Los derechos del hígado

Interesante combate judicial -y jurídico- el que está sosteniendo la señora Telma Ortiz y marido, novio, amante o lo que sea, hermana y cuñado, respectivamente, de la princesa de Asturias, contra nada menos que cincuenta medios de comunicación en un intento de preservar su intimidad incluso cautelarmente. He aquí un choque de libro entre los derechos sagradísimos de libre expresión y de dar y recibir información, y el no menos sagrado derecho a la intimidad.

Hagamos abstracción de dos hechos: uno, que estas cosas pasan cuando se contraen matrimonios morganáticos; precisamente por eso un tío abuelo del vigente monarca hubo de renunciar a sus derechos a la corona y precisamente por eso es ahora rey quien lo es sin que haya aplicado la norma que tanto le benefició en perjuicio de sus nietísimas en una fantástica escenificación de la ley del embudo; y el otro -que, por lo demás, me parece dirimente en el caso concreto- es que tooooooooda la familia Ortiz Rocasolano -desde luego, doña Telma- perciben una especie de remuneración a cargo del presupuesto de la Casa Real que es, cuando menos en lo que a su procedencia se refiere, el nuestro. Querida señora: si percibe usarcé una pasta por ser vos quien sois, es menester que usarcé esté también a los agobios derivados de ser vos quien sois, no sé si me explico…

Hay un tercer hecho del que habrá que hacer asimismo abstracción: los muchos pueblos que se pasan no pocos medios de comunicación en el uso de esa libertad de expresión y de información, cuando convierten ésta última en un patio de porteras que realmente no aporta nada a nadie -aparte de la satisfacción del morbo- y que, con alguna frecuencia (menos de la que se suele alegar, también es verdad) causa daños importantes a personas inocentes y generalmente indefensas ante la potencia mediática. Además, una vez causado el daño, no hay indemnización que verdaderamente lo repare.

Doña Telma alega que su vida es privada fuera de los actos oficiales en los que participa; y su abogado aporta una serie de -llamémosle- artículos que son verdaderas memeces. La prensa afectada -que, de hecho, es toda- alega que la noticia es lo que es y no lo que deseamos que sea, es decir, que no está sujeta a definición ni a mesura previa. Si una foto de doña Telma empolvándose la nariz interesa y se vende, este solo hecho la constituye en noticia. Es aquello tan americano -y tan discutible- de que el público tiene derecho a saber. Bueno, habría que decir que el público tiene derecho a saber todo aquello que es público y nada más; y precisamente eso a lo que tiene un indiscutible derecho, le interesa más bien poco: pensemos en los presupuestos públicos, por ejemplo, o recordemos cómo miles de personas, por más ejemplo, exigen que se publiquen las balanzas fiscales o todo lo contrario, sin tener ni puta idea de qué son las balanzas fiscales y menos aún si las tales balanzas fiscales son el exclusivo núcleo de la cuestión o, por el contrario, hay otras balanzas por ahí que quizá debieran -o no- ser tenidas en cuenta para compensar por otro lado o para reforzar -habría que ver el caso- el resultado arrojado por las balanzas fiscales de marras (yo he leído por ahí que también habría que considerar, pongamos por caso, cosas como las balanzas de generación de déficit por cuenta corriente, entre otras fruslerías que pagamos todos los españoles tampoco se sabe bien en qué proporción). Quizá incluso habría que plantearse que además del derecho a saber, el público debiera tener la obligación de conocer tres o cuatro cosas de las que pasa olímpicamente. Y así nos luce el pelo en las elecciones.

Y digo que es interesante el debate porque, seguramente para decepción del lector, no tengo claro cuál debiera ser su resultado (siempre eludiendo las determinantes circunstancias a las que antes he hecho referencia y eludiendo sensibilidades republicanistas gozosas de que, sea cual sea y venga de donde venga, la Casa Real reciba un garrotazo).

Por un lado -y proyectando en la gente normal y no en hermanísimos que, encima, cobran por serlo- sí que parece que el cuerpo pide que se le ponga una barrera a los medios de comunicación (pensando, sobre todo, en ciertos medios de comunicación). Pero viendo la manera en que muchos se agarran como lapas a la legislación de protección al honor y a la propia imagen en busca del amordazamiento del adversario, me entra frío en las meninges sólo pensando cómo una sentencia favorable a doña Telma podría ser usada por algunos que yo me sé y que todos tenemos in mente para silenciar críticas y evitar que se tirara de la manta que tapa sus marranaditas. O sus marranadazas.

No me gusta, por otra parte, el férreo corporativismo de las empresas mediáticas que han cerrado filas en este tema como si estuveran sufriendo la gran agresión a sus derechos civiles, sabiendo que podían haber evitado estas cosas autoimponiéndose una sólida ética sobre el respeto a la intimidad de quien verdaderamente la merece. El caso de Telma Ortiz no tiene, por otra parte, nada que ver con el silencio impuesto por la juez a los medios de comunicación sobre un extraño homicidio que está estudiando un juzgado barcelonés, que ha sido asimismo utilizado para unir ambas cosas en un solo problema (y no, no es así).

Finalmente, la cultura de cerrar la boca que dice lo que no nos gusta -que tan frecuentemente se intenta en la red- puede llegar a ser desastrosa. Volvemos a lo de antes: no soporto la prensa llamada del corazón en ninguna de sus manifestaciones (papel, radio, televisión, red…), pero el mismo mecanismo que puede utilizarse para limitarla, puede utilizarse en otros ámbitos con propósitos mucho menos bienintencionados. El derecho es, con demasiada frecuencia, como una piedra que se tira contra una lata y acaba descalabrando a un señor que pasaba por allí y no necesariamente muy cerca, lo cual lleva a exigir que las piedras permanezcan en el suelo tranquilamente y que su uso como proyectil sea excepcional y meditadísimo, porque una vez arrojado nunca se sabe a dónde acaba yendo a parar. Debemos aprender, más bien a debatir y, sobre todo, los amigos de las alcaldadas deben saber que sus propósitos desencadenarán un seguro pataleo contra el que no deben poder hacer nada. Estaría bueno.

Por eso -y en contradicción con mis dudas de hace unos pocos párrafos, España y yo somos así, señora- casi me inclino por esperar, por desear, que los jueces le digan a doña Telma que su derecho, siendo importantísimo, no puede pasar por encima de los derechos con los que entra en conflicto y no sólo por proteger a éstos sino por resguardar otros no menos importantes que podrían verse en peligro si se hicieran prevalecer los suyos.

Y ya, sin hacer las abstracciones que he hecho antes, espero y deseo que sus señorías la manden -literalmente, a ser posible- a freir espárragos.

Nos ha jodido la realeza sobrevenida.

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Comentarios

  • Anónimo  On 14/05/2008 at .

    Como me dan pena los pobres ciudadanos de paises con monarquia. Mantener a un grupo de gandules mientras el pueblo se muere de hambre. Encima se casan con “plebeyos” y tener que hacerle reverencia a un “igual” . Horror!!!

  • Ángel Bacaicoa  On 14/05/2008 at .

    Muy bueno, Don Javier. Yo he discutido esta mañana por lo mismo y, de haberlo leido antes, habria tenido las ideas mucho mejor ordenadas.

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