario en todo el orbe (lo que no ha impedido que los tarados en cuestión sigan liquidando a quien les venga en gana) y que tomar un avión signifique sistemáticamente poner nuestra privacidad en manos de unos paranoicos.

Las grandes guerras se pierden en pequeñas batallas y esa es la trampa estratégica. Vamos renunciando a pequeños y (creemos nosotros) prescindibles derechos en pro de una teóricamente justísima causa mayor. No nos damos cuenta (o sí que nos damos cuenta, pero hacemos ver que no) de que esta pérdida, en tanto que se encadena con muchísimas otras similares, no es tan pequeña y que la causa mayor es, frecuentemente, falsa, es un engaño. Pero engrandecemos estúpidamente nuestros pequeños y miserables objetivos y anhelos personales todo lo necesario para hacer pasable la renuncia, como el marido consentidor que disfruta de su sucia riqueza diciéndose que su mujer no es una puta sino una asesora sexual y que él no es un cabrón sino el gerente de la empresa.

Pero la realidad es tozuda: putas y cabrones.

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Comentarios

  • Celu  On 02/05/2008 at .

    Siempre es un placer leerle, señor Cuchí.

  • Ryouga  On 03/05/2008 at .

    Y yo que siempre viajo con mi portátil y mi PDA, “solo” tengo fotos familiares e información de los lugares que voy a visitar pero que se puedan quedar con mis dispositivos sin explicación alguna es increíble!.
    Si no fuera porque hay muchos lugares interesantes que visitar y una minoría de gente verdaderamente valiosa,ni me planteria ir alli.

  • Javier Cuchí  On 06/05/2008 at .

    Guillermo, tienes que perdonarme: se me ha escapado el dedo y he borrado un comentario tuyo. Esto del spam es una brasa de las gordas, de verdad, y borrando a saco se te acaba yendo la mano y quitando lo que no debes.

  • Guillermo  On 07/05/2008 at .

    No hay nada que perdonar. Lo importante es que no borres nada tuyo, es un gusto leerlo.

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