Gratis total

Leía hace muy pocos días, no recuerdo dónde y no acabo de encontrar el enlace, que un 70 por 100 de internautas españoles (cito, obviamente, de memoria) ni paga música -la descarga de redes P2P, obviamente- ni está dispuesto a pagarla. El estudio, la estadística o lo que sea, aparece en un entorno de hundimiento de la industria del disco y de una falta de consolidación (una importante falta de consolidación) del negocio de la venta de música a través de la red. Es decir, que la gente no quiere pagar por la música sea cual sea la fórmula de adquisición.

Me imagino al Sisa desmelenándose patéticamente, clamando por la revolución del piso gratis y por no sé cuántas chocheces más. Y es que no puede uno hacerse viejo, no señor: acaba uno no enterándose de nada y hasta podríamos acabar viendo al anciano autor de la transición escuchando la COPE y todo.

Bueno, pues aunque el Sisa -y otros que no son el Sisa- se abran las venas en canal, así están las cosas: la gente no va a pagar por la música. Punto redondo. Y el salario del autor que se lo busque, y la industria que se busque la vida… ¡Va a ser la muerte de la música!

No. Va a ser que no. Aquí no se muere nadie, salvo el chollo de tres o cuatro listos.

La gente no minusvalora la música. Al contrario: las [ya no tan] nuevas tecnologías han llevado a un consumo ingente de música. Esto es palpable en la propia calle: toma uno el metro o el autobus y observa que una gran mayoría de menores de treinta años lleva auriculares en los oídos; y mucha gente -no tan mayoritaria, desde luego- de mayores de esa edad también llevamos aparatos MP3 y vamos por ahí escuchando música. En nuestra sociedad, la cantidad de música que se escucha por minuto se ha multiplicado por muchísimo en los últimos 10 años, sobre todo a medida que los reproductores han ido haciéndose más minúsculos y más capaces. ¡Qué lejano parece ahora aquel armatoste que acabó haciendo genérica la denominación de una marca, el walkman! ¿Dónde quedaron aquellos cinturones que parecían los de un GI en Vietnam, de los que pendía el walkman o el discman y la bolsa de las cassettes o la funda de los discos? Todo ha sido absorbido por minúsculos aparatitos (el mío, que es más bien tirando a común, corriente y anticuadillo, es más pequeño que una tarjeta de crédito y su grosor apenas llega a los 7 milímetros) capaces de almacenar ingentes cantidades de horas de música. El mío, de 1 Gbyte (que hace reir a mi hija), puede almacenar cerca de diez horas de música (a 128 Mbps de compresión).

Lo que no quiere la gente es pagarla. Así de claro. Se quejan muchos canoneros de que se ha instalado la cultura de la gratuidad y que no todo puede ser gratis. Se equivocan. Muchísimas cosas son ya gratis de hecho -y cada vez más frecuentemente de derecho- y muchas más lo serán en un futuro próximo. Y esto no quiere decir que no tengan un coste, no quiere decir que autor, ejecutante y productor no perciban un dinero. Lo que quiere decir es que ese dinero no va a pagarlo el consumidor.

Llegamos a lo de la economía de la atención. Parece un invento nuevo y no es verdad; lo que es nuevo es esa expresión, pero la economía de la atención la inventó la radio pronto hará un siglo. La onda hertziana se lanzaba al aire y cualquiera que dispusiera de un receptor, podía captarla; no existían elementos de codificación que pudieran privatizar esos contenidos. Por tanto, hubo que ponerle precio a esa libertad para que las cadenas radiofónicas pudieran sostenerse pero… ¿quién lo iba a pagar? ¿El radioyente?

Es verdad que se llegó a implantar -creo que fue en los años 50- un canon sobre la radiodifusión que se pagaba al adquirir un aparato de radio y que se destinaba a financiar la radio pública. Sin embargo, no sirvió; no fue suficiente y, sobre todo, fue impopular, con lo que la fórmula tuvo que ser abandonada y hubo que buscar dinero navegando por los procelosos mares de los presupuestos del Estado. Las cadenas privadas, en cambio, dieron con la solución casi desde el principio: la publicidad. Las empresas que querían aprovechar la atenta escucha del consumidor fueron las que, a la postre, financiaron al medio con creces, hasta el punto de que las empresas radiofónicas han sido siempre muy rentables -siempre que se hayan gestionado bien, claro- y hay tiros, bombas y puñaladas por la asignación de frecuencias en un espectro radioeléctrico que, sobre ser limitado, acabó siendo escaso. En ciudades como Barcelona o Madrid (y en muchas más) el dial está tan saturado que ha acabado por no ser manejable sino se dispone de un sintonizador digital.

El gran paso de la era digital en la economía de la atención lo dio Google cuando se cargó la equiparación del cliente como la persona a la que va destinada el servicio; y, en consecuencia, puso a gratuita disposición de quien los quisiera -muchos millones de personas, al presente- una cantidad ingente de servicios valiosos y costosos. De esta forma, llegó a ser la única empresa, llamémosle, informática que puede hoy día tratarse de tú a tú con la todopoderosa Micro$oft; y en red es líder indiscutible a mucha distancia del monopolio del software. Su secreto fue muy sencillo: convirtió al usuario en su producto, no en su cliente. El cliente sería aquel que -pagando, claro está- quisiera ser puesto a los pies o, mejor, ante las narices de ese usuario. Ya he hablado de esto alguna otra vez.

Y este es el asunto: el producto no siempre -es más, casi nunca- tiene una sola dimensión. Si cuando se habla de «música» sólo se sabe ver un «disco», evidentemente no hay más modelo en el negocio de la música que la venta de discos. Pero «música» tiene, por lo menos, otra dimensión comercial: «bits», archivos digitales. Y entonces funciona como en la radio: los bits son libres. ¡Ah, sí! Actualmente, sí, los archivos digitales pueden codificarse de manera que sólo puedan ser leídos con máquinas que contengan la clave decodificadora; pero la encriptación ha fracasado rotundamente. Ha fracasado técnicamente (ningún sistema de encriptación ha resistido apenas más que horas a los miles de crackers que se han lanzado sobre él en una excitante competición por ver quién es el primero en reventarlo) y ha fracasado empresarialmente porque, y ello nos lleva al principio, la gente no quiere pagar música, no está dispuesta a pagar por la música; y tampoco por el cine. La gente está dipuesta a pagar no por la música o por el cine sino por unas determinadas y especiales condiciones en que puedan presentarse: la gente paga gustosa por un concierto presencial; los melómanos seguirán comprando CD que reproducirán cadenas HiFi costosísimas; los cinéfilos seguirán acudiendo a las salas de proyección, únicos lugares en los que es posible ver y oir una película en condiciones milimétricamente óptimas (teóricamente: cuando hace un par de años fui al cine -como excepción única a los veintidós o veintitrés que llevo sin pisar una sala- me encabronó el innecesaria y espantosamente alto volumen del sonido). Esto es lo que paga la gente: unos formatos que ya van siendo especiales que utilizan unas tecnologías realmente costosas. Pero la gente no va a pagar por el contenido, eso lo tiene claro. Y los editores de libros que se vayan preparando porque ese va a ser también su futuro nada lejano.

La televisión está financiando muchas producciones cinematográficas (en España, por cierto, a la fuerza: obligada por la ley, por una estúpida ley, dicho sea de paso), pero incluso desde hace ya años vienen naciendo nuevos productos cinematográficos, como los telefilms, entendidos no como capítulos de una serie sino como largometrajes autónomos. De hecho, mientras la asistencia a las salas cae y la venta de DVD se mantiene renqueante (y el alquiler prácticamente se ha derrumbado como negocio), la producción para televisión mueve cifras escalofriantes.

Lo que sucede es que este cambio de actitud del público, del consumidor, está trastocando la estructura de muchos negocios y de sectores enteros, sectores que, de paso, jugaban haciendo trampa porque dominaban los contenidos y, por tanto, el flujo cultural -cuando menos en materia de música y de cine- era unilateralmente decidido y unidimensionalmente divulgado; el del libro todavía lo es. No es que los nuevos actores vayan a ser seres justos y benéficos; en absoluto: serán multinacionales igual de bárbaras que aquellas a las que sustituyen e, incluso, en más de un caso, serán las mismas pero reconvertidas, como monas vestidas de seda; pero estos nuevos actores han abierto nuevos filones de explotación y han provocado desequilibrios en el dominio del cotarro que amenaza, muy seriamente, con cambiar de manos. Obviamente, el ancien régime se resiste, pero al final de su resistencia no hay otra cosa que la guillotina.

Los apalancados, los apandadores, los golfos, los vagos y algún que otro maleante, lanzan gritos de histeria queriendo confundir al personal: ¡que se acaba el arte! Y no: el arte no sólo no se acaba sino que tiene el futuro más prometedor que jamás ha visto su historia; pero es un futuro en el que el beneficiario no paga: al contrario, otros pagarán para que esos beneficiarios sean lo más numerosos posible.

Hoy, los que van a morir criminalizan las descargas gratuitas de música y de cine desde la red, desde redes P2P; mañana, los pocos que sobrevivan -que sólo lo harán a la sombra de los que hayan sabido ver de verdad dónde va a estar el negocio- nos pedirán a gritos que descarguemos a saco y financiarán sistemas más ágiles y rápidos de descarga; es más: competirán entre ellos para darnos -gratuitamente, por supuesto- el sistema más eficiente y agradable para obtener nuestra música, nuestro cine y nuestros libros by the face.

Es así, miopes y falsarios, cómo sí que todo puede -y debe- ser gratis, cómo la cultura de la gratuidad, esa que decís que es tan nefasta, no es sino la tendencia que lleva a un futuro como jamás se había soñado: un futuro dorado para el derecho humano de acceso universal a la cultura y, bueno, sí, un futuro dorado para los que hagan de la cultura su negocio… si lo hacen de acuerdo con los nuevos tiempos y con las exigencias de usuarios y de consumidores que ya no va a poder ser manipulados como antes. No, al menos, tan fácilmente.

Y todo eso sin haber empleado ni una sola línea en el fenómeno copyleft, que si entráramos por ahí aún hay más razón para pensar que más de uno va a tomarse el tranxilium a cucharadas soperas.

Otro día hablaremos de ello, que también es edificante.

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Comentarios

  • Monsignore  On 13/05/2008 at .

    Mira, me lo acabo de encontrar, y creo que viene como anillo al dedo.

    De Life-line, un relato de Heinlein, en el que un científico descubre una máquina capaz de determinar la fecha de muerte de una persona. Naturalmente, las compañías de seguros lo demandan; sin embargo, el juez, al desestimar la demanda, alega que:


    Es un sentimiento creciente […] la noción de que cuando un hombre o una compañía han sacado un beneficio del público durante un cierto número de años, el gobierno y los tribunales tienen el deber de salvaguardar esos beneficios en el futuro, incluso […] contra el beneficio del público. […] Ni los individuos ni las corporaciones tienen el menor derecho de acudir a los tribunales y exigir que el reloj de la historia sea detenido, o retrasado, en beneficio particular suyo.

  • Celu  On 13/05/2008 at .

    Yo soy de los que se bajan -y los leen- libros de internet. Creo que empecé con el aleph: http://www.elaleph.com/
    Pero son muchos los sitios desde los que te puedes bajar literatura, incluido el P2P.
    En esto de los libros sí siento la “necesidad” de tenerlos en formato original -arboles muertos- y compro aquellos que mas me han gustado.
    Actualmente estoy terminando con Dostoievski y me compraré Crimen y castigo que es la que mas me ha gustado.

  • Ángel Bacaicoa  On 13/05/2008 at .

    Yo me bajo mucha música de la red. La escucho y la clasifico. Si es muy buena la compro en CD (Tengo que justificar mi costosa maquina de HiFi) si no alcanza la categoría se queda en el disco duro y en el ipod. Ahora he empezado con series de televisión (Todas al ordenador) Pero el cine lo prefiero en DVD (Las compro cuando valen lo que una entrada y en un solo pase está amortizado el coste) que me ahorra el trago de los molestos espectadores actuales. Tiene usted razón Don Javier, la creación artístiva no se acabará. Yo mismo tengo creadas un par de piezas con el Garage Band. Oiga y hasta me gustan.

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